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LAS ARMAS BIOLÓGICAS

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Octavi Piluats.
Octavi Piulats
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La historia de las armas de la humanidad, que probablemente se inició con el hacha de sílex, no terminó con el descubrimiento de la bomba atómica y la puesta en escena de los misiles intercontinentales. Gracias a la ingeniería genética, en los laboratorios militares secretos se cuece hoy una nueva generación de armas biológicas que puede superar las fantasías de todos los genios de la ciencia ficción. Este artículo, el tercero de la serie Biotopías, se ha elaborado a partir de informaciones recientes del Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo y de la escritora Sabine Rosenbladt, especialista en estos temas


Octavi Piulats (Doctor en Filosofía). 


Ya en la Antigüedad, los militares estuvieron fascinados por el poder de las armas biológicas. En la época clásica y durante la dominación romana, los ejércitos tenían especialistas en envenenar las fuentes de agua potable de las que se abastecían las ciudades, e incluso en algunas ocasiones se llegaron a introducir en ciudades asediadas vasijas conteniendo humores de enfermos de cólera, peste o lepra, con la esperanza de que la epidemia acabase con las fuerzas de los defensores. Este procedimiento militar volvió a ponerse de moda durante los siglos XVIII y XIX, en que los colonos europeos aniquilaron a poblaciones enteras de nativos de los otros continentes, de forma voluntaria o involuntaria, al introducir la sífilis, la gripe, la viruela o el tifus, armas más efectivas que el acero o la pólvora.

Tras el uso intensivo de las armas químicas durante la Primera Guerra Mundial, durante la Segunda también se hicieron algunos intentos de emplear armas biológicas. Se sabe que el ejército británico lanzó como prueba gran cantidad de esporas del bacilo del ántrax sobre una pequeña isla escocesa, habitualmente desierta, llamada Gruinard. 

El éxito fue tal que todavía en 1979 los soldados del ejército británico tenían que hollar el suelo de la isla con trajes protectores, a fin de evitar la peligrosa infección del bazo que produce el ántrax y que generalmente lleva a la muerte.

Entre 1940 y 1944, los japoneses fueron mucho más lejos en la aplicación de armas biológicas. Por primera vez en la historia se bombardearon, en la campaña contra Corea y Manchuria, once ciudades chinas con bombas que contenían material contaminado por peste y tifus. La cifra de muertos que produjeron estas armas biológicas entre la población civil nunca ha sido evaluada. En campos de concentración de prisioneros de guerra, los japoneses inyectaron a tres mil prisioneros chinos, mongoles, británicos, americanos y coreanos, soluciones con principios activos de diversas enfermedades epidémicas; como mínimo unos mil prisioneros fallecieron en estos experimentos.

Tras la Segunda Guerra Mundial, en los años 50 y 60, el Gobierno de los Estados Unidos instaló en el estado de Maryland un complejo de laboratorios militares conocido como Fuerte Detrick. En sus mejores días llegaron a trabajar en él un millar de científicos dedicados a la investigación de armas biológicas. 

Y en 1970 Nixon declaró que el gobierno iba a renunciar a desarrollar armas biológicas con fines ofensivos. Dos años después, en abril de 1972, se firmaba simultáneamente en Londres, Moscú y Washington el Acuerdo Internacional sobre Armas Biológicas, que prohibía el desarrollo, fabricación y almacenamiento de armas biológicas con fines bélicos. Hasta la fecha, aparte de Estados Unidos, Gran Bretaña y la URSS, han firmado dicho acuerdo casi 130 estados de todo el mundo. De esta forma, a principios de la pasada década parecía que la humanidad iba a verse libre de este tipo de armamento.

De hecho, los gobiernos estadounidense y soviético renunciaron a seguir financiando estos proyectos porque los expertos señalaron que, en relación con las armas atómicas y químicas, las armas biológicas no eran suficientemente operativas. 

