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lectura "“DEBEMOS RECUPERAR

LA CULTURA DEL ESFUERZO””

POR CARLOS SCHULMAISTER

 


 


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Entre nosotros la cultura del esfuerzo la trajeron los históricos inmigrantes europeos plasmada en su conducta, en sus principios y en sus frutos, transformando así nuestro país desde el siglo XIX. Sus valores fueron el esfuerzo, el sacrificio, el ahorro, la austeridad, el entusiasmo, la esperanza, las ilusiones, y muchos más que en gran medida se transmitieron a las costumbres de los argentinos en general durante un siglo y medio. En suma, todos distintas formas del bien y del amor.  

No se puede negar que aquella cultura nacía del hambre, de la vergüenza, del perfecto conocimiento de lo que estaba bien y lo que estaba mal, y de la fe ciega en esa distinción; por consiguiente, de la voluntad de millones de personas libradas a las decisiones de su conciencia moral.

Eran tiempos en los cuales ni el hambre ni el desempleo se subsidiaban por los gobiernos, y cuando la vida les hacía tomar conciencia de la humillación que la pobreza conlleva aquellos pobres no se victimizaban ni se vestían de pobres ni en la religión ni en las ideologías pues éstas los instaban a luchar contra la pobreza empezando por casa, es decir, por ellos mismos. Eran pobres y no querían serlo, eran por lo tanto inmensos en su dignidad. Por eso la pobreza los indignaba y generaba en ellos sentimientos profundos de rebeldía.  Es sabido que la solidaridad nace del amor, pero también de la rebeldía.

Los inmigrantes dieron el ejemplo a los nativos. Pero no todos lo tomaron. Peor aún, muchos se abroquelaron en un resentimiento social sin salida real, que se volvió egocentrista, y que muchas veces se disfrazó de solidaridad. La historia nos enseñó y nos sigue enseñando que cuando ésta nace del resentimiento no es solidaridad ni sirve para construir sino para destruir.

La historia y la política real nos enseñaron que el resentimiento es una formidable usina de energía fácil de conducir por los genios inmorales. Por eso, toda vez que lo veamos actuar es mejor que huyamos de sus promotores, pues esa “solidaridad” sólo conduce al agravamiento de todos los males.

Hace unos años venían trabajadores extranjeros de países vecinos a ocupar los puestos vacantes dejados por quienes prefieren ser mantenidos por las políticas asistencialistas (clientelistas es lo correcto). Hoy siguen viniendo más trabajadores de esos lugares pero para integrar nóminas clientelares de políticos y autoridades provinciales y nacionales y ser mantenidos por ello, pero sin siquiera trabajar.

Hoy la pobreza no genera solidaridad y mucho menos piedad entre los propios pobres, que terminan matándose entre sí. Ya la pobreza se ha naturalizado y se ha legitimado como dato concreto de una realidad tremendamente inmoral. Pero entre nosotros ella existe no porque constituya una esencia perversa del sistema capitalista, como mienten y mistifican tantos estúpidos que creen esa tremenda mentira del universo mítico de las ideas llamadas de izquierda. Es más, entre nosotros existe cada vez menos capitalismo y en consecuencia más pobreza.

De modo que los pobres de hoy, convertidos en iconos imprescindibles para los gobiernos para “justificar” el seudo “socialismo del siglo XXI”, compensan su condena social y política mirándose en los espejos oficialistas, de donde terminan sintiéndose próceres, combatientes históricos del presente, en tanto los malvados de la película son  para ellos quienes trabajan, ganan, prosperan y disfrutan de sus esfuerzos… como si alguien les prohibiera a ellos tomar una pala y agacharse sobre la tierra.
 
Estas representaciones emocionales son asumidas y reproducidas con vehemencia por las cada vez más nutridas comparsas de bufones y “combatientes” de retaguardia. Obviamente, a sus contenidos no los inventan ellos mismos sino los escribas y amanuenses del poder, vendidos por un plato de lentejas hasta completar los años requeridos para el retiro, la meta de todo intelectual mediocre pues -piensan- ¡si tantos Montoneros supérstites se acomodaron espléndidamente en el gobierno cómo  ellos no habrían de hacer lo mismo, con toda la preparación que tienen! ¡Cómo no van a merecer alguna gratificación suculenta si gracias a ellos son llevadas  a cabo todas las manipulaciones que necesita el gobierno, tanto por izquierda como  por derecha.

La frase que encabeza esta nota es una clara convocatoria a trabajar más, a no conformarse con lo obtenido cuando no es suficiente para nuestras necesidades, a no resignarnos a la mediocridad y por ende a fortalecer la voluntad como reaseguro para enfrentar las adversidades.

Pero en la práctica no pasa de ser una frase hecha, un mero enunciado para latinoamericanos, constantemente boicoteada por aquellos mismos que la instalan y la predican desde los estamentos dirigenciales de la política, de los sindicatos y de la escuela en las últimas décadas, increíblemente coincidentes en esta cuestión de no transpirar demasiado.

De hecho, aunque las más altas autoridades políticas la repitan a intervalos regulares (y por cierto así ha ocurrido en todos los tiempos y por todos los partidos políticos) en la realidad vivimos la cultura del menor esfuerzo, o mejor dicho la cultura del facilismo.

Entonces cabe preguntarse cómo se sale de este estado ominoso. ¿Acaso con decretos del tipo “a partir de mañana somos una potencia”? Perdón, de pasado mañana… mañana hay que festejar.

Todos saben, aunque a algunos no les convenga, cómo se sale de esto. No es una cuestión política, ni ideológica por cierto. Es de otro tipo. Y por obvia no la mencionaré. De paso, por las dudas… si alguno no entiende… que piense un poco…

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