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DOCTRINA SOCIAL de la IGLESIAv

 

CARACTERIZACION

El Papa León Xlll, con su encíclica "Rerum Novarum" del año 1.891 abrió una nueva era: la del magisterio social de la Iglesia.

A partir de allí importantes encíclicas, documentos, cartas apostólicas, etc. de sus continuadores sobre cuestiones sociales fueron nutriendo la llamada Doctrina Social de la Iglesia (D.S.), y respondiendo a los diversos hechos o circunstancias históricas a lo largo de todo el siglo. 

Baste recordar las encíclicas "Quadragesimo Anno" (Pío Xll / l. 93 l), "Mater et Magistra" (Juan XXIII /1.961), "Popularum Progressio" (Pablo VI /1.967), "Octogesima Adveniens" (Pablo VI /1.971), y la reciente "Centesimus Annus" (Juan Pablo 11 /1.991).

La enseñanza social de la Iglesia muestra así una gran continuidad y coherencia, expresamente buscada por los sucesivos pontífices, y simultáneamente, una gran apertura a los nuevos problemas que va enfrentando el hombre y la sociedad.

En una muy extrema simplificación, este acompañamiento de la Iglesia al hombre y su situación con la sociedad a lo largo del siglo puede resumirse en tres palabras: justicia, paz y solidaridad.

La situación actual en el mundo está signada por una caída de las ideologías. Desapareció la bipolarización política e ideológica del mundo. Frente a esto impera una mentalidad pragmática, antiutópica, consumista y adaptativa ante las necesidades de poder.

La época actual nos presenta el gran dilema de querer sustituir los juicios de verdad por juicios de eficacia: lo que resulta y lo que funciona, se tiene por verdadero.

Con ello se produce un progresivo abandono del interés por la vida humana concreta, desplazándose la atención hacia el funcionamiento de las instituciones, y aunque se declaren cosas hermosas acerca de la inviolabilidad de la persona, ella resulta subordinada al funcionamiento de la sociedad.

 Es cierto que hoy pasamos ideológicamente del predominio del estado al predominio del mercado, pero al final es también la eficacia en ambos casos lo que termina siendo el único criterio de verdad reconocido.

Sólo es posible una sociedad a la altura de la dignidad del hombre si existe, como fundamento antropológico de ella, el respeto a la persona considerada como un ser con autonomía para juzgar la moralidad de sus propios actos y de los demás.

Es éste el núcleo de la D. S., y es lo que, tanto el estado como el mercado han tratado de inhibir o debilitar, para hacer de la persona un ser subordinado al eficiente funcionamiento de las estructuras sociales.

El Nº 551 del documento final de la Conferencia de Puebla (1.979) dice: "La Iglesia quiere mantenerse libre frente a los opuestos sistemas, para optar por el hombre.

 Cualesquiera sean las miserias o sufrimientos que aflijan al hombre, no será a través de la violencia, de los juegos de poder de los sistemas políticos, sino mediante la verdad sobre el hombre, como la humanidad encontrará su camino hacia un futuro mejor."

El camino de la D. S. no puede ser una ideología, un determinado sistema económico o una utopía acerca de cuál sería la sociedad más deseable, sino cada hombre en particular, mientras que la ideología es un discurso que aspira a hacerse ley y a buscar un sujeto que la haga suya y la aplique, la D.S. es una invitación a los hombres a transformar la fe en obras, a hacer uso de la libertad desarrollando la creatividad e iniciativa en la solidaridad.

Esto explica por qué la Iglesia no se propone plantear un sistema alternativo, sino tener en cuenta sobre todo al hombre como persona.

La D. S. tiene como desafío el dar respuesta a la amenaza representada por el culto al consumo, a la eficiencia, al funcionamiento de las instituciones sociales, que olvidan o destruyen la verdad de la experiencia humana, considerándolo sólo como productor o consumidor de bienes, u objeto de la administración del estado, dejando de lado el sentido de su existencia y de su libertad.

