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Asimetrías Hispano Argentinas

 


   
    Por CARLOS  RODRÍGUEZ BRAUN. Catedrático de la Universidad Complutense
 
    A los españoles nos  indigna la comprensión que fuera de nuestro país suscita la banda ETA, rodeada  en ocasiones de romántica simpatía guerrillera en tanto que «movimiento  independentista» u «organización armada».

Pero nuestros periódicos más  respetables no titubean en llamar a    Montoneros «organización armada» o incluso  «movimiento que formaba parte de la resistencia armada contra la dictadura  argentina».
 
    Esta asombrosa  asimetría no resiste el menor análisis.

Los Montoneros y otros terroristas de  izquierdas fueron responsables de miles de  asesinatos en la dictadura anterior a  1973, en la posterior a 1976, y también en
 el período democrático intermedio.

 Exactamente igual que ETA, hicieron caso omiso de la restauración democrática,  con lo que difícilmente puedan ser caracterizados como de «resistencia» ante  nada sino como autores directos de brutalidades sin cuento ni  justificación.
 
    Pero de esto no se  habla, y es una actitud entre paternalista y racista, de quienes estiman  magnífico que unos sujetos con pistola y pasamontañas se echen al monte en  México o Bolivia, pero desde luego les parece  pésimo cuando lo hacen en Bilbao. 

Los de la ETA son unos desalmados, claro, pero el Ché Guevara fue un abnegado mártir que sólo quiso lo mejor para los pueblos de  África y América Latina donde extendió la violencia totalitaria.

Un escritor y  periodista argentino redacta en un diario  madrileño una extensa serie sobre su  país, donde tiene tiempo de hablar hasta del Rey de la Patagonia, pero no de censurar la violencia de los terroristas, e incluso se refiere con simpatía a una de sus representantes.


    Nadie se queja.

Si escribiera comprensivamente sobre una asesina etarra no lo  dejaríamos pasar, eso sí que no. Pero como es una argentina, lo aceptamos.
 
    Proliferan unos  grupos llamados de defensa de los «derechos humanos»,  que se caracterizan por  condenar a las dictaduras de modo asimétrico: quieren juzgar a Videla, pero vitorean en cambio los «logros» de la revolución    cubana.

 Nadie se atreve a denunciarlos como lo que son, una pura engañifa, porque simplemente no se sostiene que alguien despotrique contra unos crímenes pero no contra otros, y todo en nombre de los «derechos humanos».


    Está  claro que esos grupos, de amplia y generosa cobertura en la prensa  española, no  defienden los derechos humanos, sino otra cosa, y poco sosiego promueve el  predicamento del que gozan por parte de algunos de nuestros jueces; por cierto,  ahora quieren éstos investigar a los Montoneros, pero por actos posteriores a  1976, cuando su letal actividad entró en declive, y relacionados con los  subordinados de la  organización, no con sus numerosos crímenes  precedentes.
 
    Esta visión anómala  enlaza con la distorsión de creer que los golpes militares sudamericanos se  produjeron porque sí, por pura perversión capitalista e imperialista, sin que  hubiera fenómenos como el terrorismo o la desestabilización asociados a la  Guerra Fría.

Es, así, normal leer que Pinochet«sepultó la democracia en Chile», como si el desastroso gobierno de Allende no  hubiese existido, y como si el propio Parlamento chileno no hubiese requerido a  los militares en 1973 que pusieran coto a los  desmanes   de la Unidad Popular.

 Diré algo a continuación sobre la democracia en la Argentina, pero cabe apuntar  que esta asimetría la padecemos aquí, cuando la izquierda agita la patraña que  identifica al PP y el franquismo, y vuelve con el invento según el cual aquí  también hubo un solo malo, Franco, que «se alzó contra la democracia», como si  la izquierda careciese de responsabilidades en esos oscuros años de nuestra  historia (véase «La memoria histérica», Expansión, 30 junio  2003).
 
