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Proceso creador de nuestra cultura colonial

 

        La arquitectura es el arte de proyectar, construir y ornamentar edificios para satisfacer una necesidad práctica, de acuerdo con el sentido de la belleza. El arte arquitectónico responde aun estilo que es el conjunto de procedimientos formales con que el artista realiza su obra. Este estilo no puede estar sujeto a normas inmutables ni encasillarse dentro de una codificación rigurosa. Constituye una creación individual o de un grupo, que representa una época cultural determinada y forma parte de procesos históricos vinculados con el pensamiento humano.

         Cuando los caracteres estéticos son reconocidos por su valor, generalmente rebasan las fronteras de su país de origen y se incorporan en el patrimonio cultural de otros pueblos, pero, cada pueblo, al crear o adaptar una solución artística, pone de manifiesto su modo de ser y su modo de vivir.

         Los varios estilos que se emplearon en Hispanoamérica estaban vinculados con la península de donde provenían los arquitectos. De las manifestaciones estilísticas predominantes en España, las más empleadas en el Nuevo Mundo fueron el barroco y el renacimiento italiano. Estos elementos artísticos sumados al aporte de la mano de obra indígena, permitieron el surgimiento de la arquitectura hispanoamericana o colonial.

 

El arte arquitectónico en España.

 

         En épocas de la conquista y colonización, el arte arquitectónico en España había alcanzado un grado sorprendente de madurez, respondiendo a una modalidad característica de la idiosincrasia hispana, de ofrecer resistencia a los elementos artísticos foráneos.

         La arquitectura mudéjar, se origino por los largos años de convivencia entre cristianos y musulmanes en territorio español, cuyos comienzos se sitúan en el siglo XII para alcanzar su esplendor en el siglo XV. Este arte se caracteriza por el predominio de elementos árabes, a pesar de constituir un arte español las columnas delgadas, los arcos, la bóveda y la cúpula, etc. hacia el siglo XIII se iniciaron manifestaciones de estilo románico. Fue un arte monástico que se aplico a la construcción de iglesias.

         Los principales problemas de la arquitectura románica como la iluminación abundante de las naves y el equilibrio de las bóvedas, los soluciono la arquitectura gótica que se inicio en España hacia el siglo XIII. Se caracteriza por el arco quebrado en forma do ojiva, muros delgados y amplios ventanales.

         La arquitectura del renacimiento, se inicia en España, al iniciarse el gótico flamígero, con elementos del mudéjar; surge así el estilo isabelino, que se desarrollo durante el reinado de los Reyes Católicos.

         En la segunda mitad de el siglo XVI aparece el estilo clásico puro, que imito las formas romanas, nombrado en España como herreriano.

          Este estilo fue sólo un simple transito hacia la arquitectura barroca. El barroco fue el estilo que más se transplantó a los dominios de América, particularmente en México y Perú. A partir del siglo XVIII el barroco da paso al neoclásico, que volvió a imponer mesura en la ornamentación.

 

El estilo colonial.

 

         El Renacimiento había proporcionado al arte arquitectónico una técnica y estilo propios, pero en el transcurso del siglo XVII esta simplicidad de las formas clásicas se complicó , al predominar el elemento decorativo sobre el constructivo, la línea curva sobre la recta. Surgió en esta forma un estilo rebuscado, con profusión de detalles decorativos, que recibió el nombre de barroco

 

Caracteres de nuestra arquitectura colonial.

 

         A la llegada de los españoles, los aborígenes que habitaban nuestro territorio no se destacaron por su gran adelanto cultural y, poco pudieron ofrecer en materia constructiva, además el lento proceso de gestación de nuestra arquitectura fueron razones de carácter económico y social.

         Las penurias que provocó el monopolio comercial, agravadas por la gran distancia que separaba a los dominios del Río de la Plata de la metrópoli, moldearon una sociedad sin grandes distinciones ni ostensibles privilegios.

         Las consecuencias de este proceso económico y social fueron visibles en materia arquitectónica.

         Es difícil precisar en forma académica un estilo definido dentro de nuestra arquitectura colonial. Aunque como ya sabemos fue el barroco el que más se adaptó al nuevo ambiente.

