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Horacio Croxatto y la píldora del día después

 
 

Ha estudiado por 40 años la trompa de Falopio y de ellos, 10 los ha dedicado a la píldora del día después. Y aunque tiene ultra probado que la pastilla no es abortiva aún hay diputados de derecha y grupos conservadores, entre ellos dos liderados por su prima Carmen Croxatto, que insisten en lo contrario, incluso en el Tribunal Constitucional. Su postura e investigaciones le han costado caro: tuvo que dejar un buen cargo en la Universidad Católica, donde siempre lo presionaron por sus trabajos...Ésta es la historia del doctor Horacio Croxatto, su lucha por lograr que en Chile haya educación sexual y anticonceptivos para todos y de como a los 50 años dejó de ser católico y fue mucho más feliz.

A mediados de los 90, el doctor Horacio Croxatto -casado, seis hijos y fisiólogo de la Universidad Católica- iba a abordo de un avión cuando en un diario leyó que el senador UDI Hernán Larraín había propuesto subir de 5 a 10 años de cárcel la pena para una mujer que abortara. A él casi se le cayó el pelo y apenas pudo, habló Soledad Díaz, su socia en el Instituto Chileno de Medicina Reproductiva (ICMER), que crearon juntos para hacer investigaciones sin presiones de la Iglesia y con autonomía, y le dijo: “Tenemos que hacer algo”. Ese algo se materializó en una carta al Congreso que luego salió reproducida íntegramente en El Mercurio.
-Esa era una atrocidad y una falta de sentido común y social, porque para evitar los abortos no hay que subir las penas, sino darle más acceso a la gente a los anticonceptivos y más educación en temas de sexualidad. Además, hicimos notar a los parlamentarios que era una injusticia social tremenda, porque las mujeres que irían a parar a la cárcel iban a ser las pobres, porque las que se hacen abortos en buenas condiciones, nunca van a un hospital y nadie las va a delatar. Al final, ese proyecto no pasó. No sé si por la carta o por otra cosa.
Pero en la Universidad Católica se enojaron mucho con usted.
-La reacción que vino de la jerarquía de la Iglesia y del representante del Vaticano fue decirle a la Universidad Católica que no podían tener entre sus profesores a un abortista. Y eso que partimos la carta diciendo que no éramos partidarios del aborto. En ese tiempo llevaba casi 30 años en la Católica. Me llamó Juan de Dios Vial, que había sido profesor mío y nos apreciábamos mucho. Fue una cosa dolorosa, difícil. Me dijo: ‘no me queda otra que renuncies a tu condición de profesor titular’. Me explicó que la presión venía de arriba, del Vaticano. Era lo único que él podía hacer.
¿Vial estaba convencido de echarlo?
-No, pero Juan de Dios es de misa y muy alineado con el Vaticano. De hecho, en algún momento hasta lo nombraron miembro del comité de familia de El Vaticano. Yo podría haberme negado, armado un escándalo y meterle un juicio a la universidad, pero no lo hice para no causarle problemas a Juan de Dios, porque lo quería. Me ofrecieron recontratarme como investigador asociado, aunque al final lo hicieron de un modo en que me pagaban mucho menos. Me contrataron por 10 meses al año y había dos meses que no tenía sueldo. Tampoco fue por tiempo completo, sino que por 12 horas semanales. Entonces, mi sueldo se redujo mucho. Si yo ganaba un millón no sé cuánto, después recibía 200 mil.
Después de haber sido tratado de abortista ¿no se sintió con las manos amarradas para seguir haciendo investigación en la Católica?
-No, para nada. Al contrario. Sentí que me liberaban de un compromiso con la universidad. Porque hasta ese momento yo siempre había mantenido un perfil muy bajo. Nunca había dado una entrevista a la prensa ni nada. Y mis publicaciones eran todas en revistas extranjeras de modo de causarle la menor molestia a la universidad por lo que había pasado.
