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El pensamiento trágico de Schopenhauer y Nietzsche

 


Por: Micaela Violeta Bedano

PARTE II| PARTE III

Introducción

El seminario que cursé en el 2004 fue sobre el pensamiento trágico de Schopenhauer y Nietzsche. Yo aquí he trabajado sobre “El Mundo como Voluntad y Representación”, que es quizás la obra más acabada de Schopenhauer; y sobre “El origen de la tragedia”, que es el primer libro publicado por Nietzsche luego de las tres conferencias que dictó en 1870 (“El drama musical griego”, “Sócrates y la tragedia” y “La visión dionisíaca del mundo”).

Durante el seminario me aboqué con entusiasmo al “El Origen de la Tragedia”, a las conferencias previas y a algunas otras obras de Nietzsche y sobre Nietzsche que pude conseguir. Cuando, hace no mucho tiempo, dirigí mi atención a Schopenhauer esperaba encontrar el fundamento, la razón, la confirmación de todo lo que su aprendiz exponía en su primer libro. Sobre todo porque 16 años después de publicar “El Origen la de Tragedia”, Niezsche se regañaría a si mismo por permanecer atado a Schopenhauer y a Kant.

Sin embargo, si bien la distinción entre mundo aparente y cosa en sí es casi idéntica, si bien la teoría del conocimiento que ambos pensadores sostienen es kantiana; encontré con sorpresa una gran distancia entre estas dos formas de entender y vivir la verdad del mundo.

Ambos son pensadores trágicos que ven en el fondo del mundo dolor y fatalidad, pero su reacción ante lo absurdo y lo horroroso de la verdad es radicalmente diferente. Están ubicados entonces en dos líneas de acción distintas, lo que implica que su forma de entender al hombre, es decir su ideal de humanidad, varía considerablemente al punto tal de colocarse en veredas opuestas.

El objeto de este trabajo es penetrar y analizar el pensamiento de estos dos filósofos, para que sumergida en su concepción del mundo pueda comprender dónde están los núcleos comunes y a partir de qué se abren las grandes brechas. Finalmente el propósito es considerar las implicaciones que se derivan de estos dos planteos.

Los objetivos formalmente enunciados serían los siguientes:

• Analizar el planteamiento de Schopenhauer en “El Mundo como Voluntad y Representación”. Con esto me refiero tanto a su teoría del conocimiento, como al carácter trágico que le da a la vida, y la solución que encuentra para redimir el dolor.

• Indagar la forma que tiene Nietzsche de comprender al mundo y al hombre a partir de “El Origen de la Tragedia”. Esto es, examinar el espíritu dionisíaco y apolíneo como los dos impulsos propios del ser humano, y destacar de que modo debe enfrentarse a la vida el hombre trágico.

• Poner en común la propuesta de estos dos filósofos para poder encontrar los puntos a partir de los cuales Nietzsche se aleja de su maestro, innova en el modo de estar en el mundo y se proyecta hacia el siglo XX cerrando tras de si una etapa en la historia de la filosofía.

Para llevar esto a cabo, primeramente voy a exponer las ideas centrales de “El Mundo como Voluntad y Representación” y de “El Origen de la Tragedia”, con el propósito de establecer una base que me permita vincular las dos obras. Finalmente a modo de cierre y conclusión expondré, lo que considero, son las similitudes de planteamiento y las diferencias de valoración e interpretación de la realidad.

Schopenhauer: “El Mundo como Voluntad y Representación”

Hay una intuición primera y fundamental en Schopenhauer, que luego mantendrá Nietzsche y que a grandes rasgos hereda de Kant: La idea de que el mundo que conocemos y en el que nos movemos es pura representación. En la primera página del primer libro Schopenhauer explica que el hombre “no conoce un sol ni una tierra, sino únicamente un ojo que ve el sol y una mano que siente el contacto de la tierra [...] el mundo que le rodea no existe más que como representación, es decir, única y enteramente en relación a otro ser: el ser que percibe”.

