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De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso.
El sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente a su tarea de reparar el daño hecho.William Shakespeare
Los consensos inútiles
autor citado por el envío: James Neilson
Esperemos que el vicepresidente Daniel Scioli sólo haya bromeado cuando, luego de ser asaltado por el jefe por haber dicho lo que pensaba, se proclamó “un hombre de consenso”.
Sucede que hoy en día lo que más necesita la Argentina son dirigentes políticos e intelectuales que estén dispuestos a mofarse del consenso de turno.
Por cierto, si vale algo la experiencia nacional en esta materia, un consenso, o sea, otro momento dorado en el que la gente se felicita con unción por haber encontrado al fin la verdad, no es sino el preludio de una nueva y gigantesca decepción.
Puede que Néstor Kirchner lo haya olvidado, pero dista de ser el primer político que para envidia de sus rivales haya contado con la viva aprobación del 70 u 80% de sus compatriotas.
También conocieron su hora de esplendor consensuado el ya decrépito Juan Domingo Perón en ocasión de su regreso triunfal de la España del generalísimo Franco, Leopoldo Fortunato Galtieri, Raúl Alfonsín, Carlos Menem y, ayer nomás, Fernando de la Rúa y Domingo Cavallo.
Felizmente, en marzo de 1976 los militares ni siquiera permitían que los clubes de fútbol celebraran elecciones: de habérseles ocurrido organizar un plebiscito, los resultados seguirían indignando a los resueltos a rendir homenaje a la sabiduría popular. La noción rousseauiana de que “el pueblo siempre tiene razón” es un disparate.
A veces puede acertar, pero será por casualidad, no por algún motivo místico.
Con todo, es posible que andando el tiempo el “consenso” nacional, lo mismo que sus equivalentes de algunas otras latitudes coyunturalmente afortunadas, termine acercándose a la clase de estrategia sociopolítica que serviría para que el país comenzara a superar sus problemas más angustiantes, pero por desgracia no existen demasiados motivos para suponer que ya haya iniciado dicha etapa.
Que éste fuera el caso no debería sorprendernos en vista de los traumas ocasionados por las calamidades inverosímiles de los años últimos que, es innecesario decirlo, no han contribuido del todo a crear un clima propicio para la lucidez colectiva.
Asimismo, la clase política, el conjunto de hombres y mujeres, más sus compañeros de ruta mediáticos, que nos llevó al despeñadero por el que buena parte del país se precipitó hace poco, apenas se ha modificado.
Las elecciones que aún quedan no cambiarán mucho: se prevé que los que salgan airosos de la prueba serán mayormente peronistas, es decir, personas que por haberse formado en el seno de la cultura política hegemónica son conservadoras por antonomasia.
Lejos de estar dispuestos a aprender de sus errores, los integrantes de las élites dirigentes están más interesados en brindar la impresión de que siempre tuvieron razón, que los culpables de los desastres colectivos fueran otros que traicionaron a Perón, Evita, el “Che” o Yrigoyen.
Por ahora, los “neoliberales” y “menemistas” ocupan el banquillo de los acusados; mañana, los “populistas” los remplazarán una vez más porque tal y como están las cosas las perspectivas no son buenas.
A sabiendas de que por razones muy comprensibles “la gente” está harta de la situación en la que se encuentra, Kirchner ha optado por aprovechar su rencor ensañándose con empresarios nativos y extranjeros, banqueros ídem, economistas a su entender no keynesianos y muchos otros que llamaron la atención en los años noventa del siglo pasado.
Aunque no cabe duda de que los blancos de la ira presidencial incluyen a algunos personajes muy desagradables, el futuro de la economía depende en buena medida tanto de ellos como de sus congéneres relativamente más simpáticos.
Si el establishment mundial llega a la conclusión de que el gobierno no sólo no le gusta sino que hará cuanto pueda por hacerle la vida imposible, quienes se supongan aludidos se negarán a invertir sus dinerillos cuantiosos en el país y aconsejarán a los demás a seguir su ejemplo, con el resultado de que no vendrán más capitales, no se abrirán más negocios y las únicas fuentes de trabajo nuevas serán las suministradas por los planes Jefes y Jefas de Hogar.