¿Por qué empezó a investigar algo tan pequeño como la trompa de falopio?
-Eso empezó en 1969 o 1970. Ocurrió porque estábamos desarrollando un implante anticonceptivo, que era como una varillita, blandita, que en su interior contiene una hormona que se difunde de a poquito. Se pone bajo la piel y está todo el tiempo entregando hormonas. Al principio usábamos dosis muy bajas y se produjeron algunos embarazos tubarios. Inmediatamente me fui a la biblioteca a estudiar qué relación había entre este implante y ese embarazo y me di cuenta que no había nada de información. Ahí pensé que había un terreno virgen y me puse a trabajar con ratas, conejos o cobayos.
¿Y cómo era posible que en la Católica trabajaran en anticonceptivos?
-Estábamos autorizados por el cardenal Silva Henríquez. Cuando volví en 1967 de Estados Unidos, donde fui a un entrenamiento a la Universidad de California y después a la de Rockefeller, ya traía la idea de desarrollar esto. Mi primera idea fue buscar una asociación con el Departamento de Ginecología y Obstetricia de la Católica y encontrar mujeres que pudieran ser voluntarias. Al final nos peleamos con ellos. Lo que pasó fue que justo ahí salió la Encíclica Humanae Vitae (1968), que prohíbe el uso de anticonceptivos porque los consideraba inmorales, que el acto sexual tenía que estar abierto a la procreación y que el ciudadano no puede intervenir para cerrarlo a la procreación. Entonces, muchos profesores de la Católica dijeron: ‘no, no se puede hacer este tipo de investigación’.
¿Cómo era ese mundo de la Católica?
-Había gente muy beata, pero no todos eran así. Después surgió una disputa interna en la facultad de Medicina sobre si podíamos o no hacer estas investigaciones y el decano dijo: ‘consultemos a Silva Henríquez, el gran canciller de la universidad’. Tuvimos una reunión y el cardenal dijo: ‘si se trata de hacer investigación, se puede’.
Y usted quedó feliz.
-¡Claro! Yo estaba muy entusiasmado con eso. Entonces, el departamento de Obstetricia de la UC quedó fuera y Soledad Díaz organizó el policlínico de atención de planificación familiar y empezamos a reclutar personas. Pero cuando en 1973 llegó el golpe, Silva Henríquez dijo que no quería ser más canciller de la Católica, porque le pusieron otro rector y otras autoridades y él consideró que era indigno seguir ahí. Fue ahí cuando nombraron a Medina como pro gran canciller. Al poquito tiempo nos llaman y nos dicen: ‘no más, terminan con esto’. Yo al principio no podía creerlo...Y nosotros le informamos que seguiríamos, pero fuera de la Católica. Ahí decidimos hacer el ICMER.
¿Qué significa para un investigador trabajar en un mundo beato y tan lleno de trabas?
-Mira, puede no significar nada si trabajas en una cosa neutra, pero el sexo para la Iglesia y la religión católica es una cosa muy especial y no tiene nada de neutro. Es un tema con el cual yo no sé qué pasa, pero se sienten como incómodos. No sé a lo que le temen. Es algo de lo que no quieren que se hable ni se sepa y que se mantenga en el mayor oscurantismo posible. Te estoy hablando del pasado, porque eso está cambiando.
Mientras estaba en la Católica, ¿se complicaba al investigar o hacía como los científicos de la U.R.S.S. que al final privilegiaban al partido y no a la ciencia?
-Mira, en la facultad de Medicina y Ciencias Biológicas se instauró una comisión de ética para revisar los proyectos de investigación que hacían los profesores. Y aunque no estaba dicho en ninguna parte, no tengo duda de que fue creado para revisar mis trabajos. Había discusiones entre los miembros y algunos sacerdotes eran más abiertos que otros, a veces incluso más que algunos laicos. Casi siempre pude hacer mis proyectos, pero había que andar pisando huevos. Siempre nos llegaban reclamos, de que cómo era posible que hiciéramos esto.

LAS MONAS TIENEN COLA...