Esto implica que al intentar conocer el mundo el hombre se encuentra conociendo su propia subjetividad.

Ahora bien, lo dicho no quiere decir que exista solo el sujeto cómo afirman los idealistas alemanes. Para Schopenhauer existe la cosa en si, es más, la cosa en sí es lo único que existe, y el mundo que nos representamos es la objetivación de esa cosa en si que Schopenhauer llama voluntad.

Este filósofo acusa tanto a los idealistas como a los realistas de dogmáticos por insistir en establecer un vínculo de causa y efecto entre sujeto y objeto. Los realistas colocan la causa en el objeto y el efecto en el sujeto y el idealismo de Fichte, por ejemplo, ve al objeto como efecto del sujeto.

Por el contrario Schopenhauer llama la atención sobre el hecho de que la esencia del mundo no se encuentra ni en uno ni en el otro. Sujeto y objeto son la forma principal de la representación. Ambos son simultáneos, recíprocos y constituyen la condición primera a todo conocimiento.

La segunda forma de la representación que depende de la anterior, es el principio de razón. Principio que más adelante identificará también como principio de individuación. Este incluye principalmente al espacio y al tiempo (sensibilidad), luego a la causalidad y por lo tanto a la materia (entendimiento), y finalmente y solo en los mayores grados de objetivación de la voluntad, es decir solo en los hombres, la capacidad de abstraer y crear conceptos (razón).

Todo el conocimiento que el hombre genere a partir de identificarse como sujeto que se vincula a un objeto a partir del principio de razón, es un conocimiento mediato que finalmente no es mas que apariencia. Manteniéndose en los límites de la representación es imposible desentrañar la esencia íntima del mundo.

Pero ocurre que los seres humanos tenemos una avidez por saber que es insaciable, y entonces “no nos basta saber que tenemos representaciones, que son de tal o cual especie y que las enlaza entre si una relación, expresada, en general, por el principio de razón.

Queremos conocer la significación de esas representaciones; tratamos de averiguar si este mundo no es nada, más allá de la representación, o si es además alguna otra cosa, si es más que esto y qué es”.

El punto es que sí no podemos liberarnos del principio de razón, sí solo contemplamos las cosas en su exterioridad, no podremos nunca llegar a la esencia del mundo. Pues solo “lo que en la representación no está determinado por el tiempo, el espacio y la causalidad, lo que no puede reducirse a estas formas, ni ser explicado por ellas, es precisamente lo que se manifiesta a nosotros, de una manera directa como la esencia de lo representado”.

Estas reflexiones son las que le permiten a Schopenhauer llamar la atención sobre la limitación de las ciencias. Estas siempre hallaran algo que no pueden explicar y que la misma explicación tiene que admitir como supuesto. El fondo en el que todo conocimiento encuentra su fundamento último es puro misterio e irracionalidad.

Ahora bien, Schopenhauer (y Nietzsche más tarde), encuentra un modo de acceder a la cosa en si. Porque considera que existe un objeto que nos es conocido directamente, sin mediación. Este objeto es el propio cuerpo. Este puede ser visto por el sujeto como un objeto más entre los objetos, pero en su interioridad el cuerpo se revela intuitivamente como voluntad objetivada. Nosotros en tanto que cuerpo nos sentimos vivir, somos voluntad que se ha hecho visible.

Esta voluntad que constituye la esencia ultima de cada individuo es una y la misma en todos los fenómenos, es decir, existe una única esencia en el mundo que todo lo abarca.

Todo lo que existe no es mas que una manifestación de la voluntad, toda mi representación es solo un espejo en el que se mira la voluntad.

Ésta, la esencia del mundo, se ofrece de forma inmediata y por medio de la intuición, sin que se distinga con precisión nada que pueda ser llamado sujeto u objeto. También está libre del principio de individuación.

La voluntad es una y la misma, no entiende la pluralidad ni la diferencia, aspectos que solo pueden surgir en el espacio y en el tiempo. Además, el fondo del mundo no entiende de razones, no es causa ni efecto, es pura irracionalidad.