Pero esta preocupación por el hombre no aleja en absoluto a la D. S. de la cuestión social, sino que le da un mayor sentido: en su naturaleza el hombre es esencialmente un ser social; tiene necesidad de la vida social, y no representa para él un lastre accidental.

La individualidad del hombre sólo se revela con la necesaria confrontación con otros hombres. No hay hombre sin hombres, y éste es el fundamento de la solidaridad.

En la lógica del éxito y del interés individual, lo razonable es socializar los costos de las propias acciones y privatizar los beneficios; por ello, sólo puede existir una solidaridad social tanto en costos como en beneficios si el hombre es capaz de reconocer que está unido por un vínculo objetivo con los demás hombres.

Por otro lado, la sociabilidad del hombre implica que no es posible que éste se desarrolle en su individualidad sin la existencia de cuerpos sociales intermedios (familia, empresa, cooperativas, etc.), que surgen de la propia naturaleza del hombre.

Dispuesto a sacrificar la verdad del hombre en aras del mejor funcionamiento de las estructuras sociales, se hace imprescindible que alguien se vuelva sobre su centro: el hombre y su condición.

Más concretamente, la D. S. no puede ser vista como un modelo económico ni como un conjunto de recetas para aplicar en la vida económica. Es, más bien, un marco ético, que entrega orientaciones, principios y valores que permiten enjuiciar un sistema dado y evaluar la actitud de cada persona a la luz de esos parámetros.

En la economía actual, con el derrumbe de los sistemas de planificación centralizada, la economía de mercado aparece como "única opción". Es interesante analizarla a través de la visión de la D. S.. Para ello cabe hacer un distingo en dos aspectos de la economía de mercado: el orden económico capitalista o de mercado y el espíritu capitalista. La D. S. no intenta emitir juicio sobre el orden capitalista.

Por el contrario, la Iglesia de este siglo, y en especial Juan Pablo II, con su encíclica "Centesimus Annus", con amplio criterio reconoce al mercado o al capitalismo sus virtudes.

Establece que ese modelo es una expresión de la libertad de las personas en el ámbito económico; le reconoce su innegable eficiencia en cuanto a la asignación de recursos y productos en muchos casos, y en cuanto al crecimiento y desarrollo de los países, habla de la función social de las utilidades empresarias y de la propiedad privada como medios que permiten al empresario seguir asumiendo el riesgo de la producción, etc. 

El orden capitalista es considerado neutro, puede ser bueno o malo de acuerdo a como se lo utilice.

En cambio, es el espíritu capitalista el centro de las críticas. Es su base antropológica la que falla. Esta idea propugna una concepción en donde el hombre es un factor de producción y de consumo.

No prevé recetas para la regulación del consumismo, de la calidad moral de los bienes y servicios, la distinción entre los valores verdaderos y falsos, etc. .

Sobre todo esta filosofía conlleva una cierta marginación de los estratos sociales fuera del circuito productivo y del consumo. El ansia de lucro sin límites encierra un egoísmo sin límites, y por ello debe ser combatido.

En un sistema puramente competitivo, sólo los más dotados, los mejores situados, los que han tenido por razones históricas mayores privilegios, los que así pueden manejar mejor su inteligencia en función del lucro personal, son los que triunfan sobre los otros, tendiendo a dominarlos.

Por ello es esencial considerar al hombre como un ser racional, que basa sus contactos en la confianza y el respeto. Catalogar al hombre en función de los bienes y servicios que produce y consume es permitir que dimensiones substanciases de su individualidad pasen a segundo plano, y en la práctica, desaparezcan.

 El tipo de libertad que pregona el espíritu capitalista no es el implícito en la misma naturaleza del hombre, no es el encuadrado en un orden, es una libertad prácticamente total, egoísta. No se tiene en cuenta que la economía tiene una función cultural, y que está produciendo un determinado tipo de persona.

Si la actividad económica se centra en doctrinas puramente materialista y exclusivamente en el desarrollo económico, no tiene en cuenta esa responsabilidad como formadora de cultura.

Ahí está el aporte de la D. S.: infundir alma, espíritu y corazón a la economía de mercado, y no ir por el cambio destructivo del sistema.