El doctor Ventura, de los grupos anti píldora, lo criticó por experimentar con animales la pastilla del día después.
-Cuando comenzaron a decir que la píldora era abortiva, ya habíamos empezado a investigar cómo previene el embarazo. Lo hicimos con animales, con doce monas. Hicimos que cada mona contribuyera con cuatro ciclos de apareamiento y en dos de estos les dimos levonorgestrel (el componente de la píldora) y en los otros placebo, que es una pastilla pero sin droga. La secuencia la hicimos aleatoria. Había seis combinaciones posibles y todas igualmente representadas. Entonces, le hacíamos una ecografía a la mona, veíamos el folículo y cuando ya estaba por ovular, la poníamos con un macho y se apareaba, esperábamos que ocurriera la ovulación y la fecundación y luego le dábamos placebo o levonorgestrel. Luego veíamos si menstruaba, si no lo hacía sospechábamos que estaba embarazada, y hacíamos otra ecografía. Y si aparecía un saco gestacional, quería decir que estaba embarazada. Luego le dábamos una droga que interrumpe el embarazo, la dejábamos descansar un mes y volvía el estudio hasta completar cuatro ciclos de apareamiento. Así, con doce monas, por cuatro ciclos, son 48 ciclos. La mitad de estos, 24, fueron tratados con levonorgestrel y la otra, con placebo. El número de embarazos fue 13 con levonorgestrel y también 13 con placebo. Por lo tanto, en la mona, el levonorgestrel no hace nada después que se formó el embrión. Lo mismo hicimos en las ratas y tuvimos exactamente igual resultado. Esta investigación la publicamos en 2003, en la revista Human Reproduction.
Pero Ventura lo cuestionó pese a que usted probó que el levonorgestrel no es abortivo.
-Dijo: ‘pero es que no, es que eso pasa en la mona’. También lo hizo el doctor Manuel Santos. Dijo que las monas no eran representativas de la mujer porque tienen cola. Él decía ‘estos primates son primates, claro que menstrúan, pero filogenéticamente están en otra rama de la evolución: el humano siguió por aquí y estos monos por allá...’. Es una cosa grotesca y rara sembrar la duda con esos argumentos en un experimento que es absolutamente contundente.
¿Pero que el aparato reproductor de las monas no es prácticamente igual que el de las mujeres?
-No es idéntico porque en ninguna especie es igual, pero usan las mismas hormonas y tienen los mismos procesos y secuencias. Por lo demás ya esta confirmado que en la mujer pasa lo mismo que en la mona.
Usted ha cuestionado a varios médicos que son antipíldora por criticarla sin haberla investigado nunca ¿eso pasa mucho en Chile?
-Mira, todo este grupo como Ventura, Santos, Orrego, Cruz Coke, Valenzuela y Patricio Mena, en su vida han hecho investigación en este tema, sino que se dedican a otras cosas. Orrego es neurobiólogo; Ventura pediatra y otros, genetistas. Lo único que hacen es leer lo que se publica o escuchar lo que se dice y lo interpretan a su manera acomodaticia, porque quieren a toda costa que la píldora sea abortiva. No pueden aceptar bajo ninguna condición que no lo sea.
¿Eso se debe a la religión?
-Absolutamente a la cosa religiosa. La jerarquía eclesiástica no quiere la píldora, porque para ellos es otra píldora más, que además tiene una categoría distinta a las anteriores por esta capacidad que tiene de impedir el embarazo después de que ha ocurrido un acto sexual no programado o no protegido.
Y si es no programado, lo más probable es que sea placentero.
-¡Pero por supuesto! Ellos se han transformado en los paladines o voceros de la Iglesia Carólica y se han puesto un disfraz de la ciencia. Ellos ‘representan’ a la ciencia, a los científicos, son los que saben y conocen las evidencias científicas sobre la píldora. Y dicen cada disparate que da miedo...

