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El cuerpo como actualización de la experiencia del límite.

 

Por: Micaela Violeta Bedano

Parte II

A principios de 1930 Georges Bataille, que para entonces era empleado del Departamento de Medallas de la Biblioteca Nacional de Francia, da por azar con una imagen gnóstica en metal del siglo III o IV d. C. La imagen representaba a un dios sin cabeza de origen egipcio.

A partir de este hallazgo surge la idea del grupo acéphale: intelectuales reunidos para experimentar la fuerza de la vida, para desprenderse de la razón y sentir lo que se oculta en lo profundo del mundo: revivir lo que se ha dado en llamar experiencias herméticas. El grupo llegó a publicar varios números de una revista entre 1936 y 1939. Sin embargo, no es en el devenir de este grupo en lo que me quiero detener, lo que me interesa destacar es su espíritu.

Este comienza a manifestarse en el siglo XIX con Nietzsche y Freud y aún antes con Schopenhauer; pero, en realidad, se remonta a numerosos pensadores anteriores que no llegaron a adquirir el consenso necesario como para marcar una época.

Acéphale significa el reconocimiento de que el orden racional del mundo no es más que la espuma y que por debajo yace la pura irracionalidad, el desorden, la contradicción, lo misterioso y a la vez tremendo.

Acéphale reivindica el valor de la emoción y del conocimiento sensitivo, tanto tiempo disminuido y censurado por la razón occidental moderna (dualista, excluyente, masculina y totalitaria). En fin, Acéphale exhorta a que “el hombre escape de la cabeza como el condenado de la prisión”.

Se da por primera vez en occidente la reivindicación del cuerpo. Este y todo lo que comporta se vuelve fuente de conocimiento. Se inaugura un nuevo modo de estar en el mundo que recuerda a los ditirambos dionisíacos, a los ritos de iniciación, a la salamanca, al arte chamánico y a todo lo que permita el escape de lo pulsional.

Ya Schopenhauer decía que el mundo como se conoce ordinariamente es pura representación, es decir, que el hombre al utilizar el entendimiento o la razón para conocer el mundo solo devela su propia subjetividad y no a la cosa en sí.

Pero ésta puede ser conocida a través del cuerpo, es más, el cuerpo forma parte de la cosa en sí porque es pura naturaleza, y nosotros en tanto cuerpo nos sentimos vivir, somos voluntad que se ha hecho visible.

De este modo el cuerpo nos comunica con el oscuro fondo del mundo, con la vida misma que en su movimiento constante escapa a toda objetivación del lenguaje y se vuelve innombrable.

Pero como seres humanos no somos mera animalidad. Y luego de tan larga dictadura de la razón hay quienes ya no quieren sentir el cuerpo y hay quienes no saben como abrir camino a este nuevo modo de ser, también hay quienes tienen miedo a lo que pueda resultar de tal liberación. ¿Quien nos asegura que el monstruo que saldrá de mi no me aniquilará?

Esta experiencia de lo extraordinario es a la vez misteriosa y tremenda. Misteriosa porque nos roza lo absolutamente otro, algo que no sentimos próximo sino tan ajeno que se vuelve innombrable. Tremenda porque sentimos un pavor que nos penetra en la médula y que se siete respecto al mundo pero también en mi mismo por estar y ser en el mundo.

Ante este misterio tremendo sentimos nuestra pequeñez, nos vemos vibrando entre el ser y el no ser, nos vemos ligados a la vida y a la muerte al mismo tiempo como a dos caras de la misma moneda y en este vértigo se genera una extraña armonía de contraste entre el temor y la fascinación. Sentimos dolor y placer al mismo tiempo, tenemos el impulso de huir pero permanecemos inmóviles.