En cuanto a la viabilidad práctica de este mensaje social de la Doctrina de la Iglesia, Juan Pablo II en su "Centesimus Annus" dice que el mensaje social sólo se hará creíble por el testimonio de las obras, antes que por su coherencia y lógica interna.

Es por ello que se establece como un magisterio a ser tenido en cuenta en todo aspecto económico - social "por todos los cristianos y todos los hombres de buena voluntad".

ALGUNOS ASPECTOS EN PARTICULAR

Crecimiento y distribución:

Considerando a la pobreza y marginalidad como temas centrales a resolver, la D.S. reconoce el funcionamiento de las leyes económicas.

Para solucionar el problema de la pobreza en el largo plazo es fundamental que haya crecimiento y desarrollo, y el sistema más eficiente para crecer es la economía de mercado.

El tema de la distribución del ingreso pasaría a segundo plano en el tema pobreza, lo más importante es crecer. La riqueza estéril es condenable, pero no la que produce el ahorro y la que permite crecer.

Salarios:

El ingreso del individuo debe alcanzar para él y su familia para un decoroso nivel de vida, y que aún le permita ahorrar.

Esto encierra dos dimensiones: la primera es la relación entre salario y empresa. Aquel debe ser compatible con las posibilidades de supervivencia de la empresa, tiene que tener una relación con la productividad de la empresa y la productividad del trabajador dentro de la empresa.

La segunda es que, reconociendo que es posible que el salario no alcance según lo ya dicho, éste debe complementarse con el aporte que haga el Estado en materia de programas sociales y servicios públicos.

Así puede hablarse de un salario directo, el pagado por la empresa y que permite el pleno empleo, y uno indirecto que llega al individuo vía programas de asistencia social del estado. La suma de ambos permite cubrir las necesidades de la persona y de su familia.

Acá también se reconocen limitaciones al accionar social del estado (burocracia, bajos presupuestos, etc.) pero otra vez se destaca que lo más importante es tener en cuenta al hombre "persona” en la fijación de salarios.

Límites a la propiedad privada:

La D. S. es enfática para reconocer la legitimidad de la propiedad, pero a su vez la establece en función social. La propiedad de los medios de producción resulta legítima cuando se emplea para un trabajo útil, y no lo es cuando no es valorada, o se usa para impedir el trabajo de otros.

Consumismo:

El capitalismo encierra una cultura consumiste, orientada a satisfacer los instintos del hombre prescindiendo de su realidad personal, consciente y libre.

Es una cultura orientada más al tener que al ser y que quiere tener más no para ser más, sino para asumir la existencia en un goce que se propone como fin en sí misma.

El sistema productivo de hoy y el avance tecnológico exige cada vez un mayor consumo menos duradero, y esto encierra una idea de consumismo. Hay que hacer una diferencia en esto. ¿Hasta dónde el consumo personal se hace a expensas del no consumo de otros? Allí aparecen las nociones de solidaridad y austeridad.

Empresa:

Actualmente, la posibilidad de conocer las necesidades de los hombres y los mejores factores productivos para satisfacerlas es una gran ventaja. 

La empresa como organización de los factores, de ese esfuerzo productivo del trabajo del hombre, asumiendo los riesgos necesarios, hacen evidente y determinante el papel del trabajo disciplinado y creativo, el de las capacidades de iniciativa y de espíritu emprendedor. 

Ya hemos mencionado la necesidad de reconocer la utilidad empresaria y la propiedad privada, temas muy relacionados con la empresa.

Estado y democracia:

Es aquella que reconoce y respeta la existencia de una verdad última, que no coincide necesariamente con la expresión de la voluntad de las mayorías.

El bien común no es la simple suma de los intereses particulares, sino que implica su valorización y armonización, hecha según una equilibrada jerarquía de valores y teniendo en cuenta los derechos del hombre y su capacidad de tomar decisiones. En este marco, el Estado debe asumir un rol subsidiario, actuando hacia el bien común, ejemplo de esto lo constituye la necesidad de producción o prestación de servicios por parte del estado en casos de fallos del mercado.

