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Análisis y reflexión en torno a “El Segundo Sexo” de Simone de Beauvoir.

 


Por Micaela Violeta Bedano

“La mujer no es víctima de ninguna
misteriosa fatalidad”

Los dos tomos de “El Segundo Sexo” publicado por Simone de Beauvoir en 1949, se convirtió en uno de los libros de cabecera del neofeminismo y provocó una gigantesca polémica en la época.

Simone se para desde el existencialismo, niega todo determinismo y ve en la mujer un puro ser siendo. “Las ciencias biológicas y sociales ya no creen en la existencia de entidades inmutablemente fijas que definirían caracteres determinados, tales como los de la mujer” , dice Simone en la introducción de su libro.

No existe el Eterno femenino, así como tampoco el alma negra o el carácter judío. No obstante, esto no autoriza a pensar que nos aproximamos a una época en la que la palabra mujer pierde sentido. Para el existencialismo el ser tiene el sentido dinámico que le otorgara Hegel: “ser es haber devenido”.

Por lo tanto, la mujer, como el negro y el judío, tiene la capacidad de constituirse a si misma en la historia.

Ahora bien, pareciera que la mujer, desde el comienzo de la historia se ha dejado definir por el hombre, ha hecho suyo el rol de absoluta pasividad.

“la humanidad es macho- dice Simone-, y el hombre define a la mujer no en si misma sino en relación a él”.

Esto es, la define como alteridad. Él es sujeto, es lo esencial, lo absoluto y ella es lo Otro, lo inesencial, lo dependiente. La mujer es Eva que surge de la costilla de Adan y es un hombre incompleto para Aristóteles, o fallido y ocasional para Tomas de Aquino; incluso para teorías casi contemporánea como el psicoanálisis, la mujer se define como hombre mutilado (carece de falo).

El punto aquí es que todo vínculo se establece a partir de la interacción. Simone esta pensando a partir de la dialéctica amo- esclavo de Hegel.

El hombre se posiciona como sujeto, como autoconciencia, ante la mujer, a la que ve como otro, como un en si, un objeto. Y la mujer, a lo largo de la historia experimenta este lazo que la une al hombre sin exigir reciprocidad alguna. Esto implica, que la mujer se asume como Otro porque se somete el punto de vista extraño. Ante esto Simone se pregunta: “¿De donde le viene a la mujer esta sumisión?”.

Lo que intenta demostrar en “El Segundo Sexo” es que, aunque a veces nos veamos propensos a naturalizar, no hay una condición natural que desafíe el cambio. La relación de dominación entre el varón y la mujer, es mucho más compleja que cualquier otro tipo de dominación, pero esto se debe, básicamente, a que está mucho más arraigada a la historia de la humanidad.

La discriminación a los negros, a los indígenas, a los judíos, o la lucha del proletariado, son fenómenos que resulta más simple ubicar en la historia. Por el contrario, por mucho que nos remontemos en el tiempo, siempre veremos a las mujeres subordinadas a los hombre, su dependencia parece escapar al carácter accidental del hecho histórico.

De esta manera, Simone identifica ciertos aspectos que si bien no la determinan, han condicionado a la mujer, de forma tal que han hecho posible que se sitúe como un ser inferior. El primer aspecto que cabe mencionar es el cuerpo.

Fisiológicamente la mujer es hembra y como tal cumple determinadas funciones que garantizan el devenir de la especie. Así, la mujer durante toda su vida, pero principalmente desde la pubertad hasta la menopausia, se ve obligada a renunciar a sus metas individuales para servir a la especie.

Simone ve con disgusto las limitaciones que el cuerpo le impone a la mujer y que coartan su independencia. Las mujeres, dice, “encierran en su interior un elemento hostil: la especie que las roe” .

Considera que biológicamente se ve sujeta a una historia que se desarrolla en ella pero que no la concierne personalmente. Así, por ejemplo, habla de la gestación como una labor fatigosa que no le ofrece a la mujer ningún beneficio individual. La mujer, para Simone, experimenta su cuerpo como “una cosa opaca y enajenada”.

