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JARDÍN DE LAS MENTIRAS: Epicuro y sus pasiones.

 

remitido por Marcelo Di Masi     m_mandinga@hotmail.com

Qué decir de ellas..., ¿las tuvo?

Los filósofos querrán que no.

Pero..., ¿qué acordar con ellos? Tal vez solamente el hecho del más malentendido de los filósofos.

Más allá de ello, nos costará hasta creerlo un hedonista. Ningún exceso parece poblar sus días. El lector que por vez primera se acerque a los escritos de Epicuro tras haber leído de él el calificativo de hedonista, creerá encontrarse con un Sade, sin embargo, no encontrará sino a uno de los más extremistas defensores del ascetismo.

No hurgaremos en la época en que habitaba, pues no pretende esto ser un ensayo filosófico, para eso están ellos. Ellos, los filósofos, que tanto nos hartan con su lenguaje elitista. Ininteligible si se quiere. Y está bien que así sea, está bien que aquel que pretende formar una elite, comience por un lenguaje oscuro. Por mi parte, pretendo hacer de este ensayo, un libro abierto a todos. Sin lenguajes oscuros, un libro que no aburra. Escribir filosofía, pero con poesía, como lo hizo Platón, como lo hizo Nietzsche, como lo hizo Cioran. Como quería Baudelaire: "sed poetas, aún cuando escribáis en prosa, sed poetas..."

Lo que nos interesa es qué cosa es lo que Epicuro llegó a sentir.

De su filosofía podemos encontrar un enorme caudal de artículos. Palabras más, palabras menos, ninguno atiende el corazón del griego.

La pasión entendida como tal, como lo que de afuera nos viene, pretenden sus colegas que él las dominó, prudencia mediante.

El psicoanálisis diría "reprimió", pero cómo no descreer también de ellos, cuando todo lo reducen a "síntoma".

"No sufrir en el cuerpo ni estar perturbados en el alma". Será éste el lema que domine toda la teoría epicúrea. Sin embargo, a pesar de la imposibilidad de semejante expresión, veremos la obstinada pretensión de Epicuro en hacernos creer realizable tal lema.   

Una vez más, diremos que el filósofo da crédito a la práctica de semejante sentencia. Impecable por cierto, ¿quién no la quisiera?, a no ser que se tenga las tendencias de Masoch, de una masoquismo aterrador, a no ser que eso ocurra, todo ser humano querría aquello de no sufrir.

Se dirá tal vez que no. No querremos estarnos aquí de por vida, el necio no nos motiva, allá él con sus secas pasiones, sólo así es soportable el dolor. Y parece ser ese el punto de Epicuro, ¿sintió realmente una fuerte opresión en su corazón?, cómo saberlo...

Sin embargo, algo nos dice que no fue lo que Werther, no fue lo que Montesco...

Desde su auto reclusión, Epicuro extrañamente nos dice que hay que escapar de la cárcel de la rutina. La pregunta del millón, ¿es posible tal escape, dentro de un jardín a modo de monasterio?, nadie creerá en tales promesas. La renuncia se nos hace esencial, habrá que estar dispuesto. ¿Quién se atreve? Epicuro, quieren los filósofos, que lo logró; yo visitaré mi tumba y seguiré creyendo lo contrario. Un manto de envidia cubre el desamparo de este griego, no siendo capaz de convivir con sus penas en medio del país de la alegría, no tuvo mejor idea que encerrarse a revolcarse en sus miserias diariamente. La conclusión fue ubicar la ataraxia en la cima de la pasión. Y no podía ser de otro modo, ¿quién después de vivir la inmundicia de las miserias, no querría estarse libre de toda esa basura?, Epicuro fue coherente con sus propias penas, lo aturdieron tanto que ya no intentaba la búsqueda del goce, solo se contentaba con eliminar esas penas que atormentaban su alma. Es cierto que la imbecilidad no tiene límites, pero yo prefiero creer que un ser humano con dos dedos de frente que se encuentre en medio de un bombardeo, lo único que querrá es salir de ese infierno. Lo que ocurre es que nada se cuenta de la vida de Epicuro, más allá de sus tormentos físicos, según dicen los filósofos. Cuando alguien se encuentra en tal estado de perturbación, lo único que intenta es deshacerse de esas penas, esa pasa a ser su única meta.

