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MALVINAS ARGENTINAS: ANTECEDENTES HISTORICOS

 

1. ASPECTO GEOGRAFICO.

El archipiélago de las Islas Malvinas se encuentra en el Océano Atlántico, entre los meridianos 58º y 61º Oeste y los paralelos 51º y 52º Sur, aproximadamente, a unos 550 kilómetros de la tierra más cercana, que es la costa continental argentina.

Está integrado, pricinpalmente, por dos islas mayores: La Gran Malvina al Oeste y la Soledad al Este, separadas por el Estrecho de San Carlos, un centenar de islas e islotes -entre las cuales podemos nombrar las de San José, Bordón, Trinidad, Bouganville, San Rafael, Goicochea, del Rosario, así como los subarchipélagos Sebaldes, del Pasaje y Leones Marinos- lo completan, cubriendo una extensión total de 11.718 Km2., de los cuales 4.352 corresponden a la llamada Gran Malvina y 6.308 a la Soledad.

Constituyen un afloramiento de nuestra plataforma submarina, íntimamente vinculada al suelo patagónico. Su relieve -en líneas generales- desciende suavemente, desde el centro de las dos islas mayores hacia el mar, el Cerro Independencia (698 m. en la Gran Malvina) y el Alberdi (690 m. en la Soledad), son las dos alturas máximas. La costa es sumamente recortada, al punto de quedar la isla Soledad casi seccionada por la Bahía de Ruiz Puente y el Seno Choiseul. Predominan llanos bajos de menos de 100 m. de altura que, en forma casi exclusiva, sirven para el mantenimiento de numeroso ganado ovino de excelente producción lanar.

RECURSOS

Su principal riqueza es la lana y la pesca. Tiene más de 500.000 ovinos que producen alrededor de 2.500 toneladas de lana al año. Estudios geológicos recientes señalan la existencia de importantes yacimientos petrolíferos en la zona.

Su abundante caza marina y pesca, completan un modus vivendi de insospechables proyecciones.

POBLACION

La población de las Malvinas ha venido decreciendo en los últimos años, pasando de 2.300 habitantes de 1.912 a 1.800 en la actualidad. El éxodo se aplica por mejores expectativas de prosperidad en otros países, especialmente en Nueva Zelanda.

GOBIERNO Y PROPIEDAD

El "The Times" de Londres, en su edición del 25 de marzo de 1968 publicó: "Los habitantes de las Islas Falkland no eligen su gobierno, son gobernados por funcionarios nombrados y designados. No controlan su propia economía, ésta es controlada por un monopolio. No son dueños de la tierra en que habitan, ésta pertenece a propietarios ausentes en las islas... ".

NACIONALIDAD

De acuerdo a una modificación introducida en 1968 a la Ley de Inmigrantes del Commonwealth, no pueden emigrar a Gran Bretaña quienes no hayan nacido en ella, o no sean hijos o nietos de oriundos en Inglaterra.

GEORGIAS DEL SUR, SANDWICH DEL SUR, SHETLAND DEL SUR Y ORCADAS DEL SUR.

Las Georgias del Sur están ubicadas 1.200 kilómetros al sudoeste de las Malvinas. Son islas menores que rodean a la de San Pedro, que tiene alrededor de 3.800 Km2.

Las Sándwich del Sur ocupan el vértice exterior oriental de la base del triángulo que comprende la Antártida Argentina. Distan 600 kilómetros al sudoeste de las Georgias.

Las Shetland del Sur como las Orcadas del Sur (aquí la Argentina estableció la primera base austral el 22 de febrero de 1904) integran la Antártida Argentina.

2. PROBABLES DESCUBRIDORES Y PRIMEROS ASIENTOS

La prioridad, indudablemente, le corresponde a España, aunque resulte difícil afirmar quién ha sido su descubridor.

Su primer colonizador, el marino y militar francés Luis Antonio de Bouganville, expresó en 1771: "Creo que el primer descubrimiento sólo puede atribuirse al afamado navegante Américo Vespucio, el cual, en el tercer viaje que hizo para el descubrimiento de América, recorrió en 1502 la costa norte. Cierto que no supo si hacía parte de una isla o del continente, pero por la ruta que siguió, por la latitud a que llegó y aun por la descripción que hace es evidente que se trataba de las Malvinas".