Dichas armas continuaban teniendo el problema, que ya sufrían en la Antigüedad, de que podían volverse contra los mismos agresores, lo que implicaba todo un programa de vacunas para los ejércitos que las empleasen; además, en su manipulación existían también graves riesgos.

La era de la ingeniería genética.

Los militares no podían imaginarse que solo un año después de la firma del mencionado tratado, iba a ocurrir un acontecimiento que revalorizaría las armas biológicas. 

Como ya hemos indicado en anteriores artículos, en 1973, en la Universidad de Stanford en California, los biólogos Stanley Cohen y Herbert Boyer consiguieron transferir por primera vez genes ajenos al material hereditario de determinadas bacterias.

Este gran salto sobre los mecanismos de seguridad que protegen la materia hereditaria en las especies vivientes vino a reanimar la moribunda investigación en torno a las armas biológicas. 

Los microorganismos patógenos que antes eran difíciles de obtener y cuyo manejo exigía enormes precauciones podían desde ese momento ser diseñados de nuevo, adaptándolos a las necesidades militares. 

Con las nuevas técnicas de recombinación genética se abría para los expertos militares del Pentágono un abanico de posibilidades inimaginable dos años antes. 

Este renovado interés por las armas biológicas recombinadas por medio de la ingeniería genética se demuestra examinando las cifras del presupuesto estadounidense de los años 80.

Desde 1980 a 1987, el Pentágono incrementa sus inversiones en investigación y producción de armas biológicas y químicas en un 554% con respecto a años anteriores, invirtiendo nada menos que 1.440 millones de dólares en estos proyectos. 

A la investigación de armas biológicas se destinan en 1986 casi 90 millones de dólares, mientras el número de proyectos de manipulación genética financiados por el Ministerio de Defensa estadounidense ha pasado de 0 en 1980 a más de 200 en el presente año.

Las instalaciones de Fuerte Detrick fueron remozadas a principios de los ochenta y vuelven a acoger científicos.

En diversos laboratorios construidos bajo la máxima seguridad, investigadores del USAMRIID (Instituto Médico del Ejército de los Estados Unidos para el estudio de Enfermedades Infecciosas) estudian el efecto de los virus de Lasa, Ébola o Chikungunya, o de virus de la viruela, fiebre amarilla, encefalitis equina, gripe, enfermedad de Marburg y la fiebre del Rift. 

De gran interés militar en Fuerte Detrick son también las bacterias del ántrax, el botulismo, la brucelosis, la peste, el tifus y las esporas de tétanos, así como otras veinte clases de toxinas tales como los venenos de serpientes, setas, escorpiones y algas.

Curiosamente, la investigación y producción de armas biológicas a través de la ingeniería genética ni tan siquiera viola las reglas del tratado internacional de prohibición de armas biológicas firmado en 1972. 

Según tal acuerdo, se tolera la producción de determinadas cantidades de armas biológicas con fines estrictamente defensivos. 

Y aquí empieza la ambivalencia del acuerdo, puesto que en ningún otro sector militar como en el de la guerra biológica es tan difícil marcar la diferencia exacta entre qué es ofensivo y qué defensivo: el estado potencialmente agresor con este tipo de armas debe empezar necesariamente por elaborar toda una serie de vacunas a fin de inmunizar sus propias fuerzas; es decir, un ataque en este campo presupone prepararse antes para la defensa, crear nuevas vacunas. 

Mientras que la creación de gérmenes patógenos recombinados genéticamente puede lograrse en algunos meses, elaborar las vacunas pertinentes -caso de que existiesen- requiere una tarea de años.

Los horrores de estas armas.