SELECCIÓN DE TEXTOS de las Encíclicas y otros Documentos Pontificios:

Cabe la aclaración de que no se incluirán textos al respecto de la naturaleza de la condición humana o de la base antropológica de la D. S., temas a los que ya nos referimos en extensión, a pesar de la central importancia que tiene para el tema en estudio, aspecto demostrado por la constante referencia al punto en los distintos documentos consultados. Centraremos la atención aquí en aspectos que tengan relación directa con la economía.

PERSONA HUMANA Y SOCIEDAD

La índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados. Porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social. (GS 25).

Igual que la unidad del cuerpo social no puede basarse en la lucha de clases, tampoco el recto orden económico puede dejarse a la libre concurrencia de las fuerzas.

Pues de este principio, como de una fuente envenenada, han manado todos los errores de la economía individualista, que, suprimiendo, por olvido o por ignorancia, el carácter social y moral de la economía, estimó que ésta debe ser considerada como totalmente independiente de la autoridad del estado, ya que tenía su principio regulador en el mercado o libre concurrencia de los competidores, y por lo cual podría regirse mucho mejor que por la intervención de cualquier entendimiento creado.

Mas la libre concurrencia, aún cuando dentro de ciertos límites es justa e indudablemente beneficiosa, no puede regir la economía, como quedó demostrado hasta la saciedad por la experiencia, una vez que entraron en juego los principios del funesto individualismo.

Por tanto han de buscarse principios más elevados y más nobles que regulen severa e íntegramente a dicha dictadura, es decir, la justicia social y la caridad social. (QA 88) hay que añadir que el error fundamental del socialismo es de carácter antropológico.

 Efectivamente, se considera al hombre como un simple elemento y una molécula del organismo social, de manera que el bien del individuo se subordina al funcionamiento del mecanismo económico - social. Por el contrario, de la concepción cristiana de la persona se sigue necesariamente una justa visión de la sociedad.

Según la Rerum Novarum y la D. S., la sociabilidad del hombre no se agota en el estado, sino que se realiza en diversos grupos intermedios, comenzando por la familia y siguiendo por los grupos económicos, sociales, políticos y culturales, los cuales, como provienen de la misma naturaleza humana, tienen su propia autonomía, sin salirse del ámbito del bien común. Es a esto a lo que he llamado "subjetividad de la sociedad" la cual, junto con la subjetividad del individuo, ha sido anulada por el socialismo real. (CA 13).

RELACIÓN CON LOS BIENES: PROPIEDAD PRIVADA

Ante todo debe tenerse por cierto y probado que ni León Xlll ni los teólogos que han negado jamás ni puesto en duda ese doble carácter del derecho de propiedad llamado social e individual, según se refiere a los individuos o al bien común, sino que siempre han afirmado unánimemente que por la naturaleza o por el Creador mismo se ha conferido al hombre el derecho de dominio privado (QA 45).

Pero nuestros predecesores han enseñado también de modo constante el principio de que al derecho de propiedad privada le es intrínsecamente inherente una función social. ( ) (MM 119).

Es mediante el trabajo como el hombre, usando su inteligencia y su libertad, logra dominarla y hacer de ella su digna morada. De este modo, se apropia una parte de la tierra, la que se ha conquistado con su trabajo: he aquí el origen de la propiedad individual.

La propiedad de los medios de producción, tanto en el campo industrial como agrícola, es justa y legítima cuando se emplea para un trabajo útil; pero resulta ¡legítima cuando no es valorada o sirve para impedir el trabajo de los demás u obtener ganancias que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la riqueza social, sino más bien de su comprensión, de la explotación ¡lícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral. Este tipo de propiedad no tiene ninguna justificación y constituye un abuso ante Dios y los hombres.