    Un caso interesante  de ponderación selectiva del pasado tiene que ver  con crímenes cometidos en la  Argentina bajo la democracia, y no sólo los ya    mencionados del terrorismo de  izquierdas.

 Fuerzas policiales y parapolicialesprovocaron un millar de desaparecidos entre 1973 y 1976.


  Los diputados y  senadores peronistas que acaban de aprobar la nulidad de las leyes de Punto  Final y Obediencia Debida no mencionaron esos tiempos de  la Triple A y otras  muestras de represión en una democracia en parte  gobernada por una señora tan  peronista que era la mujer de Perón.


Doña Isabel está viva, libre, nadie la  importuna ni mucho menos procesa, y  eso que reside a tiro de auto del juez  Garzón en Madrid.

Carlos Floria y Rafael Braunresumieron la desigualdad hace poco en La Nación de  Buenos Aires:
    «Los numerosos hechos de violencia ocurridos a lo largo de los gobiernos constitucionales de 1973-76 quedaron sin sanción.

Las reclamaciones y protestas por la injusticia y la impunidad suelen dejar fuera el período de fines de los 60 hasta 1976, llamativamente ausente de los análisis y    denuncias  contra el pasado represor y violento».
 
    Notable asimetría  hispanoargentinaes el entusiasmo en España para que se juzgue ¡a otros! Este bendito país transitó a la democracia sólo tras la conveniente muerte natural del dictador, y merced a una amnistía por la cual  aquí no se juzgó absolutamente a nadie.

 Eso era lo correcto, lo europeo, lo  avanzado, lo progresista, lo democrático y lo tolerante, considerando la  importancia de la paz social y de evitar la recombustión de antiguas  confrontaciones.

Estupendo. Acto seguido, prohibimos a los argentinos que nos  imitaran: ya se sabe, ellos no son europeos, ni avanzados, ni necesitan  tolerantes cuidados para conservar la paz social.
 
    Esta asimetría es  ignorada por muchos que celebran «el fin de la amnistía en Argentina», pero que  se escandalizarían si se aplicara ese razonamiento a España, cuando es nítido  que la Argentina emprendió una delicadísima transición a la democracia tras la  catástrofe de las Malvinas, con una economía ruinosa, y con unos dictadores  vivos, a los que, para colmo, juzgó -insuficientemente, se dirá, pero juzgó  (exploro con más detalle varios de estos aspectos en: «Otra versión de la  Argentina: grandes éxitos y no tan grandes fracasos», Revista de Occidente,  octubre 2002).
 
    Un abogado  «progresista» aseguró que está bien juzgar salvajadas de los años setenta en la  Argentina, pero no juzgar salvajadas en la España de los años treinta y  cuarenta, curiosa teoría en boca de quienes  machacan con eso de que los crímenes  contra la humanidad no prescriben.

Un  diario madrileño editorializó muy serio  que para «reconciliar a todo un pueblo con su memoria y restablecer la dignidad  colectiva» hay que sentar en el    banquillo a 2.000 militares argentinos.

El mismo  diario habría puesto el grito en el cielo si en los setenta la derecha o la  izquierda hubiesen aspirado a basar nuestra transición en análoga  «reconciliación»: en esos años esa misma palabra fue muy utilizada para  significar lo contrario, es decir, el perdón mutuo.

Pero eso era para nosotros,  un país adelantado, que queríamos dejar atrás civilizadamente el pasado. A los argentinos lesdemandamos otra cosa, les jaleamos con consignas como «no a la impunidad» y les exigimos que hagan lo que nosotros no hicimos.

 Con esta hipocresía, además, damos aires a grupos siniestros que tienen mucho que responder sobre los desastres de su país.


      Un periodista  argentino, que fue dirigente de los Montoneros, se felicitó por «los vientos de  verdad y de justicia» que corren por su país y por América Latina. Corren  vientos, sí, pero no de eso.

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