Una pregunta se impone: ¿cómo serían estas armas? ¿cuáles sus efectos?. Científicos que han trabajado en proyectos militares de este tipo, como el catedrático de biología molecular Doctor Michael Breindl, de la Universidad de San Diego, afirman lo siguiente: 

«Existen planes, por ejemplo, para recombinar genéticamente una bacteria de la flora intestinal inofensiva, la Escherichia coli, obteniendo un arma terrible. Para empezar, a través de genes de resistencia se le podría hacer inmune a la acción de los antibióticos; luego podría elevarse su resistencia contra los ácidos intestinales a fin de asegurar su libre circulación por todo el aparato digestivo, además se le podrían implantar genes de toxinas procedentes de otros organismos, como una toxina neural u otras que detuviesen la acción coagulante de la sangre. Finalmente, se le podría insertar un gen del tipo «invasor», que permitiría a la bacteria penetrar desde la pared del intestino en los tejidos interiores y las células del organismo. La bacteria así recombinada podría escaparse de la acción de defensa del organismo y verter sus toxinas directamente en los tejidos celulares».

Lo triste de toda esta explicación es que la mayoría de los procesos de laboratorio que describe el Doctor Breindl no son ciencia ficción, pues ya se han conseguido realizar o son de práctica corriente en el mundo de la ingeniería genética.

Por lo que se conoce actualmente, los técnicos estadounidenses que trabajan para el estamento militar han conseguido secuenciar y clonificar los genes de diversos venenos biológicos. 

Ya se conocen las estructuras genéticas del ántrax, el botulismo, el cólera, la difteria, el tétanos y la toxina del veneno de determinadas serpientes. El conocimiento de las secuencias genéticas significa que en cualquier momento los científicos pueden producir de forma rápida, sencilla y barata enormes cantidades de estos venenos. 

En el proyecto USAMRIID de Fuerte Detrick se han empezado a insertar genes del veneno de serpiente en el DNA de colibacterias de tipo E. Por supuesto que la posición oficial ante estos experimentos es que se realizan con fines estrictamente médicos, en aras de obtener nuevas vacunas. Algunos militares han llevado la ironía hasta el extremo de afirmar que estos experimentos también se hacen pensando en la salud de los países del Tercer Mundo: «En países donde anualmente mueren 40.000 personas por mordedura de serpiente -argumentan los generales- nuestras vacunas y nuestros experimentos sobre la toxina del veneno de cobra pueden ser de gran utilidad».

En Fuerte Detrick también se está trabajando en la obtención sintética de sustancias venenosas, como por ejemplo el veneno de un hongo llamado tricoteceno, asimismo conocido como «lluvia amarilla», un veneno trescientas veces más activo que los gases químicos convencionales que atacan al sistema nervioso central. 

Se tiene además conocimiento de que el Pentágono se ha gastado 1,3 millones de dólares en secuenciar el gen que codifica a la enzima acetilcolinesterasa. Esta enzima es fundamental para regular la acción de los neurotransmisores de determinadas funciones cerebrales. 

Según informes del Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo, estos conocimientos pueden posibilitar la producción de toxinas especializadas en atacar ciertos centros nerviosos. Según la mayoría de los expertos, las toxinas son las armas biológicas recombinadas genéticamente que más posibilidades tienen de ser empleadas en un conflicto que exigiese la aplicación de este tipo de armas. Su producción por métodos de ingeniería genética es fácil y de muy bajos costes.

Aquí también debe destacarse la gran manejabilidad de dichas armas y sus facilidades de producción, lo que hace que su almacenamiento sea obsoleto. 

Expertos europeos y norteamericanos coinciden en indicar que un Estado que desee producir armas biológicas recombinadas por la tecnología genética solo necesitaría una instalación frigorífica con unas 200 probetas llenas de material y cultivos originales, más la infraestructura de un laboratorio farmacéutico convencional. 

El resto de las operaciones, es decir el transporte, llenar con los virus las cámaras huecas de las bombas, los aerosoles, etc., se podrían realizar con la misma infraestructura militar existente para las armas químicas.

En cuanto a su aplicación directa, los militares piensan que el aerosol es el mejor vehículo para expandir las armas biológicas entre la población y los ejércitos enemigos. El sistema de aerosol permite proyectar virus y bacterias manipulados genéticamente en grandes nubes hacia áreas determinadas. 

