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Es menos malo agitarse en la duda que descansar en el error. Alessandro Manzoni
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Nuestra cultura colonial |
La arquitectura es el arte de proyectar, construir y ornamentar edificios para
satisfacer una necesidad estética. El
arte responde aun estilo que establece procedimientos
formales para el artista realiza su obra. Este estilo no puede estar sujeto a
normas inmutables ni encasillarse dentro de una codificación rigurosa.
Constituye una creación individual o de un grupo, vinculado con su
pensamiento.
Cuando los caracteres estéticos son reconocidos, trascienden las fronteras y se incorporan en el patrimonio
cultural de otros pueblos, poniendo de manifiesto su modo de ser y su modo de vivir.
Los estilos Hispanoamericanos estaban vinculados con la España. Las manifestaciones estilísticas
más empleadas en el Nuevo Mundo fueron el barroco
y el renacimiento italiano. Estos elementos sumados al aporte indígena, permitieron el surgimiento de la arquitectura
hispanoamericana o colonial.
El arte arquitectónico en España.
Durante la conquista y colonización, el arte arquitectónico en España
había alcanzado la madurez.
La arquitectura mudéjar, se origino por la convivencia entre
cristianos y musulmanes en territorio español, hacia el
siglo XII alcanzando su esplendor en el siglo XV. Predominaban los elementos árabes, a pesar de constituir un arte español
las columnas delgadas, los arcos, la bóveda y la cúpula, etc.
Hacia el siglo
XIII se inició el estilo románico, que se aplico a la construcción de iglesias.
Los principales problemas de la arquitectura románica como la iluminación
abundante de las naves y el equilibrio de las bóvedas, los soluciono la
arquitectura gótica que se inició en España hacia el siglo XIII. Se
caracteriza por el arco quebrado en forma do ojiva, muros delgados y amplios
ventanales.
La arquitectura del renacimiento, se inicia en España, al iniciarse el gótico
flamígero, con elementos del mudéjar; surge así el estilo isabelino, que se
desarrollo durante el reinado de los Reyes Católicos.
En la segunda mitad de el siglo XVI aparece el estilo clásico puro, que imitó
las formas romanas, nombrado en España como herreriano.
Este estilo fue sólo un simple tránsito hacia la arquitectura barroca. El
barroco fue el estilo que más se transplantó a los dominios de América,
particularmente en México y Perú. A partir del siglo XVIII el barroco da paso
al neoclásico, que volvió a imponer mesura en la ornamentación.
El estilo colonial.
El Renacimiento había proporcionado una técnica y
estilo propios, pero en el transcurso del siglo XVII esta simplicidad de las
formas clásicas se complicó, al predominar el elemento decorativo sobre el
constructivo, la línea curva sobre la recta. Surgió un estilo
rebuscado, con profusión de detalles decorativos, que recibió el nombre de
barroco.
Caracteres de nuestra arquitectura colonial.
A la llegada de los españoles, los aborígenes no se destacaron y, poco pudieron ofrecer en
materia constructiva, además el lento proceso de gestación arquitectónico se
debieron a razones económicas y sociales.
El monopolio comercial dejó consecuencias visibles en materia arquitectónica,
siendo el barroco el estilo predominante.
La arquitectura colonial de nuestro país presenta tres caracteres que la
definen:
a) Sencillez y espontaneidad. Construcciones primitivas y simples, producto
de operarios inexpertos y falta de herramientas y materiales adecuados.
b) Barroquismo. No alcanzó la suntuosidad de las construcciones
levantadas en México y Perú.
c) Clasicismo. Inspirado en las líneas del renacimiento
italiano del siglo XVI. Respondió a una necesidad del medio social, más que a una
tradición. Los
edificios fueron obras de contenido estético propio, a veces con cierta imagen
de pesadez que estaba de acuerdo con el gusto de la época. No hubo lujos en las
formas ni excesos decorativos sino líneas sencillas y elegantes en sobriedad y nobleza.
Los periodos en la historia de la literatura argentina.
Aunque en el aspecto militar y político, el 25 de mayo de 1810 representa en
nuestra historia un meridiano cronológico entre épocas diferentes, pues marca
el fin de la dominación española y el comienzo del período patrio, lo
acontecido aquella memorable semana nada significó en materia de cambios a
nuevas orientaciones literarias.