         La arquitectura colonial de nuestro país presenta tres caracteres que la definen con bastante precisión y que pueden agruparse de la forma siguiente:

 

a)     Sencillez y espontaneidad. Se observan construcciones de un primitivismo ingenuo y simplista, producto del operario aún no hábil, que con tenacidad e imaginación hubo de vencer numerosas dificultades, entre ellas la falta de herramientas y de materiales adecuados.

b)    Barroquismo. Esta presente en nuestro medio, aunque sus fantasías decorativas no alcanzaron la exuberante suntuosidad de las construcciones levantadas en México y Perú.

c)     Clasicismo. Inspirado en las líneas más simples del estilo renacimiento italiano del siglo XVI. Nuestra arquitectura colonial respondió más que a una tradición en este aspecto del arte, a una necesidad del medio social. Los edificios fueron obras de contenido estético propio, a veces con cierta imagen de pesadez que estaba de acuerdo con el gusto de la época. No hubo lujos en las formas ni excesos decorativos en las fachadas y, en conjunto, las construcciones tienen sabor local, con líneas sencillas y elegantes que trasuntan sobriedad y exquisita nobleza.

 

Los periodos en la historia de la literatura argentina.

 

         Aunque en el aspecto militar y político, el 25 de mayo de 1810 representa en nuestra historia un meridiano cronológico entre épocas diferentes, pues marca el fin de la dominación española y el comienzo del período patrio, lo acontecido aquella memorable semana nada significó en materia de cambios a nuevas orientaciones literarias.

         Resulta tares difícil dividir nuestra historia literaria en distintas épocas.

         El estudioso Ricardo Rojas consideró primeramente un período Colonial, desde la conquista hasta el año 1820 y que subdividió en: los Orígenes (siglo XVI); la Inclinación, desde la apertura de la universidad de Córdoba (1613) hasta la expulsión de los jesuitas (1767) y la Revolución, hasta el término de la generación de mayo (1820).

         Luego un segundo período que llamó la Proscripción, desde los caudillos (1820) hasta la derrota de Rosas en 1852. El tercer período denominado la Organización, abarca desde el Congreso Constituyente de 1853 hasta el año 1880, en que el Congreso reunido en Belgrano sanciona la ley que declara a Buenos Aires capital de la República. Por último, la Actualidad, desde esa época hasta el movimiento literario contemporáneo.

         También hay otras divisiones realizadas por los estudiosos de hoy en día, los cuales distinguen tres grandes épocas: formación de los géneros (1853-1880), desarrollo (1880-1940) y el periodo contemporáneo (1940 hasta la actualidad).

        

Caracteres de nuestra literatura colonial.

 

         Uno de los caracteres es la influencia de: el Renacimiento, el Barroco y el Neoclasicismo.

         Nuestra literatura colonial, que abarca un extenso lapso comprendido desde el siglo XVI hasta comienzos del siglo XIX, debe considerarse un derivación menor de la española, sujeta a la influencia de los movimientos culturales y de las ideas estéticas que por aquella época cultivaban los estudiosos peninsulares. De tal manera, el Renacimiento y su ideal grecolatino, más tarde el Barroco y finalmente el Neoclasicismo, todos ellos se hicieron presentes, aunque en forma muy relativa, en nuestra actividad literaria en tiempos de la dominación hispánica y en las dos décadas posteriores del periodo patrio.

 

Aspectos de la literatura colonial.

 

         Los comienzos de nuestra literatura reflejan los diversos aspectos de la conquista y colonización del territorio del Río de la Plata.

         La conquista iniciada en el año 1536 con la fundación de Buenos Aires, fue un fracaso en cuanto al logro de objetivos materiales. Despoblado el villorrio, los españoles se concentraron al norte, en la Asunción. El arribo de las empresas de Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y Ortíz de Zarate determinó la división de los pobladores en dos grupos antagónicos. Los que habían llegado con Mendoza, denominados antiguas nuclearon en torno al caudillo Domingo de Irala y enfrentaron a los otros, llamados los nuevos.

         La literatura en aquella época dejó constancia de la tenacidad de esos hombre, protagonistas de una empresa incierta, en un medio desconocido en busca de riquezas que no hallaron.

         Un paso en el avance de nuestra literatura colonial lo marca la llegada de viajeros que redactaron memorias descriptivas, que fueron de utilidad para obtener datos sobre la geografía, el ambiente, la sociedad y diversos aspectos de la vida entre los siglos XVI y XVIII.

         La conquista espiritual emprendida por las órdenes religiosas, enriqueció la literatura con gran cantidad de obras producto de la labor de sacerdotes entregados a una intensa tarea intelectual. Los trabajos comprenden una gran cantidad de materias, unos describen accidentes geográficos, la flora y la fauna rioplatense, otros estudian la historia y variados aspectos científicos.

         En nuestra literatura colonial también se produce el surgimiento del género teatral, con obras del repertorio español.