Treinta y ocho años después de este reconocimiento de origen francés, una publicación inglesa: The British Naval Chronicle, atribuye a Magallanes el descubrimiento del archipiélago. Ello es notable, pues se olvida de todas las pretensiones inglesas y porque además, recién hacía treinta y nueve años que su clandestino cuando breve Port Egmont, había sido rendido y desalojado por la escuadra española del Capitán de Navío Madariaga.

Aun cuando la crítica histórica no acepte con plena seguridad -cosa difícil de lograr, en ocasiones, para sucesos mucho más recientes y de aparente sencillez- la realidad de estos descubrimientos bastan las fuentes indicadas para asentar un consenso general al respeto, expresado por el tiempo del primer intento de usurpación británica y, precisamente, de origen no español.

Hayan tenido o no parte en el descubrimiento Vespucio, Hernando de Magallanes, su piloto desertor Esteban Gómez o cualquier otro de los marinos españoles -o al servicio de España- que por esta agua navegaron; sean o no identificables las Malvinas con las Sansón -presentes con ése o parecido nombre o el de Patos en la cartografía española desde 1527 y más precisamente desde 1529- antes de promediar el Siglo XVI fueron vistas, abordadas y habitadas por los tripulantes de una nave que integraba la expedición armada por el Obispo de Plasencia. Hallándose en la boca del Estrecho de Magallanes, el 31 de enero de 1540, recibió "tanto viento Sud-Sudoeste, que era travesía en la costa, y por la mucha mar", se le quebró la amarra... saltando el viento. El 4 de febrero vieron unas ocho o nueve islas", delante de la tierra que creyeron firme y que ha de haber sido la Gran Malvina, en cuyo actual Puerto Moreno -según análisis de nuestro Vicealmirante Ernesto Basílico- habrían invernado poniéndole "por nombre el puerto de las Zorras, por respecto de que había muchas".

Este, aunque transitorio, es el más antiguo asiento, no ya europeo sino humano de que se tiene noticias; ningún habitante encontró los marinos de la nave cuyo nombre se ignora y que el estudioso norteamericano -defensor de los derechos argentinos- Julius Goebel, rebautizó por su cuenta como La Incógnita. Ello contrasta con el fantasioso informe de uno de los pretendidos "descubridores" ingleses, Ricardo Hawkins quien sin declarar desembarco, afirmó en 1954, haber divisado "unas tierras que no esperábamos ver tan pronto, ... alrededor de los cuarenta y ocho grados" y estaba "poblada", aunque no pudo acercarse a hablar con los habitantes".

Esto sucedía dos años después del "primer" supuesto "descubrimiento" inglés, el de Juan Davis o Davies, quien las habría también simplemente avistado a cincuenta leguas más o menos de la costa al nordeste del Estrecho.

Nada permite dar a los datos de Davis o Davies o de Hawkins, mayor credibilidad que a la identificación entre Malvinas y "Sansón" o "Patos", de la cartografía ibérica. La ausencia de una consecuente incorporación a la cartografía inglesa de la época, invalida absolutamente cualquier presentación británica al respecto.

"Es evidente -señala el Profesor A. Gómez Langenheim- que ya por el año 1550, este archipiélago así como también las costas patagónicas, eran conocidas por los navegantes españoles, portugueses e ingleses". Por último, recordemos que al finalizar aquel siglo, en 1600, dio noticias de las islas el holandés Sebal de Weert, cuyo nombre conservamos para el subarchipiélago noroccidental, indebidamente rebautizado por los usurpadores como "Jason".

Aunque la distancia dado por Sebald hasta la costa tampoco sea exacta, nadie ha puesto nunca en duda la veracidad de su encuentro con nuestras Malvinas.

3. DOMINACION ESPAÑOLA

Los descubrimientos de nuevas tierras y la consecuente expansión colonial trajeron aparejados grandes intereses económicos y políticos, marcando así el comienzo de una nueva época en la historia del derecho internacional.

Por ese entonces, al carecer el mundo europeo de reglas de derecho para el gobierno de los descubrimientos y la ocupación, tales hechos se sometieron al influjo de las sanciones eclesiásticas que habían caracterizado la política internacional de la Edad Media.