Algunos querrán que tiene que haber un tiempo en el cual uno vuelve a resurgir con sus deseos. También Epicuro lo quería, solo que su infierno parece ser eterno...

Cuando Epicuro habla de goce, de placer, se refiere a la ausencia de dolor, es decir al placer en sentido catastemático, como quieren los filósofos. Nosotros sabemos que cuando se habla de esos placeres, se está hablando del sentido pasivo del placer, esto es, saciar el hambre, por ejemplo. Lo cual dista de ser un placer cinético, al modo de un gran banquete, o el juego lascivo de la pasión. Así, en el placer catastemático se está aplacando un dolor, mientras que en el placer cinético se está yendo en busca del goce.

Lector, el párrafo anterior fue una farsa. No para los filósofos, pero una farsa al fin. No hay tal escisión. Ningún placer es negativo, incluso Epicuro mantiene esto. Toda búsqueda va en pro de un goce. El deseo mueve al mundo. Sea que vayas en busca de saciar hambre, o vayas en busca de tu noche más lujuriosa. El deseo va en pro del goce. No hay diferencia alguna. O acaso olvidaron subdividir. Saciar necesidades. El espanto de la humanidad llega hasta los límites más extremos. Se querrá que nadie muere de abstinencia sexual. Se querrá que mientras uno respire, mientras el corazón siga latiendo, entonces estaremos vivos. Inmundicia desleal para con nuestra propia alma. Se muere de abstinencias. Por eso saciar el hambre está en la misma raya que el placer de un banquete. O acaso quien lo niegue debería hacer la prueba. Hacer la prueba, saciar su hambre como los niños del África lo hacen, después de todo ellos no mueren. Lo demás, comer dos veces al día, ya no es saciar hambres, ya es el lujo de un banquete -al menos para los niños del África-, como la noche que te espera en un hotel con una mujer...

"Yo invito a gozos continuos y no a virtudes vanas, sin sentido y que llevan en sí confusas esperanzas de disfrute", es parte de una carta a Anaxarco.

Schopenhauer supo muchos años después, que detrás de cada goce volvía a visitarnos el tedio, por eso el alemán dijo que la vida era una balanza que oscilaba entre el hastío y el dolor. Epicuro no supo verlo en aquellos tiempos. O lo vio y embaucó a todos los integrantes de su gran secta.

Ambicioso a más no poder, Epicuro invita a una saciedad perdurable, ilusoria, eterna si se quiere. Es la búsqueda de esos "gozos continuos" la vía hacia la calma eterna. Profeta de la insensibilidad, ¿cómo lograrlo de otro modo?, Epicuro nos embarca en la vaciedad de las pasiones. Algunos filósofos pretenden que no, basados en el lugar que Epicuro le da a la prudencia como virtud capaz de regular los vicios. Yo tengo para mí que es precisamente esa vaciedad de las pasiones la que hace de Epìcuro un extremista, porque en todo caso, el prudente elige lo que será más conveniente, pero nunca lo que intensifica la pasión y el dolor, cosa que a mi entender sí realiza el griego. Recuérdese que el punto máximo de placer es la ataraxia, y Epicuro va en busca de este extremo, cosa que la prudencia, la moderación, no permitiría. Téngase en cuenta que Epicuro sigue los pasos de Aristóteles en cuanto a la moderación, esto es, el punto medio entre dos extremos, que ya Aristóteles se encargó de decirnos que no se trataba de una media matemática sino de la apropiado a cada uno.

Creído de tal ilusión, Epicuro corre tras la eliminación del dolor sin darse cuenta que solo obtendrá un vaciamiento de pasión, pero nunca alcanzará esa eliminación del dolor. El horror del hombre prudente consiste en no haber sido arrastrado por la marea de un torbellino abrumador. ¡La Prudencia!..., esa espantosa generadora del superyó...

