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Análisis Psicológico de los Kirchner

por Marcos Aguinis - Mayo de 2009

 

 

—Para Harold Bloom fue Shakespeare “el creador del hombre”; para este gobierno, el relato es casi más importante que la realidad. ¿Cuál es su opinión sobre el análisis del discurso que viene desarrollando Carta Abierta?

—En ¡Pobre patria mía! hay una frase con la que me refiero a Carta Abierta y uso dos términos médicos que no mencionó, que muchos de los que firmaban Carta Abierta tienen bruxismo. Bruxismo es cuando se contraen mucho las mandíbulas. Y se les están cayendo los dientes de tanto bruxismo, porque se arrepienten de haber firmado ese adefesio, ese texto obsecuente, irracional, indigno, apoyando una gestión tan corrupta como la que actualmente padecemos. No quiero decir más.

 

—¿Cuál es la relación entre su resistencia al dogmatismo inquisidor de la Iglesia y el pensamiento autoritario de las dictaduras previas a la restauración de la democracia, y su resistencia actual al kirchnerismo?

—Nunca me gustó el autoritarismo. Cuando era joven, respondía a esa famosa expresión popular que dice que “cuando uno es joven y no es de izquierda, no tiene corazón. Y cuando uno es viejo y sigue siendo de izquierda, no tiene cabeza”. Incluso, leía Marx, y lo leía detenidamente y me consideraba marxista; tenía un conflicto muy serio porque estaba Stalin, que era un dictador. O sea que el pensamiento autoritario me salvó a mí de ser estalinista. Yo tengo mucho respeto por los valores iniciales de la izquierda, cuando nació con la Revolución Francesa, de apoyar la libertad, el pluralismo, la democracia, el progreso real. Esos son los valores que yo sigo apoyando y apoyé siempre. Algunos dicen que estos son ideales de la derecha. Resulta que ahora defender la democracia, defender la libertad y defender el pluralismo son ideales de la derecha.


—Como psicoanalista, ¿cuál es su diagnóstico psicológico de Néstor Kirchner?

—En pocas palabras, creo que tiene la psicología del tirano. Lo he dicho públicamente y está escrito en ¡Pobre patria mía!. El
tirano es un individuo que tiene rasgos muy peculiares, están descriptos por muchos autores. Un amigo psicoanalista, Ricardo
Mosconi, me orientó hacia la reflexión que hace Sófocles del tirano en Edipo Rey. Edipo Rey ha sido trabajado mucho por Freud en el aspecto sexual, del parricidio, del incesto, pero no tocó el tema del poder. Y Edipo es un individuo que está enfermo de poder. Y cuando desde el comienzo sabe que hay una peste en Tebas, la peste no está compuesta ni por el dengue, ni por las ratas, la tuberculosis o el paludismo, sino que está provocada por la tiranía. La peste es la tiranía.


—¿Podría precisar las similitudes que existen entre Néstor Kirchner y Edipo?

—Sí. Edipo no aceptaba opiniones diferentes de la de él. Tenía pensamientos paranoicos respecto a quienes lo rodeaban. Perseguía a quienes no comulgaban con su forma de dirigir el país. Y quería hacer lo que él consideraba que estaba bien y que lo satisfacía. Esto lo llevó a la catástrofe y, finalmente, tuvo una suerte de percepción de que él no había visto las cosas porque no quería ver. Psicológicamente, se dice que cuando se arranca los ojos comete castración. Pero también podemos decir, en términos menos profundos, que se arranca los ojos porque odia esos ojos que no supieron ver a tiempo y que no le impidieron ir hacia la catástrofe. Sófocles tiene otro elemento, que está en Antígona: Edipo, que ya está ciego, se enfrenta con el tirano que lo sucede, Creonte, quien le dice: “Edipo, ya estás ciego, ya te fuiste y querés seguir gobernando. No podés seguir gobernando, ya terminó lo tuyo”. Aquí tenemos una analogía casi textual. Es como que Sófocles haya descripto a Kirchner y que en el futuro, a lo mejor, algún dramaturgo escriba Kirchner Rey, en vez de Edipo...


