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¡Vamonos de aquí, Gio!

Por Rolando Hanglin

 

Martes 22 de febrero de 2011

 

 

Desde hace dos temporadas, los hinchas de fútbol venimos advirtiendo que en nuestras canchas -castigadas por una pertinaz sequía de talentos- hay un jugador por el que vale la pena pagar la entrada. Se trata del colombiano Giovanni Moreno, de 24 años, zurdo, conocido como "Gio", esplendido media punta de Racing Club. Tiene las dos facultades propias de todos los grandes: un dominio del balón que le permite llevarlo pegado al pie sin mirar hacia abajo, y una visión inteligente del juego, que le permite elegir si pasará la pelota, la shoteará al arco o la retendrá un segundo más bajo su dominio. Hoy son pocos los futbolistas que pueden hacer esas dos cosas en nuestro país. Juan Román Riquelme, Juan Sebastián Verón, Néstor Ortigoza, Juan Carlos Mercier, Diego Buonanotte, Ariel Ortega y muy pocos más. Lo dicen los expertos: ya no quedan jugadores. Todos los buenos fueron vendidos a Europa, que hoy ya no es sólo Italia-España, sino también Inglaterra, Alemania, Portugal, Rusia, Ucrania, Grecia, Turquía y otras naciones bien organizadas, tanto en el fútbol como en la vida y los negocios.

Finalmente, se secó el manantial. Esa fuente de fortunas, que ha sido el futbolista argentino durante 60 años, ha dejado de brindar agua fresca. Miles de intermediarios, abogados firma-contratos y expertos de ojo avizor se han hecho millonarios. Muchos futbolistas también. Pero ya no quedan más. Hemos vendido hasta los chicos de 15 años. Sólo quedan, en nuestro medio, los mediocres de 25 que no pudieron destacarse, los veteranos de 36 que vienen a jugar un último campeonato con la querida camiseta del club que los vio nacer, y algunos talentos demasiado juveniles (como Erik Lamela, de 18) que apenas asoman la nariz reciben una lluvia de patadas y agresiones. En los partidos impera el pelotazo, la bola bartoleada sin destino, los largos "rechazos" que van a la tribuna y una variedad de varoniles empujones. Grandes escuadras de refinada tradición como River, Independiente, Racing, San Lorenzo, hoy juegan como antes lo hacían los equipos "chicos". Los ojos cerrados, la cabeza gacha, los dientes apretados, el deseo de ver la pelota lo más lejos posible.

No es la primera vez que esto sucede. Un gran fútbol como el de Uruguay se quedó sin jugadores por el mismo motivo, hace años, y el mal fue mortífero en un país con pocos habitantes y -por lo tanto- escasos futbolistas. Las escuelas de Hungría, Yugoslavia, la República Checoslovaquia, también han sufrido largas sequías. En algún caso no sólo desapareció el fútbol sino que hasta se disolvió el país. Una vez que estas cosas ocurren, ya es difícil volver al buen camino, pues el público pierde el paladar del buen juego, aparecen periodistas nuevos que nunca jugaron a esto, los dirigentes derrochan millones buscando técnicos milagrosos, y todos caen en el delirio.

Así como se pierde una escuela (la argentina) se puede fundar otra. Lo hizo el Barcelona de España. Hace 20 años, en una reunión de la que participaron Joan Laporta, Johan Cruyff y pocos más, decretaron: "Desde ahora todos los equipos del club jugarán a dos toques, y si es posible a uno sólo. Tanto los profesionales de la primera como los chiquillos de las divisiones inferiores. Todos a dos toques. Como jugaba la Holanda de Cruyff, el Brasil de Pelé, la Argentina de Maradona". Esta expresión es una síntesis perfecta del fútbol bien jugado, entendido como arte asociado. Cuando el jugador obtiene o recibe la bola, debe tocarla sólo dos veces: control y pase, dicen los españoles.

Nosotros le decimos: parar y tocar. En el primer contacto, el jugador "mata" el efecto o movimiento rotativo que trae el balón, lo detiene y por lo tanto lo controla. En el segundo, golpea suavemente la bola para hacerla llegar a un compañero. Para que esto suceda, es necesario que cada jugador tenga un amplio dominio del balón que le permita hacer las dos maniobras sin mirar abajo: su vista debe estar levantada, observando el juego. Nunca se agacha la cabeza para arremeter a la aventura. Nunca se transporta el balón más de dos o tres pasos: lo mínimo. La pelota no vuela por el aire sino que rueda de pie a pie. Naturalmente, se precisa también que cada jugador, al recibir u obtener la pelota, tenga muchas "opciones de pase", de las cuales él elegirá una. Esto es: compañeros que se muestran de frente al portador de la bola, despegados de los rivales, sin moros en la costa, como para recibir la pelota en un pase de 5, 10 o 25 metros.