La obligación de ganar el pan con el sudor de la propia frente supone, al mismo tiempo, un derecho. Una sociedad en la que este derecho se niegue sistemáticamente y las medidas de política económica no permitan a los trabajadores alcanzar niveles satisfactorios de ocupación, no puede conseguir la legitimación ética ni la justa paz social. Así como la persona se realiza plenamente en la libre donación de sí misma, así también la propiedad se justifica moralmente cuando crea, en los debidos modos y circunstancias, oportunidades de trabajo y crecimiento humano para todos. (CA 43).

Mas, en el trabajo, sobre todo en el que se alquila a otro por medio de un contrato, además del carácter personal e individual, hay que considerar evidentemente el carácter social, ya que, si no existe un verdadero cuerpo social y orgánico, si no hay un orden social y jurídico que garantice el ejercicio del trabajo, si los diferentes oficios no colaboran y se complementan entre sí y, lo que es más todavía, no se asocian y se funden como en una unidad la inteligencia, el capital y el trabajo, la eficiencia humana no será capaz de producir sus frutos.

Luego el trabajo no puede ser valorado justamente ni remunerado equitativamente sí no se tiene en cuenta su carácter social e individual. (QA 69)

Es el principio de la prioridad del trabajo frente al capital. Este principio se refiere directamente al proceso mismo de producción, respecto al cual el trabajo es siempre una causa eficiente primaria, mientras el capital, siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o la causa instrumental. Este principio es una verdad evidente, que se deduce de toda la experiencia histórica del hombre. (LE 12)

El problema clave de la ética social es el de la justa remuneración por el trabajo realizado.

No existe en el contexto actual otro modo mejor para cumplir la justicia en las relaciones trabajadores empresario que el constituido precisamente por la remuneración del trabajo. Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro. (LE 19)

EMPRESA

Para fijar la cuantía del salario deben tenerse en cuenta también las condiciones de la empresa y del empresario, pues sería injusto exigir unos salarios tan elevados que, sin la ruina propia y la consiguiente de todos los obreros, la empresa no podría soportar. No debe sin embargo reputarse como causa para disminuir a los obreros el salario el escaso rédito de la empresa cuando esto sea debido a incapacidad o abandono o a la despreocupación por el progreso técnico y económico. (QA 72)

Precisamente la capacidad de conocer oportunamente las necesidades de los demás hombres y el conjunto de los factores productivos más apropiados para satisfacerlas es otra fuente de riqueza en una sociedad moderna.

Por lo demás, muchos bienes no pueden ser producidos de manera adecuada por un solo individuo, sino que exigen la colaboración de muchos.

Organizar ese esfuerzo productivo, programar su duración en el tiempo, procurar que corresponda de manera positiva a las necesidades que debe satisfacer asumiendo los riesgos necesarios, todo esto es también una fuente de riqueza en la sociedad actual. Así se hace cada vez más evidente y determinante el papel del trabajo humano, disciplinado y creativo, el de las capacidades de iniciativa y de espíritu emprendedor como parte esencial del mismo trabajo. (CA 32)

La Iglesia reconoce la justa función de los beneficios, como índice de la buena marcha de la empresa.

Cuando una empresa da beneficios significa que los factores productivos han sido utilizados adecuadamente y que las correspondientes necesidades humanas han sido satisfechas debidamente. Sin embargo, los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa.

Es posible que los balances sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad.

La finalidad de la empresa, no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de hombres que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades fundamentales, y constituyen un grupo particular al servicio de la sociedad entera. (CA 35)

ESTADO: LA SUBSIDIARIEDAD

La actividad económica no puede desenvolverse en medio de un vacío institucional, jurídico y político. Por el contrario supone una seguridad que garantiza la libertad individual y la propiedad, además de un sistema monetario estable y servicios públicos eficientes.

Además el estado tiene el deber de secundar la actividad de las empresas, creando condiciones que aseguren oportunidades de trabajo, estimulándola donde sea insuficiente o sosteniéndola en momentos de crisis. Deficiencias y abusos del estado derivan de una inadecuada comprensión de sus deberes propios.

En este ámbito también debe ser respetado el principio de la subsidiariedad. Una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común.