—Usted dijo: “La democracia argentina se ha convertido en un autocracia gobernada por una sola persona que, para colmo, no conoce lo que significa la productividad, ya que toda su vida y su flamante fortuna personal estuvieron ligadas a la especulación financiera”.¿Cómo se explica, psicológicamente, la estrecha relación de Kirchner con el dinero? ¿Es anal?

—Expliquemos en términos psicoanalíticos qué significa. El temperamento anal es aquel que tiene mucho que ver con el retener, con la obsesión, con el acumular. Osvaldo Bayer en La Patagonia rebelde señala que los antecesores de Kirchner fueron usureros en Río Gallegos. O sea que quizás hay una cuestión de ADN también ahí. El usurero no solamente quiere tener dinero. Es como lo que ha caricaturizado muy bien Walt Disney como el Tío Rico, o el Tío Patilludo, que necesita tocar el dinero, olerlo, acariciarlo. Evidentemente, es un político que creció en Río Gallegos, que se enriqueció durante la dictadura militar, que no sufrió persecución durante la dictadura militar ni amenaza de desaparición, que ni él ni ella firmaron un solo hábeas corpus, ni uno solo, mientras los abogados del país se jugaban la vida tratando de salvar gente con hábeas corpus; que parece que tenían una relación bastante cordial con algunos militares que estaban allá. En ese tiempo, se dedicó a hacer dinero de especulación financiera. Ejecutaba hipotecas y con eso consiguió dinero y propiedades. Es decir, especulación financiera.
Luego, como gobernador modificó la Constitución, un rasgo más de tirano, mediante la cual puede ser reelecto hasta que se muera. La reelección indefinida es típica de los tiranos que quieren durar siempre, hasta la muerte, incluso después de la muerte.


—¿“El avaro” de Molière sería otro ejemplo?

—Claro, correspondería también. Y él tuvo un ingreso muy importante por las regalías petroleras.¿Lo trajo de vuelta? Esto habla de una mentalidad de especulación financiera como única forma de hacer dinero. Esto tiene que ver también con cierta idea equivocada de la izquierda, que cree que solamente se hace dinero robándole al otro. Marx, obviamente, en sus tiempos, no conocía otra forma de enriquecerse que mediante la plusvalía. Es decir, hacer trabajar a otro y sacarla del sueldo o sacarla de algo. El colonialismo era sacar la riqueza de los países pobres. No conocieron Japón, Singapur, Nueva Zelanda, que son países que no son colonizantes, que no le roban nada a nadie y se han enriquecido. Es decir, no saben producir riqueza sin robar. Y tampoco conocen el sacrificio que significa la producción.


—El dinero es para la mayoría de las personas un medio. Para cierto tipo de personas, ¿es un fin en sí mismo?

—Creo que es así. Y lo he dicho en otro artículo, “Tengo un sueño” –no le quiero decir “profético”–, que publiqué el 9 de
diciembre de 2003, cuando él tenía que asumir el 10, en forma oficial, su presidencia. Decía que todo el poder y el dinero que él había acumulado no lo debían usar como un fin, sino como un medio para beneficiar a la Argentina. Me equivoqué.


—¿Qué le hace decir que “la única política de Estado que funciona es la del soborno”?

—Esto es una acusación muy grave, políticamente muy incorrecta, pero es evidente que tenemos que ser ciegos, o sacarnos
los ojos como Edipo si no la queremos ver. Por ejemplo, los planes sociales fueron instituidos porque había una emergencia económica gravísima y había que darle algo a la gente que no tenía con qué comprar un pedazo de pan. Pero hoy los planes sociales son la política del soborno. Por ejemplo, ayer viajé con un taxista que ingresó a un sector del gremio de los peones de taxi, que son los que no son dueños de vehículos. Y me dice: “Me pagan 100 pesos por ir a la marcha de Plaza de Mayo del 30 de abril por el Día del Trabajo”. Eso, si no es soborno, ¿qué es? Cuando a un gobernado como Binner se le dice: “Si no
te sometés, yo no te mando el dinero de la coparticipación”. Cuando se le dice a dos senadores: “Si no votan a favor mío en el Senado, no va plata para Tierra del Fuego”... ¿Qué es eso? En este momento, el federalismo ha desaparecido. Todo se maneja con sobornos. La caja es el dinero que se le quita a la sociedad argentina para sobornar y seguir manteniendo el poder.