Ricardo Rojas consideró un período Colonial, desde
la conquista hasta el año 1820 que subdividió en: los Orígenes (siglo XVI);
la Inclinación, desde la apertura de la universidad de Córdoba (1613) hasta la
expulsión de los jesuitas (1767) y la Revolución, hasta el término de la
generación de mayo (1820).
Luego un segundo período que llamó la Proscripción, desde los caudillos
(1820) hasta la derrota de Rosas en 1852. El tercer período denominado la
Organización, abarca desde el Congreso Constituyente de 1853 hasta el año
1880, en que el Congreso reunido en Belgrano sanciona la ley que declara a
Buenos Aires capital de la República. Por último, la Actualidad, desde esa época
hasta el movimiento literario contemporáneo.
También hay otras divisiones realizadas por los estudiosos de hoy en día, los
cuales distinguen tres grandes épocas: formación de los géneros (1853-1880),
desarrollo (1880-1940) y el periodo contemporáneo (1940 hasta la actualidad).
Uno de los caracteres es la influencia de: el Renacimiento, el Barroco y el
Neoclasicismo.
Caracteres de nuestra literatura colonial.
Nuestra literatura colonial, que abarca un extenso lapso comprendido desde el
siglo XVI hasta comienzos del siglo XIX, debe considerarse un derivación menor
de la española, sujeta a la influencia de los movimientos culturales y de las
ideas estéticas que por aquella época cultivaban los estudiosos peninsulares.
De tal manera, el Renacimiento y su ideal grecolatino, más tarde el Barroco y
finalmente el Neoclasicismo, todos ellos se hicieron presentes, aunque en forma
muy relativa, en nuestra actividad literaria en tiempos de la dominación hispánica
y en las dos décadas posteriores del periodo patrio.
Aspectos de la literatura colonial.
Los comienzos de nuestra literatura reflejan los diversos aspectos de la
conquista y colonización del territorio del Río de la Plata.
La conquista iniciada en el año 1536 con la fundación de Buenos Aires, fue un
fracaso en cuanto al logro de objetivos materiales. Despoblado el villorrio, los
españoles se concentraron al norte, en la Asunción. El arribo de las empresas
de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y Ortíz de Zarate determinó la división de los
pobladores en dos grupos antagónicos. Los que habían llegado con Mendoza,
denominados antiguas nuclearon en torno al caudillo Domingo de Irala y
enfrentaron a los otros, llamados los nuevos.
La literatura en aquella época dejó constancia de la tenacidad de esos hombre,
protagonistas de una empresa incierta, en un medio desconocido en busca de
riquezas que no hallaron.
Un paso en el avance de nuestra literatura colonial lo marca la llegada de
viajeros que redactaron memorias descriptivas, que fueron de utilidad para
obtener datos sobre la geografía, el ambiente, la sociedad y diversos aspectos
de la vida entre los siglos XVI y XVIII.
La conquista espiritual emprendida por las órdenes religiosas, enriqueció la
literatura con gran cantidad de obras producto de la labor de sacerdotes
entregados a una intensa tarea intelectual. Los trabajos comprenden una gran
cantidad de materias, unos describen accidentes geográficos, la flora y la
fauna rioplatense, otros estudian la historia y variados aspectos científicos.
En nuestra literatura colonial también se produce el surgimiento del género
teatral, con obras del repertorio español.
Finalmente en los últimos años de la dominación hispánica, la lucha contra
los ingleses en 1806 y 1807 y la victoria alcanzada, inspiraron gran cantidad de
obras literarias, agrupadas bajo el titulo Cancionero de las invasiones
Los historiadores jesuitas.
Los miembros de la Compañía de Jesús ocupan un lugar estacado dentro de
nuestra evolución histográfica, entre los siglos XVII y XVIII realizaron el
mayor aporte al estudio de la historia de nuestro país, en el periodo hispánico.
Estos religiosos contaron desde un principio con sus propios cronistas
encargados de redactar las Cartas Anuas, o extensa información que cada año
era elevada por los padre provinciales al general de la Orden, sobre diversos
aspectos de las misiones ubicadas en esta parte de América. En su constante búsqueda
de documentos oficiales y privados, estos cronistas también se ocuparon de la
historia civil y en esta forma, sentaron las bases de eruditos estudios
posteriores.
