Frente
al futuro de la democracia y la libertad en Venezuela
Reinaldo
Ramírez Méndez *
A la luz de
la lógica, no hay duda que la democracia y la libertad son conceptos
inseparables, necesarios e imprescindibles para el funcionamiento de la
sociedad dentro de los normales parámetros del orden civilizado, por lo
menos en lo que a la concepción occidental se refiere.
Tal idea
tuvo sus raíces en el pensamiento griego, creció en los tiempos de mayor
auge en la prédica solidaria durante el medioevo, se adelantó con
notable proyección bajo el influjo de los radicales y profundos cambios
sociales que el mundo experimentó con la Revolución Francesa y la
emancipación estadounidense, por apenas citar algunos de los hitos
transformadores de mayor significado en la historia de la humanidad; y
avanzó por el derrotero que halló bases más amplias en la valoración
del hombre como centro y meta de la acción política, al enfrentarse a
los intentos autocráticos y totalitarios que han ensangrentado la época
contemporánea desde la II Guerra Mundial.
No obstante,
este planteamiento no siempre ha gozado de aceptación general; al mismo
se han opuesto quienes consideran que ambos conceptos no deben
acompañarse.
Incluso,
valga significar, algunos han enfatizado la presunta existencia de
contradicción y antinomia entre la democracia y la libertad, pues
consideran que la libertad ;en concreto- debe erguirse y desarrollarse sin
cortapisa, coacciones o intervenciones extrañas, incluso del Derecho como
hecho social, el Estado y las formas de gobierno, entre las que descuella
la democracia.
Los amantes de la libertad absoluta no comparten la idea de
que ésta sea limitada en función de la justicia social y, por ello,
concebida como presupuesto indispensable y elemento imprescindible para la
existencia y perfeccionamiento del orden democrático.
Los
extremistas del liberalismo clásico, por ejemplo, sostenían criterios
proclives a la limitación de los gobiernos, de la democracia y la mengua
de la actividad estatal.
El Estado era previsto como un mero instrumento
de vigilancia y protecto de las actividades de los particulares.
La
democracia, expresión de la libertad, el pluralismo y la igualdad de
derechos, fue vista desde entonces- por los oscuros intereses de
clara factura capitalista, como una traba para los personeros del
individualismo quienes nunca han avalado la primacía del interés
colectivo.
Desde otra vertiente de la acción ideológico-política, los
sectores que se autodenominan partidarios del llamado materialismo
científico, en concreto, los adeptos al predominio del Estado sobre el
individuo, muy pronto manipularon el ideal democrático y fraguaron un
lenguaje y estrategias que gradual y progresivamente fueron coartando y
cerrando el paso a la plena vigencia de un sistema de libertades
públicas.
Esta
corriente planteó la llamada democracia popular, suerte de
pleonasmo referido para calificar un régimen que nada tenía de
demócrata y mucho menos de popular; ha sido una expresión utilizada
sólo en función de guardar las apariencias y para esconder la
magnitud de una de las más nefastas experiencias propulsoras de la
opresión, la tiranía y violadoras de los Derechos Humanos que haya
conocido la humanidad.
En nuestro
país, hoy día, también actúan los personeros y defensores de ambos
sectores que se caracterizan por ser manipuladores de la finalidad
progresista del sistema democrático y negadores de la verdadera esencia
de la libertad: unos, sólo proceden en función del afán de lucro,
agudizando las contradicciones orientadas hacia el mantenimiento de una
sociedad dividida entre explotadores y explotados; y los otros, utilizan
el poder político para convertirlo en mero instrumento al servicio de una
concepción que -bajo el expediente de una pretendida redención social-,
procura cercenar los más elementales Derechos Humanos y colocar al Estado
por encima del hombre, coartando su libertad y limitando su iniciativa
como actor esencial del orden político, empeño en el que descuella el
afán por concentrar el poder político en manos de un autócrata que
sólo vive pensando en el vano propósito de perpetuarse en el ejercicio
de ese poder y, por consiguiente, deseando convertirse en el único
gobernante, juez y legislador al mismo tiempo.
Por tanto,
ambas posiciones son responsables del caos económico-social en que se
debate nuestro pueblo y de la honda crisis que lo agobia en todos los
aspectos.
Ante la
prédica, influjo y acción de esas pretensiones, cuyo común denominador
no es otro sino el falaz empeño por escindir la verdadera libertad del
hombre y socavar la democracia, el pensamiento socio-político más
avanzado lucha denodadamente para testimoniar, cada día con mayor
énfasis, la necesaria e indubitable relación que debe existir entre la
democracia y la libertad; para esta concepción, la una no puede existir
sin la otra, son elementos complementarios y de modo alguno excluyentes,
cuya misión y función de consuno- está orientada hacia la
edificación y perfectibilidad de un nuevo orden social, más justo y más
humano, en el que los ciudadanos, las instituciones (y dentro de ellas,
principalmente, el Estado), sólo deben trabajar en función de la defensa
de la persona humana, su dignidad, y a favor de la Justicia Social y para
el logro del Bien Común.
Se impone
entonces, combatir por una política humanista y solidaria; vale decir,
luchar para enrumbarnos en pos de la construcción y mantenimiento de la
genuina democracia, sistema en el que sólo la Ley y el Derecho (en
función de la Justicia en su recta razón) son los únicos elementos
rectores de la vida ciudadana; de este modo, aun sin lograr la perfección
(objetivo imposible para el género humano), es factible alcanzar nuevos
niveles de progreso integral para nuestro pueblo, mediante la oportuna
corrección de las fallas que se presenten en el curso de la normal
gestión gubernativa y, por consiguiente, la aplicación de políticas
proclives a la eliminación de las causas generadoras de los más severos
desajustes sociales que entraban el camino hacia el progreso.
Nuestro
pueblo tiene planteado -hoy más que nunca- un reto de singulares
proporciones y especialísima trascendencia para el futuro de la Nación;
ante el inicuo empeño para acabar con la democracia y, por consiguiente,
cercenar la libertad, con el infame propósito de instaurar en nuestro
medio otra experiencia autocrática y totalitaria, se yergue el más
grande y patriótico desafío: enfrentar con las fuerzas de la razón y la
Ley- los intentos que pretenden violentar la voluntad indubitablemente
mayoritaria del pueblo para revocar el mandato de quien no sólo lo ha
engañado groseramente y burlado en sus esperanzas más sentidas, sino que
-como nunca se había visto- ha sumido, en el más corto tiempo y a pesar
de los ingentes recursos con que ha contado, a esta noble patria en la
peor crisis económica, social y política de su historia.
Para el
pueblo venezolano está planteado el rescate y la renovación de la
democracia con el persistente empeño de corregir los errores del pasado,
borrar para siempre los horrores del presente y echar las bases más
firmes para construir el mejor futuro para las presentes y las nuevas
generaciones, en un sistema de vida en el que la democracia y la libertad
vayan por el mismo camino, en pos del progreso y el bienestar social sin
exclusiones, sectarismos ni egoísmos de ninguna naturaleza.
Para lograr
esa meta, el pueblo cuenta con la fuerza arrolladora de su voluntad
soberana, única fuente del poder legítimo. Frente a esa realidad, con
toda evidencia, no podrá imponerse con éxito el deseo del déspota y sus
lacayos ¿o, razonablemente: será todo lo contrario? ¿A la voluntad del
pueblo?
* Abogado,
Politólogo y Profesor Universitario. reiram@alfinal.zzn.com