—¿La inexistencia de un ministro de Economía pleno es otro síntoma de la especial relación de Kirchner con el dinero?

—Yo creo que sí. Porque él cree que es el gran economista y que maneja todo de mil maravillas. Y no se da cuenta de que está empobreciendo al país. Simplemente, como él se está enriqueciendo, no tiene una clara visión de lo que está pasando con el país. Además, como no tiene claridad sobre el proceso productivo, no se da cuenta de que la Argentina está asfixiando el único nicho productivo real que tiene ubicación en el mundo, que es la producción de alimentos. La Argentina no va a producir chips, no va a producir autos con energía alternativa, no va a producir computadoras. No está en condiciones de hacer eso, está en condiciones de producir alimentos. Entonces, ¿qué hay que hacer? Una política agroindustrial coherente, consensuada, que permita que todo el mundo invierta en la producción de alimentos. La Argentina los vendería, el mundo los recibiría y los mercados estarían abiertos para la Argentina. Y empezaría a florecer nuevamente. Estamos en una crisis mundial como la tuvo el mundo en la Segunda Guerra. La Argentina en ese momento vendía alimentos y le iba muy bien. Incluso pudo regalar trigo. Ahora, podría otra vez estar muy bien. Estamos perdiendo una oportunidad. Esto lleva a que uno tenga rabia y diga: estamos perdiendo una oportunidad de oro por esta gente que está asfixiando a un sector que puede producir mucho y darle ganancia a
todo el país.


—¿El autoritarismo va acompañado de la paranoia?

—Esto, en ¡Pobre patria mía!, lo planteo con un ejemplo sobre el dictador Hierón, quien llega un momento que dice: “Ya no doy más, quisiera dejar mi trabajo, esto me agobia”. “Y bueno –le dice el filósofo–, ¿por qué no renuncia?” “Es que si renuncio me devoran, me destruyen.” Kirchner tiene el grave problema, tiene la sensación de que aquí lo van a comer vivo cuando pierda poder. Entonces, está con una paranoia que tendría cierta racionalidad.


—Las encuestas indican que si Kirchner encabeza las listas para diputados bonaerenses, el oficialismo sacaría menos votos que si dejara solo a Scioli al frente. ¿Por qué lo hace? ¿Es por lo que describió como la lógica de los tiranos que los lleva siempre a
autodestruirse “enceguecidos por el capricho”?

—Creo que hay algo de esto. El no puede dejar de ser el protagonista, el centro. Es una percepción equivocada la que tuvimos
los argentinos respecto a él, incluso cuando designó a su esposa como Presidenta. El había dicho que iba a ir a un café literario. Incluso, estableció una oficina en Puerto Madero. Pero no soportó, tenía que estar en el centro. Y está en el centro de una manera muy clara, muy firme.


—Dijo que Kirchner padece, literalmente, “una suerte de esclerosis psicológica que lo aísla del mundo”. En términos clínicos,
¿eso qué significa? ¿Es una suerte de psicopatía?

—¿Sabe que yo no tengo custodio? Creo que, efectivamente, le cuesta, por los otros motivos que hemos venido señalando hasta ahora, tener la necesaria flexibilidad que le permitiría revertir su situación: la de la Argentina y la del matrimonial presidencial.

 

—¿Se aísla del mundo?

—Pero no diría que llega a ser psicótico. Ese es un cuadro mucho más extremo. Me parece que él todavía está en la neurosis. Tiene una neurosis muy acentuada con elementos paranoicos, algunos de los cuales son reales y otros no. Se habla de elementos paranoides cuando hay miedos injustificados. Yo creo que él no es psicótico y que podría cambiar. Pero es una fuerte neurosis que le impide hacer ese cambio que mejoraría a la Argentina y lo mejoraría a él.


—Usted pronosticó que Kirchner va camino a su Waterloo. ¿Es porque desea el Waterloo, ese narcisimo masoquista de “nadie sufre como yo”, o porque se cree infalible?