Jesuitas tales como Nicolás de Techo, Francisco Javier de Charlevoix, Pedro
Lozano, fueron jesuitas que publicaron grandes relatos de los cuales algunos
fueron traducidos en varios idiomas como: alemán, castellano, inglés, latín.
Además de las obras que tienen existencia en el presente hay otras que se
perdieron como: los seis tomos del Diccionario Histórico Indico relatado por
Pedro Lozano.
Literatura en épocas del virreinato.
La literatura porteña no se inicia hasta promediar el siglo XVIII, en épocas
cercanas al establecimiento del virreinato del Río de la Plata con sede en la
ciudad de Buenos Aires. De acuerdo con las constancias documentales en el año
1747 y con motivo del juramento de fidelidad a l nuevo monarca Fernando VI, se
representó en la mencionada ciudad, una loa o poema breve, cuyo autor se
desconoce.
La instalación en Buenos Aires de la Imprenta de los Niños Expósitos dio
impulso a la labor literaria. Este taller imprimió en 1801 el periódico "
Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Histográfico del Río de
la Plata".
En 1810 vio la luz el "Correo de Comercio" en el cual se imprimieron
poesías de José Priego de Oliver y la oda de Vicente López y Planes titulada
"Delicias del labrador".
Las misiones jesuíticas.
La obra de evangelización y cultura artística que llevaron a cabo los jesuitas
con los indígenas en las misiones establecidas en las cuencas de los ríos
Paraná y Uruguay, en el transcurso de los siglos XVII y XVIII, alcanzó
merecida celebridad en su época. Los restos arquitectónicos y los trabajos artísticos
que han llegado hasta el presente, demuestran la gran eficacia de aquella obra,
que congregó unos cien mil indígenas, en su mayor parte guaraníes, bajo la
dirección de un centenar de sacerdotes.
En estas misiones los aborígenes aprendieron arquitectura, pintura, escultura,
música, arte tipográfico y variadas artesanías en madera y piedra, todo ello
dedicado al culto divino.
Varias circunstancias favorecieron la sistemática destrucción de los edificios
misioneros. Los muros levantados con ladrillos y piedras debieron asentarse con
arcilla, pues la región carecía de cal común y de otros materiales adecuados
para formar una argamasa consistente, además hubieron otros factores que
ocasionaron la destrucción de los edificios misioneros.
Luego de la expulsión de los jesuitas, los religiosos franciscanos se hicieron
cargo de las misiones, pero no pudieron impedir que el sistema entrara en rápida
decadencia y que los indios volvieran a la selva. Los edificios sufrieron
depredaciones e incendios por parte de efectivos brasileños y paraguayos.
La arquitectura misionera.
En el estudio de la arquitectura de las misiones jesuíticas guaraníes pueden
destinguirse tres épocas:
a)Primera época: comprende desde las primitivas fundaciones y concluye con el
éxodo hacia el sur provocado por la hostilidad de los bandeirantes. Es la más
rudimentaria y de poco valor. Sólo se levantaron edificios con muros de tierra
apisonada y adobe, con techumbres de troncos de madera y paja.
b)segunda época: se extiende desde el establecimiento definitivo de las
misiones hasta el primer cuarto del siglo XVIII. En este período se definen con
mayor precisión los caracteres de la arquitectura misionero-guarani.
c)tercera época: abarca los últimos años previos a la expulsión de 1767 y es
el período de mayor influencia europea, mientras es visible la disminución del
aporte indígena; por tanto, las obras arquitectónicas si bien ganan en
magnificencia, pierden originalidad americana. Se emplea el llamado estilo jesuítico
que se utilizaba en España a imitación de las iglesias de Jesús.
Establecimientos rurales jesuíticos.
La Compañía de Jesús ocupó en la campaña cordobesa varios establecimientos
rurales. Constituyeron una fuente de recursos necesaria para afrontar los gastos
de los establecimientos educativos que funcionaban en la ciudad de Córdoba.
Aunque en esas haciendas los sacerdotes cumplían su misión evangélica y enseñaban
al indígena los principios del trabajo metodizado, como también algunas
artesanías, no deben confundirse con las misiones con las misiones establecidas
en la región norteña y paraguaya, debido a las diferencias de su creación y
propósitos.