Cada individuo o fuerza del mundo corresponde a un grado de objetivación de la voluntad y está determinado por la misma (es un pequeño microcosmos que responde a los preceptos del macrocosmos). Ninguna criatura, tampoco el individuo humano, goza de libertad. Solo la voluntad en tanto se encuentra exenta de la relación causa- efecto, es absolutamente libre, no tiene ningún objetivo que seguir, ningún principio al que obedecer.

Ahora bien, en el devenir del mundo Schopenhauer observa que la voluntad se reproduce tendiendo hacia los grados superiores de objetivación . Pero en este intento de mantener la sobrevivencia de las especies nos encontramos con un mundo natural de conflictos y de luchas: “una criatura viviente no puede conservar su vida más que a expensas de otra, de tal modo que la voluntad de vivir se nutre constantemente de su propia sustancia”.

El problema surge de que la materia del mundo es siempre la misma pero durante los procesos de nacimiento y muerte va cambiando de forma. De modo tal que cada grado de objetivación le disputa al otro la materia, el espacio y el tiempo Este devenir del mundo es perpetuo como un eterno retorno: “la tierra rueda sin cesar, pasando del día a la noche, el individuo muere, pero el sol arde sin tregua y el mediodía es eterno [...] la forma de la vida es un presente sin fin e importa poco que los individuos nazcan y mueran semejantes a ensueños fugitivos”.

He aquí la clave del pensamiento trágico de Schopenhauer: vivir es padecer eternamente. Este pensador toma mucho más al pie de la letra que Nietzsche las enseñanzas de Sileno: “lo que debes preferir es no haber nacido...y lo que te cabe esperar es morir pronto”.

La voluntad no tiene límites, es un aspirar sin término, un perpetuo querer. Cada satisfacción es el punto de partida para un nuevo querer y cada insatisfacción provoca un gran dolor. Y cuando no hay objetos que desear o cuando se consiguen rápidamente, se apodera del individuo un vacío aterrador. Así “la vida oscila, como un péndulo, entre el dolor y el hastío [...] después de haber puesto en el infierno todos los dolores y todos los suplicios, el hombre no ha encontrado nada que colocar en el cielo más que el aburrimiento.”

De esta visión de la vida y como dolor y lucha, en la que la misma voluntad se desconoce a si misma y se auto fagocita, extrae Schopenhauer su idea del mal y del bien. Todos los individuos se encuentran determinados por la voluntad (incluso el conocimiento normalmente es funcional a los caprichos de la voluntad) y por lo mismo, luchan por mantener su vida a costa de aniquilar a otros.

Es que los hombres que se encuentran bajo el velo de maya (principio de individuación) no comprenden que la voluntad es la misma en cada individuo y que toda particularidad es engañosa y efímera. El hombre egoísta (que es el hombre normal) se cree el centro del universo y busca su propio placer y bienestar, sin llegar a divisar que el dolor del mundo es uno solo y que, por lo tanto, victima y victimario son lo mismo.

Toda maldad, que consiste en intensificar el dolor del mundo y que encuentra su punto culmine en la perversión ( atormentar al otro por placer y no para mantener tu individualidad), es producto del principio de individuación que no deja ver que el dolor del otro y el dolor propio son una misma cosa.

Por el contrario, lo absolutamente bueno es la negación y supresión de todo querer. Schopenhauer rozando las escuelas helénicas busca una especie de “ataraxia”. Liberarse de la voluntad implica entrar en un terreno en el que nada nos altera, una calma cabal y profunda ajena a este constante huir de las desdichas y entregarse a satisfacciones banales.

Schopenhauer encuentra diversos caminos para aproximarse en mayor o menor grado a este ideal. En el libro III habla del arte como un modo de conocimiento que permite renunciar al principio de razón, es decir a la individualidad, para contemplar como puros sujetos de conocimiento la voluntad objetivada.

