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Análisis y reflexión en torno a “El Segundo Sexo” de Simone de Beauvoir.

 

Parte I

Los antifeministas han prestado durante un siglo y medio tal firme oposición que se pueden citar múltiples argumentos en pro de la “verdadera mujer”: “amamos demasiado a la mujer para permitirle que vote”, “perdería su encanto al votar, se halla en un pedestal, que no baje”, “el lugar de la mujer está en la casa”, “¿votaran las prostitutas?”, “votar es una carga, no un derecho”, “son menos inteligentes y menos instruidas que los hombres”.

De este modo, solo en el siglo XX se han obtenido resultados en cuanto a lo político.

Por medio de este recorrido histórico, lo que pretende concluir Simone es que “no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha destinado a la inferioridad”.

La mujer ha sido relegada al fondo del hogar, a las tareas domésticas; se le coartó la libertad, se les prohibió la instrucción, fue obligada a hundirse en la inmanencia. Pero el hombre se ha encargado de convencerla, de persuadirla de que es más divertido y menos cansador la pasividad y de que en el hogar ella es la reina.

De esta manera los hombres han encontrado, a lo largo de la historia, una complicidad en la mujer que habitualmente no encuentra el opresor en el oprimido.

La mujer no solo carga con un cuerpo que la ata sistemáticamente a la reproducción, ni con una historia que la destina a aceptar su rol de segunda; además de esto, la mujer es hoy (y de aquí la vigencia de Simone) educada, formada para la reproducción de su dominación.

Se le enseña la cobardía, la mesura, el conformismo, se le enseña a callar, a servir, a no hacerse cargo de su propia existencia.

Los padres aún educan a sus hijas con miras al matrimonio y las cargas de éste siguen siendo mucho más pesadas para la mujer que para el hombre.

El cuidado de los niños y el mantenimiento del hogar son soportados casi exclusivamente por la mujer, que no solo limpia, ordena, lava, seca, pule, cocina; sino que luego de realizar estas tareas sale fuera de su casa a trabajar.

La mujer hoy reclama su libertad, reclama adquirir el carácter trascendente que le fue prohibido. Se ve entonces “descuartizada entre el pasado y el porvenir; lo más frecuente es que aparezca como una verdadera mujer disfrazada de hombre, y se siente incómoda tanto en su carne de mujer como en su habito de hombre”.

La mujer quiere independencia, quiere llevar a cabo sus propios proyectos, pero a la vez sigue viendo en el hombre la justificación y el sentido de su existencia.

Cuando Simone analiza el comportamiento de la enamorada observa como la mujer pierde su centro, se vuelve mística: se disuelve en el éxtasis y pretende que él también quede absorto.

En el amor y en el vínculo erótico la mujer se experimenta como infinita dado que el hombre la ha definido como carne y misterio. El hombre, en cambio, se encuentra tan atento a su individualidad que ve en el amor una mera distracción.

Sin embargo, no hay en la manera en que la mujer vive el amor y el erotismo nada de esencialmente femenino. No se trata de una ley de la naturaleza que marca con unacierta energía a la mujer; se trata de un devenir histórico, de un sentido adjudicado a la realidad.

Si en la experiencia erótica la mujer experimenta la dominación del varón: “de ello no hay que deducir que sus ovarios la condenan a vivir eternamente de rodillas. La agresividad viril no aparece como un privilegio señorial más que en el seno de un sistema que conspira todo entero para afirmar la soberanía masculina [...], si la realidad fuese diferente, el sentido que expresan simbólicamente gestos y posturas amorosas lo sería también”.

El punto es que, en realidad, tanto el hombre como la mujer, son carne y por ende juguetes de sus hormonas y mera pasividad ante la especie.

Ambos sexos tienen la misma necesidad uno del otro puesto que “a ambos los roe el tiempo, los acecha la muerte”.

No es solo la madre la que trae la muerte el mundo al dar la vida, la finitud es propia del ser humano independientemente de su género. Y de la misma manera, también es propia de todo hombre la aspiración a la trascendencia.

De este modo, Simone de Beauvior se encuentra dentro de la línea de la teoría feminista de la igualdad . Supone que dentro de un período de tiempo las mujeres “accederán a la perfecta igualdad económica y social, lo que llevará consigo una metamorfosis interior”.

El cambio estará dado en tanto el hombre renuncie a su despotismo y la mujer a su cobardía. En tal caso, serán capaces de reconocerse como semejantes y extraer de su libertad la misma gracia.

Lo que se entiende hoy por encanto femenino desaparecerá porque “entre los sexos nacerán nuevas relaciones carnales y afectivas”. Este cambio no implica, en lo absoluto, que desaparezca el amor y la poesía.

Entre el hombre y la mujer siempre existirá la sensualidad y el placer porque las diferencias sexuales son imborrables. De esta manera “reconociéndose mutuamente como sujetos, cada uno seguirá siendo, no obstante, para el otro, otro”.

Deseo hacer una critica a Simone, que más bien es una critica a toda la filosofía occidental moderna, de la cual ella no se distancia. En realidad la critica es esta, que no tome distancia de una filosofía que tiene por herramienta la razón abstracta masculina.

Simone como buena existencialista le quita todo misterio al mundo. Exige que la mujer se libere de las cárceles de la inmanencia, de la sensibilidad de su cuerpo, para que pueda acceder a la trascendencia de la razón apolínea.

