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El Gral. Hernan Pujato y Santa Micaela

 

 

 


 


La Estrategia Antártica de Pujato y el Santa Micaela
El Milagro que marcó más de medio siglo en la vida antártica Argentina.
La historia que nos cuenta el Dr. Jorge Julio Mottet, segundo jefe de la 1ª Expedición Científica Argentina a la Antártida Continental (1951), liderada por el padre de la Estrategia Antártica Argentina, el general Don Hernán Pujato, quién marcó el camino recorrido por nuestros antárticos en los últimos 54 años, es la narración de un milagro que merece ser contada.
Ushuaia - (Colaboración de Alejandro Héctor Bertotto) - Con la inigualable sencillez y la claridad de conceptos que lo llevó a triunfar en su vida, ya sea en sus actividades de montaña, de sus años de joven oficial del ejército, como en su apasionada aventura antártica, secundando a ese gran argentino y Pionero Antártico Don Hernán Pujato, cuanto después de su retiro, al lograr la excelencia intelectual obteniendo el reconocimiento a sus labores educativas, en tierra ajena, brillando como Dr. en Ciencia Política y Relaciones Internacionales y profesor universitario en los Estados Unidos y Europa. 

El Dr. Mottet en su obra "Reminiscencias", nos relata la historia de un Milagro, del que él y su amada compañera de vida "Mabelle" fueran protagonistas, historia que se constituyó ni más ni menos, que en el indispensable punto de partida de la consolidación de la Estrategia más ambiciosa de nuestro país en el Continente Blanco.

"Reminiscencias"

JORGE JULIO C. MOTTET (Expedicionario al Desierto Blanco). Editorial EDIVERN. Buenos Aires. Año 2003.



Los doctores Carlos y Jorge Pérez Companc y el Santa Micaela

Al coronel Pujato le tocaría enfrentarse con (o contra) la intrincada malla de la inevitable burocracia. Contábamos con el apoyo presidencial, pero eso no era una garantía de solución para todos los problemas ni la varita mágica que pudiera transformar una montaña en un valle, como veremos por algunos episodios que siguen.

Los problemas logísticos eran de una magnitud tremenda. Al recurrir al Ministerio de Marina, la disposición de colaborar con la empresa fue puesta de manifiesto por las primeras reacciones de las más altas autoridades de esa repartición, que así cumplían con el deseo del Presidente. Sin embargo, a esa altura la Fuerza de Tareas Antárticas tenía comprometida su capacidad de bodega para la campaña que ya comenzaba. El 19 de octubre el coronel Pujato recabó la colaboración del ministro de Marina en una serie de rubros que incluían la casa habitación, galpones depósitos, equipos de radio y sus instalaciones, grupos electrógenos, instrumental científico y de meteorología, muebles y enseres y el transporte por barco hasta el lugar fijado como destino de nuestra expedición.

Intervinieron una serie de dependencias con la estricta disposición del ministro de que todo fuera diligenciado con carácter de muy urgente. Al mismo tiempo, mediaron reuniones con la participación de Pujato en la Dirección General Naval. Una de ellas fue altamente significativa y quedó documentada como Acta número 56, fechada el 26 de octubre.

Pujato fue sometido a un exhaustivo y completo interrogatorio que duró dos horas y media, con el objeto de clarificar sus necesidades y determinar el grado de cooperación del ministerio de Marina. Prescindo de la tediosa cronología burocrática que siguió a dicha reunión, pero allí se presentaron los primeros obstáculos a los que seguirían otros. La Dirección General del Material de Comunicaciones Navales expresó su imposibilidad de satisfacer los requerimientos relacionados con esa dependencia. Los días iban pasando y nosotros necesitábamos soluciones inmediatas que no se producían. Por el contrario, y a pesar de que el ministerio ofreció la cooperación de todas sus direcciones generales, los inconvenientes se iban apilando y el tiempo se acortaba.

Pujato nunca fue un hombre que se dejara amilanar por las dificultades. El 7 de noviembre, tomó una decisión radical. Envió una nota al ministro de Marina expresándole, en resumen, que vistas las dificultades surgidas de la reunión del 26 de octubre dejaba sin efecto lo que había requerido en su nota del 17 de octubre. Solo pedía que se contemplara la posibilidad de que un buque de ]a Marina de Guerra transportara a la Expedición Científica desde el Puerto de Buenos Aires hasta Bahía Margarita. Eso dio motivo a un largo análisis sobre los riesgos que insumiría una operación de esa naturaleza y las responsabilidades derivadas. Por supuesto que, sin ser negativa, la respuesta estaba condicionada a una serie de circunstancias que mantenían el suspenso sobre la factibilidad del pedido. La telaraña burocrática se seguía tejiendo y nuestra ansiedad continuaba en aumento. Estábamos trabajando contra reloj y no nos resignábamos a perder la batalla en las luchas de escritorio y no en el terreno de los acontecimientos.

