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lectura LO IMPORTANTE NO ES SER JOVEN O VIEJO,
LO IMPORTANTE ES SER NUEVO

 

POR CARLOS SCHULMAISTER

 

 

Días atrás invité a uno de mis hijos a ir al concierto que darán en Villa Regina Los Beats, el grupo argentino que actúa imitando a sus mentores de Liverpool: los ya inexistentes Beatles.

Parece que lo hacen muy bien puesto que han salido ganadores en una competencia internacional que es bastante conocida. Sonido, voces, acting y hasta sus figuras se asemejan bastante, según dice y muestra la televisión.

Ya tengo las entradas y la cita es mañana. Pero hoy sábado, a las tres de la madrugada me he despertado con una idea fija que me motiva a escribir estas líneas.

Pienso cuánto habré cambiado para aceptar ir a un concierto de imitadores de un original que fue único.

Que haya sido yo quien invitara en esta oportunidad puede comprenderse por el hecho de desear compartir con mi hijo de inminentes 33 años de edad un remedo de aquello que en realidad es inimitable.

Pero que yo esté dispuesto a ver y escuchar la copia me sorprende, ahora que caigo en la cuenta.

Recuerdo cuando aparecieron los American Beatles y todo el mundo se reía de ellos, en USA y en todas partes. Por entonces, teniendo 14 años, si me hubieran invitado a presenciar su actuación en Canal 9 de Buenos Aires –pues no sé si cantaron en algún teatro porteño- lo habría rechazado de plano con aire petulante. ¡El original es lo que vale! ¡No la copia! Ésos habrían sido, seguramente, mis argumentos automáticamente disparados.

Y ellos son ciertos en gran medida, pero no absolutamente.

Ocurre que la etapa de la juventud busca siempre transitar por caminos nunca transitados, o muy poco transitados, en los cuales algo o alguien se destacará, siempre y cuando no sea más de lo mismo hasta entonces conocido, es decir, cuando sea novedoso y sobre todo original.

Por otra parte, los 60´s fueron de una gran ruptura con la cultura de los 50´s, así como ésta lo había sido con la de los 40´s, especialmente en la vida social de los jóvene.

Pero la velocidad de los cambios, la diversidad de éstos, y la creciente cantidad de modelos y artistas en competencia fue mucho mayor que en las décadas anteriores.

Ser nuevo en los 60´s era ser totalmente distinto, y eso sólo se conseguía siendo original. Los mismos fenómenos de entrega idolátrica de la juventud en la música y en el baile se replicaron en la fascinación producida por activistas políticos y sociales juveniles que habían roto el molde de los cartabones tradicionales, tales como Malcom X, Patrice Lumumba, Martin Luther King, Camilo Torres, y el más famoso de aquella década, el Che Guevara.

La originalidad nunca dura mucho tiempo. Para ser recordada debe ser destruida y superada. Los originales mencionados duraron lo que tarda en correrse una estrella. Por cierto, perduraron sus estelas durante un tiempo con mucho fulgor, hasta que se fueron apagando.

Lo mismo sucedió con los astros del cine, el arte más visitado de todos, sobre todo por adolescentes y jóvenes. Los modos de ser y aparecer de James Dean, de Brigitte Bardot constituyeron estéticas arrolladoras con apogeo, declive y olvido.

Sin embargo, no se trata de que los que alguna vez fueron originales hubieran dejado de serlo a partir de cierto momento, sino de que la originalidad tiene muy corta vida pues cuando la imitación convierte al original en parte del ambiente aquella ha dejado de ser tal.

Por lo demás, nadie puede ser constantemente original pues así cada nueva expresión de originalidad no alcanzaría a ser reconocida por los demás.

Todo el mundo tiene una cierta apetencia de originalidad. Por empezar, primeramente la tienen los artistas, aquellos que trabajan con el pensamiento creador. Pero también los científicos, por más que jamás puedan ser totalmente rupturistas dado que la ciencia es un conjunto de preguntas y respuestas de permanente formulación, relacionamiento y acomodación.

Lo que sí podría discutirse, o por lo menos ponerse en duda, es si la apetencia de originalidad ha estado siempre presente desde la hominización, o si es un fenómeno más cercano en el tiempo, por ejemplo, a partir del neolítico, del fenómeno griego, de la Modernidad renacentista, de la Revolución Industrial o del romanticismo decimonónico, etc.

Bien podría argumentarse que los cambios de época son resultado de sucesivas originalidades aparecidas en determinados campos de la vida humana, las cuales dieron lugar a una avalancha de originalidades en otros campos.

Me he referido a períodos fugaces de fulgor, apogeo, etc, por parte de tantas muestras de originalidad, a estelas de menguados fulgores, y a olvidos y oscuridades plenas. Pero… ¿qué significan los “revilval”?

Para algunos son la segunda aparición de algo que ya fue, por eso no los conmueven ni los atrapan, incluso tienden a considerarlos como una expresión decadente, equivalente a lo que dijera Marx de que la historia se repite dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa.

Pero para quienes no conocieron los respectivos originales que los antecedieron un revival es un original. Claro que es original para ellos.

Un ejemplo a mi juicio perfecto es el de la moda del pantalón Oxford, que estuvo vigente en la década del 20 y subsiguientes, que desapareció después de la Segunda Guerra Mundial, que reapareció en 1962 en Argentina y duró apenas 4 años, para reaparecer en 1970 en la estética hippie con la versión pata de elefante. Quienes vivieron alguna de esas etapas por lo general no gustaron del revival posterior ni lo adoptaron.

Lo digo por experiencia propia y ajena: a mi, que viví la moda del Oxford de los 60´s, me resultó horrible y payasesca la de los 70´s.