"En la moderación hay un término medio, y quien no da con él es víctima de un error parecido al de quien se excede por desenfreno". ¿Acaso alguien duda de semejante atrocidad?, la imbecilidad de Aristóteles se esparció por toda Grecia, y los filósofos posteriores no supieron deshacerse de ella. La moderación a las pasiones, acaso lo mismo que el superyó al ello. Nosotros sus víctimas, es adentro del consultorio donde intentamos combatirlo. Las penas que brotan de mis ojos se convierten en lanzas que apuñalan mi corazón..., ningún psicoanalista nos salvará, Epicuro fue el primero en fracasar, marchamos al zurrar de las pasiones, "qué fácil es ser feliz con el corazón seco y la mente estrecha", decía Hölderlin, pero no tiene caso, "enloqueció", dirá el psicoanalista.

Recuerdo que André Gide sostenía que sin el vicio no es posible ningún arte. Se entiende porqué Grecia fue la cuna de la filosofía, pero de ninguna manera la cuna del arte.

La moderación..., nada más espantoso que ese bicho. Lector, he de suponer que Epicuro está hablando de un hombre que tiene su vida moderada. Siempre supuse tal cosa. Siempre me exasperó que Epicuro no tuviera en cuenta que tu amada, lector, te dejó por otro. Que un día vino y te dijo que ya no sentía nada por ti. El tormento de los desesperados, Epicuro jamás supo de ello, o tendremos que creer que fue un farsante. Una y mil veces me pregunto quién. Me pregunto quién alguna vez no fue víctima del desenfreno. Que Epicuro pida moderación es la mayor atrocidad a la que pretende condenarnos, herencia aristotélicamente maldita. Si Freud instauró el superyó, fue gracias a esos griegos, que no pasaron al olvido. Protágoras no tuvo la misma suerte. La inquisición de aquellos tiempos quemó sus libros por atreverse a decirnos que el hombre era la medida de todas las cosas. Qué lejos está Epicuro de aquel campeón de la Grecia antigua...

Por lo demás, faltaron episodios crueles en la vida de Epicuro. Yo hubiese entregado mi alma al Dios de los cielos por haber visto a Epicuro en el siglo veinte. En medio de un campo de concentración. Hubiese querido verlo atado a una silla mientras se violaban a su mujer o a sus hijos. Hubiese querido verlo y llenarle la boca de su estúpida ataraxia. Pero parece que este señor griego jamás a vivido un episodio de esta naturaleza. Entonces me pregunto cuál es el sentido de pregonar la ataraxia. Moderación sin sentido si las hay.

Y Epicuro insiste: "Ningún gozo es algo malo en sí mismo, pero los actos causantes de determinados gozos conllevan muchos más dolores que gozos". Aquí una vez más invita a evitar los desenfrenos, no por los gozos en sí, sino por las consecuencias que, según nos dice, acarrearían más dolores que gozos. ¿Quién pudiera?, me pregunto si alguien sería capaz de resistir voluntariamente al goce. Renunciar por los propios medios a vivir una pasión, quién pudiera...., no es que se niegue lo que Epicuro está diciendo, sólo que la sospecha de una farsa golpea mi pecho. Jamás creeremos en la posibilidad de semejante actitud. Vaciamiento de pasiones, grita el griego, y esconde su corazón en su jardín...

Que detrás de la satisfacción viene el hastío es algo que acordaría uno con Epicuro, o más bien con Schopenhauer, pero el griego no tuvo la visión del alemán. No tuvo la audacia del pesimismo. No tuvo el coraje de revolcarse en la imposibilidad de semejante logro. O acaso sus dolores fueron de una futilidad insospechada. Ya lo he dicho más arriba. ¿Habrá sentido dolores fuertes, este hombre? ¿Habrá sabido de algún sentimiento aterrador como el campo de concentración de la torpeza nazi? Para mis adentros seguiré creyendo que nada semejante ha pasado por el corazón de Epicuro.

Tal vez por eso lo vemos empecinado en pretender que es posible evitar el dolor. Nadie seguiría hoy sus pasos. La era del posmodernismo no lo permitiría.