Desde 1984, el ejército de Estados Unidos trata de cerar en Dugway (Utah) una gigantesca instalación para la dispersión de armas biológicas a través de aerosoles; el presupuesto se cifra en 2.300 millones de dólares.

En lo que respecta a los efectos de estas armas sobre las personas, nos encontramos con la problemática de siempre cuando se valoran los resultados de la ingeniería genética: ignorancia absoluta. 

No obstante, es muy probable que estas armas multipliquen varias veces los horrores y el poder mortífero que siempre han poseído las armas biológicas convencionales. 

Sabemos, por ejemplo, que bastan unos pocos cultivos para poder infectar a una población de millones de personas con ántrax, fiebre amarilla o peste, enfermedades de alta motalidad; sin embargo, la mayoría de estas enfermedades epidémicas son bien conocidas, por lo que el estado agredido podría, dentro de ciertos límites, organizar actividades terapéuticas contra la epidemia. 

Eso sería casi imposible si los virus y bacterias agresores se hallan recombinados genéticamente, ya que la experiencia de la medicina oficial con esos seres manipulados es nula.

 

VIRUS Y BACTERIAS CON LOS QUE SE EXPERIMENTA MILITARMENTE.

Tipo de microbio.  Enfermedad.  Factor de contagio.  Mortalidad (sin tratamiento). 
Virus.  Encefalitis venezolana.  bajo.  baja. 
Virus.  Encefalitis equina oriental.  bajo.  alta (60%). 
Virus.  Enfermedad de Margburg.  alto.  alta. 
Virus.  Fiebre amarilla.  bajo.  alta (40%). 
Virus.  Fiebre Chikungunya.  bajo.  muy baja. 
Virus.  Fiebre Dengue.  bajo.  muy baja. 
Virus.  Fiebre del Rift.  pobre.  alta. 
Virus.  Gripe.  muy alto.  baja. 
Virus.  Viruela.  muy alto.  alta. 
Bacterias.  Ántrax.  bajo.  casi siempre mortal. 
Bacterias.  Brucelosis.  cero.  intermedia (25%). 
Bacterias.  Cólera.  alto.  alta (85%). 
Bacterias.  Enfermedad del legionario.  cero.  alta. 
Bacterias.  Muermo.  cero.  casi siempre mortal. 
Bacterias.  Peste pulmonar.  alto.  casi siempre mortal. 
Bacterias.  Tifus.  alto.  baja (10%). 
Bacterias.  Tularemia.  bajo.  intermedia. 

Otros riesgos de las armas biológicas.

Por supuesto que los militares y políticos afirman que dichas armas jamás se emplearán con fines ofensivos y que se investigan y producen para mantener la paz. 

Pero independientemente del cinismo -consciente o inconsciente- que implican estas afirmaciones, la mera investigación en esta área puede implicar graves riesgos para la población que habite en las cercanías de los laboratorios y el transporte de las armas puede comportar graves riesgos.

Sobre este tema existe un desgraciado precedente que sucedió en la ciudad de Birmingham. 

El catedrático de virología de la Universidad de Birmingham, Henry Bedson, tenía instalado un laboratorio semiprivado en el primer piso de una antigua edificación en donde también existían otras instalaciones pertenecientes a la Universidad. 

En 1978 se hallaba trabajando él con otros asistentes en su laboratorio con cultivos del virus de la viruela. A las pocas semanas de haber manipulado los virus, se dio sorprendentemente en la misma ciudad un caso grave de viruela en una chica joven: Janet Parker. 

Casualmente, la muchacha fue internada en el hospital donde trabajaba el profesor Bedson y a éste se le heló la sangre cuando supo que Janet trabajaba como fotógrafa para el Instituto Anatómico de la Facultad de Medicina de la ciudad, ya que el Instituto se hallaba precisamente sobre su laboratorio.

 El 11 de septiembre de 1978 moría Janet parker víctima de la viruela, pero un par de días antes el Doctor Bedson se había suicidado seccionándose la garganta con unas tijeras de césped. 