Las haciendas cordobesas eran centros de actividades campestres, con graneros y
establos donde trabajaban muchas personas. Los productos agrícolas y ganaderos
que se obtenían eran vendidos por los jesuitas, los cuales con estos recursos
solventaban los gastos del Convictorio de Monserrat, del Colegio Máximo y la
Iglesia.
La arquitectura en el siglo XVII.
La ciudad de la Trinidad, en el puesto de Buenos Aires, llevó una vida precaria
durante los primeros lustros que siguieron a la fundación de Garay. Rodeada por
la extensa llanura pampeana y frente a un río en que pocas veces aparecía una
nave, los pobladores hubieron en principio de bastarse a si mismos.
Al paso de los años y vencidos los inconvenientes del total aislamiento, la pequeña ciudad, tomó incremento en el orden político, social y económico, hasta convertirse en un centro defensivo contra las ambiciones de los portugueses, establecidos sobre la margen oriental del Río de la Plata, en la Colonia del Sacramento. La población al finalizar esa centuria era de unos 10.000 vecinos, se extendió desde la Plaza Mayor hacia el Sur.
El Riachuelo, al desviar su
curso, había permitido crear un rústico puerto. Desde el puerto se penetraba
en Buenos Aires por una larga calle que llevaba directamente hasta la Plaza
Mayor.
Las viviendas.
En una primera época, la edificación no fue ni compacta ni homogénea,. A
comienzos del siglo XVII el ladrillo se consideraba una novedad y la mayoría de
las viviendas continuaban levantándose con gruesos muros de adobes, revocados
con el mismo material y estiércol.
Los techos se construían a dos aguas, de
troncos cubiertos de paja, elementos poco durables, que favorecieron la renovación
edilicia. Por el año 1620, las hormigas horadaban los cimientos y hacían
peligrar la estabilidad de los edificios; esto motivó la obligación de colocar
piedras en los basamentos, para compensar la acción de los dañinos insectos.
Las casas eran bajas, de planta rectangular y muy simples en la distribución.
La arquitectura en el siglo XVIII.
El siglo XVIII fue de gran transformación para la ciudad de Buenos Aires. Según
el plan de reformas trazado por los reyes de la Casa de Borbón destinado a
mejorar sus dominios en América con una nueva organización administrativa y
legal, se creó el virreinato del Río de la Plata y más tarde fue subdividido
en el vasto territorio de Intendencias.
Otras creaciones de carácter
institucional como la Audiencia y el Consulado, dieron mayor jerarquía a la
ciudad, mientras la sociedad porteña recibió el valioso aporte cultural de
varios científicos que arribaron con motivo de las comisiones de límites
hispanolusitanas, debido al término de las luchas por la Colonias del
Sacramento.
El adelanto del material fue visible en 1783.
A mediados del siglo XVIII, el área urbana de Buenos Aires comprendía el
centro, los arrabales y las quintas. La zona céntrica estaba limitada hacia el
sur pro el "zanjón el Hospital" y hacia el norte por el "zanjón
de Matorras".
El centro político y administrativo de la ciudad de los edificios que bordeaban
la Plaza Mayor y el Cabildo donde residían las autoridades gubernativas, eclesiásticas
y comunales. Las residencias particulares se construyeron en el barrio Santo
Domingo.
El aspecto edilicio.
El aumento gradual de la población motivó la subdivisión del terreno en
parcelas, y las casa comenzaron a edificarse unas junto a otras. Varias
disposiciones y ordenanzas entraron en vigor para mejorar el aspecto edilicio de
la ciudad.
En el año 1772 se declaró que era obligatorio construir las fachadas en una misma línea y en noviembre de 1784, el intendente Francisco de Paula Sanz dispuso que alarifes oficiales vigilaran las obras que habían de realizarse.
En 1788 fue necesaria la aprobación de los planos por parte de las autoridades, como trámite previo a toda construcción. Los edificios de categoría se levantaban con ladrillos cocidos asentados sobre barro, aunque no por esto se eliminó el adobe para construir paredes en las viviendas comunes.
En los
techos, el material más empleado fue la teja abarquillada, cuyo conjunto, en
plano inclinado, apoyaba sobre maderas duras.
Las fachadas generalmente lisas, no estaban sujetas a un rígido ordenamiento y
eran construidas en gruesos muros. Se extendían sobre la línea del frente de
15 a 20 varas y la planta se prolongaba unas 70 varas hasta el fondo.