CUANDO FUE CATÓLICO

¿Usted es o fue católico?
-Sí, me eduqué en los Padres Franceses, en la Alameda. Mis papás eran católicos y yo salí del colegio siendo muy católico, pero ahora no lo soy.
¿Por qué?
-Porque dejé de creer en todas las cosas de las religiones. Dejé de ser católico entre los 40 y los 50 años. No es una cosa de un día para otro.
¿Fue un cambio de fondo o lo que le molestaba era la Iglesia?
-Fue por cosas de fondo. Mire, es increíble lo que lo voy a decir, pero cuando salí del colegio, lo hice convencido de que lo que me habían enseñado era todo lo que se sabía y lo que se iba a saber, porque todo lo enseñaban en forma dogmática. Jamás se ponía duda ni se cuestionaba nada. Todo era así y se acabó. Después entro a la Universidad Católica, a Medicina, y no se imagina la sorpresa que me dio al ver a mis compañeros en el patio discutir de religión, hablar mal de los curas y la Iglesia. Yo no lo podía creer, porque yo antes estaba convencido de que todo el mundo era católico y que esta era la única religión. A mí jamás me enseñaron nada de otras religiones. Ni siquiera las mencionaban.
¿Y qué pensaba de sus compañeros en ese tiempo?
-Pensé que algunos eran malos porque hablaban mal de la Iglesia Católica y de los curas. Pero con el correr del tiempo, fui descubriendo cosas...
¿En qué momento hizo crisis con la religión?
-Por ejemplo, cuando estudié en Estados Unidos. Me atrevo a decir que una masa importante de los científicos de las universidades no son católicos ni religiosos. A ellos no les pasan el cuento del dios creador y todo poderoso. Todo eso está out y es mitología. Además, empecé a conocer otras religiones ¿cómo el dios de estos es así y el de otros asá? ¿A ver, no era que había un solo dios no más? Uno empieza a pensar, porque hasta ahí yo andaba con estas cosas que me inculcaron cuando niño, porque cuando a uno le cuentan el cuento del viejo pascuero o de la caperucita y se lo cuentan el papá, la mamá y la abuelita, se lo cree. Del mismo modo pasa con el catecismo y el evangelio, se la cree igual. Y cuando se creció con eso, deshacerse es difícil, pero no racionalmente, sino emocionalmente. Yo lo logré.
¿Se casó por la iglesia?
-Sí claro. Cuando me casé, la norma era: tú te recibes, tienes tu título y si estás pololeando te casas lo antes posible. Y empiezas a tener hijos, todos los que vengan.
Fue su caso, tiene hartos hijos.
-Seis. Claro que a algunos los tuve después...jejeje. Pero yo logré desprenderme de todo eso y me quedé con tres mandamientos y no necesito más. El primero, el obvio, es quererse así mismo; el segundo, querer al prójimo, procurar su bien y el tercero, cuidar la naturaleza. No necesito más.
¿Le cambió la vida cuando se desprendió de la religión católica?
-Me cambió la vida. Soy desde entonces muchísimo más feliz. Crecí, me desarrollé y adquirí seguridad en mi mismo. Si en realidad, todas las otras cosas que tenía no eran mías, sino prestadas. Al final de cuentas yo no tenía personalidad, confianza en mi mismo y me sentía acomplejado, con inferioridad.
¿Y por qué?
-Porque yo no había hecho nunca nada. Cuando chico, todo el bagaje y la visión de mí mismo y del mundo eran prestados. Pero de repente empecé a pensar y a descubrir que yo podía ser yo.
¿Cree que sin el peso de la Iglesia en el sexo se puede pasar mejor?
-No hay duda que se pasa mejor. Pero no es por la iglesia, sino por la jerarquía eclesiástica. Si uno está con trancas de que el sexo es malo, feo y pecaminoso, lo pasa mal. El sexo es una cosa rica, buena, unitiva y recreativa.