Es la nación española la que ocupa, desde el primer momento, un lugar preponderante en sus esfuerzos, para someter a esas reglas internacionales los numerosos problemas emanados de la competencia nacional. Así surge la delimitación de las esferas de colonización y derechos de España y Portugal en el Nuevo Mundo, cuando en el año 1493, el Papa Alejandro VI promulga cinco bulas: la Inter Caetera o Bula de Donación -3 de mayo-, la Eximie Devotione -de igual fecha-, la Inter Caetera o Bula de Demarcación -4 de mayo-, la Piis Filelium -25 de julio- y la Dudum Siquidem -25 de setiembre-. En virtud de las mismas se les asigna a España a sus herederos y sucesores todas las islas y tierra firme descubiertas o por descubrir hacia el oste de una línea ubicada a 100 leguas al oeste de las islas comúnmente llamadas de las Azores o de Cabo Verde, extendida de polo a polo. Además se advierte a todas las personas de cualquier estado bajo pena de excomunión, que no deben dirigirse a esas regiones salvo en caso de estar autorizados. Este límite establecido, es trasladado a 370 leguas al oeste de las Islas de Cabo Verde o Azores, al firmarse, en junio de 1494, el Tratado de Tordesillas entre los reyes de España y Portugal.

De este modo, tales documentos brindan sólidos fundamentos a favor de España y queda el archipiélago de las Malvinas bajo su jurisdicción. Por lo tanto, no necesitaba esta nación descubrirlas para tener plena soberanía sobre ellas, porque sus derechos provenían de un título anterior y superior al descubrimiento: las bulas pontificias; por las cuales se iba imponiendo en el derecho internacional un principio: el de la exclusividad de las navegaciones y del comercio en ciertos mares. En los Siglos XVII y XVIII este mismo criterio informa los sucesivos tratados celebrados entre Inglaterra y España los cuales no son otra cosa que una lucha para alcanzar el dominio económico del hemisferio occidental.

Después de la reforma protestante y de la consiguiente ruptura de la unidad cristiana, algunos reyes desistieron con la validez de los títulos derivados de la concesión pontificia; consideran que no por ello el descubrimiento se convierte en título de dominio.

A partir del Siglo XVIII las islas se transformaron en un problema diplomático de importancia; la disputa entre España e Inglaterra por la Soberanía de las Malvinas, no es más que una fase de una lucha mayor, que tiene por campo la política europea a partir de la destrucción de la Armada Invencible de Felipe II en 1588.

Al terminar la guerra de sucesión española, es necesario tener en cuenta dos de los tratados que se firman entre España e Inglaterra. Por el de Madrid, del 27 de marzo de 1713, Inglaterra se compromete a imponer penas a todos sus súbditos que en navío de su nación pasaran al mar del sur o a cualquier paraje de la Indias españolas, excepto los de la compañía del asiento de negros. Y por el de Utrecht, de fecha del 13 de julio del mismo año, el imperio español resguarda en uno de sus artículos la garantía de su integridad, ya que Felipe V se compromete a no "vender, ceder, empeñar, traspasar a los franceses ni a otra nación, tierras, dominios o territorios" de la América española. El mismo surge del deseo de limitar el engrandecimiento de Francia, pero continúa en vigor para todas las naciones, aún la inglesa.

Estos acuerdos al prohibir la navegación y el comercio en zonas que no hubieran estado abiertas al tráfico, constituían un sistema de derecho internacional destinado a mantener el statu quo en las colonias, evitando conquistas, traspasos y aventuras marítimas o comerciales, excluyendo las empresas colonizadoras. Sin embargo, no impidieron que Inglaterra tratara de extender su comercio en las Indias, abusando de los privilegios que le concedía el asiento de negros o practicando abiertamente el contrabando.

Graves disputas entre ambas naciones dieron origen a las guerras de 1718-20 y 1739-48. Pero en cada uno de lo subsiguientes convenios de paz, los principios establecidos en Utrecht quedaron ratificados.

Una prueba de que Inglaterra reconocía por ese entonces los derechos españoles sobre el archipiélago malvinense, fue cuando en el año 1748, después de haber firmado la paz con España, suspendió una expedición al Atlántico Sur, con la finalidad de fundar un establecimiento a iniciativa del Almirante Jorge Anson.

4. COLONIZACION FRANCESA

Como ya hemos explicado, a fines del Siglo XVIII, los franceses comienzan a realizar viajes por el Pacífico, principalmente los marinos de Saint-Malo, aventureros que consideraban al mar su verdadera patria.

Después de finalizada la Guerra de los Siete Años, Francia perdió Canadá, Luisiana y la mayor parte de sus posesiones de Asia. La paz del Paris -1763- confirmó la victoria obtenida por Inglaterra sobre los Borbones de Francia y España.

Una vez firmada la paz, Luis Antonio de Bougainville, propuso a los ministros de Luis XV indemnizar a Francia por la pérdida sufrida, mediante el descubrimiento de "Tierras australes y de las islas que se hallaren sobre la ruta". Ello fue aprobado por el Ministerio. Dice el marino.

