| Ushuaia
- (Colaboración de Alejandro Héctor Bertotto) - Con la inigualable
sencillez y la claridad de conceptos que lo llevó a triunfar en su
vida, ya sea en sus actividades de montaña, de sus años de joven
oficial del ejército, como en su apasionada aventura antártica,
secundando a ese gran argentino y Pionero Antártico Don Hernán
Pujato, cuanto después de su retiro, al lograr la excelencia
intelectual obteniendo el reconocimiento a sus labores educativas,
en tierra ajena, brillando como Dr. en Ciencia Política y
Relaciones Internacionales y profesor universitario en los Estados
Unidos y Europa.
El Dr. Mottet en su obra
"Reminiscencias", nos relata la historia de un Milagro,
del que él y su amada compañera de vida "Mabelle" fueran
protagonistas, historia que se constituyó ni más ni menos, que en
el indispensable punto de partida de la consolidación de la
Estrategia más ambiciosa de nuestro país en el Continente Blanco.
"Reminiscencias"
JORGE JULIO C. MOTTET (Expedicionario al Desierto Blanco). Editorial
EDIVERN. Buenos Aires. Año 2003.
Los doctores Carlos y Jorge Pérez Companc y el Santa Micaela
Al coronel Pujato le tocaría enfrentarse con (o contra) la
intrincada malla de la inevitable burocracia. Contábamos con el
apoyo presidencial, pero eso no era una garantía de solución para
todos los problemas ni la varita mágica que pudiera transformar una
montaña en un valle, como veremos por algunos episodios que siguen.
Los problemas logísticos eran de una magnitud tremenda. Al recurrir
al Ministerio de Marina, la disposición de colaborar con la empresa
fue puesta de manifiesto por las primeras reacciones de las más
altas autoridades de esa repartición, que así cumplían con el
deseo del Presidente. Sin embargo, a esa altura la Fuerza de Tareas
Antárticas tenía comprometida su capacidad de bodega para la campaña
que ya comenzaba. El 19 de octubre el coronel Pujato recabó la
colaboración del ministro de Marina en una serie de rubros que
incluían la casa habitación, galpones depósitos, equipos de radio
y sus instalaciones, grupos electrógenos, instrumental científico
y de meteorología, muebles y enseres y el transporte por barco
hasta el lugar fijado como destino de nuestra expedición.
Intervinieron una serie de dependencias con la estricta disposición
del ministro de que todo fuera diligenciado con carácter de muy
urgente. Al mismo tiempo, mediaron reuniones con la participación
de Pujato en la Dirección General Naval. Una de ellas fue altamente
significativa y quedó documentada como Acta número 56, fechada el
26 de octubre.
Pujato fue sometido a un exhaustivo y completo interrogatorio que
duró dos horas y media, con el objeto de clarificar sus necesidades
y determinar el grado de cooperación del ministerio de Marina.
Prescindo de la tediosa cronología burocrática que siguió a dicha
reunión, pero allí se presentaron los primeros obstáculos a los
que seguirían otros. La Dirección General del Material de
Comunicaciones Navales expresó su imposibilidad de satisfacer los
requerimientos relacionados con esa dependencia. Los días iban
pasando y nosotros necesitábamos soluciones inmediatas que no se
producían. Por el contrario, y a pesar de que el ministerio ofreció
la cooperación de todas sus direcciones generales, los
inconvenientes se iban apilando y el tiempo se acortaba.
Pujato nunca fue un hombre que se dejara amilanar por las
dificultades. El 7 de noviembre, tomó una decisión radical. Envió
una nota al ministro de Marina expresándole, en resumen, que vistas
las dificultades surgidas de la reunión del 26 de octubre dejaba
sin efecto lo que había requerido en su nota del 17 de octubre.
Solo pedía que se contemplara la posibilidad de que un buque de ]a
Marina de Guerra transportara a la Expedición Científica desde el
Puerto de Buenos Aires hasta Bahía Margarita. Eso dio motivo a un
largo análisis sobre los riesgos que insumiría una operación de
esa naturaleza y las responsabilidades derivadas. Por supuesto que,
sin ser negativa, la respuesta estaba condicionada a una serie de
circunstancias que mantenían el suspenso sobre la factibilidad del
pedido. La telaraña burocrática se seguía tejiendo y nuestra
ansiedad continuaba en aumento. Estábamos trabajando contra reloj y
no nos resignábamos a perder la batalla en las luchas de escritorio
y no en el terreno de los acontecimientos.