Imposible armarnos de la moderación y el vaciamiento de las pasiones: "De los deseos, unos son naturales y necesarios y otros naturales y no necesarios, y otros ni naturales ni necesarios sino que resultan de una opinión sin sentido". Nos dice Epicuro que los necesarios y naturales son aquellos deseos sin los cuales no nos es posible el vivir, tales serían el comer, beber, etc. Pero comer y beber, ¿quién no quisiera hacerlo suntuosamente?, sin embargo para Epicuro ahí radican los naturales pero no necesarios. Si bien no son malos por el simple hecho de no considerar malo a ningún placer, nos invita a evitarlos para no caer en las garras de la dolorosa consecuencia que estos deseos conllevan. Jamás tuvo la delicadeza de relatarnos cuál sería la maléfica consecuencia de haber derramado el champagne en el cuerpo gastado de la bella prostituta, la lujuria brotó por mi sexo, tuve una noche de pasión, y dormí en paz hasta que el hastío visitó mi corazón.. Por último quedan los deseos vanos, Epicuro los desecha totalmente, la fama y el poder son algunos de ellos, ¿en qué se basa Epicuro para desecharlos?, la respuesta que nos dará es que son deseos ilimitados y por tanto imposibles de satisfacer, son producto de una ilusión, y no pueden satisfacerse, por eso siempre conllevan dolores tortuosos. Me pregunto ¿quién ha sido castigado ferozmente por esta clase de dolores? El mundo llora océanos, yo no he sabido de nadie que penara por esas causas. El amor fue y será la mayor causa de los pesares que la humanidad padece. Hoy en las puertas del siglo XXI, volvemos a estas filosofías, escépticos o epicúreos, el fin es la ataraxia. Se dirá que no tenemos hoy el mismo fin. Algo de cierto hay, después de Freud, buscamos encontrarnos a nosotros mismos, como el Sócrates de antaño. Me siento en el consultorio y purgo mis angustias, ¿qué busco?, no otra cosa sino una ataraxia parcial. Busco vaciar mis penas. A falta de consultorios, Epicuro utilizó su jardín. Yo hubiese pretendido lograr cierta fama de escritor, me hubiese permitido sustentarme de ello. Fue imposible, he fracasado a diestra y siniestra, lector. Pero nunca fui presa del dolor por esa causa. Mis dolores desgarran mi corazón hasta hacerlo estallar de furia. Nadie pierde el sueño por no alcanzar la fama. Sólo Epicuro parece haber sido un desdichado a causa de ello. A causa de la sombra de monstruos como Platón y Aristóteles...

Nadie estará exento del dolor, como dijera Oscar Wilde en "El pescador y su alma": el dolor es el amo del mundo, y nadie puede escapar a sus redes. Por eso Epicuro comete una de sus mayores aberraciones al querer convencernos de que no tener hambre, frío y sed son las condiciones que nos permitirán alcanzar un estado de felicidad que él propone a la altura de Zeus. Olvidó decirnos que el deseo es insaciable. No hay tal cosa como la captación de un objeto que se consume ahí, en el hecho mismo. El deseo no tiene un fin que sea de una vez y para siempre, esas fueron las ilusorias conjeturas epicúreas. De la misma manera podemos decir que no hay una liberación total en cuanto al dolor.

En todo caso tropieza con una contradicción, producto de su utópica pretensión. Al igual que el Cristo cuando pretendió que se amara a los enemigos, cuestión contradictoria por cierto, dado que en el mismo concepto de "enemigo" está contenido el sentimiento de odio.

