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Los consensos inútiles

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autor citado por el envío: James Neilson 

Esperemos que el vicepresidente Daniel Scioli sólo haya bromeado cuando,  luego de ser asaltado por el jefe por haber dicho lo que pensaba, se  proclamó “un hombre de consenso”. 

Sucede que hoy en día lo que más necesita  la Argentina son dirigentes políticos e intelectuales que estén dispuestos a  mofarse del consenso de turno. 

Por cierto, si vale algo la experiencia  nacional en esta materia, un consenso, o sea, otro momento dorado en el que  la gente se felicita con unción por haber encontrado al fin la verdad, no es  sino el preludio de una nueva y gigantesca decepción.   

 Puede que Néstor Kirchner lo haya olvidado, pero dista de ser el primer  político que para envidia de sus rivales haya contado con la viva aprobación  del 70 u 80% de sus compatriotas.

 También conocieron su hora de esplendor  consensuado el ya decrépito Juan Domingo Perón en ocasión de su regreso  triunfal de la España del generalísimo Franco, Leopoldo Fortunato Galtieri,  Raúl Alfonsín, Carlos Menem y, ayer nomás, Fernando de la Rúa y Domingo  Cavallo. 

Felizmente, en marzo de 1976 los militares ni siquiera permitían  que los clubes de fútbol celebraran elecciones: de habérseles ocurrido  organizar un plebiscito, los resultados seguirían indignando a los resueltos  a rendir homenaje a la sabiduría popular. La noción rousseauiana de que “el  pueblo siempre tiene razón” es un disparate. 

A veces puede acertar, pero  será por casualidad, no por algún motivo místico.  

Con todo, es posible que andando el tiempo el “consenso” nacional, lo mismo  que sus equivalentes de algunas otras latitudes coyunturalmente afortunadas,  termine acercándose a la clase de estrategia sociopolítica que serviría para  que el país comenzara a superar sus problemas más angustiantes, pero por  desgracia no existen demasiados motivos para suponer que ya haya iniciado  dicha etapa. 

Que éste fuera el caso no debería sorprendernos en vista de los  traumas ocasionados por las calamidades inverosímiles de los años últimos  que, es innecesario decirlo, no han contribuido del todo a crear un clima  propicio para la lucidez colectiva.    

Asimismo, la clase política, el conjunto de hombres y mujeres, más sus  compañeros de ruta mediáticos, que nos llevó al despeñadero por el que buena  parte del país se precipitó hace poco, apenas se ha modificado. 

Las  elecciones que aún quedan no cambiarán mucho: se prevé que los que salgan  airosos de la prueba serán mayormente peronistas, es decir, personas que por  haberse formado en el seno de la cultura política hegemónica son  conservadoras por antonomasia. 

Lejos de estar dispuestos a aprender de sus  errores, los integrantes de las élites dirigentes están más interesados en  brindar la impresión de que siempre tuvieron razón, que los culpables de los  desastres colectivos fueran otros que traicionaron a Perón, Evita, el “Che”  o Yrigoyen. 

Por ahora, los “neoliberales” y “menemistas” ocupan el banquillo  de los acusados; mañana, los “populistas” los remplazarán una vez más porque  tal y como están las cosas las perspectivas no son buenas.    

A sabiendas de que por razones muy comprensibles “la gente” está harta de la  situación en la que se encuentra, Kirchner ha optado por aprovechar su  rencor ensañándose con empresarios nativos y extranjeros, banqueros ídem,  economistas a su entender no keynesianos y muchos otros que llamaron la  atención en los años noventa del siglo pasado.

 Aunque no cabe duda de que  los blancos de la ira presidencial incluyen a algunos personajes muy  desagradables, el futuro de la economía depende en buena medida tanto de  ellos como de sus congéneres relativamente más simpáticos. 

Si el  establishment mundial llega a la conclusión de que el gobierno no sólo no le  gusta sino que hará cuanto pueda por hacerle la vida imposible, quienes se  supongan aludidos se negarán a invertir sus dinerillos cuantiosos en el país  y aconsejarán a los demás a seguir su ejemplo, con el resultado de que no  vendrán más capitales, no se abrirán más negocios y las únicas fuentes de  trabajo nuevas serán las suministradas por los planes Jefes y Jefas de  Hogar. 