"A principios del año 1763, la corte de Francia resolvió formar un establecimiento en las islas. Propuso al ministerio comenzarlo a mis expensas y secundando por los señores Nerville y Dárboulin, uno mi primo hermano y el otro mi tío, hice en el acto construir y armar en Saint-Malo, bajo la dirección del señor Duclos Guyot hoy mi segundo el "Águila" y la "Esfinge".

Con el consentimiento del gobierno francés, zarpa su expedición del puerto de Saint-Malo, en setiembre de 1763, y tras una breve recalada en Montevideo, el 2 de febrero del siguiente año, divisan una gran bahía en la isla Soledad, donde se instalan al otro día y a la que Bouganville llama "Francaise".

El 17 de marzo determina el emplazamiento de la nueva colonia a una legua al fondo de esta bahía, en la costa del norte, en un pequeño puertecito, que lo bautiza, con el nombre de "Puerto San Luis".

En esos momentos la colonia está compuesta aproximadamente por 29 personas, con no más de 5 mujeres y 3 niños. Se construyen casas cubiertas de juncos, un gran almacén y un fuerte.

El fuerte llamado San Luis fue construido bastante sólidamente; los doce cañones puestos en batería, y en medio de esta pequeña ciudadela elevamos un obelisco de veinte pies de altura. La efigie del rey decoraba una de sus caras y se enterraron bajo sus cimientos algunas monedas con una medalla, en la que en una cara estaba grabada la fecha de la empresa y en la otra se veía el rostro del rey, con estas palabras por lema: "Tibi serviat ultima Thule".

El 5 de abril, Bouganville toma posesión de todas las islas en nombre del rey Luis XV.

Deja a los pobladores al frente de su tío M. De Nerville y regresa con mayores recursos y 80 colonos de la Acadia, en enero de 1765. Este contingente aumenta, cuando en febrero de 1766 desembarcan 79 pobladores más. De tal manera, el número de habitantes se eleva, aproximadamente a 150.

España que toma conocimiento indirecto, desde Montevideo y por diarios extranjeros, de la existencia de un establecimiento francés en territorio de su exclusiva pertenencia, inicia las correspondientes reclamaciones diplomáticas, pues, por el pacto de familia firmado entre los Borbones de Francia y España, en 1761, ambas se garantizaban, recíprocamente, "todos los estados, países, islas y plazas y toda suerte de posesiones, sea cual fuere su situación, sin reserva ni excepción", y no habilitaba de ningún modo, a los súbditos franceses, a establecerse en tierras españolas.

Finalmente la Corte de Versalles reconociendo los derechos de soberanía de España en las Malvinas, conviene en abandonar el intento de colonización de las mismas, entregándole al rey el establecimiento fundado en Puerto Luis con todos sus enseres y por su parte Carlos III accede a rembolsar al fundador todos los gastos que había efectuado.

Bouganville, después de haber firmado los términos del convenio en Madrid, llega a Montevideo el 31 de enero de 1767, desde donde se dirige a Buenos Aires, a fin de concertar las medidas necesarias para la devolución de las islas a España. Estas son establecidas el 8 de febrero de 1767 y la flota conjunta franco española zarpa el 28 de febrero con destino a las Malvinas, y llega el 25 de marzo, luego de una penosa travesía debido al mal tiempo. El mismo Bouganville devuelve a España el gobierno de esta colonia entregándola al Comandante español Luis Felipe Ruiz Puente.

"El 1º de abril entregué nuestro establecimiento de las Malvinas a los españoles que tomaron posesión de él enarbolando la bandera de España que desde tierra y desde los navíos saludaron con veintiún cañonazos a la salida y a la puesta del sol. Yo había leído a los franceses habitantes de esta colonia naciente una carta del Rey, por su S. M. le permitía quedar allí bajo el dominio del Rey Católico. Algunas familias aprovecharon de este permiso; el resto con la plana mayor, fue embarcado en las fragatas españolas, las cuales aparejaron para Montevideo el 27 por la mañana. En cuanto a mi me vi obligado a permanecer en las islas esperando la "Estrella", sin la cual no podía continuar mi viaje". De este modo, la soberanía de España sobre las Islas Malvinas no sufre interrupción alguna, desde el momento que la decisión francesa no importó otorgamiento de título y sí reconocimiento del título español con el reintegro de la colonia.