Otra vez, para abreviar la tediosa papelería, me remito al
resultado casi final. El 5 de enero de 1951, con la aprobación del
Presidente de la Nación, se había dispuesto que el coronel Hernán
Pujato limitara su acción durante esa temporada a inspeccionar la
zona antártica elegida con miras a futuras expediciones, a cuyo
efecto sería trasladado al lugar por parte de la Fuerza de Tareas
Antárticas. El almirante Ismael Pérez de Cerro, como comandante en
jefe de la Flota de Mar, a cargo del Comando de Operaciones Navales,
firmaba la notificación correspondiente. El 15 de enero se le
informó oficialmente.
Luego de mis tareas habituales, me reuní con Pujato en el Círculo
Militar, como era nuestra costumbre. Ante la devastadora noticia y
luego de un análisis de posibilidades, decidimos encarar el
problema en búsqueda de otra solución.
Querido lector o lectora.
¿Usted cree en milagros?
¿No?
Crea, porque aquí va uno.
Si nuestras fuerzas navales no podían llevarnos, quizás pudiéramos
hallar un buque de la marina mercante que estuviera dispuesto a
hacerlo, pero teníamos que encontrarlo ya, ahora, sin dilaciones.
¡La expedición debía partir en los primeros días de febrero o no
partir nunca más! Lo propuesto por el Ministerio de Marina y
aceptado por el Presidente era un paseo turístico llevando al jefe
de la expedición a la Antártida con miras a una eventual expedición
al año siguiente. Nosotros sabíamos que si no era ese año,
tampoco lo sería al siguiente.
Pujato me autorizó a que intentara encontrar una solución en las
empresas privadas de navegación. Eso era ir en busca del milagro
que mencioné anteriormente y que se produjo. Ni siquiera podía
decir cómo sería financiada la operación, en caso de que alguien
me escuchara. Tomé la guía telefónica y anoté direcciones de
todas las compañías navieras que podrían hacerlo, las que no eran
muchas. Era un día muy caluroso del mes de enero de 1951. Yo no
disponía de transporte así que tenía que moverme por mis propios
medios, y mis propios medios eran mis dos piernas. Mi novia Mabelle,
que me alentaba a costa de su propio desaliento, me acompañó en
esa lucha contra la desesperanza. En algunas oficinas navieras, ni
me recibieron y en otras no alcancé a terminar de explicarles
nuestras necesidades. Me miraban como si fuera un escapado de algún
establecimiento para enfermos mentales. Para colmo, vestía un traje
azul oscuro, media estación, que en esa casi carrera por la Avenida
de Mayo me hacía transpirar profusamente.
Así, Mabelle y yo llegamos a la última en la lista de
posibilidades, la Compañía Naviera Pérez Companc. Allí pedí
hablar con el gerente y ¡Sorpresa! nos recibió. Era el doctor
Pestalardo a quien le expresé en la forma más coherente que pude
cuál era nuestro problema. Nos pidió que esperáramos unos
minutos, que no deben haber sido más de cinco o, a lo sumo, diez.
Volvió y nos invitó a pasar a otra oficina. Cuando le manifesté
que mi novia podía esperarme, me contestó que ella también estaba
invitada a participar de la reunión.
La siguiente oficina era muy espaciosa, magnífica y sobriamente
decorada. Dos caballeros nos esperaban y detrás de su escritorio
había un monumental mural del mundo. Nos presentamos ante ellos y
se identificaron como Carlos y Jorge Pérez Companc. Me pidieron que
volviera a explicarles el motivo de nuestra visita cosa que hice lo
mejor que pude. Creo que les expresé nuestra desilusión por lo
acontecido en las tramitaciones anteriores con el Ministerio de
Marina y también que, en ese punto, no estaba en condiciones de
decirles cómo se financiaría la empresa.
Esos dos patriotas, los doctores Carlos y Jorge Pérez Companc,
intercambiaron un par de ideas entre ellos y acto seguido me
manifestaron lo siguiente: "Capitán, sus problemas se han
terminado. Nosotros los llevaremos y no cobraremos absolutamente
nada por eso. Una empresa tan patriótica y de tanto sacrificio como
la de ustedes merece el desinteresado apoyo de toda la ciudadanía".