De esta forma, la pelota circula armoniosamente hacia atrás y hacia adelante, en una sucesión de pases que termina -idealmente- en gol. El gol es un toque más, sólo que a la red: así lo explicaba Didí en su cátedra del jogo bonito . Para que esto último suceda, hay que cambiar de ritmo: una pelota que se devuelve a un solo toque, enviada hacia un sitio aparentemente vacío al que llegará nuestro compañero, al que ya hemos visto en carrera. O un dribbling como el de Messi o Moreno para atraer a los defensores rivales, que descuidan a nuestros compañeros, y luego el pase-gol o el shot al arco. Cuando los buenos equipos pierden la pelota, no golpean: retroceden en bloque, colocándose detrás de la línea de la pelota y bloqueando todos los espacios vacíos. El rival -que tiene la bola- siempre la adelantará demasiado, o hará un mal pase, o pateará al arco, desviado. Y si lo administra brillantemente y convierte un gol, mala suerte. Así es el fútbol.

En cualquier caso, el balón siempre vuelve a nuestro poder. Llega el turno, por ejemplo, de jugarla: el arquero de un buen equipo nunca patea el balón a la lontananza, entregándolo a los rivales, sino que lo entrega prolijamente, con buena técnica de manos o pies, a sus compañeros, para que se inicie el circuito de toque. Línea a línea, pase a pase, con paciencia y precisión. Es lo más simple, pero requiere confianza en la propia capacidad. Son los principios esenciales del juego: una vez que se olvidan, todo es caos.

Estos principios son los que implantaron Laporta y sus amigos: hoy lo vemos en España campeón del mundo y en el Barca, glorificado como el mejor equipo del planeta.

Cuando una escuela se seca, la hinchada pide "huevos", los jugadores se sacan la pelota de encima o se esconden detrás de sus marcadores, para que nadie los busque con un pase. Y cuando la reciben simulan una jugada: por ejemplo un largo pase hacia las proximidades del banderín del corner, donde su compañero, de espaldas a la cancha, se verá encerrado entre la línea de cal y dos o tres defensores que lo arrean. Solo, como están solos todos los jugadores en nuestro fútbol, simulará también un intento de gambeta y perderá la bola. Pero no es grave, ya que los rivales también entregarán el balón en el siguiente segundo.

Cuando aparece un talento en este contexto, lo muelen a palos. Es lo que pasó con Moreno.

En una tarde feroz fue golpeado una y otra vez por el defensor Hugo Barrientos (All Boys) ante la pasividad del árbitro Lunati, y finalmente quedó lesionado por toda la temporada. Pero antes de esta golpiza había recibido otras. Tanto es así, que su representante, después de un partido áspero, entró al vestuario y le dijo:

-¡Vámonos de acá, Gio! Te van a matar a patadas. En cualquier momento te cortan la carrera.

Efectivamente, Gio es un hombre destinado al primer mundo del fútbol. Allí recibirá aplausos, no golpes. Pero, por algún motivo, el pase del colombiano no se produjo y ahora lo tenemos inutilizado por seis meses.

En nuestro medio, las leyes del fútbol no se cumplen. Vemos que, en todos los centros sobre el área, los defensores cometen infinidad de penales: golpes, codazos, empujones, agarrones, abrazos. En un fútbol infectado por la manía del "físico" y la "marca", nadie sabe marcar: simplemente se golpean, se tacklean y se derriban mediante zancadillas. Los delanteros transportan la pelota sin cederla, lo que hace que el juego resulte muy lento y aburrido, pues la bola es redonda y viaja mejor sola que acompañada. Todo termina en un pelotazo frontal hacia el área: los defensores esperan el balón de frente, con todas las ventajas, y los delanteros lo tienen que mirar "con la espalda", saltar entre siete u ocho enemigos encarnizados, y luego arrojarse al piso para simular un penal. El gol se produce casi siempre por accidente. Así es nuestro fútbol, hoy.

Cuando Gio escucha la voz que le dice "vámonos de acá", está elaborando el pensamiento que antes masticaron miles de argentinos. Para ser exactos: un millón de compatriotas. Los que están afuera. Los emigrantes. Los que buscaron en España, Italia, Estados Unidos, Inglaterra, Israel, una oportunidad para ganarse dignamente la vida. Todos los emigrados dicen lo mismo: "Aquí, en mi nueva patria, se respeta la ley. Si trabajas, te pagan. Si sos bueno en lo tuyo, te premian. Si cometes delitos, vas preso".

Hubo un árbitro, hace 20 años, que intentó cambiar la tendencia destructiva del fútbol argentino, protegiendo a los más capaces. Se llamó Javier Castrilli. Empezó a sancionar todos los penales, a mostrar tarjetas rojas, a aplicar la ley, y resultó tan intolerable que lo echaron del fútbol. Era demasiado.

Ahora bien: cuando no se aplica la ley, los más capaces se van. Con todo el dolor del alma. Con rabia y con pena, se van. Quedan en la patria los más haraganes, los más ignorantes, los más ineptos, los más viejos, los que no pueden irse porque son apenas niños, los más ladrones, los que se llevan bien con el juego sucio, los resignados. Que seríamos nosotros.

Y acá estamos. Vivimos en nuestro país -¡eso sí!- pero un poco tristes y un poco solos. Tan solos como un delantero argentino, con la pelota en los pies, dentro del área, rodeado de defensores enemigos que se abalanzan revoleando la pierna de golpear, sin un solo compañero que se acerque para pedir el pase, y con el árbitro... mirando para otro lado.

Otras personas sienten lo mismo que Gio. Y no juegan al fútbol.

 

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