5. ESPAÑA Y LAS PRETENSIONES INGLESAS.

Poco tiempo antes de estos acontecimientos, Inglaterra dirige su mirada codiciosa hacia las islas del Atlántico Sur "... con el fin de establecer una factoría de carácter permanente y cuya finalidad sería hostigar el comercio español, tanto durante la paz como durante la guerra".

Para llevar a la práctica sus objetivos organiza una expedición que, al mando del Comodoro John Byron, zarpa el 21 de junio de 1764. Su misión era practicar un reconocimiento de las islas para elegir lugares convenientes destinados a establecer una o varias colonias. Byron reconoce las costas de la Malvina occidental tomando como base un lugar que denomina Puerto Egmond, en honor al entonces primer lord del Almirantazgo. Toma posesión de este punto e islas vecinas en nombre del rey de Gran Bretaña. Luego sigue viaje rumbo al estrecho de Magallanes.

Más tarde, el 8 de enero de 1766, otra expedición británica a las órdenes del Capitán John Mc. Bride arriba a las Malvinas. Se establece una colonia en Puerto Egmont, en una isla que los ingleses denominan Sauders y los españoles Trinidad. La ocupación es clandestina, ya que el Capitán Mc. Bride traía instrucciones de "... evitar cuidadosamente toda medida de hostilidad o violencia en el caso de encontrar pobladores de otras nacionalidades".

Los españoles, al tener noticias del establecimiento inglés, inician largas tratativas diplomáticas con el fin de evitar una guerra. Inglaterra se atiene al descubrimiento, a pesar de su ineficacia como título de dominio, y luego invoca la ocupación, aunque Bouganville lo ha precedido. España contaba con la prioridad de ocupación porque había sucedido a Francia y recibido una colonia ya formada.

Carlos III, al advertir la ineficacia de las gestiones diplomáticas, ordena al gobernador del Río de la Plata, Francisco de Paula Bucarelli, el desalojo de los ingleses de Puerto Egmont. La misión es cumplida por el mayor general de la armada Juan Ignacio de Madariaga el 10 de junio de 1770.

Esta acción produce gran sorpresa en Europa, e Inglaterra exige una reparación por el agravio que se le ha inferido al atacar, en plena paz, su colonia. Al aumentar la tirantez entre ambas naciones, Francia interviene para evitar la guerra. Se llega así a la firma del documento conocido como "Declaración de Masserano"concertado en Londres el 22 de enero de 1771 por el cual el monarca español se comprometía a restablecer las cosas tal como estaban antes del acto del 10 de junio. Interesa hacer resaltar que en él no se habla de soberanía, propiedad o derecho y se agrega que:

"... la promesa que hace dicha Majestad Católica de restituir a S. M. Británica la posesión del fuerte y puerto llamado Egmont no puede ni debe afectar en modo alguno la cuestión de derecho de soberanía de las islas Malvinas.

Por lo tanto, España deja a salvo sus derechos sobre las islas. A través de la correspondencia diplomática se ha demostrado que hubo una promesa secreta de evacuar las islas, acto que se materializa el 22 de mayo de 1774.

Desde 1767 reside en Puerto Soledad (ex Puerto Luis) un gobernador español que depende de las autoridades establecidas en Buenos Aires y a partir de 1774. España adquiere la posesión de todo el archipiélago. Hasta 1811, en que las fuerzas allí apostadas son trasladadas a Montevideo, ejerce indiscutibles actos de soberanía que nadie objeta. En 1790, al intentar Inglaterra poblar Nootka Sound en la costa occidental del Canadá, en la cual los castellanos estaban fundando un establecimiento, se produce un serio incidente con España, que concluye con la firma del Convenio de San Lorenzo el 28 de octubre de 1790. Por este tratado se abre el Pacífico a la navegación inglesa y en su artículo 6º se establece:

"Se ha convenido también por lo que hace a las costas tanto orientales como occidentales de la América Meridional y a las islas adyacentes, que los súbditos respectivos no formarán en lo venidero ningún establecimiento en las partes, de estas costas, situadas al sur de las partes de las mismas costas y de las islas adyacentes ya ocupadas por España".

Al firmarse este tratado, España tiene poblaciones establecidas en Carmen de Patagones, San José, Puerto Deseado y Puerto Soledad en las costas del Atlántico Meridional. Por lo tanto Inglaterra carece en absoluto de derechos para fundar allí cualquier establecimiento permanente y en adelante, no podrá esgrimir ningún argumento para rehabilitar su antigua posesión.