Lo perentorio de la fecha de partida tampoco significó un obstáculo
porque, así, sin más decir, ellos dispusieron que uno de sus
barcos que servía la costa patagónica se preparara para la nueva
aventura. Ambos creían en Dios y sabían en esos momentos que el Señor
me había guiado hasta sus puertas con el pedido más insólito que
se hubieran imaginado: "llévennos al Sur del círculo polar, a
los peligrosos y traicioneros mares que han visto fracasar a los más
intrépidos expedicionarios del mundo, y no sé cómo se lo vamos a
pagar".
Terminada la entrevista y aclarado con los doctores Pérez Companc
que yo debía informar de ella al jefe de la Expedición, nos
retiramos Mabelle y yo creyendo que lo que había pasado no era
cierto. Y por los mismos medios con que llegamos allí –caminando
o casi trotando por no conseguir un taxi–, nos dirigimos al Círculo
Militar para que yo pudiera informarle a Pujato de la nueva
variante. Desgraciadamente, no estaba en su alojamiento por lo que
le dejé una nota relatándole lo acontecido.
Yo debía partir para La Plata, donde estaba tomando clases de
navegación polar. A mi regreso, Pujato estaba un poco escéptico y
temía que lo que yo le había escrito fuera más el producto de mi
entusiasmo y exagerado optimismo que de la realidad.
Sin demoras arreglé para el día siguiente una reunión con los dos
doctores Pérez Companc, el doctor Pestalardo y el coronel Pujato.
Lo demás es historia, como lo es lo que narré anteriormente. Corría
el 16 de enero de 1951 y el barco debía zarpar con rumbo a Bahía
Margarita, al sur del círculo polar, no más allá del 12 de
febrero. ¡Faltaba menos de un mes! Quedaba todo por hacer con
respecto a los arreglos para la navegación de una motonave que no
estaba capacitada para una aventura de esa naturaleza. Sin embargo,
ellos y nosotros teníamos fe, la primera de las virtudes teológicas
que nos permite creer aun sin comprender. Uno de los elementos más
significativos y emocionantes de todo eso es que ni de un lado ni
del otro había intereses por ganancias materiales. La emoción por
lo que los Pérez Companc y nosotros íbamos a hacer era la
verdadera motivación. Ello probaba, una vez más, que lo que la
mente del hombre puede concebir y creer también lo puede obtener.Señor
o señora lectora; ¿Ahora cree en milagros? Usando una metáfora
diré que, además de contar con la tripulación más avezada, Dios
fue nuestro timonel.
En el subcapítulo titulado "Información General", al
comienzo de este libro, he mencionado algunas de las características
del Santa Micaela. No voy a volver sobre ellas, pero digamos que
muchos de aquellos que encontraron tantas dificultades para
proporcionamos un transporte que nos llevara a nuestro destino, al
enterarse de la nave elegida deben haber tenido remordimientos de
conciencia. Y si así fue, vuelvo a la virtud de tener fe y creer en
Dios, porque los que negaron su colaboración no tuvieron en cuenta
que nos amparaba la magnanimidad divina, la que no falla y no
abandona. Esto quedó altamente probado con el resultado final de la
empresa.
Con toda premura nuestra motonave entró a dique seco para reforzar
su proa, proteger sus hélices y ser preparada, en general, para la
gran aventura. Por supuesto que los armadores tuvieron que hacer
grandes sacrificios para dotarla de la capacidad necesaria para
satisfacer nuestras necesidades. Asimismo, se ocuparon de contratar
los servicios de los más avezados marinos, desde su capitán a
quien quiera que fuera. Por favor, note que no he dicho "desde
su capitán al último de sus marineros" porque en esa empresa
no hubo "últimos" sino que todos fueron
"primeros".
He usado repetidamente la palabra sacrificio porque ese fue el
precio que pagamos para cumplir nuestro cometido, tanto los
expedicionarios como los armadores y la tripulación del barco. Sin
embargo, sería injusto que no recordara en ese rubro a aquellos que
sufrieron por nuestra decisión y que no fueron objeto del interés
periodístico, aquellos que ondeaban pañuelos en nuestra despedida
el 12 de febrero, aquellos que no fueron al puerto pero que rezaban
por nosotros: nuestras madres, nuestros padres, nuestros familiares
en general, esposas, hijos, seres queridos. Sería imposible que yo
aquí pudiera hacer un inventario individual de los sacrificios que
tantos hicieron para que materializáramos nuestra empresa.
Cada uno de los expedicionarios podría narrar los suyos y todos serían
muy sensitivos. Entre ellos, yo no era excepción, el hombre no es
una isla y si alguno cree que lo es, lo siento mucho; está
equivocado.