Técnicos de la Universidad que semanas después reconstruyeron el contagio de Janet Parker, llegaron a la conclusión de que los virus habían subido al piso superior a través de un respiradero de reducidas dimensiones, adyacente a la habitación donde trabajaba Janet. 

También indicaron que el laboratorio del Doctor Bedson no cumplía al cien por cien las líneas de seguridad marcadas por la OMS.

El caso Parker-Bedson es una muestra de los riesgos potenciales para la población que conlleva la investigación con microorganismos; en especial en Europa, donde en varios países los Ministerios de Defensa han encargado proyectos de investigación de ingeniería genética a laboratorios y equipos investigadores pertenecientes a las Universidades.

  Aunque en los laboratorios en donde se realiza manipulación genética de microorganismos, las medidas de seguridad se rigen por las directrices de Asilomar, que son mucho más estrictas que las de los laboratorios convencionales (el contar con circuitos de reciclado de agua y aire propios y de compuertas de descontaminación en sus comunicaciones en el exterior), en los últimos años la mayoría de los laboratorios, tanto privados como estatales, en donde se practica la ingeniería genética han empezado a apartarse de estas severas reglas. 

En la actualidad se llevan a cabo en empresas multinacionales numerosos experimentos de manipulación genética en laboratorios semiconvencionales. 

En cuanto a los riesgos del transporte o de un sabotaje mencionaremos brevemente que en septiembre de 1981 desaparecieron de Fuerte Detrick 2,3 litros del virus Chikungunya, cantidad suficiente para infectar a toda la humanidad con fiebres tropicales. Hasta hoy el Pentágono no ha podido averiguar dónde fue a parar tan peligrosa arma.

El futuro de las armas biológicas.

Como acabamos de comprobar, las técnicas de ingeniería genética no solo están al servicio de fines altruistas, de carácter médico o económico-social, sino que al mismo tiempo se emplean con fines totalmente militares, pues no en vano se trata de una tecnología capaz de aniquilar a millones de seres humanos en un corto espacio de tiempo. 

La posibilidad -atractiva para los militares- de crear un germen que actúe solo contra determinadas poblaciones, poseyendo al mismo tiempo una vacuna que haga inmune al agresor a sus efectos se está convirtiendo en realidad en la era de la ingeniería genética.

Existe un interesante paralelismo entre las armas biológicas recombinadas genéticamente y la energía nuclear en cuanto a fines bélicos se refiere. 

Ambas armas tienen un efecto aniquilador parecido, pues, en algunos casos las armas biológicas pueden tener un radio de acción letal todavía más amplio que las radiaciones ionizantes de origen nuclear, tanto las armas atómicas como las biológicas «contaminan» durante decenios los territorios donde son aplicadas, y ambos sistemas conllevan un alto riesgo de manipulación y de producción. 

Sin embargo, en algunos aspectos las armas biológicas pueden ser para los militares y políticos más atractivas que las atómicas: no destruyen la infraestructura del país conquistado, solo -al estilo de la bomba de neutrones- aniquilan a la población humana; y si además el país agresor se halla en posesión de una vacuna efectiva contra la epidemia, su población y su ejército pueden ocupar sin grandes problemas el territorio conquistado a pesar de la contaminación biológica.

  Por todas estas razones creemos que en los próximos decenios proliferarán los proyectos y centros dedicados a la investigación de armas biológicas en todo el mundo. 

El reto que se avecina al Movimiento Pacifista de aquí al año 2000 será el de enfrentarse a los tres grandes grupos de armas: las nucleares, las químicas y las biológicas. 


El primero dedicado a la manipulación genética de las plantas (Integral n°. 102) y el segundo a la de los animales (Integral n° 103).
Revista Integral n° 102. Biopatías (1), página 4.

Estas directrices tomaron el nombre de la localidad californiana de Asilomar, donde en 1974 se reunieron científicos de 16 estados para estudiar los riesgos de la manipulación genética.
Revista NaturE, n°. 6/88. Gentenchnik: Die unsichtbaren Killer.

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