Después de la Revolución de Mayo, el principio que va a regir los arreglos territoriales en América del Sur, es el llamado "uti possidetis"de 1810. De acuerdo con este principio se sobreentiende el derecho que poseen las nuevas repúblicas (constituidas a partir de la transformación política del antiguo imperio español), a tener por límites los de las primitivas unidades administrativas.

No caben dudas de que las islas Malvinas formaban parte del Virreinato del Río de la Plata y, por lo tanto, la Argentina mantuvo y reafirmó su soberanía en el archipiélago en distintas ocasiones.

El 6 de noviembre de 1820 el Capitán David Jewett, comandante de la nave argentina "Heroína", en una ceremonia de carácter formal, reafirma nuestros derechos e iza la bandera nacional en Puerto Soledad. Jewett distribuye entre los capitanes de los buques anclados en las caletas próximas, una carta circular para participarles la toma de posesión en nombre del Gobierno de las Provincias Unidas de Sud América. Este documento es reproducido en la Gaceta de Salem del 8 de junio de 1821 y también en el Redactor de Cádiz que la había obtenido de una publicación de Gibraltar.

Sin embargo, los loberos y balleneros extranjeros continuaron con la caza indiscriminada de anfibios. Durante el gobierno de Martín Rodríguez, para contener estos abusos, se decreta un aforo para aquellas tripulaciones que se dedicasen a la extracción de pieles y aceite por temporadas; en cambio, quienes formasen colonias estables, o levantasen construcciones permanentes, gozarían de franquicias que podrían llegar a la exención de gravámenes.

Ante la ineficacia de tal medida, en 1822 se prohíbe la caza de anfibios en las costas patagónicas.

Todos estos actos de reafirmación de la soberanía no provocaron ninguna reacción británica. Un decreto de agosto de 1823, firmado por Martín Rodríguez y refrendado por el Ministro Bernardino Rivadavia, concede a Jorge Pacheco el usufructo de los ganados que pueblan las Malvinas. Este, asociado con Luis Vernet, obtiene para el capitán de milicias retirado Pablo Areguati el nombramiento de Comandante de Puerto Soledad.

Pacheco, desalentado por el mal comienzo de la explotación, vende sus derechos a Vernet, quien se arraiga en Puerto Soledad.

El 10 de junio de 1829, un decreto de Martín Rodríguez fundamentado en el derecho de primer ocupante, determina que:

"Art. 1º - Las Islas Malvinas y las adyacentes al Cabo de Hornos en el mar Atlántico, serán regidas por un comandante político y militar, nombrado inmediatamente por el gobierno de la República". El artículo 2º fija la residencia del comandante en la isla Soledad y el 3º lo faculta a cuidar en sus costas "la ejecución de los reglamentos sobre pesca de anfibios".

El 30 de agosto, Luis Vernet enarbola el pabellón nacional en Puerto Soledad e intima a los pobladores a acatar su autoridad.

La primera queja británica es presentada por el cónsul inglés en Buenos Aires, Woodbine Parish, el 19 de noviembre. Este diplomático desconoce la autoridad del gobierno argentino, incompatible con el derecho de su país, fundado en el descubrimiento y subsiguiente ocupación de las islas. El Ministro Tomás Guido promete estudiar la reclamación que queda sin respuesta.

6. EL CONFLICTO DE LA LEXINGTON.

Luis Vernet, cansado de ver destruir los recursos naturales, el 31 de agosto de 1831 detiene a tres pesqueros norteamericanos, incautando su cargamento. Uno de ellos logra huir y su Capitán da el informe a su gobierno, mientras que con el Capitán de otro llega a un acuerdo sobre pesca. Con el tercero, la goleta "Harrier", Vernet se dirige a Buenos Aires para someterla al fallo del Tribunal de Presas. Vernet no regresará a las Malvinas.

En setiembre de 1832 se designa comandante Civil y Militar interino, al Sargento Mayor de Artillería Esteban José Francisco Mestivier, quien muere a fines de ese año, durante una sublevación de parte de la guarnición y es reemplazado por el Capitán de la goleta "Sarandi", José María Pinedo. Este incidente da lugar a la intervención del cónsul de los Estados Unidos, Jorge W. Slacum, quien desconoce el derecho argentino a reglamentar la pesca en las Malvinas.

En ese momento entra al puerto de Buenos Aires la corbeta de guerra "Lexington" y el representante norteamericano da instrucciones a su Capitán, Silas Duncan, para defender con energía los intereses de sus compatriotas. A fines de 1831, este marino llega a Puerto Soledad, enarbolando la bandera francesa; procede entonces, a tomar represalias contra los colonos y pone presos a los principales pobladores.