Peor aún, hoy en día es necesario correr a un buen ritmo para  quedarse en el mismo lugar: sin una recuperación muy fuerte muy pronto, las  empresas se desactualizarán cada vez más, los ejecutivos y técnicos no se  mantendrán debidamente capacitados y los que puedan, los más talentosos,  continuarán emigrando, de modo que incluso si el mismísimo lord Keynes  volviera de la tumba para manejar la economía con plenos poderes no le sería  dado hacer nada.   

 Es evidente -por lo menos, debería serlo- que cuando una “crisis” que ya ha  durado medio siglo culmina en un desastre que deja a un país “fuera del  mundo”, como decía el presidente interino Eduardo Duhalde, a todos los  dirigentes les convendría intentar entender por qué les ha ido tan mal y a  muchos otros países tan asquerosamente bien, pero Kirchner y los suyos,  militantes de una de las corrientes tradicionales más poderosas e  influyentes del peronismo, no se han propuesto arriesgarse cavando hondo. 

 Por orgullo y por interés, quieren endosar la responsabilidad exclusiva de  la tragedia argentina a sus enemigos internos de siempre, maniobra que en  términos políticos ha funcionado a las mil maravillas porque ayer parece aún  peor que anteayer pero que no les permite examinar sin ilusiones las causas  auténticas de una decadencia rocambolesca que por cierto no comenzó en 1995,  en 1989, en 1975 o en 1955. 

El que todos los países latinoamericanos sin  excepción sean “subdesarrollados” desde hace muchas décadas y que todos  compartan muchas características es prueba suficiente de lo vano que es  atribuir sus problemas a medidas recientes o a teorías que estaban en boga  un par de años atrás.    

En el exterior, la popularidad actual de Kirchner es considerada tan  inexplicable como en su momento era aquélla de otros políticos como Perón,  de ahí las críticas severas de los medios europeos por su actuación poco  elegante durante su breve visita a sus metrópolis, en el transcurso de la  cual se dedicó a desairar a sus anfitriones a cambio del aplauso de sus  admiradores en casa. 

A juicio incluso de los progresistas europeos que  ovacionaban su decisión de reabrir el libro de la guerra sucia para revisar  lo que muchos presumieron serían los capítulos finales, las ideas de  Kirchner y de su entorno son extrañamente arcaicas, propias de los años  setenta, razón por la que su “proyecto”, si es que uno existe, sencillamente  no podrá prosperar. 

En su opinión, y en aquélla de sus homólogos  norteamericanos, a la Argentina le sería mejor distanciarse de un pasado  colmado de fracasos de todo tipo de lo que le sería ir en busca de él con la  esperanza de poder retornar a un período anterior al desembarco de los malos  de la película kirchneriana.    

¿Se justifica tanto escepticismo sobre las posibilidades de lo que es, al  fin y al cabo, un gobierno todavía nuevo que está bregando por crear una  “base de sustentación” que sea menos traicionera que la brindada por las  encuestas de opinión? Claro que se justifica. 

De todos los países del  planeta, la Argentina es la que menos puede darse el lujo de perder el  tiempo entreteniéndose con sombras. 

Si bien los juegos de los políticos y la  embestida contra los vinculados con la guerra sucia no obstante, el panorama  actual parece gratamente tranquilo, esto no quiere decir que el deterioro no  sea constante y que no pueda incidir en el porvenir. 

Mucho más que en otros  países, ya es normal que los argentinos, trátese de jóvenes egresados del  secundario o de científicos que en otras circunstancias estarían entre los  más cotizados del planeta, estén desocupados o cumplan funciones para las  que están absurdamente “sobrecalificadas”.    

Después de cuatro o cinco años más de estancamiento mitigado a lo sumo por  “veranitos” esporádicos, la brecha así supuesta habrá desaparecido porque,  al no poder la economía subir hasta el nivel de la mano de obra, en términos  cualitativos ésta descenderá para adecuarse a la economía que efectivamente  se dé. 

Cuando la convergencia así supuesta se haya consolidado, la Argentina  sí será otro país.  

 

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