¿Desmilitarizar
o Desargentinizar?
Es un hecho inocultable, desde los primeros pasos dados
por los pioneros antárticos, la competencia existente entre el
Reino Unido de la Gran Bretaña y la República Argentina por la
obtención de la preeminencia en el sector. Situación ésta que
se mantuvo con cierto equilibrio hasta que, a principios de la década
del `90, la Argentina pretendió obtener para sí el
establecimiento físico de la Secretaría Permanente del Tratado
Antártico en Buenos Aires. Iniciativa que, bajo la excusa de la
supuesta desmilitarización de la actividad nacional,
esconde el verdadero objetivo británico en el continente
blanco, desargentinizar la Antártida.
A poco de cumplirse los primeros 100 años - 22 de febrero de
1904 - de la presencia argentina efectiva y permanente en la Antártida,
nuestro país soporta la mayor presión extranjera para producir
una fuerte disminución representativa en el sector. Son
innumerables los desencuentros que evidencian la traumática
relación antártica nacional con la británica, desde simples
notas de protesta por vía diplomática, hasta llegarse en
alguna oportunidad, a utilizarse la fuerza militar explícita
para la defensa de determinadas posiciones y últimamente el
constante contubernio del Reino Unido y sus países amigos para
desacreditar y presionar a nuestro país contrariando sus
posturas en la actividad polar. Todo esto, bajo el paraguas de
una muletilla impuesta por la simple lógica oportunista y
principalmente mucho marketing, "La Argentina tiene
excesivamente militarizado sus sistema antártico".
Es necesario para intentar ser objetivos, reconocer que la República
Argentina, por arrastre de sus hábitos de origen y por una
cierta lentitud en agiornarse a los tiempos que corren, da al
menos superficialmente, motivos para ser acusada de tener su
sistema excesivamente militarizado, pero no por cuestiones
de fondo, sino por no haber modernizado oportunamente su modo de
funcionamiento. Un ejemplo de esto es la manera de referirse a
sus asentamientos antárticos. A la mayor parte de ellos,
nuestro país, haciendo honor a sus tradiciones las llama
"BASES", término éste que en la jerga común
relaciona a lo que en realidad son Estaciones Científicas
perfectamente alineadas con los preceptos del Tratado Antártico,
con los asentamientos militares en el territorio continental
que la comunidad los conoce como cuarteles y por tanto como
instalaciones militares, fortificaciones, etc, directamente
asociadas con la esencia militar.
Sin embargo, la realidad de nuestras Bases Antárticas y hasta
de aquellas que erróneamente se las continúa llamando
Destacamentos, no se condice con lo que es la organización, ni
con la motivación, ni con el funcionamiento de un
establecimiento castrense. Una Base Antártica es un lugar en
el que conviven hombres de ciencia con otros que a través
de su labor logística, posibilitan a los primeros llevar
adelante sus respectivos programas científicos. Estos, los que
apoyan con servicios de mantenimiento, abastecimiento,
administración, transporte, capacitación y comunicaciones a
los núcleos argentinos en el continente blanco, suelen aunque
no de manera excluyente, ser hombres de nuestras fuerzas
armadas, asignados por las mismas a esta trascendente tarea.
Esto no significa bajo ningún aspecto que se trate de una
organización militar, sino del aprovechamiento de la
capacitación de estos hombres para afrontar eficientemente la
responsabilidad de apoyar logísticamente a tan compleja
maquinaria antártica, complicada por sus condiciones de
aislamiento, rigurosidad climática y dificultad geográfica.
Los militares seleccionados para invernar en un asentamiento antártico
no son seleccionados por su capacidad de combate, sino por sus
características técnicas profesionales, son asignados a las
campañas por sus habilidad como especialistas en meteorología,
comunicaciones, mecánica, cocina, sanitaria, etc. y no por sus
cualidades de Rambo. Ni siquiera en la actualidad ostentan su
jerarquía, disponen de armamento o lucen sus uniformes de
combate, sino que se identifican como cualquier antártico
del mundo con sus hábitos antárticos. Definitivamente la
Argentina paga con su terminología el precio de no haberse
actualizado a tiempo, es hora de colocarse al tono del resto de
la comunidad antártica internacional y llamar a las
instalaciones polares "Estaciones Científicas",
aunque dentro de ellas también habiten, como en la mayoría de
las extranjeras, personal de las fuerzas armadas.
De la misma manera. Debiera la república actualizar su
estructura logística antártica atendiendo a que ella sí demuestra
una "objetable" militarización. La misma ley 18513,
por razones de antigüedad, genera una estructura logística
claramente militarizada y alberga en su organización elementos
castrenses, con formas, instituciones y modalidades castrenses
que en la actualidad no justifican debidamente tal situación.