LA PÍLDORA Y SU FAMILIA

¿Qué le parecen estas organizaciones pro vida? ¿se ha fijado que los nombres se repiten en todas?
-Bueno, tengo una prima ahí...
Carmen Croxatto, dirigente de dos organizaciones antipíldora.
-Tan ofuscada ella...Un día di una conferencia en la Católica sobre la píldora, que era abierta al público, y ella fue. Yo mostré mis experimentos y cuando me fui, ella me acompañó a mi oficina y me lanzó una diatriba tremenda, llena de inventos, de creencias de que nosotros (el ICMER) era pagado poco menos por la CIA. Atroz...dijo que yo era una vergüenza para la familia.
¿Y usted como se lo tomó?
-Con calma, porque me di cuenta de que no sabía de lo que estaba hablando.
Si en Chile hay anticonceptivos y condones ¿Cuál es el efecto social que tiene la píldora si el embarazo adolescente no ha disminuido?
-Porque no hay educación sexual y eso es porque la iglesia no lo ha permitido nunca. Y si no hay educación sexual es porque los padres no la tuvieron y porque sus padres tampoco y porque los padres de los padres menos. Es un círculo vicioso que se perpetúa. Muchos padres creen que si hablan con sus hijos, los niños van a tener más relaciones sexuales. Entonces, como los niños no tienen información adecuada, no pueden actuar responsablemente. La libertad sirve cuando uno puede tomar decisiones basadas en información correcta.
A mucha gente el término embarazo no deseado, una de las justificaciones de la píldora, les pone los pelos de punta.
-Claro. Suponga usted una chica que está por salir del colegio o de la universidad, se embaraza y no tiene una pareja estable. ¡Está fregada! ¿y qué hace con ese niño? ¿cómo se las arregla para seguir estudiando? O sea, rompe su proyecto de vida y, además, se arriesga a entrar en el círculo de la pobreza.
¿Por qué tomar la píldora si hay anticonceptivos comunes en las farmacias?
-Es que no tiene nada que ver con eso. En Inglaterra, por ejemplo, han distribuido píldoras antes, de modo que la gente la tenga en su velador o en la cartera, pero no por eso se ha usado más. Hay que ponerse en el escenario real de las relaciones sexuales de la gente más joven y de los adolescentes, que salen, a lo mejor toman, están solos, se calientan y tienen relaciones sexuales que no estaban programadas. Esa es la vida real y hay una píldora post coital para evitar ese embarazo. Porque la única otra posibilidad para evitar eso es que los padres de esa niña y ese niño hayan hablado con ellos o el sistema educacional les haya informado y tengan bien metido en la cabeza que cuando decidan tener sexo, tienen que ser cuidadosos, porque si no lo son, van a generar un embarazo con tales consecuencias para él y para ella. O bien, si deciden hacerlo, ok, es tu decisión, tu responsabilidad, pero hazlo usando tales y cuales precauciones: esta pastilla, estos condones. Pero eso no es así.
¿Cómo lo hizo usted con sus seis hijos?
-Les expliqué todo y les hice ver las consecuencias que puede tener el no cuidarse. Siempre les dejé muy claro que las únicas personas que se perjudicaban eran ellos y que a mí no me pasa nada, pero si se embarazaban a los 18, era problema suyo.
Chile quedó impactado hace un par de meses con una adolescente que tuvo sexo oral en una plaza ¿usted también se espantó?
-Me espantó la publicidad que tuvo, que lo hayan filmado y que saliera del círculo de ella. Eso me parece peor de lo que ella hizo. Pero tampoco creo, para nada, que eso es lo que están haciendo nuestros adolescentes. Este es un caso más bien excepcional, pero no tengo dudas que los adolescentes están teniendo sexo. He visto las estadísticas, pero esto de practicar cosas sexuales delante de todos es excepcional.
Pero hay varias niñas que prefieren tener sexo oral para mantener su virginidad.
-Claro. O sexo anal. Eso lo escuché hace varios años en Argentina. Estábamos hablando de este tema y alguien mencionó el orto. Y yo dije ¿qué es el orto?, porque yo no había escuchado nunca la palabra y me dijeron: es el sexo anal. Después, uno de mis nietos me explicó: el orto es el otro, dado vuelta al revés para que no cachen cuando uno lo dice.
Supongo que esa es una palabra que jamás ocupa un ginecólogo.
-¡Claro que no! Pero si alguien quiere ser virgen, qué importa, es su derecho. Las niñas tienen que ejercitar su autonomía con libertad, porque somos todos distintos y no veo nada de malo en querer ser virgen. Pero no es lo que yo haría si fuera mujer.

http://www.theclinic.cl/c_entrevista/ent_01.php

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