La puerta de calle ocupaba la parte central y era de madera dura, generalmente quebracho colorado; giraba sobre grandes bisagras y tenía un gran manijón, llamador y cerradura.
Algunos edificios tradicionales.
Las casa más destacadas de la sociedad porteña se levantaron en el barrio de
Santo Domingo el más aristocrático del siglo XVIII. Cabe mencionar en primer término
la casa de Domingo de Basavilbaso. Otra casa que se destacó en su construcción
fue la Casa de Ejercicios Espirituales.
La arquitectura privada en el interior.
En las ciudades de provincias creadas a lo largo de las rutas seguidas por los
conquistadores, la arquitectura privada fue semejante a la de Buenos Aires.
No existen mayores diferencias en cuanto a los materiales empleados, las fachadas y la distribución, salvo algunas variantes decorativas que imprimieron a ciertas construcciones aristocráticas del interior un aspecto más llamativo y alegre.
Las residencias familiares de la época de la dominación hispánica tiene en Córdoba
y en Salta sus mejores exponentes.
La fachada sencilla responde en sus lineamientos generales a uno de los
caracteres de nuestra arquitectura colonial y en ella se destaca la entrada
principal adornada con pilastras. Un detalle de interés arquitectónico lo
constituye la doble entrada esquinera cubierta por un balcón, protegido a su
vez por un gran alero de tejas.
La arquitectura pública en Buenos Aires.
De acuerdo con un plano del Archivo de Indias, la división de Buenos Aires en
solares según lo dispuesto por Juan de Garay, comprendía de sur a norte, desde
las actuales calles Estados Unidos a Viamonte y de este a oeste, desde Balcarce
y 25 de mayo hasta Salta y Libertad. Según el plano la Plaza Mayor ocupaba una
manzana.
A sus costados debían levantarse los edificios destinados a la iglesia mayor y el cabildo. otra manzana y limitada por las actuales calles Rivadavia, Defensa, Balcarce e Hipólito Yrigoyen, fue cedida en propiedad al adelantado Torres de Vera y Aragón, pero quedo completamente abandonada hasta el año 1608, en que se establecieron los jesuitas en Buenos Aires, edificaron en la parte norte de dicho terreno, una modesta capilla y un largo caserón de adobe con el techo de paja.
Por su parte, el heredero del Adelantado, don Alonso de Vera, entregó la porción
sur de la misma manzana a Rodrigo del Granado, que allí edificó una casa de
cierta categoría, pues se utilizaron ladrillos y tejas.
Esta vivienda fue rematada en el año 1634 debido a problemas surgidos con Vera y Sarate y adquirid por Pedro de Rojas y Acevedo. A la muerte de este, su viuda doña María de Vega, entregó gratuitamente la construcción a la Compañía de Jesús en el año 1645.
Los religiosos quedaron dueños de toda la manzana, aunque era evidente que la capilla y residencia anexa, ubicadas frente a la Fortaleza, podrían ocasionar problemas de carácter táctico militar.
Por esa causa, en 1661, el
Gobernador Alonso de Mercado y Villacorta dispuso desalojarlos de la plaza pues,
con sus edificios y demás, obstruían el campo de tiro de la Fortaleza.
Un perito estableció el valor del inmueble en la suma de $22.299 fuertes,
dinero que fue entregado a la Compañía de Jesús, la cual abandonó la Plaza
Mayor y adquirió la manzana situada una cuadra al sur del Cabildo, que debía
ser su emplazamiento definitivo. En este solar edificaron una iglesia y colegio
y allí permanecieron hasta el año 1767, en que fueron expulsados.
A pesar de lo dispuesto por el gobernador, los edificios construidos en plena
plaza no fueron totalmente demolidos y una parte que quedó sin destruir fue
llamada a mediados del siglo XVIII, el "Piquete de San Martín" Juan
de San Martín, organizó para defender la ciudad contra los ataques de los
indios pampas.
Años más tarde, la construcción se llamó la Cochera del Santísimo porque allí se guardaba el carruaje que utilizaban los sacerdotes de la Catedral para visitar a los enfermos (debido a una epidemia declarada en Buenos Aires, el obispo Pedro Fajardo dispuso adquirir un carruaje sostenido por sopandas y varias mulas, para llevar auxilio espiritual a los enfermos).
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Hola, está Armando? _No, apenas voy por las instrucciones.
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