A ésta la denomina, pensando en Platón, como Idea. Es decir, las objetivaciones inmediatas de la voluntad son ideas. Una idea no es ni una cosa individual ni una noción abstracta y dependiente de la razón. Una idea es esencialmente intuitiva, está emancipada de todas las formas del principio de razón y encierra en si al sujeto y al objeto, los cuales constituyen su forma única. En la contemplación de la idea el mundo como representación aparece puro y completo a las ojos del artista.

El arte se opone a la ciencia en tanto ésta última responde a la contemplación racional y obedece a la corriente incesante de causas y efectos. De esta manera las ciencias “se ven obligadas siempre a correr tras un nuevo resultado, sin encontrar jamás el término a su carrera [...]. El arte, por el contrario, llega a su fin en cualquier instante, pues [...] sujeta la rueda del tiempo; las relaciones desaparecen; su objeto es la esencia, la Idea”.

Por medio del goce estético el artista entra momentáneamente en un terreno letárgico. Se olvida de si, se despoja de todo querer, de todas sus intenciones particulares; el artista se hunde en la contemplación de la Idea y logra separar el conocimiento del dominio de la voluntad. Se convierte así en “espejo límpido del mundo.” En el artista la voluntad logra girar sobre si misma y observarse.

Ahora bien, este tomar conciencia por medio del arte, de la verdad que se oculta en el núcleo del mundo, esta calma que se obtiene al superar el velo de maya (principio de individuación), no logra negar la voluntad de vivir. El goce estético por definición es momentáneo y no logra abolir la vida, sino que solo otorga un consuelo para seguir viviendo.

Hacia el final del libro III, Schopenhauer explica que el conocimiento puro sobre la naturaleza del mundo que el artista llega a tener “no se trueca en él, como para el santo llegado a la resignación, en un aquietador de la voluntad; no le emancipa para siempre de la vida, solo le libera de ella por breves instantes; no es más que un consuelo provisional de la existencia.”

Antes de explicar cómo Schopenhauer encuentra en el libro IV un modo satisfactorio para redimir el dolor del mundo, vale detenerse para considerar la diferencia que el autor hace entre lo bello, lo sublime y lo lindo. Tres conceptos estéticos que retomaremos al hablar de Nietzsche.

Algo es bello cuando las condiciones en las que se da la contemplación estética del genio (es decir la renuncia a la individualidad) son agradables y favorecen tal contemplación. Esto implica que el sujeto no necesita luchar para alcanzar la calma.

Por el contrario lo sublime requiere que el sujeto conquiste el conocimiento. Cuando los objetos puros de conocimiento se resisten a ser contemplados, “cuando amenazan al hombre con un poder irresistible o por su inconmensurable grandeza le hacen parecer un átomo; cuando no obstante esta relación hostil a la voluntad, el espectador no pone su atención en ella, sino que viéndola [...] y abandonándose a la contemplación, mira con calma, como puro sujeto de conocimiento y fuera de toda volición, estos mismos objetos tan terribles; cuando en estas condiciones, concibe únicamente la idea, pura y sin mezcla [...] entonces le invade el sentimiento de lo sublime.”

Ahora, lo bello no se opone a lo sublime, lo que se opone a él es lo “lindo”. Para Schopenhauer es lindo todo aquello que estimula y halaga a la voluntad, que hace descender al hombre de su estado de contemplación y lo lleva a afirmar la voluntad, subyugarse a ella. Y como para este autor estimular la voluntad implica estimular el cuerpo, porque en nuestros apetitos carnales late la voluntad, entonces lo lindo es lo que tiende a despertar el apetito o lo que genera “ideas lascivas”.

He aquí un punto interesante para recordar. Si el bien supone aniquilar la voluntad, evitar todo querer, aquietar nuestros impulsos vitales, entonces el cuerpo tiende al mal, nos corrompe. Todo placer que trae el bienestar del cuerpo, nos sujeta más a la voluntad y por lo tanto, trae el dolor infinito.

