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Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre, y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir.Oscar Wilde
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Los Japoneses |
Los japoneses
Por Rolando Hanglin
Los que nacimos entre los años 40 y 50 nos hemos alimentado -espiritualmente- con fuertes dosis de cine americano.
En efecto, cada sábado daban en el cine de nuestro barrio tres (3) largometrajes consecutivos, que devorábamos con avidez. Todos pertenecían a géneros temáticos definidos: las de romanos, las de cowboys, las de gangsters, las de suspenso, las de guerra, las de besos. Nuestros héroes eran John Wayne, Stewart Granger, Gregory Peck, Cary Grant, Marlon Brando, Rock Hudson, Kirk Douglas, Jack Palance y otros galanes, a los que soñábamos con parecernos. Todavía no había llegado la hora de los grandes directores europeos como Vittorio De Sica, Michelangelo Antonioni, Luchino Visconti, Federico Fellini. Alain Resnais, Ingmar Bergmann, y más adelante Carlos Saura, Pedro Almodóvar y el mismo Woody Allen, a quien casi podemos considerar europeo, al menos en su lenguaje cinematográfico y su adultez.
Nosotros éramos chicos. Nos fascinaban las historias de aventuras. Nos parecía perfecto que en la película hubiera "un muchachito" y "una chica", y desde luego los enemigos eran "los malos". Ni diferentes, ni equivocados, ni adversarios: eran malos.
Nuestras mentes infantiles se formaron en esa escuela artística, que nutrió nuestra imaginación. Incluso, a través de las películas de guerra -que trataban invariablemente sobre la Segunda Guerra Mundial- elaboramos nuestros arquetipos "nacionales", para llamarlos de alguna manera. Los americanos eran héroes bondadosos, de gran musculatura y noble corazón. Los ingleses era unos caballerescos perdedores. Los italianos, unos sinvergüenzas muy simpáticos. Los alemanes, rígidos y despiadados autoritarios. Y los japoneses.¡Madre de Dios! Eran el extracto de la maldad: sádicos, perversos, indiferentes.
Nosotros los chicos, en nuestra inocencia, llegamos a creer que las personas de aquellas nacionalidades eran realmente así. Aunque luego la vida nos fue enseñando que los cuentos para niños son sólo eso, algo de la vieja imaginería quedó en el fondo de nuestra mente.
Es que habíamos recibido una dosis muy alta: tres películas por sábado, y todas seguidas.
De manera que los japoneses, por efecto de un cine de propaganda moldeado en la guerra y la posguerra, quedaron teñidos por una fama oscura. Sin embargo, cuando nos codeábamos con los japoneses de nuestro barrio, los amables y correctos japoneses de la tintorería, los encontrábamos muy macanudos. Pero nuestra mente no lograba conectar a aquellos japoneses con estos japoneses.
Corrieron los años. Un día inauguraron en los ferrocarriles los modernos "trenes japoneses", un dechado de diseño. Otro día supimos que existía una cantante de tangos llamada Ranko Fujisawa, que se presentaba en la radio. Otro día, Pascual Pérez se consagró campeón mundial de los moscas frente al nipón Yoshio Shirai.
Llegaron los productos electrónicos. El walkman. El Sony. El Sanyo. La moto Yamaha. Los autos Mitsubishi, Honda, Toyota. Las computadoras Toshiba. La compañía Nec.
Alguien nos explicó que Japón era una isla pequeña, árida y fría, poblada por cien millones de personas muy ordenadas y trabajadoras. Y que esto les había permitido convertirse en una gran potencia mundial.
En otro momento se nos dijo que el milenario Budismo, nacido en la India, tenía una vertiente japonesa, extraordinariamente sutil, denominada Budismo Zen.Y que existían ciertas artes incomparables denominadas Ikebana, Shiatzu, Manga, Animé, Origami, Kendo, Aikido, que correspondían a la cultura japonesa. ¡La extraordinaria Danza Butoh!