Otra vez, para abreviar la tediosa papelería, me remito al resultado casi final. El 5 de enero de 1951, con la aprobación del Presidente de la Nación, se había dispuesto que el coronel Hernán Pujato limitara su acción durante esa temporada a inspeccionar la zona antártica elegida con miras a futuras expediciones, a cuyo efecto sería trasladado al lugar por parte de la Fuerza de Tareas Antárticas. El almirante Ismael Pérez de Cerro, como comandante en jefe de la Flota de Mar, a cargo del Comando de Operaciones Navales, firmaba la notificación correspondiente. El 15 de enero se le informó oficialmente.

Luego de mis tareas habituales, me reuní con Pujato en el Círculo Militar, como era nuestra costumbre. Ante la devastadora noticia y luego de un análisis de posibilidades, decidimos encarar el problema en búsqueda de otra solución.
Querido lector o lectora.
¿Usted cree en milagros?
¿No?
Crea, porque aquí va uno.
Si nuestras fuerzas navales no podían llevarnos, quizás pudiéramos hallar un buque de la marina mercante que estuviera dispuesto a hacerlo, pero teníamos que encontrarlo ya, ahora, sin dilaciones. ¡La expedición debía partir en los primeros días de febrero o no partir nunca más! Lo propuesto por el Ministerio de Marina y aceptado por el Presidente era un paseo turístico llevando al jefe de la expedición a la Antártida con miras a una eventual expedición al año siguiente. Nosotros sabíamos que si no era ese año, tampoco lo sería al siguiente.

Pujato me autorizó a que intentara encontrar una solución en las empresas privadas de navegación. Eso era ir en busca del milagro que mencioné anteriormente y que se produjo. Ni siquiera podía decir cómo sería financiada la operación, en caso de que alguien me escuchara. Tomé la guía telefónica y anoté direcciones de todas las compañías navieras que podrían hacerlo, las que no eran muchas. Era un día muy caluroso del mes de enero de 1951. Yo no disponía de transporte así que tenía que moverme por mis propios medios, y mis propios medios eran mis dos piernas. Mi novia Mabelle, que me alentaba a costa de su propio desaliento, me acompañó en esa lucha contra la desesperanza. En algunas oficinas navieras, ni me recibieron y en otras no alcancé a terminar de explicarles nuestras necesidades. Me miraban como si fuera un escapado de algún establecimiento para enfermos mentales. Para colmo, vestía un traje azul oscuro, media estación, que en esa casi carrera por la Avenida de Mayo me hacía transpirar profusamente.

Así, Mabelle y yo llegamos a la última en la lista de posibilidades, la Compañía Naviera Pérez Companc. Allí pedí hablar con el gerente y ¡Sorpresa! nos recibió. Era el doctor Pestalardo a quien le expresé en la forma más coherente que pude cuál era nuestro problema. Nos pidió que esperáramos unos minutos, que no deben haber sido más de cinco o, a lo sumo, diez. Volvió y nos invitó a pasar a otra oficina. Cuando le manifesté que mi novia podía esperarme, me contestó que ella también estaba invitada a participar de la reunión.

La siguiente oficina era muy espaciosa, magnífica y sobriamente decorada. Dos caballeros nos esperaban y detrás de su escritorio había un monumental mural del mundo. Nos presentamos ante ellos y se identificaron como Carlos y Jorge Pérez Companc. Me pidieron que volviera a explicarles el motivo de nuestra visita cosa que hice lo mejor que pude. Creo que les expresé nuestra desilusión por lo acontecido en las tramitaciones anteriores con el Ministerio de Marina y también que, en ese punto, no estaba en condiciones de decirles cómo se financiaría la empresa.