No niega que la mujer (como el hombre) es su cuerpo, pero a la vez agrega: “su cuerpo es algo distinto de ella misma” .

En este punto me atrevo a considerar que la mujer es su cuerpo, porque su existir esta necesariamente vinculado a este. Sin cuerpo no hay vida. Ahora bien, pareciera que el yo va mucho más allá del cuerpo e incluso puede oponerse a él, pues Simone dice que la subordinación de la mujer a los mandatos del cuerpo hacen que esta se sienta (y es la única hembra mamífera que experimenta esta sensación) profundamente alienada.

El cuerpo no es determinante porque en tanto “instrumento de nuestro asidero en el mundo, este se presenta de manera muy distinta según sea asido de un modo u otro”.

El sentido que se le adjudica al cuerpo constituye un aspecto de la construcción de la realidad.

La situación de inferioridad de la mujer, se constituye, para Simone, en la conjugación de las limitaciones biológicas del género con las necesidades que los primeros grupos humanos presentaron.

Explica Simone:“La primera y la peor maldición que pesa sobre la mujer es hallarse excluida de las expediciones guerreras; no es dando la vida, sino arriesgando la propia, como el hombre se eleva sobre el animal; por ello en la Humanidad se acuerda la superioridad, no al sexo que engendra, sino al que mata”.

Al parecer, en la historia del hombre, ha pesado más para la supervivencia la mano de obra, o sea, la producción, que la reproducción. Así, la mujer, dado sus continuos embarazos y su escasa fuerza física se ve confinada al hogar mientras el hombre caza, pesca, guerrea...

De este modo, aún durante los matriarcados, la sociedad siempre ha sido masculina. Cuando se honra la fecundidad y se adoran deidades femeninas vinculadas a la tierra o al mar, el hombre sigue siendo el amo de la mujer, del mismo modo que es amo de la tierra fértil: “la mujer esta destinada a ser sometida, poseída, explotada, como lo es también la naturaleza”.

En el recorrido histórico que realiza Simone, en el que pone en evidencia el lugar que la sociedad le fue adjudicando a al mujer, (lugar básicamente representado por los roles de madre y esposa sumisa, es decir por una pasividad casi absoluta, por el silencio y la irresponsabilidad a la que la reducía el paternalismo ejercido por los hombres) figuran escasos ejemplos de reivindicación femenina, hasta que acontecen como hitos fundamentales la revolución industrial y la revolución francesa.

A partir de la primera “la mujer reconquista una importancia económica que había perdido desde las épocas prehistóricas, ya que se escapa del hogar y desempeña en la fábrica una parte específica en la producción.

Es la máquina la que permite esta revolución, puesto que la diferencia de fuerza física entre trabajadores masculinos y femeninos se encuentra anulada”.

Simone sigue a Engels y considera que la suerte de la mujer se ve ligada a la propiedad privada. Solo en el socialismo, que hace del trabajo la liberación, la mujer adquirirá independencia.

No obstante, para que la mujer pudiera salir de su casa y dedicarse al trabajo (lo cual en si no es una liberación, dadas las condiciones en que se trabaja) fueron necesarios una larga serie de avances médicos y científicos que hicieron posible que la mujer adquiera cada vez más control de su cuerpo, que pueda reducir el número de embarazos, y de este modo, integrarlos racionalmente en su vida.

En palabras de Simone:”la mujer, en el curso del siglo XIX, se emancipa de la naturaleza, conquista el dominio de su cuerpo. Sustraída en gran parte a las servidumbres de la reproducción, puede asumir el papel económico que se le ofrece”.

De este modo, en el capitalismo moderno, “el individuo va a afirmarse así contra el grupo [...] el divorcio florecerá, y marido y mujer no aparecen ya sino como asociados provisionales”.

Por otra parte la Revolución francesa va a implicar la vanguardia respecto al reclamo de derechos políticos y civiles de las mujeres. Las demandas de este tiempo solo tendrán eco un siglo después.

De este modo se puede citar la “Declaración de los Derechos de la Mujer” propuesta en 1789 por Olympe de Gouges, luchadora que terminó en el cadalso.

Parte II


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