Que la imbecilidad no tiene límites es cosa ya sabida. A veces querría uno reventar las enciclopedias y volver a hacerlas por no tener que encontrarnos con personajes de esta calaña. Cómo no indignarse hasta explotar cuando uno lee que "nada es suficiente para quien lo suficiente es poco"..., acaso no vio Epicuro que los suficiente no pertenecía al mundo platónico de lo inamovible. Lo suficiente nunca es. Nunca nos pertenece, por eso lo insatisfecho en el orden freudiano. Por eso, cuando ya te tengo no te deseo tanto. Por eso la insatisfacción nos gobierna. Porque Epicuro, si bien dijo que "la necesidad es un mal", no advirtió la imposibilidad de la no necesidad. Hemos de ligarlo aquí a "lo suficiente". La necesidad, polo opuesto de lo suficiente, nos domina como motor de vida. El día que ya no tenga uno necesidad, entonces no se moverá más un dedo por nada. Mientras tanto seguimos en busca de lo que nos falta, de lo necesario que se ausenta. Ni siquiera Epicuro logró tal cosa. Por eso la indignación a semejante farsa, porque no hay tal cosa como aquella inútil invitación de Epicuro "a gozos continuos". No la hay. Por eso caemos a diario en los  horrores de la insatisfacción. En los dolores de la falta y en el hastío del deseo satisfecho.

Tal vez lo más sensato que haya escrito Epicuro fue aquello de que "Tenemos necesidad del placer sólo cuando suframos por no estar presente él. Pero cuando no experimentemos esa sensación conscientes de tal situación, entonces no hay necesidad alguna del placer"..., al fin vislumbró una cuota de humanidad. Uno podría llegar a creerlo un enviado, extraño al sufrimiento y las pasiones humanas. Pero aquí, al parecer, Epicuro hace del sufrimiento el motor de la necesidad. Nada más cierto que ello. Nadie que no sufra la ausencia de sea lo que sea, tendrá necesidad de esa cosa. Llámese placer o lo que diablos sea. Así funciona el corazón humano, pues si desapareciera toda sensación de sufrimiento y dolor, desaparecería el deseo de ir en busca del placer. El sufrimiento nos mueve tanto como el deseo. Pero lo cierto es que sufrimos con la ausencia de aquello que necesitamos sin lograr poseerlo. El placer no es más que una de esas tantas cosas. Epicuro redujo el sufrimiento sólo al plano de la ausencia del placer. No es tal. O si se quiere sí. Pero no entraremos en eso. Lector, son sólo juegos de palabras. Juegos con los que los filósofos suelen divertirse, como cuando uno era niño y jugaba a la bolita; o acaso te han convencido del mayor de los disparates que han cometido al encasillar a Epicuro dentro del hedonismo...

Lo que nos sigue extrañando de la lectura de Epicuro es su contradicción. Cómo es posible que siendo cierto, y aprobado por el propio Epicuro, que vamos en busca del placer tras la necesidad de éste producida por su ausencia, cómo es posible que entonces nos condene a evitarlo. Siendo que evitarlos sería seguir sin la posesión de tal placer. Cómo es que Epicuro aspira a que una vida desolada de pasiones tenga pretensiones de vida feliz. Nada más lejano de ello.

Lo único que podremos gritar con Epicuro es aquello de ciertamente ser felices en la medida que no suframos por la ausencia de lo que sea. Pero lo que el griego olvidó decirnos es la imposibilidad de tal estado. Estado piedra, diría uno. La humanidad sin deseos es sólo una utopía epicúrea, tan irreal como el cristianismo, tan irreal como el marxismo.