Solucionado lo que parecía imposible y que no lo fue gracias a los
dos caballeros antes mencionados y a su cristiana fe, podíamos usar
otra vez la capacidad humana de distender los músculos de nuestras
caras y sonreír, que es la agradable antesala de una buena
carcajada. El Presidente de la Nación aceptó sin retaceos la
oferta de la Compañía Naviera Pérez Companc; a ello siguieron las
negociaciones al más alto nivel y todo se preparó para la partida
como lo habíamos planeado.
Extraído del libro Reminiscencias. de Jorge Mottet. Segundo Jefe de
la Primer Expedición Científica Argentina a la Antártida
Continental (1951). Dr. en Ciencias Políticas y Relaciones
Internacionales. Profesor Emérito de la Universidad de Lock Haven -
Pensylvania.
Pujato me autorizó a que intentara encontrar una solución en las
empresas privadas de navegación. Eso era ir en busca del milagro
que mencioné anteriormente y que se produjo. Ni siquiera podía
decir cómo sería financiada la operación, en caso de que alguien
me escuchara. Tomé la guía telefónica y anoté direcciones de
todas las compañías navieras que podrían hacerlo, las que no eran
muchas. Era un día muy caluroso del mes de enero de 1951. Yo no
disponía de transporte así que tenía que moverme por mis propios
medios, y mis propios medios eran mis dos piernas. Mi novia Mabelle,
que me alentaba a costa de su propio desaliento, me acompañó en
esa lucha contra la desesperanza. En algunas oficinas navieras, ni
me recibieron y en otras no alcancé a terminar de explicarles
nuestras necesidades. Me miraban como si fuera un escapado de algún
establecimiento para enfermos mentales. Para colmo, vestía un traje
azul oscuro, media estación, que en esa casi carrera por la Avenida
de Mayo me hacía transpirar profusamente.
Así, Mabelle y yo llegamos a la última en la lista de
posibilidades, la Compañía Naviera Pérez Companc. Allí pedí
hablar con el gerente y ¡Sorpresa! nos recibió. Era el doctor
Pestalardo a quien le expresé en la forma más coherente que pude
cuál era nuestro problema. Nos pidió que esperáramos unos
minutos, que no deben haber sido más de cinco o, a lo sumo, diez.
Volvió y nos invitó a pasar a otra oficina. Cuando le manifesté
que mi novia podía esperarme, me contestó que ella también estaba
invitada a participar de la reunión.
La siguiente oficina era muy espaciosa, magnífica y sobriamente
decorada. Dos caballeros nos esperaban y detrás de su escritorio
había un monumental mural del mundo. Nos presentamos ante ellos y
se identificaron como Carlos y Jorge Pérez Companc. Me pidieron que
volviera a explicarles el motivo de nuestra visita cosa que hice lo
mejor que pude. Creo que les expresé nuestra desilusión por lo
acontecido en las tramitaciones anteriores con el Ministerio de
Marina y también que, en ese punto, no estaba en condiciones de
decirles cómo se financiaría la empresa.
Esos dos patriotas, los doctores Carlos y Jorge Pérez Companc,
intercambiaron un par de ideas entre ellos y acto seguido me
manifestaron lo siguiente: "Capitán, sus problemas se han
terminado. Nosotros los llevaremos y no cobraremos absolutamente
nada por eso. Una empresa tan patriótica y de tanto sacrificio como
la de ustedes merece el desinteresado apoyo de toda la ciudadanía".
Lo perentorio de la fecha de partida tampoco significó un obstáculo
porque, así, sin más decir, ellos dispusieron que uno de sus
barcos que servía la costa patagónica se preparara para la nueva
aventura. Ambos creían en Dios y sabían en esos momentos que el Señor
me había guiado hasta sus puertas con el pedido más insólito que
se hubieran imaginado: "llévennos al Sur del círculo polar, a
los peligrosos y traicioneros mares que han visto fracasar a los más
intrépidos expedicionarios del mundo, y no sé cómo se lo vamos a
pagar".
Terminada la entrevista y aclarado con los doctores Pérez Companc
que yo debía informar de ella al jefe de la Expedición, nos
retiramos Mabelle y yo creyendo que lo que había pasado no era
cierto. Y por los mismos medios con que llegamos allí –caminando
o casi trotando por no conseguir un taxi–, nos dirigimos al Círculo
Militar para que yo pudiera informarle a Pujato de la nueva
variante. Desgraciadamente, no estaba en su alojamiento por lo que
le dejé una nota relatándole lo acontecido.