—Si volvemos al psicoanálisis, existe la llamada pulsión de muerte, o la pulsión fanática que han tenido verdaderos genios. Un
genio indiscutible ha sido Napoleón. El Napoleón genial vuelve de la Isla de Elba, de la que se escapa, llega a la Francia continental con muy pocos soldados fieles y con muy pocas perspectivas de lograr tomar el poder. Pero se encuentra con la sorpresa que a medida que camina hacia Paris, cada vez es más grande la cantidad de gente que lo sigue, a pesar de que ya había sido responsable de la muerte de diez millones de franceses. Napoleón llega y toma el poder. Y Luis XVIII huye de noche, con un miedo atroz. Napoleón en ese momento podría haberse tranquilizado y decir: “Voy a ser el emperador de Francia, y dejar de ser el emperador de toda Europa; dejaré Rusia, dejaré Austria, dejaré España. Me quedo en Francia tranquilo”. Pero no. En él había la pulsión del todo o nada, y esa fue una pulsión tanática que lo llevó a decir: “Yo soy un militar genial, a mí nadie me gana como estratego”.
Y casi podría haber ganado Waterloo. Pero si habría durado después, no se sabe. Había en él esta tendencia tanática que creo que tiene Kirchner también.


—En su comentario sobre el último libro de George Steiner acerca del vínculo del hombre con los animales, recordó que Voltaire afirmó que el ser humano no es el único animal que sabe que va a morir, “que los elefantes envejecidos se retiran a un aislamiento sepulcral y los perros modulan su conducta ante la proximidad de la muerte, propia o de seres amados; (…) quizá el deceso venga acompañado por un olor que el atrofiado olfato de los hombres no percibe porque alrededor de las moradas de los sentenciados las lechuzas ululan, los cuervos graznan y los lobos aúllan”. “Los animales también anticipan el peligro inmediato: ‘huelen’ terremotos, tiemblan ante un trueno antes de que lo oiga el hombre, cavan zanjas, almacenan comida o alzan vuelo.” ¿El psicótico no sabe que va a morir, o no le importa morir?

—Es una pregunta bastante difícil. No podría responder si el psicótico percibe menos que el que no es psicótico esa inminencia de la muerte. Posiblemente el psicótico la perciba menos. Pero tanto el psicótico como el que no lo es están habitados por la pulsión de muerte. Y es la que tenemos que combatir todo el tiempo. Eso es lo que se trata de corregir en los tratamientos.

 

—Ahora yo lo plagio para hablar del Primer Centenario y de este segundo que cumpliremos el año próximo. ¿A principio del siglo pasado, la política de la Argentina se parecía más a Atenas, mientras que a principios de éste sus métodos se identifican más con Esparta?

—La Argentina nunca estuvo mejor que durante el Primer Centenario. Un país que irradiaba esperanza, promisorio, que era casi un milagro, que se había convertido en el país más productivo, culto e interesante de toda América latina. Octava economía mundial, a donde fluían millones de habitantes. Efectivamente podía parecerse a Atenas porque había una gran cultura, había una política educativa muy firme que siguió durante una década más, hasta que empezó la decadencia.


—Se escondieron los números reales de los casos de contagio de dengue, lo mismo se viene haciendo desde 2006 con los de la inflación, y hace treinta años se hacía con los desaparecidos. ¿La negación es uno de nuestros caracteres más distintivos?

—Sí, tendemos a negar. Y agregamos la tendencia a echarle la culpa a otro de nuestros males. Son esas dos cosas que van juntas: la negación y poner la culpa afuera.


—Ud. citó al rey que mandó asesinar al oficial que lo había salvado en una batalla, para que no hubiera un testigo de su debilidad, descrito por Plutarco, como aplicable a Kirchner. ¿Quién sería aquí el oficial a asesinar?

—Cobos con su voto “no positivo”, muy vacilante, muy culposo, le hizo un bien al Gobierno y le hizo un bien al país. Lo que pasa es que el Gobierno no tenía la flexibilidad, la inteligencia de decir al día siguiente: “El Congreso decidió otra cosa, a partir de ahora convocamos a todos los sectores vinculados al sector agroindustrial y hacemos una política agroindustrial que lleve al país adelante”. Con eso, habrían ido para arriba.


—De Cristina Kirchner dijo que “sus desplantes son mezcla de soberbia, ignorancia y elementos histeroides que explican su obsesión por la apariencia y por sobreactuar sus dificultades de género”. Concretamente: ¿ve histeria en Cristina Kirchner?

—Sí, hay histeria expresada en su aspecto físico y en su ropa.

