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LA  GUERRA  ES  LA GUERRA

 

 

 

 

por Camilo Estrada Luviano 

 

Los medios de comunicación masiva que están en lo fundamental, en cada país y a nivel mundial, también en lo fundamental, en manos de los grandes capitalistas, divulgan lo que conviene a estos y estos monstruos transnacionales que en su abrumadora mayoría son yanquis -y, son los que imponen al jefe, llamado presidente, del gobierno de los Estados Unidos-, originan que sea el gobierno usano el que en los hechos dicte lo que el mundo debe saber o no.

Los otros capitales, también de países imperialistas, hacen lo mismo, pero en la realidad quedan subordinados al amo gringo. Y este amo, sea del partido político yanqui que sea, sigue el mismo surco: el que gana o arrebata las mayores ganancias para los verdaderos dueños del poder, el poder económico.

No es que nunca podamos saber la verdad de nada. Afortunadamente ésta siempre aflora, aunque frecuentemente quede sólo como testimonio  para la posteridad.

En esta dinámica infernal, los medios de comunicación masiva repiten y repiten, y sin cansancio, de que capitalismo es sinónimo de democracia. Lo que es una mentira redonda, (redonda, porque desde el punto que se le vea siempre será mentira), y sin embargo es tanto el martilleo que hasta gente que se dice de izquierda repite esta afirmación con una simpleza acrítica, convirtiéndola en prejuicio.

 Prejuicio, que por serlo no permite ninguna discusión y que, en este caso concreto, además de repetir una mentira que no sirve más que para profundizar la falsedad de tal no-verdad, -dirían algunos filósofos-, pueden, además, dar origen a muchos otros prejuicios más.

Así, con una serie ininterrumpida de mentiras “convertidas en verdad” de una manera tan vil, durante décadas hemos oído, leído e incluso nos han o hemos argumentado de que hubo una Guerra Fría inmediatamente después de que concluyó la II Guerra Mundial, (nomás faltaba llamar a esta II Guerra Mundial como “Guerra Caliente”) con lo que, quiérase o no, de hecho se trataba de no confesar que con esta “clasificación” de tipos de guerra lo que se hacía era callar la agresión permanente que sufrieron los países del llamado campo socialista mientras éste existió y, aunque no fuera la intención afirmarlo, resulta que la criminal agresión permanente que sufre el pueblo cubano de parte del imperialismo y sus lacayos es “normal”.

Lo mismo se puede decir de la agresión, prepotencia y arrogancia de los gobiernos de los “países desarrollados” contra cualquier gobierno ó  pueblo que ose desafiarlos.

Hablar de la Guerra Fría como continuación del conflicto armado significaría que en ella no se utilizaron armas, pero sí hubo muertos, y no pocos. Y si hubo muertos y no se hubieran utilizado armas, estos ¿cómo fueron asesinados?

Difícil pregunta, pero a ella se le responde que es cierto que sí se utilizaron las armas, pero éstas no fueron la que dirigieron y predominaron en dicha contienda. Si respetamos el significado de las palabras y no buscamos aquello que nos guste o se acomode a nuestros gustos y preferencias, tendremos forzosamente que sacar la conclusión de la tal guerra fría ya no fue tan fría, pero tampoco fue “caliente”.

El punto intermedio entre lo frío y lo caliente es lo tibio, por ende, tuvimos una guerra “tibia” que a veces se hacía más caliente y en otras se enfriaba un poco. Esto ya parece choteo. Pero eso es lo que significa que hubo Guerra Fría después de la II Guerra Mundial.

La guerra es la guerra; el hacerla “caliente” o “fría” no son más que recursos de manipulación para justificar los crímenes de los capitalistas, y el capitalista, no hay que olvidarlo, entre más capital tiene más cruel, perverso y desalmado será. Eso es lo que vemos diariamente desde hace décadas, y, no es exagerado decir, siglos.

La realidad es testaruda y el que nos guste o no, es asunto de subjetividades que reflejan nuestras posiciones políticas que nos desnudan ante las clases sociales en permanente lucha, según el tipo de contradicciones que existan entre ellas.

La palabrería de los jilguerillos, -llámense como quieran llamarse-, no hace más que enturbiar lo que en el fondo sucede. El capital no puede dejar de ser agresivo, por eso llega a lo criminal.

Todo capital, detrás de ser un concepto, es trabajo materializado, trabajo realizado por los obreros, campesinos y pobres en general, porque estos sólo tienen su capacidad para trabajar y es esta capacidad, -llamada fuerza de trabajo-, la que venden a los patrones para poder participar de lo producido por ellos mismos, participación que reciben en forma de salario o jornal.

En cambio a los dueños del capital les pertenece el “beneficio” que rinde el capital, dicen ellos, negando con esto, el hecho de que la ganancia no es otra cosa que el trabajo no pagado a quien labora que, obviamente no es el capitalista.

Jurídicamente son igualados tanto los patrones como sus trabajadores y, por lo mismo, también donde se realizan, –se venden y compran-, las mercancías, en el mercado, todos son igualmente iguales. Y si todos son iguales todos compiten entre sí, quedando sobrentendido que esa competencia  es entre pares.

Hay que aclarar que en “el mercado” tenemos no una sola competencia, sino que existen tres tipos de ella.

La primera es la competencia entre compradores y vendedores que es la que todos conocemos a simple vista, pero también la hay entre comprador y comprador y, la competencia de cuya ferocidad nunca se habla en los medios de comunicación masiva, la competencia entre vendedor y vendedor, es decir, entre los mismos capitalistas entre sí, ya no para ganar tal o cual objeto para su compra, sino la que se da por conquistar los mercados.

Es aquí donde se ve claramente como los peces grandes se comen a los chicos, el imperialismo negocia con sus más o menos pares y pisotea y destruye a los menores. La competencia también es guerra, y la guerra es la guerra.

Esto es lo que nos permite entender la saña y persistencia de los ataques de los imperialistas contra los países del que fue llamado campo socialista.

Estos países socialistas significaban un mercado, significaban posibilidades de tener compradores y de obtener los medios y recursos con que explotar a los habitantes de esos mismos países, pero ellos, antes, no estaban servidos en la mesa del banquete de los vampiros capitalistas.

Otra mentira, de las miles que el imperialismo ha repetido desde 1945 a la fecha, es que la Unión Soviética quería imponer el comunismo en todo el mundo. Sólo una persona sin la información debida o un canalla de mala leche puede equipar a un gobierno capitalista con un socialista.

Son sistemas, -que no modos de producción-, distintos que perseguían fines distintos. Además, dentro de la misma URSS y dentro de casi todos los demás países socialistas se desarrollaba también la lucha de clases propia y particular de cada uno de ellos.

 Ello, aunado a los avances de posiciones llamadas “revisionistas” por las debilidades económicas, políticas y sociales del proyecto tanto bolchevique, como de otros en los diferentes países, trajo como consecuencia que las economías de esos países cayeran en la debacle y es a eso a que lo llaman “triunfo” del capitalismo sobre el comunismo.

Es de imbéciles decir esto, porque el comunismo nunca ha existido en la historia, desde la aparición de la propiedad privada sobre los medios de producción, es decir, por lo menos unos seis mil años.   

Cuba es caso, situación y ejemplo aparte, que brilla con luz propia, y seguirá siendo faro para todos los pueblos del mundo como ejemplo real de que cuando un pueblo decide tomar su destino en sus propias manos y no dejarlo en manos de los explotadores de toda ralea, es indomable e invencible

29 de marzo de 2004. 

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