Este acto de piratería provoca indignación en Buenos Aires. En febrero de 1832, el Ministro José Manuel García hace saber al Cónsul estadounidense que se ha resuelto suspender toda comunicación con él.

Importa poner de relieve, informado de los sucesos de las Malvinas, el Presidente de Estados Unidos, Andrew Jackson, en diciembre de 1831 solicita al congreso de su país los medios necesarios para proveer una fuerza adecuada, a fin de proteger a los ciudadanos norteamericanos que pescan en el Atlántico Sur.

Consecuente con esta actitud, el gobierno de Washington designa encargado de negocios en Buenos Aires a Francis Baylies, que trae instrucciones del Secretario de Estado para desconocer la autoridad de Vernet e impugnar el decreto del 10 de junio de 1829. El comisionado celebra su primera entrevista con el Ministro Manuel Vicente de Maza (primer gobierno de Juan Manuel de Rosas) y exige la desautorización de Vernet, la devolución de los bienes incautados y el pago de una indemnización. Un mes más tarde, en una nueva reunión, entra en el terreno de los derechos de soberanía sobre el archipiélago, para terminar por sostener que era Inglaterra quien tenía derechos indiscutibles.

El gobierno porteño decide no tratar más con Baylies y entenderse directamente con el Secretario de Estado. El 3 de setiembre el diplomático recibe su pasaporte. Su misión ha concluido.

Por un largo tiempo la Confederación Argentina no tiene representante diplomático en Estados Unidos, hasta que es designado Carlos de Alvear, quien parte a mediados de 1838 para hacerse cargo de los negocios de nuestro país. De inmediato, presenta la reclamación correspondiente por las pérdidas sufridas a raíz de la incursión de la Lexington. El 4 de diciembre de 1841, Daniel Webster, Ministro de Relaciones Exteriores del país del norte, le contesta que, al ser disputado por otra potencia el derecho argentino a la jurisdicción sobre las Islas Malvinas, "se consideraba que los Estados Unidos no debían dar una respuesta final hasta tanto la controversia no quedara resuelta, pues tal respuesta en esas circunstancias hubiera implicado un desvío de la que hasta entonces había sido la política cardinal del gobierno de los Estados Unidos".

En 1884, Luis L. Domínguez cumpliendo instrucciones dadas por el Presidente Julio A. Roca y su Canciller Francisco J. Ortiz, presenta una nueva protesta. A fines de 1885 el Presidente Esteban Grover Cleveland, en su mensaje anual al Congreso, considera que:

"El gobierno argentino ha renovado la antigua cuestión de las islas Malvinas, reclamando del gobierno norteamericano por su pérdida atribuida a la acción del comandante de la corbeta Lexington, al destrozar en 1831 una colonia de piratas, establecida en esas islas, y su subsiguiente ocupación por Gran Bretaña. En vista de la amplia justificación que existe para los actos de la Lexington, y del estado de abandono de las islas antes y después de su alegada ocupación por los colonos argentinos, este gobierno considera que la reclamación es completamente infundada".

Al tener conocimiento de estas declaraciones, nuestro representante en Washington, Vicente G. Quesada, se dirige al Secretario de Estado, Tomás F. Bayard, para manifestar su desacuerdo con los injustos calificativos del mensaje presidencial, reservándose el derecho de ampliar la exposición de su antecesor.

El Secretario de Estado, Bayard, responde a Quesada respecto a los procederes del Capitán Silas Duncan en las Malvinas en 1831, decidiéndose a un aplazamiento del asunto, cuyo término sólo llegará en el caso de que Gran Bretaña reconociera la soberanía argentina sobre las Malvinas.

Finalmente, el 4 de mayo de 1887, Quesada presenta un extenso y documentado alegato dirigido al Secretario de Estado, referente a la historia de las islas y a los derechos argentinos. Como las anteriores, esta nota no obtiene ninguna respuesta y menos una decisión concreta.

Debemos igualmente recalcar que, para los Estados Unidos, la doctrina Monroe no es aplicable respecto a Gran Bretaña, pues sus términos excluyen toda acción retroactiva. Teniendo en cuenta la actitud de Estados Unidos a partir de los sucesos de 1831, muchos historiadores han opinado que este país nunca podrá ser un mediador válido para hacer reconocer nuestros derechos sobre las islas.