 

—Usted escribió que “los argentinos nos exaltamos y deprimimos. Creemos en espejitos de colores y, cuando falla la magia, explotamos como bombas. Tenemos una emoción lábil. Hasta podría decirse bipolar”. ¿Cristina Kirchner tiene síntomas bipolares?

—No la conozco en forma directa, nunca la traté. Pero por algunas de sus manifestaciones y por los esfuerzos que hace su entorno, da la sensación de que sí. Por ejemplo, tantos viajes, tantos aplausos, tantos actos donde se inauguran inodoros, carpas, son para que la aplaudan y le quiten la depresión. O sea que hay, evidentemente, elementos bipolares.


—También escribió que “en política –como en el barroco– hay pánico al vacío”. ¿Cómo funciona ese pánico, tanto en los políticos como en los ciudadanos? ¿En el caso de Kirchner, por ejemplo, sería siendo hiperquinético con una sorpresa todos los días?

—Sí, el miedo a que ese vacío sea ocupado por otros. Ser el centro, ser el que tiene la iniciativa de impedir que otro ocupe ese
espacio porque, si no, se lo quitaría a él. No lo vive como una interacción, como un diálogo, como una posibilidad. Lo vive como que le quitan algo.


—¿Lo aleja de la objetividad su disgusto personal con el matrimonio Kirchner reflejado en frases de “¡Pobre patria mía!” como“agresivo tonito de montonera soberbia” o “gigante mítico con nariz de hacha y ojos omnívoros?

—Ahí está el poeta que no solamente describe flores, sino también espinas. Yo creo que es una licencia mediante la cual uno expresa lo que sienten millones de argentinos cuando están indignados. Me dijo un crítico hace poco: “Marcos, lo que más admiro de tu libro es la cantidad enorme de puteadas que te mandás sin decir una sola mala palabra”.


—En “¡Pobre patria mía!”, Ud. habla de la intradictadura de Néstor Kirchner, quien “humilla a su círculo íntimo y leal como un
padre golpeador. Si a ellos los doblega sin piedad, el mensaje llegaba al resto de la gente con nivel multiplicado de alarma”. ¿Qué diría la terapia sistémica, especializada en tratar grupos patológicos, de la intradictadura?

—Lo que ocurre en una familia, si hablamos desde el punto de vista sistémico, donde hay un padre golpeador. Evidentemente, basta con que le pegue a la mujer para que los hijos estén aterrorizados. Y esto es lo que nos sucede actualmente. Cuando Kirchner asumió, a los pocos días o semanas, lo denigró a Scioli de una manera espantosa. Y eso, por supuesto, tuvo su efecto. Y así fue denigrando a otras personas de su círculo íntimo. Cuando asume, Cristina sigue el mismo modelo, ningunéandolo a Cobos. Cobos no estaba enterado de muchas cosas que se decidían y le piden después lealtad. ¿Lealtad a qué?

“¿Qué me preguntaron, qué opinión me pidieron?”. Aquí existe una intradictadura. Es decir, todo el círculo interior tiene que estar sometido al pensamiento dominante de Néstor. Al extremo de que, por ejemplo, Montoya, que fue felicitado por la Presidenta hace pocas semanas, por el solo hecho de haber cometido el pecado mortal de decir que hay más diálogo, lo echan.


—El método no es nuevo. En “El Padrino II”, Mario Puzo construyó una escena donde Michael Corleone manda matar a su hermano Fredo. Las mafias se especializan en mensajes del tipo “si estoy dispuesto a matar a mi familia, no dudaría en hacer lo mismo con quien me desafíe”.

—Sí. Hasta el momento, y lo digo en el libro (lo que tengo que reconocer, lo reconozco), a pesar de que Kirchner tiene la psicología del tirano, no hubo un solo periodista ni político arrestado ni asesinado. Eso es positivo, desde luego. Pero que el terror existe, existe. Y que la censura existe, existe. Ahora, este código de que nadie puede sacar los pies del plato porque si no queda afuera se ha logrado imponer. Entonces, existe esta intradictadura, este código mafioso mediante el cual la obediencia tiene que ser absoluta.


—EE.UU. “justificó” las bombas en Hiroshima y Nagasaki como herramientas de disuasión para que Japón no continuara la guerra generando más víctimas que las bombas atómicas. ¿Podría haber un verdadero objetivo disuasorio?