Esos dos patriotas, los doctores Carlos y Jorge Pérez Companc, intercambiaron un par de ideas entre ellos y acto seguido me manifestaron lo siguiente: "Capitán, sus problemas se han terminado. Nosotros los llevaremos y no cobraremos absolutamente nada por eso. Una empresa tan patriótica y de tanto sacrificio como la de ustedes merece el desinteresado apoyo de toda la ciudadanía". Lo perentorio de la fecha de partida tampoco significó un obstáculo porque, así, sin más decir, ellos dispusieron que uno de sus barcos que servía la costa patagónica se preparara para la nueva aventura. Ambos creían en Dios y sabían en esos momentos que el Señor me había guiado hasta sus puertas con el pedido más insólito que se hubieran imaginado: "llévennos al Sur del círculo polar, a los peligrosos y traicioneros mares que han visto fracasar a los más intrépidos expedicionarios del mundo, y no sé cómo se lo vamos a pagar".

Terminada la entrevista y aclarado con los doctores Pérez Companc que yo debía informar de ella al jefe de la Expedición, nos retiramos Mabelle y yo creyendo que lo que había pasado no era cierto. Y por los mismos medios con que llegamos allí –caminando o casi trotando por no conseguir un taxi–, nos dirigimos al Círculo Militar para que yo pudiera informarle a Pujato de la nueva variante. Desgraciadamente, no estaba en su alojamiento por lo que le dejé una nota relatándole lo acontecido.

Yo debía partir para La Plata, donde estaba tomando clases de navegación polar. A mi regreso, Pujato estaba un poco escéptico y temía que lo que yo le había escrito fuera más el producto de mi entusiasmo y exagerado optimismo que de la realidad.
Sin demoras arreglé para el día siguiente una reunión con los dos doctores Pérez Companc, el doctor Pestalardo y el coronel Pujato. Lo demás es historia, como lo es lo que narré anteriormente. Corría el 16 de enero de 1951 y el barco debía zarpar con rumbo a Bahía Margarita, al sur del círculo polar, no más allá del 12 de febrero. ¡Faltaba menos de un mes! Quedaba todo por hacer con respecto a los arreglos para la navegación de una motonave que no estaba capacitada para una aventura de esa naturaleza. Sin embargo, ellos y nosotros teníamos fe, la primera de las virtudes teológicas que nos permite creer aun sin comprender. Uno de los elementos más significativos y emocionantes de todo eso es que ni de un lado ni del otro había intereses por ganancias materiales. La emoción por lo que los Pérez Companc y nosotros íbamos a hacer era la verdadera motivación. Ello probaba, una vez más, que lo que la mente del hombre puede concebir y creer también lo puede obtener.Señor o señora lectora; ¿Ahora cree en milagros? Usando una metáfora diré que, además de contar con la tripulación más avezada, Dios fue nuestro timonel.

En el subcapítulo titulado "Información General", al comienzo de este libro, he mencionado algunas de las características del Santa Micaela. No voy a volver sobre ellas, pero digamos que muchos de aquellos que encontraron tantas dificultades para proporcionamos un transporte que nos llevara a nuestro destino, al enterarse de la nave elegida deben haber tenido remordimientos de conciencia. Y si así fue, vuelvo a la virtud de tener fe y creer en Dios, porque los que negaron su colaboración no tuvieron en cuenta que nos amparaba la magnanimidad divina, la que no falla y no abandona. Esto quedó altamente probado con el resultado final de la empresa.

Con toda premura nuestra motonave entró a dique seco para reforzar su proa, proteger sus hélices y ser preparada, en general, para la gran aventura. Por supuesto que los armadores tuvieron que hacer grandes sacrificios para dotarla de la capacidad necesaria para satisfacer nuestras necesidades. Asimismo, se ocuparon de contratar los servicios de los más avezados marinos, desde su capitán a quien quiera que fuera. Por favor, note que no he dicho "desde su capitán al último de sus marineros" porque en esa empresa no hubo "últimos" sino que todos fueron "primeros".

He usado repetidamente la palabra sacrificio porque ese fue el precio que pagamos para cumplir nuestro cometido, tanto los expedicionarios como los armadores y la tripulación del barco. Sin embargo, sería injusto que no recordara en ese rubro a aquellos que sufrieron por nuestra decisión y que no fueron objeto del interés periodístico, aquellos que ondeaban pañuelos en nuestra despedida el 12 de febrero, aquellos que no fueron al puerto pero que rezaban por nosotros: nuestras madres, nuestros padres, nuestros familiares en general, esposas, hijos, seres queridos. Sería imposible que yo aquí pudiera hacer un inventario individual de los sacrificios que tantos hicieron para que materializáramos nuestra empresa.