Los filósofos pretenden que para Epicuro, mediante la sobria razón, mediante el entendimiento racional, cuna de la prudencia de toda la antigua Grecia, es posible adentrarse en el camino que lleva a la felicidad, o al menos a esa pseudo felicidad propuesta por Epicuro y que consiste únicamente en la imperturbabilidad del alma y el no dolor en el cuerpo. Insisten, siguiendo al griego, que mediante la razón pueda lograrse el dominio de la necesidad que nos lleva al torbellino de las pasiones y que nos envuelve en el mar del dolor, el mar del propio vivir. Sin embargo ninguno nos dice cómo. He de suponer que nadie fue capaz de captar a Epicuro, y el mismo Epicuro no nos dice cómo. Porque decirnos que mediante la razón es posible dominar el fuego de las pasiones que nos sumergen en el mar del dolor es tan ingenuo cono sostener que la felicidad consiste en estar bien con uno mismo. No hay semejante cosa como la liberación del dolor. No nos es posible creer que la eliminación de las necesidades al mínimo posible sea un fármaco que nos lleve a la puerta de la tranquilidad deseada. Más bien hemos visto a lo largo de toda la historia de la humanidad, los inconvenientes que han traído las privaciones. La Iglesia católica nos ha mostrado de una manera u otra ese tipo de problemas. Lo verás tú mismo, lector. Así lo sentirás, en carne propia, cuando aquella muchacha que hoy te ha encantado camino de tu trabajo, mañana te quite el sueño por no poseerla. ¿Acaso alguien acude a las doctrinas epicúreas cuando tales cosas ocurren? De ninguna manera, más bien nos aventuramos a obtener ese objeto que nos produce dolor justamente por su ausencia, justamente por no poseerlo. Epicuro irá por el otro lado. Lo que hoy llamaríamos un lavado de cerebro. Ese acostumbrar la mente, decadente por cierto, a una vida vegetativa, llena de hastíos, llena de racionalizaciones sin sentido que nada podrían hacer ante el movimiento al que el deseo nos impulsa.

Una renuncia al deseo que nadie querrá realizar jamás. Porque lo que Epicuro jamás pareció entender es que no nos es posible tal renuncia enteramente.

Porqué, se sigue preguntando uno tras la lectura de Epicuro. Porqué si nos dice que los deseos que no terminan después en dolor, no son necesarios sino que llevan en sí un estímulo fácil de anular; tiene uno que evitar tales placeres, cuando él mismo acepta que no conducen a dolores. Porqué condenarnos a esa anulación si es que estamos entre deseos que no nos producen dolores, incluso aunque no sean satisfechos. Sin embargo Epicuro parece querer vaciarnos de toda pasión. Peor que muertos, Epicuro nos condena a una vida muerta. Cuando debió decirnos que toda su teoría se trataba de exponer la ausencia de dolor que no encontraremos sino después de haber pasado el umbral de la muerte, no antes. No sentir dolor en el cuerpo ni estar perturbados en el alma, no es sólo el deseo de Epicuro. Es el deseo de toda la humanidad. Pero este insensato pretende querer vendernos su barata filosofía

Y pretende que "los gustos sencillos producen igual satisfacción que un tren de vida suntuoso", como si uno fuera a creerle semejante cosa. Obstinado a más no poder, insiste, Epicuro: "Reviento de satisfacción en mi cuerpecillo cuando consumo agua y pan, y detesto los placeres lujosos, no por los propios placeres, sino por los dolores que por esa razón les siguen". Qué engaño tan absurdo..., ni a Cristo le cabe esta sentencia. Por mi parte, lector, yo confieso que a diferencia de Epicuro, reviento de satisfacción con un buen pulpo a la gallega, o una gran cazuela de mariscos y un buen vino tinto. Poner al mismo nivel de satisfacción ambos placeres es una aberración inconcebible. No hay tal cosa. Le diremos a Epicuro que no nos resulta más placentero la masturbación que pasar la noche con la última miss universo, como tampoco nos resulta más placentero comer pan y agua que la cazuela de mariscos. Muy a pesar de ello, Epicuro insiste en que "las relaciones sexuales jamás favorecen, y por contentos nos podemos dar si no perjudican". Uno no escapa a la tentación de querer resucitar a Epicuro para saber cuál es el mal que acarrea la relación sexual. No hay filósofo que lo haya dilucidado. Se querrá que la ausencia de ella conlleva el dolor, porque toda ausencia, toda falta desencadena en el mismo punto. Pero uno se queda atónito frente a la ingenuidad de aquellos años. Acaso Epicuro pretende que este argumento sea válido en forma exclusiva para las relaciones sexuales. Y ese deleite del "pan y agua", ¿no lo llevará a Epicuro a la misma penuria cuando estas cosas le falten? A la misma penuria que la falta de la relación sexual. Sin embargo pretende el griego que pan y agua sean fáciles de conseguir. A no ser que su jardín estuviese desierto de mujer alguna, también las relaciones sexuales serán fáciles de conseguir, tanto o más que el pan y el agua de todos los días.