Gustar de algún fenómeno de época no es tan sencillo como parece a primera vista. No es cuestión de parecer sino de ser. Toda moda que merezca ser considerada tal, implica determinadas actitudes, determinada corporalidad, gestualidad y hasta maneras de enfocar la vida. Estos elementos simultáneos no se reproducen automáticamente con la restauración o revival de una moda de indumentaria, de baile, o de concepciones ideológicas.

Las modalidades en que se presentan las emociones (el verdadero y más profundo cambio que se produce en cada época) son genuinas una sola vez: cuando se tienen los ímpetus, las ganas y las condiciones necesarias para vivir la vida de cierta manera postulada como novedosa u original.

Y también tiene que ver con la época histórica.

De ahí que aquella experiencia de frenesí que nos provocaba en los 60´s escuchar el sonido y la voz de los Beatles originales, que se traducía en un irrefrenable movimiento del tronco, de la cabeza, los brazos, las manos y especialmente los pies, no se volvió a repetir en nosotros no sólo después de la ruptura del conjunto sino ya al comenzar los 70´s debido a los cambios que se iban produciendo en la estética juvenil, y en la ética también, toda vez que el concepto “juventud” iba tomando caracteres cada vez más complejos.

Vale decir que, para los sobrevivientes de épocas pasadas, ninguna restauración nos restaura en lo personal, ni nos vuelve más jóvenes bajo ningún concepto. Antes bien, suele hacernos tomar conciencia de que estamos viejos, fané y descangallados. De modo que, de antemano sé que no habré de sacudir mi cuerpo, y que mis pies no bailarán solos mañana en el teatro.

De todos modos, este efecto no es exclusivamente fruto de un revival por el mero hecho de serlo, sino de que los correspondientes originales fueron vividos en contextos globales, por tanto, abarcativos de experiencias, historias de vida, sueños y anhelos de cuando se era más joven, o menos viejos, como se prefiera. Y estos otros elementos contextuales no se restauran. Nunca se restaura la historia completamente, a menos que sea por una tiranía, y asimismo nuca será para siempre. Precisamente, lo más fácil de restaurar es una moda de indumentaria. Por lo demás, la vida marcha hacia adelante, por más que halle a su paso y en ciertos lugares barreras para cerrarle el paso a los cambios.

Pero… lo que digo respecto a mi generación no tiene aplicación a los jóvenes actuales. Así como yo y mi generación no conocimos la estética ni la ética del tiempo del tango cuando éste se bailaba en los salones y en los pisos de tierra, y del mismo modo sus letras no nos llegaron a nivel de piel y de emociones sino de lecturas y conocimiento diferidos en el tiempo, para los jóvenes de hoy los años 60´s -sean los de la Nueva Ola o los de los hippies- tampoco les dicen mucho, salvo lo que aprendan en la televisión o en los programas actuales de historia del siglo XX en sus colegios.

Vivir una época, y una cultura determinada, no consiste en ser testigo, en mirar de afuera, sino en estar sumergido en ella, es decir, en vivir en cuerpo y alma, en estar y en ser, en vivir físicamente y en sentir emocionalmente.

De modo, pues, que la clásica defenestración de las copias o restauraciones de todo tipo de las cosas de la vida, y su asociación con aquello de que “segundas partes nunca fueron buenas” puede ser arbitraria. Tanto como es decir, por ejemplo, que un libro es viejo.

Recuerdo que una vez, siendo director municipal de cultura, hice una campaña de donaciones de libros para las cinco bibliotecas barriales que creé en esa gestión con unos afiches gigantes en los que además de mencionar el día y la hora en que pasaríamos por los domicilios puse que UN LIBRO VIEJO SIEMPRE ES NUEVO PARA ALGUIEN.

Y creo que lo que dije para los libros vale también los demás aspectos de la vida. De lo contrario, si clausuráramos a la juventud el derecho o el valor de vivir por si misma ciertas cosas porque ya lo han hecho otros mayores que ella y han marcado un diseño, una moda, unas formas, unos modos de hacerlas y de pensarlas, sería tener una concepción conservadora de lo social. Y la vida nunca es conservadora socialmente en si misma, salvo en los casos que algunos tiene la fuerza para impedir la libertad de cambiar.

Ni los modos de pensar ni los modos de sentir de los mayores son sabios y correctos porque sean de los mayores. La vejez no da mayor sabiduría, sino simplemente, mayor prudencia.

De modo que no me parece mal ni decadente ir al concierto de los Beats ni de que lo haga mi hijo. Incluso presiento que algo en ellos me sorprenda gratamente. De todos modos, algún sobreviviente de mi generación podría llegar a decirme, con algún dejo de ironía tal vez, que esta digresión es fruto de la necesidad de resignarme por no haber podido conocer el original: es decir, a los auténticos Beatles, y que por ello me veo obligado a conformarme con imitaciones.

Me desperté pensando justamente en lo que le respondería a quien me dijera eso. ¡Qué tiene de raro eso –le diría- si a fin de cuentas todo en la vida siempre ha sido y es una opción entre lo deseado y lo posible, lo soñado y lo que se tiene a mano!

¡Qué significa vivir sino una constante opción de placebos y sucedáneos a mano para calmar los diversos grados de angustia que la insatisfacción de los deseos y las necesidades materiales y espirituales nos produce!

No tener esto presente podría ser un error de enfoque, pero también podría ser -lo que es más grave- una muestra de necedad y pedantería.
Alguien dijo alguna vez que LO IMPORTANTE NO ES SER JOVEN O VIEJO, LO IMPORTANTE ES SER NUEVO.
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