Se devela a la naturaleza, y a nosotros mismos como parte de ella, precisamente como una fuerza arrolladora, aniquilante y a la vez fascinante. Schopenhauer considera que quien aya conocido esta verdad querrá dejar de desear y negarse a si mismo para así negar la fuerza devoradora del cosmos, verá tanta crueldad en el mundo que no podrá soportarla y formulará su último deseo: la muerte.

Pero Nietzsche cree que es posible sobrevivir a la verdad, cree que el arte mediante la ironía y lo sublime nos lleva continuamente al límite al tiempo que nos salva de que nos precipitemos hacia la muerte. La belleza es la que nos permite vivir auténticamente.

Gran parte del arte del siglo XX sigue este parlamento nizscheano. Intenta acercarse a la vida, esto es a la energía, a la fuerza, al horror. De este modo, en Artaud el teatro es vida y vale por su vínculo con la realidad y con el peligro; el cuerpo se vuelve fundamento último y se abre a todas las formas de expresión posibles.

El teatro depende ahora de un proceso experimental. Por su parte, el existencialismo es un exorcismo porque es la visión de quienes han sobrevivido a la guerra. La vivencia de lo atroz les ha revelado que ya nada nos cabe esperar más que la muerte.

Aquí creo que aún en la vida del hombre más tibio, racional y acomodado en el mundo ordinario, se abre espacio al deseo descontrolado, a la vida misma que borbotea en su cuerpo, a la sangra que hierve y a sentir que todo esto que palpita se precipita hacia la muerte como última posibilidad.

Ocurre que la gran mayoría de la gente, y es más bien algo cultural, dejan crecer en si el cáncer del pensamiento. Se trata de la dictadura de la cabeza, niegan que son cuerpo para afirmar que tienen cuerpo, como si se tratara de un accesorio de moda. Así el hombre moderno se pasa la vida negándose a si mismo, tapando las brechas que se abren y en las que se nos dona lo misterioso y tremendo.

Estudiar filosofía me ha permitido, hasta cierto punto, tomar conciencia del fondo. Me ha dado herramientas para interpretar que en algunos momentos en los que sentí una momentánea amargura, en los que percibí un vacío o un exceso de sentido, en los que me vi y vi a la humanidad y a la vida misma, como una pequeñez en el universo infinito; en estos momentos fugaces, ahora se, fui presa de la experiencia más humana, experiencia que numerosos pensadores han querido precisar, compartir.

Ahora tengo algunos conceptos y metáforas que me permiten comunicarme y que hacen que el lector de este breve ensayo se imagine al menos lo que quiero decir con misterio tremendo o con experiencia hermética, del límite, etc.

Pero de pronto, me he figurado que no estoy viviendo esta experiencia al escribir sobre ella, tampoco al leer sobre ella o al hablar con amigos. La filosofía, aún la marginal, la que pretende impulsarnos a vivir, es primero y siempre razonamiento, logos y no bios. Y lo tremendo y misterioso, en tanto corresponde al plano experiencial, escapa al concepto.

Cuando yo nombro “vacío”, “límite”, “vértigo”, “nausea”, “horror”, no hago más que intentar aproximarme. Pero la vivencia rebasa al logos. Este en pro de la comunicación y del entendimiento fija el sentido de lo extraordinario, lo limita o más bien lo delimita. No obstante, lo extraordinario es mucho más de lo que la palabra pueda abarcar.

Es por esto que en su momento decidí cursar un seminario de “teatro y filosofía”, porque se erguía como la posibilidad de abrirme al cuerpo, de reivindicar el conocimiento emotivo y sensorial. Era también la oportunidad de callar para comenzar a escuchar y a sentir los más agazapados sonidos y sensaciones del cuerpo y del mundo, en tanto somos materia del mundo.

El trabajo físico que resultó de las clases del seminario fue un intento de poner en escena la orfandad del hombre en la tierra. Quisimos representar con todo el cuerpo la ausencia y el absurdo de vivir en la incompletitud, en la carencia, en la falta del otro, pero a causa de la falta cometida en un principio.

Parte II

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