         Finalmente en los últimos años de la dominación hispánica, la lucha contra los ingleses en 1806 y 1807 y la victoria alcanzada, inspiraron gran cantidad de obras literarias, agrupadas bajo el titulo Cancionero de las invasiones

 

Los historiadores jesuitas.

 

         Los miembros de la Compañía de Jesús ocupan un lugar estacado dentro de nuestra evolución histográfica, entre los siglos XVII y XVIII realizaron el mayor aporte al estudio de la historia de nuestro país, en el periodo hispánico. Estos religiosos contaron desde un principio con sus propios cronistas encargados de redactar las Cartas Anuas, o extensa información que cada año era elevada por los padre provinciales al general de la Orden, sobre diversos aspectos de las misiones ubicadas en esta parte de América. En su constante búsqueda de documentos oficiales y privados, estos cronistas también se ocuparon de la historia civil y en esta forma, sentaron las bases de eruditos estudios posteriores.

         Jesuitas tales como Nicolás de Techo, Francisco Javier de Charlevoix, Pedro Lozano, fueron jesuitas que publicaron grandes relatos de los cuales algunos fueron traducidos en varios idiomas como: alemán, castellano, inglés, latín. Además de las obras que tienen existencia en el presente hay otras que se perdieron como: los seis tomos del Diccionario Histórico Indico relatado por Pedro Lozano.

 

Literatura en épocas del virreinato.

 

         La literatura porteña no se inicia hasta promediar el siglo XVIII, en épocas cercanas al establecimiento del virreinato del Río de la Plata con sede en la ciudad de Buenos Aires. De acuerdo con las constancias documentales en el año 1747 y con motivo del juramento de fidelidad a l nuevo monarca Fernando VI, se representó en la mencionada ciudad, una loa o poema breve, cuyo autor se desconoce.

         La instalación en Buenos Aires de la Imprenta de los Niños Expósitos dio impulso a la labor literaria. Este taller imprimió en 1801 el periódico       " Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Histográfico del Río de la Plata".

         En 1810 vio la luz el "Correo de Comercio" en el cual se imprimieron poesías de José Priego de Oliver y la oda de Vicente López y Planes titulada "Delicias del labrador".

 

Las misiones jesuíticas.

 

         La obra de evangelización y cultura artística que llevaron a cabo los jesuitas con los indígenas en las misiones establecidas en las cuencas de los ríos Paraná y Uruguay, en el transcurso de los siglos XVII y XVIII, alcanzó merecida celebridad en su época. Los restos arquitectónicos y los trabajos artísticos que han llegado hasta el presente, demuestran la gran eficacia de aquella obra, que congregó unos cien mil indígenas, en su mayor parte guaraníes, bajo la dirección de un centenar de sacerdotes.

         En estas misiones los aborígenes aprendieron arquitectura, pintura, escultura, música, arte tipográfico y variadas artesanías en madera y piedra, todo ello dedicado al culto divino.

         Varias circunstancias favorecieron la sistemática destrucción de los edificios misioneros. Los muros levantados con ladrillos y piedras debieron asentarse con arcilla, pues la región carecía de cal común y de otros materiales adecuados para formar una argamasa consistente, además hubieron otros factores que ocasionaron la destrucción de los edificios misioneros.

         Luego de la expulsión de los jesuitas, los religiosos franciscanos se hicieron cargo de las misiones, pero no pudieron impedir que el sistema entrara en rápida decadencia y que los indios volvieran a la selva. Los edificios sufrieron depredaciones e incendios por parte de efectivos brasileños y paraguayos.

 

La arquitectura misionera.

 

         En el estudio de la arquitectura de las misiones jesuíticas guaraníes pueden destinguirse tres épocas:

a)Primera época: comprende desde las primitivas fundaciones y concluye con el éxodo hacia el sur provocado por la hostilidad de los bandeirantes. Es la más rudimentaria y de poco valor. Sólo se levantaron edificios con muros de tierra apisonada y adobe, con techumbres de troncos de madera y paja.

b)segunda época: se extiende desde el establecimiento definitivo de las misiones hasta el primer cuarto del siglo XVIII. En este período se definen con mayor precisión los caracteres de la arquitectura misionero-guarani.

c)tercera época: abarca los últimos años previos a la expulsión de 1767 y es el período de mayor influencia europea, mientras es visible la disminución del aporte indígena; por tanto, las obras arquitectónicas si bien ganan en magnificencia, pierden originalidad americana. Se emplea el llamado estilo jesuítico que se utilizaba en España a imitación de las iglesias de Jesús.

 

Establecimientos rurales jesuíticos.