No existe ningún determinismo, ninguna fuerza sobre el hombre, es él el único que existe, es él quien se construye, se define, se proyecta y es responsable de si mismo.

No es que pensar así me resulte desagradable, creo que es muy consecuente con el momento histórico en que vivimos: no hay ni dioses ni esencias en el mundo, ni siquiera hay sustancia. Lo que ocurre es que no creo que el hombre pueda mantenerse mucho tiempo dentro de los límites de la razón.

Yo soy una joven que ejerzo mi libertad en el mundo, pero que en los albores del siglo XXI deseo creer en el misterio; y de hecho, caigo en él a menudo cuando en el camino de la razón encuentro alguna grieta.

Me ha resultado más que atrapante todo el análisis que Simone realiza sobre “el mito” de la mujer, sin embargo lo encuentro triste y frío, como corresponde a un análisis racional.

Se limita a ver en el vínculo erótica la perdida del si mismo, así como en todos los procesos biológicos una renuncia a los proyectos individuales.

Considerar que la unión sexual implica la posesión de la mujer por parte del hombre, y que por ende constituye un momento de debilidad y de sumisión, me aprese una opinión que solo puede formularse desde el ojo de la razón moderna que, vuelvo a repetir, es apolínea, masculina y se caracteriza por el dualismo, por la búsqueda de claridad y distinción, por el rechazo de la sensación y la emotividad, por la abstracción que rechaza la cualidad del mundo y por una clara reafirmación del individuo.

Yo no soy una experta en la materia y seguramente me arriesgo al comentar que veo en la libertad una pretensión totalitaria. (Levinas dice en “El tiempo y el otro”: “no considera a los otros inicialmente como libertad..., pues no hay más relación posible con una libertad que la de la sumisión o el avasallamiento” ).

Y que si en “El ser y la nada”todas las formas de vincularse con el otro fracasan, tal vez sea porque Sartre sigue siendo un representante de la ontología (en la cual el mismo devora al otro) y no de la ética. El sujeto que ejerce su libertad muy difícilmente le da cabida al otro, porque lo ve como una amenaza, como una limitación a su si mismo.

Volviendo brevemente al misterio, quiero aclarar que no dudo de que pensar a la mujer como oscuridad y misterio implica estar posicionado desde la subjetividad masculina que ve a la mujer como extraño a si mismo y por lo tanto incomprensible.

Cuando digo que creo en el misterio, me refiero a que en el mundo hay sucesos que exceden a la razón. Creo que la mujer es misterio para el hombre, así como también el hombre es misterio para la mujer, y no porque en sí sean misteriosos sino porque en el encuentro (y no solo en el encuentro de un hombre con una mujer, sino en el encuentro de dos seres humanos) la subjetividad de uno y de otro se desborda. Pero no porque uno sea poseedor del otro.

Categorías como la libertad, la autonomía, la individualidad pierden sentido, como pierde sentido todo el lenguaje que define y objetiva. En la unión de dos seres humanos se da lo incomprensible, y es incomprensible precisamente porque excede la suma de las partes, porque ni a uno ni a otro pertenece ese plus que, sin embargo, se manifiesta y del cual viene el misterio.

El hermetismo es la manifestación de aquello respecto a lo cual no se puede decir nada pero que, no obstante, te ha conmovido hasta lo más profundo.

Cito un poema hermético de Guillermo de Aquitania. Este poema inaugura el amor cortés.

Haré un poema de la pura nada.
No tratará de mí ni de otra gente.
No celebrará amor ni juventud
ni cosa alguna,
sino que fue compuesto durmiendo
sobre un caballo.

No sé en qué hora nací,
no estoy alegre ni estoy triste,
no soy huraño ni sociable,
y no puedo hacer otra cosa,
que de este modo fui de noche hadado
en una alta montaña.

No sé cuándo estoy dormido
ni cuando velo, si no me lo dicen.
Por poco se me parte el corazón
de un punzante dolor;
pero no doy a cambio el precio de una hormiga,
¡por san Marcial!
Enfermo estoy y temo morir,
y de ello no sé más que lo que oigo decir;
médico buscaré a mi voluntad,
y no sé de uno así.
Buen médico será si consigue curarme,
pero no, si empeoro.

Amiga tengo, no sé quién es,
pues nunca la vi, por mi fe.
Nada ha hecho que me agrade o me disguste,
y no me importa en absoluto,
que nunca hubo normando ni francés
en mi casa.

Nunca la he visto y mucho la amo,
jamás obtuve de ella favor ni disfavor;
cuando no la veo, hago caso omiso:
no doy a cambio un gallo.
Que sé de una más gentil y hermosa,
y que más vale.

No sé en qué lugar habita,
si es en montaña o es en llano;
no me atrevo a decir la sinrazón que me hace,
prefiero callar;
y mucho me pesa que ella se quede aquí:
por eso me voy.

Mi poema está hecho, no sé sobre qué.
Me propongo enviarlo a aquel
que, por medio de otro, lo enviará
a Poitou, de mi parte;
y le ruego que de su estuche me haga llegar
la contraclave .

Parte I


Universidad Nacional de Río Cuarto
Facultad de Ciencias Humanas
Departamento de Filosofía
Cátedra: Historia de la Filosofía VI
Alumna: Micaela Bedano


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