El mundo ya se estaba poniendo muy raro cuando ocurrió la globalización. Ya no éramos chicos de 10 años cuando -a través de la tele y el fútbol- nos pusimos en contacto con lo sueco, lo alemán, lo belga, lo galés, lo yanqui, lo peruano, lo catalán, lo africano, y naturalmente lo japonés.
A esa altura ya sospechábamos que el Japón era una gran nación. Los valores de orden, responsabilidad, legalidad, honestidad, trabajo, estudio, no tenían mucho que ver con aquellos crueles coroneles de las películas. Los puentes de Toko-ri y El puente sobre el río Kwai no aparecían en el mapa que estábamos conociendo. si es que se puede conocer el mundo leyendo revistas y mirando cine.
El trágico Terremoto de Zendai, en el año 2011, ha desencadenado una catarata de amor y alabanzas hacia el pueblo japonés. Seguramente ellos se merecen todo esto, aunque tal vez exageramos nuestra devoción para expiar la culpa. La verdad es que, siendo niños, nos habíamos creído aquello de que los japoneses eran verdaderos demonios.
Escuchado en la radio, leído en los diarios, testimonios de argentinos que viven o han vivido en Japón:
"Usted va a un restaurant y se olvida la billetera sobre una silla. Puede volver al cabo de una semana. La billetera estará todavía allí, sobre la silla, con su contenido intacto. Sencillamente, en la mente de un japonés no existe la idea de quedarse con algo ajeno".
"Después de los terremotos no hay, en las casas medio destruidos, ni robos ni saqueos. No existe, en el idioma japonés, la palabra "saqueo". Todos ellos están convencidos de que deben convivir y esforzarse juntos, porque de lo contrario no tendrán destino".
"Fuimos a transmitir la pelea Paul Fuji- Nicolino Locche al estadio Korakuen, que era en realidad una gran sala de sumo, la lucha tradicional japonesa. Todos los espectadores debían estar sentados con las piernas cruzadas, al estilo oriental. Y nosotros, los periodistas, también. Todos se quitaban los zapatos. Nosotros también. Todos los depositaban contra las paredes de los grandes corredores de entrada. Nosotros también. Cuando terminamos la transmisión, a las 2 de la madrugada, caminamos descalzos por los corredores. Sólo quedaban, allí apoyados, nuestros zapatos. ¡A nadie se le ocurrió llevarse un mocasín argentino.!" (Relatado por nuestro colega Ernesto Cherquis Bialo).
"Sencillamente, el japonés no tiene el hábito de robar".
"En medio de las grandes tribulaciones de la población por el terremoto de Fukushima y la crisis de las plantas nucleares, todos confían absolutamente en el trabajo de los técnicos. Sin duda están haciendo lo mejor, porque ellos también son japoneses, saben de la enorme confianza que se ha depositado en ellos, y darían su vida por resolver el problema".
"Llegué a Japón a mediados de año, para radicarme definitivamente, con mi marido. Como faltaban pocos meses para terminar el curso, preferí no enviar a mi hija a la escuela: no sabía el idioma, no conocía a sus compañeras, se encontraría desconcertada. Un policía llamó a mi puerta y me dijo: ¿Qué hace esta niña jugando aquí en la calle? Debe ir a la escuela. No se preocupe por el curso, por el año, por el idioma, por los compañeritos. Todo será solucionado, nada es problema. Sólo está prohibido dejar a los niños sin escuela. Mañana la visitarán del distrito escolar".
Los argentinos estamos tan emocionados con el Japón, que hemos convertido a sus habitantes en héroes. Esto es un acto de justicia.
Sólo sucede que nosotros, los que hace 50 años vimos centenares de películas "de guerra", nos sentimos un poco desorientados frente al mundo. ¿Así son todas las leyendas, tan falsas? ¿Y los cuentos infantiles, y los lugares comunes, y las bromas raciales sobre negros y judíos, polacos y gallegos, argentinos y mejicanos.?
Evidentemente, la vida nos engañó.
Ya lo dijo el criollo: "La (mala) fama es puro cuento". Pero respondió el latino: "Sic transit gloria mundi". El prestigio positivo también se difumina, como el humo de un cigarrillo.
FUENTE lanacion.com
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