 

         La Compañía de Jesús ocupó en la campaña cordobesa varios establecimientos rurales. Constituyeron una fuente de recursos necesaria para afrontar los gastos de los establecimientos educativos que funcionaban en la ciudad de Córdoba. Aunque en esas haciendas los sacerdotes cumplían su misión evangélica y enseñaban al indígena los principios del trabajo metodizado, como también algunas artesanías, no deben confundirse con las misiones con las misiones establecidas en la región norteña y paraguaya, debido a las diferencias de su creación y propósitos.

         Las haciendas cordobesas eran centros de actividades campestres, con graneros y establos donde trabajaban muchas personas. Los productos agrícolas y ganaderos que se obtenían eran vendidos por los jesuitas, los cuales con estos recursos solventaban los gastos del Convictorio de Monserrat, del Colegio Máximo y la Iglesia.

 

La arquitectura en el siglo XVII.

 

         La ciudad de la Trinidad, en el puesto de Buenos Aires, llevó una vida precaria durante los primeros lustros que siguieron a la fundación de Garay. Rodeada por la extensa llanura pampeana y frente a un río en que pocas veces aparecía una nave, los pobladores hubieron en principio de bastarse a si mismos. Al paso de los años y vencidos los inconvenientes del total aislamiento, la pequeña ciudad, tomó incremento en el orden político, social y económico, hasta convertirse en un centro defensivo contra las ambiciones de los portugueses, establecidos sobre la margen oriental del Río de la Plata, en la Colonia del Sacramento. La población al finalizar esa centuria era de unos 10.000 vecinos, se extendió desde la Plaza Mayor hacia el Sur. El Riachuelo, al desviar su curso, había permitido crear un rústico puerto. Desde el puerto se penetraba en Buenos Aires por una larga calle que llevaba directamente hasta la Plaza Mayor.

Las viviendas.

         En una primera época, la edificación no fue ni compacta ni homogénea,. A comienzos del siglo XVII el ladrillo se consideraba una novedad y la mayoría de las viviendas continuaban levantándose con gruesos muros de adobes, revocados con el mismo material y estiércol. Los techos se construían a dos aguas, de troncos cubiertos de paja, elementos poco durables, que favorecieron la renovación edilicia. Por el año 1620, las hormigas horadaban los cimientos y hacían peligrar la estabilidad de los edificios; esto motivó la obligación de colocar piedras en los basamentos, para compensar la acción de los dañinos insectos.

         Las casas eran bajas, de planta rectangular y muy simples en la distribución.

 

La arquitectura en el siglo XVIII.

 

         El siglo XVIII fue de gran transformación para la ciudad de Buenos Aires. Según el plan de reformas trazado por los reyes de la Casa de Borbón destinado a mejorar sus dominios en América con una nueva organización administrativa y legal, se creó el virreinato del Río de la Plata y más tarde fue subdividido en el vasto territorio de Intendencias. Otras creaciones de carácter institucional como la Audiencia y el Consulado, dieron mayor jerarquía a la ciudad, mientras la sociedad porteña recibió el valioso aporte cultural de varios científicos que arribaron con motivo de las comisiones de límites hispanolusitanas, debido al término de las luchas por la Colonias del Sacramento.

         El adelanto del material fue visible en 1783.

         A mediados del siglo XVIII, el área urbana de Buenos Aires comprendía el centro, los arrabales y las quintas. La zona céntrica estaba limitada hacia el sur pro el "zanjón el Hospital" y hacia el norte por el "zanjón de Matorras".

         El centro político y administrativo de la ciudad de los edificios que bordeaban la Plaza Mayor y el Cabildo donde residían las autoridades gubernativas, eclesiásticas y comunales. Las residencias particulares se construyeron en el barrio Santo Domingo.

El aspecto edilicio.

         El aumento gradual de la población motivó la subdivisión del terreno en parcelas, y las casa comenzaron a edificarse unas junto a otras. Varias disposiciones y ordenanzas entraron en vigor para mejorar el aspecto edilicio de la ciudad. En el año 1772 se declaró que era obligatorio construir las fachadas en una misma línea y en noviembre de 1784, el intendente Francisco de Paula Sanz dispuso que alarifes oficiales vigilaran las obras que habían de realizarse. En 1788 fue necesaria la aprobación de los planos por parte de las autoridades, como trámite previo a toda construcción. Los edificios de categoría se levantaban con ladrillos cocidos asentados sobre barro, aunque no por esto se eliminó el adobe para construir paredes en las viviendas comunes. En los techos, el material más empleado fue la teja abarquillada, cuyo conjunto, en plano inclinado, apoyaba sobre maderas duras.