—Me atrevería a decir que no es producto de un plan racional elaborado con serenidad, como lo hace un militar que está planeando un ataque para ganar una guerra, sino que es producto del temperamento que él tiene.


—Escribió que tenía “goce por degollar”.

—Exactamente, porque esto ya fue descripto antes que él asumiera la presidencia, cuando se enojó muchísimo este matrimonio
debido a una nota que describía que esa técnica, por ejemplo, de controlar el Poder Judicial, perseguir a la oposición, censurar a la prensa, ya existía en Santa Cruz.


—Ud. dijo que “los grandes males que este matrimonio le está infligiendo al país pueden, paradójicamente, generar un consenso general de que debemos unirnos en pos de algunos puntos clave: calidad institucional, independencia de los poderes, políticas educativas y sanitarias, de defensa y de seguridad”. Y en su libro pronosticó que“volvería a producirse un reencuentro jubiloso como el de 1983”. ¿En 2011 gana Cobos o Carrió?

—Yo estoy hablando de 2009. Todavía creo que estamos a tiempo, a pesar de que los plazos se acortan, de que luego de esta especie de fiebre para formar las listas, con toda la farsa que es este armado de carnaval, superemos al fraude patriótico. Esto es un fraude anunciado, un fraude carnavalesco. Cuando se calme esto, yo creo que es muy posible que los sectores republicanos y constitucionalistas que existen tanto en el llamado peronismo republicano o en los sectores con ADN radical logren consensuar un programa legislativo. Es lo que yo estoy rogando que se ponga en marcha: un programa legislativo que se juramenten estos dos bloques a implementar en el Congreso. Y no estar dividido en tres partes: los kirchneristas, los radicales y los peronistas. Sino que los sectores republicanos se unan y pongan en marcha ese consenso legislativo que tenga que ver con volver a colocar a la Argentina en los carriles de la Constitución, de la legalidad, del progreso y de los controles que hemos perdido.


—A usted le gustó el libro de Rosendo Fraga sobre historia contrafáctica titulado “¿Qué hubiera pasado si…?”. Como Fraga arranca en el Virreinato y llega hasta qué hubiera pasado si la Argentina recuperaba la soberanía de las islas Malvinas, le propongo continuarlo. ¿Qué habría pasado si en 2007 hubiera habido ballottage y Carrió o Lavagna era electo presidente?

—Las cosas habrían marchado mejor porque todavía estaba el viento de cola, todavía las cosas funcionaban bien en la Argentina. En ese momento, había una producción agropecuaria extraordinaria; pueblos del interior que estaban muertos, habían resucitado. Ciudades grandes, como Rosario, que eran feas, se habían convertido en unas bellísimas ciudades. Es decir, la Argentina estaba encaminada en una buena dirección. Y ninguno de los dos candidatos, ni Carrió ni Lavagna, habrían usado el sistema de la caja que es, me parece a mí, el sistema de la política de Estado del soborno, sino que hubieran tratado de
implementar otra medida.


—¿Y si en 2003 Reutemann hubiera aceptado ser candidato y hubiese sido él y no Kirchner el presidente?

—Creo que estaría muchísimo mejor también, porque Reutemann conoce las bendiciones de la producción. No piensa en la riqueza a través de la especulación financiera. El es un productor y él vive en una provincia productora, como Santa Fe. Entonces, ahí hay una gran diferencia con Kirchner. Y por otro lado, Reutemann, que fue gobernador en Santa Fe, no mostró los rasgos autoritarios que mostró Kirchner en Santa Cruz. Me parece que si Reutemann hubiera aceptado en aquel momento, a la Argentina le habría ido bien. Creo que es una suerte de demanda que tiene la sociedad argentina de decirle a Reutemann, si se presenta ahora: “Es bueno que se presente ahora de candidato, ¿pero por qué no lo hizo antes?”. ¿No siente arrepentimiento, no siente culpa por haber privado a los argentinos de una posibilidad mucho mejor de la que nos tocó en desgracia?


—Le pregunto al médico: ¿cómo se hace para, a los setenta y cuatro años, estar tan lleno de energía?

—Volvamos a la jerga psicoanalítica. Creo que en mí predomina Eros sobre Tánatos.


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