Así y todo, no es ese el caso. Ni Epicuro ni ningún filósofo que haya seguido sus escritos ha dejado en claro jamás el porqué. Imposible creer semejante disparate. A uno lo indigna que un filósofo notable que ha trascendido escriba este tipo de chácharas. No he conocido a nadie en toda mi vida que reviente de placer con pan y agua a cambio de grandes manjares, por eso sigue siendo una farsa la propuesta epicúrea. Pero no era ese el caso. Lo que menos aún logramos entender, es en qué resultará doloroso el disfrutar de tales cuestiones. Dejar de pasar una noche con la mujer de tus sueños porque después no la tendrías sería realmente un despropósito sin igual. Lo mismo está intentando decirnos Epicuro, que pretende convencerse, y lo que es peor aún, convencer a sus adeptos, de que sería más saludable evitar esta clase de placeres por el simple hecho de no tenerlos continuamente. Una aberración sin igual. Nadie sufre a rabiar porque una vez ha cenado en un lujoso restaurante y ya nunca más pudo volver a hacerlo. Epicuro nos parece más bien un niño de cuatro años al que le quitamos la pelota y llora como si hubiese perdido el tesoro más valioso. La vida está poblada de una inmensidad de amarguras y Epicuro pretende que los pequeños placeres de los cuales podríamos llegar a disfrutar, los dejemos de lado por la discontinuidad que presentan. Insisto, nadie caerá en pena por pasar la noche con una bella mujer y ya no tenerla al día siguiente. No deseches esa oportunidad, lector. No lo hagas. Si ocurre, pues que ocurra. Afrontarás el dolor, pero habrás vivido una noche de encanto...

Lo cierto es que ahí radica, para Epicuro, el punto más alto del goce. Estamos a un paso de la ataraxia.

Habrá que esperar al último minuto antes de morir. Como en Aristóteles, la prudencia -la virtud reguladora de la razón práctica-, no se adquiere de una vez y para siempre, sino a lo largo de toda una vida.

El sabio será sabio en tanto y en cuanto no caiga en las garras del dolor. ¿Y cómo evitarlo? Si la voluntad es ciega y sigue los impulsos del corazón....

Los ascos que dejó la Grecia antigua en Occidente nos condenaron de por vida. Ya no hay vuelta atrás. Después de tal sentencia aristotélica, me pregunto quién tendrá la gallardía de perseguir la sabiduría. Por mi parte, me quedo sin ella, con tal de no volver a sentir en mi corazón las huellas del Dolor. Por cierto que es imposible, pero pretender que el sabio sabrá no perturbarse ante situaciones que nos ponen al borde del abismo, es realmente una locura de la Grecia de antaño. Un disparate sin igual. Nadie que no tenga hielo en la sangre podrá lograrlo, ya no se trata de sabiduría, sólo se trata de tener hielo en la sangre. La imperturbabilidad, la ataraxia, nada tienen que ver con la sabiduría.

Como fatalidad, el mundo ya está ante nuestros ojos. Poco era lo que nos quedaba. Sucumbir ante un deseo que se extingue. Quien no conozca los espasmos que agotan el alma no sabrá ya odiar las pasiones. Es aquí donde mi corazón pregunta: ¿habrá pasado Epicuro, por ese tortuoso atormentarse del alma? De qué otra forma puede un alma humana detestar tanto los arrebatos de la pasión.... Ningún filósofo se ha ocupado jamás del caso. Se me dirá que los filósofos sólo se ocupan del pensar y no de las sensaciones del pensador. Y tendrá razón quien diga esto, los filósofos no son gente habilitada para opinar acerca del ir y venir del corazón en pena. Si lo fueran, qué cerca estarían de la poesía...

Nadie que no haya vivido la sensación de liquidarse interiormente y acabar con todo, comprenderá jamás lo que el dolor sea. Epicuro afila sus armas contra el suicida. Cómo no sospechar de sus penas...

Quien no vuele a la deriva, presa del hundimiento del alma, que no hable de dolores. Moderación, prudencia, imperturbabilidad, ataraxia..., las calamidades epicúreas.

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