Yo debía partir para La Plata, donde estaba tomando clases de
navegación polar. A mi regreso, Pujato estaba un poco escéptico y
temía que lo que yo le había escrito fuera más el producto de mi
entusiasmo y exagerado optimismo que de la realidad.
Sin demoras arreglé para el día siguiente una reunión con los dos
doctores Pérez Companc, el doctor Pestalardo y el coronel Pujato.
Lo demás es historia, como lo es lo que narré anteriormente. Corría
el 16 de enero de 1951 y el barco debía zarpar con rumbo a Bahía
Margarita, al sur del círculo polar, no más allá del 12 de
febrero. ¡Faltaba menos de un mes! Quedaba todo por hacer con
respecto a los arreglos para la navegación de una motonave que no
estaba capacitada para una aventura de esa naturaleza. Sin embargo,
ellos y nosotros teníamos fe, la primera de las virtudes teológicas
que nos permite creer aun sin comprender. Uno de los elementos más
significativos y emocionantes de todo eso es que ni de un lado ni
del otro había intereses por ganancias materiales. La emoción por
lo que los Pérez Companc y nosotros íbamos a hacer era la
verdadera motivación. Ello probaba, una vez más, que lo que la
mente del hombre puede concebir y creer también lo puede obtener.Señor
o señora lectora; ¿Ahora cree en milagros? Usando una metáfora
diré que, además de contar con la tripulación más avezada, Dios
fue nuestro timonel.
En el subcapítulo titulado "Información General", al
comienzo de este libro, he mencionado algunas de las características
del Santa Micaela. No voy a volver sobre ellas, pero digamos que
muchos de aquellos que encontraron tantas dificultades para
proporcionamos un transporte que nos llevara a nuestro destino, al
enterarse de la nave elegida deben haber tenido remordimientos de
conciencia. Y si así fue, vuelvo a la virtud de tener fe y creer en
Dios, porque los que negaron su colaboración no tuvieron en cuenta
que nos amparaba la magnanimidad divina, la que no falla y no
abandona. Esto quedó altamente probado con el resultado final de la
empresa.
Con toda premura nuestra motonave entró a dique seco para reforzar
su proa, proteger sus hélices y ser preparada, en general, para la
gran aventura. Por supuesto que los armadores tuvieron que hacer
grandes sacrificios para dotarla de la capacidad necesaria para
satisfacer nuestras necesidades. Asimismo, se ocuparon de contratar
los servicios de los más avezados marinos, desde su capitán a
quien quiera que fuera. Por favor, note que no he dicho "desde
su capitán al último de sus marineros" porque en esa empresa
no hubo "últimos" sino que todos fueron
"primeros".
He usado repetidamente la palabra sacrificio porque ese fue el
precio que pagamos para cumplir nuestro cometido, tanto los
expedicionarios como los armadores y la tripulación del barco. Sin
embargo, sería injusto que no recordara en ese rubro a aquellos que
sufrieron por nuestra decisión y que no fueron objeto del interés
periodístico, aquellos que ondeaban pañuelos en nuestra despedida
el 12 de febrero, aquellos que no fueron al puerto pero que rezaban
por nosotros: nuestras madres, nuestros padres, nuestros familiares
en general, esposas, hijos, seres queridos. Sería imposible que yo
aquí pudiera hacer un inventario individual de los sacrificios que
tantos hicieron para que materializáramos nuestra empresa.
Cada uno de los expedicionarios podría narrar los suyos y todos serían
muy sensitivos. Entre ellos, yo no era excepción, el hombre no es
una isla y si alguno cree que lo es, lo siento mucho; está
equivocado.
Solucionado lo que parecía imposible y que no lo fue gracias a los
dos caballeros antes mencionados y a su cristiana fe, podíamos usar
otra vez la capacidad humana de distender los músculos de nuestras
caras y sonreír, que es la agradable antesala de una buena
carcajada. El Presidente de la Nación aceptó sin retaceos la
oferta de la Compañía Naviera Pérez Companc; a ello siguieron las
negociaciones al más alto nivel y todo se preparó para la partida
como lo habíamos planeado.
Extraído del libro Reminiscencias. de Jorge Mottet. Segundo Jefe de
la Primer Expedición Científica Argentina a la Antártida
Continental (1951). Dr. en Ciencias Políticas y Relaciones
Internacionales. Profesor Emérito de la Universidad de Lock Haven -
Pensylvania.
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