Si bien por imperio de esta ley la responsabilidad logística
antártica esta asignada a las fuerzas armadas, esto, dado la
evolución del sistema, desde lo nacional e internacional, desde
lo político y económico y fundamentalmente desde la
practicidad de la modernización y la evolución tecnológica,
ya no cabe continuar con la interpretación global del término
logística y sí exige una profunda readecuación del
sistema determinando prioritariamente cuales son las actividades
logísticas que son necesarias mantener en el ámbito de las
fuerzas y cuales aquellas que pueden o deben encararse
utilizando recursos aptos disponibles y mas convenientes, desde
lo político y desde la optimización del gasto. Es así, que a
modo de ejemplo podemos sugerir que se estructure un sistema logístico
antártico apoyado básicamente en un gerenciamiento civil de
las necesidades logísticas y se elimine un elemento
netamente castrense como lo es el Comando Conjunto Antártico,
organización estrictamente militar, integrada por militares y
conducida bajo las leyes y reglamentos militares.
No obstante, y aún en el reconocimiento de cierta verosimilitud
del cargo de militarización del sistema antártico argentino,
hemos visto en este último año algunas cuestiones que
repentinamente nos empiezan a demostrar que el problema real
para Inglaterra no era la presencia militar en la Antártida,
presencia que ellos mismos ostentan en su propia estructura,
sino la indeclinable voluntad de reducir a la menor expresión
posible la significativa presencia antártica argentina. El
intento de cierre de la mitad de las bases permanentes de
nuestro país en agosto del 2001 por parte de las propias
autoridades nacionales, decisión sustentada falazmente en creíbles
pero inexactos problemas presupuestarios; la presión ejercida
por esas mismas autoridades ante el gobierno fueguino para
desplazar a un especialista comprometido con el tema, por un
audaz improvisado funcional a quienes están dispuestos a la
entrega; el sondeo de opinión expuesto por la tan mentada
encuesta realizada este año en la Provincia del Chubut y el
reconocimiento en boca de los mismos protagonistas (panfleteada
en la DNA) de la redacción de un decreto de necesidad y
urgencia, que en tiempos de transición política y sin ser
necesario, ni urgente, brinda a quienes están dispuestos a
cualquier costo satisfacer las exigencias británicas, la
posibilidad de hacer y deshacer a gusto, desde el abrigo impune
de la cancillería argentina, los destinos de nuestra actividad
antártica, la aparente satisfacción de los hombres de armas
por considerar que dicho decreto protege sus intereses
institucionales al serles transferidos los bienes que fueran
adquiridos para y por el sistema antártico, nos hacen notar que
se esta concretando con la importantísima colaboración de
algunos pocos funcionarios argentinos complacientes, la
pretendida desargentinización de la Antártida.
Desargentinización que paradójicamente, vendrá imbuida de una
aún mayor militarización aparente del sistema o mejor dicho
de lo que quede del mismo. Porque si algo podemos asegurar es
que con la vigencia del decreto mencionado, se logrará que
la argentina pierda en poco tiempo gran parte de sus
asentamientos antárticos. Aunque los llamemos bases,
destacamentos o estaciones científicas serán, si queda alguno,
una pequeña muestra de lo que ha sido una gloriosa presencia
antártica argentina. Pero eso si, la entrega se paga bien,
aquellos que hoy son funcionales al imperio lograrán cargos de
privilegio en sus respectivas instituciones, puestos destacados
en la tan pretendida Secretaría Permanente del Tratado Antártico
y un sin número de comisiones al exterior que utilizando viáticos
y vuelos internacionales y hoteles de 5 estrellas, con un poco
de suerte, tal vez puedan incorporarse al séquito de
"amigos confiables de su graciosa majestad".
Mientras tanto, nuestro país deja en el pasado todo derecho de
reclamo de soberanía en el continente que hace un siglo conoce
del esfuerzo, la abnegación y el sacrificio de nuestros
pioneros, hombres de armas o de la ciencia que, según parece,
no gozan del reconocimiento de su pueblo o al menos de los
dirigentes de su pueblo. No nos debe sorprender a los
argentinos la situación a la que hemos arribado de la mano
de quines han estado dispuestos, como en el caso que nos ocupa,
a otorgar lo que sea necesario para lograr un beneficio personal
o falsamente institucionalizado, a consta de qué? De eso
abstracto que llamamos Patria.
Horacio Miranda