Cada uno de los expedicionarios podría narrar los suyos y todos serían muy sensitivos. Entre ellos, yo no era excepción, el hombre no es una isla y si alguno cree que lo es, lo siento mucho; está equivocado.
Solucionado lo que parecía imposible y que no lo fue gracias a los dos caballeros antes mencionados y a su cristiana fe, podíamos usar otra vez la capacidad humana de distender los músculos de nuestras caras y sonreír, que es la agradable antesala de una buena carcajada. El Presidente de la Nación aceptó sin retaceos la oferta de la Compañía Naviera Pérez Companc; a ello siguieron las negociaciones al más alto nivel y todo se preparó para la partida como lo habíamos planeado.
Extraído del libro Reminiscencias. de Jorge Mottet. Segundo Jefe de la Primer Expedición Científica Argentina a la Antártida Continental (1951). Dr. en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Profesor Emérito de la Universidad de Lock Haven - Pensylvania.

Pujato me autorizó a que intentara encontrar una solución en las empresas privadas de navegación. Eso era ir en busca del milagro que mencioné anteriormente y que se produjo. Ni siquiera podía decir cómo sería financiada la operación, en caso de que alguien me escuchara. Tomé la guía telefónica y anoté direcciones de todas las compañías navieras que podrían hacerlo, las que no eran muchas. Era un día muy caluroso del mes de enero de 1951. Yo no disponía de transporte así que tenía que moverme por mis propios medios, y mis propios medios eran mis dos piernas. Mi novia Mabelle, que me alentaba a costa de su propio desaliento, me acompañó en esa lucha contra la desesperanza. En algunas oficinas navieras, ni me recibieron y en otras no alcancé a terminar de explicarles nuestras necesidades. Me miraban como si fuera un escapado de algún establecimiento para enfermos mentales. Para colmo, vestía un traje azul oscuro, media estación, que en esa casi carrera por la Avenida de Mayo me hacía transpirar profusamente.

Así, Mabelle y yo llegamos a la última en la lista de posibilidades, la Compañía Naviera Pérez Companc. Allí pedí hablar con el gerente y ¡Sorpresa! nos recibió. Era el doctor Pestalardo a quien le expresé en la forma más coherente que pude cuál era nuestro problema. Nos pidió que esperáramos unos minutos, que no deben haber sido más de cinco o, a lo sumo, diez. Volvió y nos invitó a pasar a otra oficina. Cuando le manifesté que mi novia podía esperarme, me contestó que ella también estaba invitada a participar de la reunión.

La siguiente oficina era muy espaciosa, magnífica y sobriamente decorada. Dos caballeros nos esperaban y detrás de su escritorio había un monumental mural del mundo. Nos presentamos ante ellos y se identificaron como Carlos y Jorge Pérez Companc. Me pidieron que volviera a explicarles el motivo de nuestra visita cosa que hice lo mejor que pude. Creo que les expresé nuestra desilusión por lo acontecido en las tramitaciones anteriores con el Ministerio de Marina y también que, en ese punto, no estaba en condiciones de decirles cómo se financiaría la empresa.

Esos dos patriotas, los doctores Carlos y Jorge Pérez Companc, intercambiaron un par de ideas entre ellos y acto seguido me manifestaron lo siguiente: "Capitán, sus problemas se han terminado. Nosotros los llevaremos y no cobraremos absolutamente nada por eso. Una empresa tan patriótica y de tanto sacrificio como la de ustedes merece el desinteresado apoyo de toda la ciudadanía". Lo perentorio de la fecha de partida tampoco significó un obstáculo porque, así, sin más decir, ellos dispusieron que uno de sus barcos que servía la costa patagónica se preparara para la nueva aventura. Ambos creían en Dios y sabían en esos momentos que el Señor me había guiado hasta sus puertas con el pedido más insólito que se hubieran imaginado: "llévennos al Sur del círculo polar, a los peligrosos y traicioneros mares que han visto fracasar a los más intrépidos expedicionarios del mundo, y no sé cómo se lo vamos a pagar".

Terminada la entrevista y aclarado con los doctores Pérez Companc que yo debía informar de ella al jefe de la Expedición, nos retiramos Mabelle y yo creyendo que lo que había pasado no era cierto. Y por los mismos medios con que llegamos allí –caminando o casi trotando por no conseguir un taxi–, nos dirigimos al Círculo Militar para que yo pudiera informarle a Pujato de la nueva variante. Desgraciadamente, no estaba en su alojamiento por lo que le dejé una nota relatándole lo acontecido.