7.OCUPACIÓN POR LOS INGLESES Y ACONTECIMIENTOS CONSECUENTES.

Hacia el año 1830, las noticias aportadas por el Capitán Fitz Roy, luego de su periplo al sur en 1829, sobre el estado en que se encontraban las Islas Malvinas, lo que existía en ellas, y la parte poblada del archipiélago, convencieron al Almirantazgo inglés sobre la facilidad de ocuparlas, teniendo en cuenta que las mismas podrían servir como punto de escala en la ruta de navegación hacia Australia por el Cabo de Hornos o el Estrecho de Magallanes.

Dispuestos a no perder esta magnífica oportunidad, las autoridades navales inglesas elevan a la consideración del Primer Ministro Lord Palmerston, el proyecto por el cual se ordena al Jefe de la Estación Naval que "(...)tomara medidas destinadas a ejercer el derecho de soberanía a favor de S. M. en las Falkland (...)". A fines de agosto de ese mismo año, el Primer Ministro responde a esa sugerencia diciendo que el Rey es partidario de enviar a Puerto Egmont una de las naves que componían la flota del Atlántico Sur.

Recibidas las órdenes pertinentes, el Contraalmirante Sir Thomas Baker, Jefe de la Estación Naval Inglesa en Sudamérica, redacta las instrucciones que debe observar el Capitán Juan Jaime Onslow, oficial encargado de la operación. Dichas instrucciones indican tomar Puerto Egmont, izar la bandera inglesa y construir un fuerte. Si se hallara fuerza extranjera, debía poner en conocimiento del Jefe de dicha fuerza cuál era el objeto de la misión y la obligación de evacuar la colonia; en caso de resistencia debía apelar a la violencia.

A pesar de que en las instrucciones redactadas por el Contraalmirante Baker no se hace referencia a Puerto Luis o Puerto Soledad; lo cierto es que el Capitán Onslow, llegado a destino y luego de una corta permanencia en Puerto Egmont, se lanza a la conquista de Puerto Luis como si éste fuera el objetivo principal.

a. Las acciones militares.

El 2 de enero de 1833, la fragata inglesa "Clio" penetra en la Bahía de Puerto Soledad donde se encuentra estacionada la goleta argentina "Sarandi", al mando de José María Pinedo.

El Comandante de la corbeta inglesa comunica a Pinedo que, cumpliendo órdenes del Almirantazgo, iba a tomar posesión de las islas dentro de las 24 horas de su llegada, intimando a que fuera arriado el pabellón argentino y que la "Sarandi" abandonara el lugar.

El oficial argentino, ante la escasez de fuerzas con que cuenta, considera inútil cualquier intento de resistencia, por lo cual sólo atina a dejar sentada una protesta formal y a designar un representante suyo. Hecho esto, se embarca en la goleta, regresando con su gente a Buenos Aires donde da cuenta al gobierno de la usurpación.

Días después de efectuada la operación de ocupación de las islas, el Capitán Juan Jaime Onslow leva anclas y zarpa rumbo al Río de la Plata. No había pasado mucho tiempo de la partida de la "Clio" cuando fondea en la Bahía la goleta inglesa "Beagle", cuyo comandante era el Capitán Fitz Roy. Luego de permanecer un tiempo en el archipiélago, y ante el nuevo estado de cosas, se apresura a confirmar al ciudadano francés Juan Simón como capataz de los peones argentinos que habían sido contratados por Luis Vernet.

Sin embargo, pronto surgen dificultades, ya que los gauchos llevados por el ex gobernador de las islas, así como el resto de los empleados, siguen recibiendo en pago de sus salarios unos vales firmados por aquél, los que no son aceptados por el encargado de los almacenes, el irlandés Willian Dickson. A esto hay que sumarle la tentativa por parte de Mateo Brisbane, (ex mayordomo de Vernet), ahora bajo las órdenes inglesas, y del capataz Simón, quienes pretenden incrementar el trabajo de los peones, aduciendo que se estaba bajo dominio británico.

Totalmente en desacuerdo con estas nuevas medidas, los gauchos, bajo la conducción de uno de ellos llamado Antonio Rivero, se sublevan y luego de una corta lucha donde mueren Brisbane, Dickson, Simón y dos individuos más, toman la casa de la Comandancia, hecho ocurrido el 26 de agosto de 1833. Arrían la bandera inglesa y vuelven a izar el pabellón nacional, el cual ha de permanecer nuevamente por casi seis meses ondeando en el archipiélago.<