Schopenhauer cae entonces en una visión del hombre como ser dicotómico. Lo que le permite al sujeto superar la individualidad y comprender lo absurdo de la vida, y lo que más tarde le permite renunciar a la voluntad para evitar de esta manera el dolor; es decir, lo que le permite llegar a ser un asceta, no es el cuerpo sino la pura mente, la pura inteligencia.

En el parágrafo 60 dice: “las partes sexuales son el verdadero asiento de la voluntad, o sea el polo contrario del cerebro, representante de la inteligencia” En esto Schopenhauer es muy platónico y roza el orfismo: el cuerpo es una cárcel, nos sujeta constantemente a los mandatos de la voluntad y nos impide alcanzar la iluminación.

También evidencia una gran influencia de la moral cristiana y principalmente de Agustín. Digo esto porque Schopenhauer también enlaza el pecado original con el pecado carnal y ve en Adán la afirmación de la voluntad de vivir, mientras que a Jesús lo ve representando la negación de la voluntad. El mismo autor hacia el final del IV libro reconoce que “ auque la moral que se deduce de todo nuestro estudio [...] es quizás nueva en apariencia y no ha sido presentada hasta ahora en esta forma, es muy antigua.

No obstante, cuando la capacidad abstracta del hombre le permite atravesar el velo de maya y entonces la voluntad se mira a si misma, el sujeto reconoce la naturaleza doble de su conciencia: por un lado comprende que es un fenómeno frágil e insignificante de la voluntad, cuyo destino es el dolor. Se ve a si mismo como un juguete de la suerte.

A la vez “comprende ya el mundo y la naturaleza entera: ve todo lo que existe (y no solo su yo individual) destinado a un aniquilamiento perpetuo, a vanas esperanzas, al conflicto consigo mismo y al dolor sin tregua; a cualquier lado que vuelva sus miradas ve padecer al hombre, ve padecer al animal, ve un mundo que se desvanece.”

Pero, por otro lado, se intuye, se siente como sujeto inmortal de conocimiento puro. Y a partir de esta intuición fundamental surge la única posibilidad real de elegir entre la afirmación conciente de la voluntad (que supone la afirmación del cuerpo, es decir optar por querer de forma conciente lo que antes se quería ciega e inconscientemente) o la negación de la voluntad (que supone que el conocimiento se convierta en aquietador de todo querer). Para Schopenhauer la opción del bondadoso será siempre esta última.

El bondadoso es aquel que a partir de la contemplación del dolor ajeno, o de su propio dolor (siempre y cuando pueda entender que su dolor pertenece al mundo, que es un ejemplo del dolor universal) llega a renunciar a todo placer para aliviar los males del mundo. Es decir, puede ver la unidad del mundo y entonces entiende que los otros y él son una misma cosa. El bondadoso ve lo absurdo de la voluntad devorándose a si misma y comprende que no hay esperanzas, que vivir es igual a padecer y que el dolor es eterno. No hay salida todo está destinado a repetirse.

Ante esto, Schopenhauer pregunta: “¿Cómo, pues, un hombre, después de haber reconocido claramente cual es la naturaleza del mundo, podrá persistir en afirmar semejante existencia por manifestaciones incesantes de voluntad y aferrarse a la vida con energía cada vez mayor?.”

Cómo comenté anteriormente, Schopenhauer toma al pie de la letra la enseñanza de Sileno. El hombre que ha sido capaz de contemplar esta verdad solo puede entrar en un estado de renuncia voluntaria, de resignación, de quietud absoluta, de abandono rotundo de todo querer. El ascetismo comienza con la castidad, la pobreza, la mortificación del cuerpo y requiere mantenerse muy alerta para no caer en las tentaciones carnales.

Con el ascetismo, cuyo punto extremo es la santidad, la voluntad se convierte, se autodestruye. Y cuando la muerte llega se la toma como una liberación ardientemente esperada.

La negación de la voluntad trae consigo la nada (éxtasis), puesto que, al negar la voluntad negamos todas sus objetivaciones, negamos el mundo de la representación y nos suprimimos a nosotros mismos (pues no somos más que fenómenos de la voluntad).

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