Peor aún, hoy en día es necesario correr a un buen ritmo para quedarse en el mismo lugar: sin una recuperación muy fuerte muy pronto, las empresas se desactualizarán cada vez más, los ejecutivos y técnicos no se mantendrán debidamente capacitados y los que puedan, los más talentosos, continuarán emigrando, de modo que incluso si el mismísimo lord Keynes volviera de la tumba para manejar la economía con plenos poderes no le sería dado hacer nada.
Es evidente -por lo menos, debería serlo- que cuando una “crisis” que ya ha durado medio siglo culmina en un desastre que deja a un país “fuera del mundo”, como decía el presidente interino Eduardo Duhalde, a todos los dirigentes les convendría intentar entender por qué les ha ido tan mal y a muchos otros países tan asquerosamente bien, pero Kirchner y los suyos, militantes de una de las corrientes tradicionales más poderosas e influyentes del peronismo, no se han propuesto arriesgarse cavando hondo.
Por orgullo y por interés, quieren endosar la responsabilidad exclusiva de la tragedia argentina a sus enemigos internos de siempre, maniobra que en términos políticos ha funcionado a las mil maravillas porque ayer parece aún peor que anteayer pero que no les permite examinar sin ilusiones las causas auténticas de una decadencia rocambolesca que por cierto no comenzó en 1995, en 1989, en 1975 o en 1955.
El que todos los países latinoamericanos sin excepción sean “subdesarrollados” desde hace muchas décadas y que todos compartan muchas características es prueba suficiente de lo vano que es atribuir sus problemas a medidas recientes o a teorías que estaban en boga un par de años atrás.
En el exterior, la popularidad actual de Kirchner es considerada tan inexplicable como en su momento era aquélla de otros políticos como Perón, de ahí las críticas severas de los medios europeos por su actuación poco elegante durante su breve visita a sus metrópolis, en el transcurso de la cual se dedicó a desairar a sus anfitriones a cambio del aplauso de sus admiradores en casa.
A juicio incluso de los progresistas europeos que ovacionaban su decisión de reabrir el libro de la guerra sucia para revisar lo que muchos presumieron serían los capítulos finales, las ideas de Kirchner y de su entorno son extrañamente arcaicas, propias de los años setenta, razón por la que su “proyecto”, si es que uno existe, sencillamente no podrá prosperar.
En su opinión, y en aquélla de sus homólogos norteamericanos, a la Argentina le sería mejor distanciarse de un pasado colmado de fracasos de todo tipo de lo que le sería ir en busca de él con la esperanza de poder retornar a un período anterior al desembarco de los malos de la película kirchneriana.
¿Se justifica tanto escepticismo sobre las posibilidades de lo que es, al fin y al cabo, un gobierno todavía nuevo que está bregando por crear una “base de sustentación” que sea menos traicionera que la brindada por las encuestas de opinión? Claro que se justifica.
De todos los países del planeta, la Argentina es la que menos puede darse el lujo de perder el tiempo entreteniéndose con sombras.
Si bien los juegos de los políticos y la embestida contra los vinculados con la guerra sucia no obstante, el panorama actual parece gratamente tranquilo, esto no quiere decir que el deterioro no sea constante y que no pueda incidir en el porvenir.
Mucho más que en otros países, ya es normal que los argentinos, trátese de jóvenes egresados del secundario o de científicos que en otras circunstancias estarían entre los más cotizados del planeta, estén desocupados o cumplan funciones para las que están absurdamente “sobrecalificadas”.
Después de cuatro o cinco años más de estancamiento mitigado a lo sumo por “veranitos” esporádicos, la brecha así supuesta habrá desaparecido porque, al no poder la economía subir hasta el nivel de la mano de obra, en términos cualitativos ésta descenderá para adecuarse a la economía que efectivamente se dé.
Cuando la convergencia así supuesta se haya consolidado, la Argentina sí será otro país.
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