Yo debía partir para La Plata, donde estaba tomando clases de navegación polar. A mi regreso, Pujato estaba un poco escéptico y temía que lo que yo le había escrito fuera más el producto de mi entusiasmo y exagerado optimismo que de la realidad.
Sin demoras arreglé para el día siguiente una reunión con los dos doctores Pérez Companc, el doctor Pestalardo y el coronel Pujato. Lo demás es historia, como lo es lo que narré anteriormente. Corría el 16 de enero de 1951 y el barco debía zarpar con rumbo a Bahía Margarita, al sur del círculo polar, no más allá del 12 de febrero. ¡Faltaba menos de un mes! Quedaba todo por hacer con respecto a los arreglos para la navegación de una motonave que no estaba capacitada para una aventura de esa naturaleza. Sin embargo, ellos y nosotros teníamos fe, la primera de las virtudes teológicas que nos permite creer aun sin comprender. Uno de los elementos más significativos y emocionantes de todo eso es que ni de un lado ni del otro había intereses por ganancias materiales. La emoción por lo que los Pérez Companc y nosotros íbamos a hacer era la verdadera motivación. Ello probaba, una vez más, que lo que la mente del hombre puede concebir y creer también lo puede obtener.Señor o señora lectora; ¿Ahora cree en milagros? Usando una metáfora diré que, además de contar con la tripulación más avezada, Dios fue nuestro timonel.

En el subcapítulo titulado "Información General", al comienzo de este libro, he mencionado algunas de las características del Santa Micaela. No voy a volver sobre ellas, pero digamos que muchos de aquellos que encontraron tantas dificultades para proporcionamos un transporte que nos llevara a nuestro destino, al enterarse de la nave elegida deben haber tenido remordimientos de conciencia. Y si así fue, vuelvo a la virtud de tener fe y creer en Dios, porque los que negaron su colaboración no tuvieron en cuenta que nos amparaba la magnanimidad divina, la que no falla y no abandona. Esto quedó altamente probado con el resultado final de la empresa.

Con toda premura nuestra motonave entró a dique seco para reforzar su proa, proteger sus hélices y ser preparada, en general, para la gran aventura. Por supuesto que los armadores tuvieron que hacer grandes sacrificios para dotarla de la capacidad necesaria para satisfacer nuestras necesidades. Asimismo, se ocuparon de contratar los servicios de los más avezados marinos, desde su capitán a quien quiera que fuera. Por favor, note que no he dicho "desde su capitán al último de sus marineros" porque en esa empresa no hubo "últimos" sino que todos fueron "primeros".

He usado repetidamente la palabra sacrificio porque ese fue el precio que pagamos para cumplir nuestro cometido, tanto los expedicionarios como los armadores y la tripulación del barco. Sin embargo, sería injusto que no recordara en ese rubro a aquellos que sufrieron por nuestra decisión y que no fueron objeto del interés periodístico, aquellos que ondeaban pañuelos en nuestra despedida el 12 de febrero, aquellos que no fueron al puerto pero que rezaban por nosotros: nuestras madres, nuestros padres, nuestros familiares en general, esposas, hijos, seres queridos. Sería imposible que yo aquí pudiera hacer un inventario individual de los sacrificios que tantos hicieron para que materializáramos nuestra empresa.

Cada uno de los expedicionarios podría narrar los suyos y todos serían muy sensitivos. Entre ellos, yo no era excepción, el hombre no es una isla y si alguno cree que lo es, lo siento mucho; está equivocado.
Solucionado lo que parecía imposible y que no lo fue gracias a los dos caballeros antes mencionados y a su cristiana fe, podíamos usar otra vez la capacidad humana de distender los músculos de nuestras caras y sonreír, que es la agradable antesala de una buena carcajada. El Presidente de la Nación aceptó sin retaceos la oferta de la Compañía Naviera Pérez Companc; a ello siguieron las negociaciones al más alto nivel y todo se preparó para la partida como lo habíamos planeado.
Extraído del libro Reminiscencias. de Jorge Mottet. Segundo Jefe de la Primer Expedición Científica Argentina a la Antártida Continental (1951). Dr. en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Profesor Emérito de la Universidad de Lock Haven - Pensylvania. 
 

 

 


 

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