Al intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el estado asistencias provoca la pérdida de energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por lógicas burocráticas más que por la preocupación de servir a los usuarios, con enorme crecimiento de los gastos. (CA 48)

EL LIBRE MERCADO

Da la impresión de que el libre mercado sea el instrumento más eficaz para colocar los recursos y responder eficazmente a las necesidades.

Sin embargo, esto vale sólo para aquellas necesidades que son solventables con poder adquisitivo, y para aquellos recursos que son vendibles, esto es, capaces de alcanzar un precio conveniente. Pero existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado.

Es un estricto deber de justicia y de verdad impedir que queden sin satisfacer las necesidades fundamentales y que perezcan los hombres oprimidos por ellas. Además, es preciso que se ayude a estos hombres necesitados a conseguir los conocimientos, a entrar en el círculo de las interrelaciones, a desarrollar sus aptitudes para poder valorar mejor sus capacidades y recursos.

Por encima de la lógica de los intercambios a base de los parámetros y de sus formas justas, existe algo que es debido al hombre porque es hombre, en virtud de su dignidad. Este algo debido conlleva inseparablemente la posibilidad de sobrevivir y de participar activamente en el bien común de la humanidad. (CA34)

DESARROLLO En pocas palabras, el subdesarrollo de nuestros días no es sólo económico, sino también cultural, político y simplemente humano. Por consiguiente, es menester preguntarse si la triste realidad de hoy no sea, al menos en parte, el resultado de una concepción demasiado limitada, es decir, prevalentemente económica, del desarrollo. (DRS 15)

Queda demostrado cuán inaceptable es la afirmación de que la derrota del socialismo deje al capitalismo como único modelo de organización económica. Hay que romper las barreras y los monopolios que dejan a tantos pueblos al margen del desarrollo, y asegurar a todos – individuos y naciones- las condiciones básicas, que permitan participar en dicho desarrollo. (CA 35)

SOLIDARIDAD

Ante todo se trata de la interdependencia, percibido como sistema determinante de relaciones en el mundo actual, en sus aspectos económico, cultural, político y religioso, y asumida como categoría moral.

Cuando la interdependencia es reconocida así, su correspondiente respuesta, como actitud moral y social, y como 'virtud' es la solidaridad. Esta no es, pues, un sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas. Al contrario, es la determinación, firme y perseverante de empeñarse por el bien común, es decir por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos. (SRS 38)

ALIENAClON

El hombre no puede darse a un proyecto solamente humano de la realidad, a un ideal abstracto, y a falsas utopías. En cuanto persona, puede darse a otra persona o a otras personas y, por último, a Dios, que es el autor de su ser y el único que puede acoger plenamente su donación. Se aliena el hombre que rechaza trascender a sí mismo y vivir la experiencia de la autodonación y de la formación de una auténtica comunidad humana, orientada a su destino último que es Dios. Está alienada una sociedad que, en sus formas de organización social, de producción y consumo, hace más difícil la realización de esta donación y la formación de esa solidaridad interhumana. (CA 41)

DOCTRINA SOCIAL DE LA IGLESIA

La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer al problema del subdesarrollo en cuanto tal. En efecto, no propone sistemas o programas económicos y políticos, ni manifiesta preferencias por uno o por otros, con tal que la dignidad del hombre sea debidamente respetada y promovida, y ella goce del espacio necesario para ejercer su ministerio en el mundo.

La D.S. no es pues, una 'tercer vía' entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia.

No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición ecleciástica.

Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral.

Junto a la dimensión interdisciplinar, hay que recordar también la dimensión práctica y, en cierto sentido, experimental de esta doctrina. Ella se sitúa en el cruce de la vida y de la conciencia cristiana con las situaciones del mundo y se manifiesta en los esfuerzos que realizan los individuos, las familias, cooperadores culturales y sociales, políticos y hombres de estado, para darles forma y aplicación en la historia. (CA 59)

Referencias:

CA: Centesimus Annus

QA: Quadragesimo Anno

LE: Laborem Exercens

NM: Mater et Magistra

GS: Gaudium et Spes

DRS: Sollicitudo Re¡ Socialis

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