         Las fachadas generalmente lisas, no estaban sujetas a un rígido ordenamiento y eran construidas en gruesos muros. Se extendían sobre la línea del frente de 15 a 20 varas y la planta se prolongaba unas 70 varas hasta el fondo. La puerta de calle ocupaba la parte central y era de madera dura, generalmente quebracho colorado; giraba sobre grandes bisagras y tenía un gran manijón, llamador y cerradura.

Algunos edificios tradicionales.

         Las casa más destacadas de la sociedad porteña se levantaron en el barrio de Santo Domingo el más aristocrático del siglo XVIII. Cabe mencionar en primer término la casa de Domingo de Basavilbaso. Otra casa que se destacó en su construcción fue la Casa de Ejercicios Espirituales.

 

La arquitectura privada en el interior.

 

         En las ciudades de provincias creadas a lo largo de las rutas seguidas por los conquistadores, la arquitectura privada fue semejante a la de Buenos Aires. No existen mayores diferencias en cuanto a los materiales empleados, las fachadas y la distribución, salvo algunas variantes decorativas que imprimieron a ciertas construcciones aristocráticas del interior un aspecto más llamativo y alegre. Las residencias familiares de la época de la dominación hispánica tiene en Córdoba y en Salta sus mejores exponentes.

         La fachada sencilla responde en sus lineamientos generales a uno de los caracteres de nuestra arquitectura colonial y en ella se destaca la entrada principal adornada con pilastras. Un detalle de interés arquitectónico lo constituye la doble entrada esquinera cubierta por un balcón, protegido a su vez por un gran alero de tejas.

 

La arquitectura pública en Buenos Aires.

 

         De acuerdo con un plano del Archivo de Indias, la división de Buenos Aires en solares según lo dispuesto por Juan de Garay, comprendía de sur a norte, desde las actuales calles Estados Unidos a Viamonte y de este a oeste, desde Balcarce y 25 de mayo hasta Salta y Libertad. Según el plano la Plaza Mayor ocupaba una manzana. A sus costados debían levantarse los edificios destinados a la iglesia mayor y el cabildo. otra manzana y limitada por las actuales calles Rivadavia, Defensa, Balcarce e Hipólito  Yrigoyen, fue cedida en propiedad al adelantado Torres de Vera y Aragón, pero quedo completamente abandonada hasta el año 1608, en que se establecieron los jesuitas en Buenos Aires, edificaron en la parte norte de dicho terreno, una modesta capilla y un largo caserón de adobe con el techo de paja.

         Por su parte, el heredero del Adelantado, don Alonso de Vera, entregó la porción sur de la misma manzana a Rodrigo del Granado, que allí edificó  una casa de cierta categoría, pues se utilizaron ladrillos y tejas. Esta vivienda fue rematada en el año 1634 debido a problemas surgidos con Vera y Sarate y adquirid por Pedro de Rojas y Acevedo. A la muerte de este, su viuda doña María de Vega, entregó gratuitamente la construcción a la Compañía de Jesús en el año 1645. Los religiosos quedaron dueños de toda la manzana, aunque era evidente que la capilla y residencia anexa, ubicadas frente a la Fortaleza, podrían ocasionar problemas de carácter táctico militar. Por esa causa, en 1661, el Gobernador Alonso de Mercado y Villacorta dispuso desalojarlos de la plaza pues, con sus edificios y demás, obstruían el campo de tiro de la Fortaleza.

         Un perito estableció el valor del inmueble en la suma de $22.299 fuertes, dinero que fue entregado a la Compañía de Jesús, la cual abandonó la Plaza Mayor y adquirió la manzana situada una cuadra al sur del Cabildo, que debía ser su emplazamiento definitivo. En este solar edificaron una iglesia y colegio y allí permanecieron hasta el año 1767, en que fueron expulsados.

         A pesar de lo dispuesto por el gobernador, los edificios construidos en plena plaza no fueron totalmente demolidos y una parte que quedó sin destruir fue llamada a mediados del siglo XVIII, el "Piquete de San Martín" Juan de San Martín, organizó para defender la ciudad contra los ataques de los indios pampas. Años más tarde, la construcción se llamó la Cochera del Santísimo porque allí se guardaba el carruaje que utilizaban los sacerdotes de la Catedral para visitar a los enfermos (debido a una epidemia declarada en Buenos Aires, el obispo Pedro Fajardo dispuso adquirir un carruaje sostenido por sopandas y varias mulas, para llevar auxilio espiritual a los enfermos).

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