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De la Seguridad Nacional a una doctrina de Defensa

Comodoro Oscar E. Rodriguez Lavalle


La irrupción militar en el escenario político argentino, repetida cíclicamente durante casi medio siglo de vida nacional, confirió a la relación entre la clase política y el sector castrense un carácter conflictivo, que devino en una de las constantes más dañinas de nuestra historia reciente. 

Entre otros efectos más evidentes, esta patológica relación tuvo consecuencias especialmente nefastas en el área de la defensa nacional. 

No podía ser de otro modo, ya que es en esa área donde las FF.AA. encuentran su razón de ser, y la política su responsabilidad más trascendente. 

Cuando políticos ejercieron el gobierno tendieron a desentenderse de la defensa, como si ésta fuera un problema estrictamente militar.

 Cuando lo ejercieron militares, la instancia de la estrategia general quedó absorbida o brilló por su ausencia, dejando a la defensa nacional huérfana de dirección superior o reducida a los preparativos que a veces sin demasiada convicción efectuaban las FF.AA. para atender a las hipótesis de guerra (desde luego, tal como éstas eran previstas por cada una de ellas). 

Probablemente la defensa nacional sufrió más que ninguna otra área del Estado las consecuencias de nuestra prolongada anormalidad institucional, ya que la falta de conducción superior se mantuvo constante durante todo el período de alternancia de civiles y militares en el poder. 

La crisis militar, cuyas heridas parecieran estar cicatrizando ahora, sin perjuicio de sus causas manifiestas y evidentes, es expresión del desorden que durante tanto tiempo ha predominado en el área de la defensa nacional.

 Si durante medio siglo políticos y militares encontraron razones suficientes para desconfiarse mutuamente, pareciera ya que nuestro sistema político se ha consolidado -en medida suficiente al menos- como para no abrigar temor alguno respecto de las FF.AA. ¿Podrá entonces cerrarse definitivamente la crisis militar? 

En mi opinión, esto no será posible mientras una nueva doctrina de defensa no ocupe el vacío dejado por la así llamada "Doctrina de la Seguridad Nacional". 

No obstante la ligereza con que se la ha condenado atribuyéndole culpas ajenas, la Ley 16.970 había quedado desactualizada antes de su formal derogación. 

Sus definiciones en torno al bienestar y seguridad (que son motivo de atribuírsele un sistema doctrinario que en rigor nunca existió), responden a los enfoques teóricos y a las obsesiones políticas de hace treinta años.

 Cualquiera sea el juicio de valor que se le atribuya, su obsolescencia es reconocida por tirios y troyanos. 

El inventario final de sus méritos y falencias puede esperar el juicio de la historia. Su reemplazo, en cambio, es una necesidad perentoria. 

La defensa nacional debe volver a plantearse integralmente. Es indispensable que se acierte a dar a las FF.AA. una nueva misión. Que los políticos evalúen con realismo los problemas de la defensa y acepten las responsabilidades que en el campo militar, implican las funciones de gobierno. 

Que los militares sean conducidos y controlados en el cumplimiento de su función es-pecífica. Para ello, urge la necesidad de un lenguaje doctrinario común, que sirva para explicitar los principios, los conceptos, los propósitos y la asignación de responsabilidades en el área de la defensa nacional. Semejante doctrina no podrá copiarse de tratados extranjeros. 

Deberá ser el fruto de un esfuerzo original, que tome en cuenta la experiencia intransferible de una sociedad que vivió tantos años de desencuentro, en los que rencores e ideologismo afectaron hasta la misma racionalidad de nuestra cultura política. 

Deberá partir de una evaluación realista de la situación argentina en el mundo de hoy, y definir los conceptos básicos de una defensa nacional acorde con los requerimientos que surgen del contexto internacional. Una nueva doctrina de defensa (NDD) debería ser subjetiva en cuanto capitalice las experiencias de nuestra historia reciente. 

Debería asimismo ser objetiva en cuanto la interpretación del mundo, y realista en cuanto a la comprensión de nuestra posición relativa. A la hora de puntualizar los factores relevantes de la situación mundial, interesa sobre todo relevar aquellos hechos irreversibles que por recientes no han manifestado aún sus consecuencias finales. 

Entre ellos se destacan principalmente dos. El primero, de índole ideológica, está referido a la teoría de la guerra; el segundo, de carácter fáctico, analiza la influencia posible de un nuevo orden internacional sobre la cuestión que nos ocupa.

LA VICTORIA DEL PACIFISMO Décadas de convivir con la idea de que la vida humana, o al menos la civilización, pudieran acabar en pocas horas a causa de una mutua agresión termonuclear entre los bloques que hasta hace poco ordenaban el mundo, han cambiado profundamente los modos de pensar sobre la guerra y la paz.

 Los movimientos pacifistas que surgieron en Europa como consecuencia de la Primera Guerra Mundial, probablemente contribuyeron a hacer posible la Segunda, al favorecer la indefensión de las potencias que hubieran podido contener a Hitler. 

Su fracaso era inevitable, porque se basaban en la errónea creencia de que bastaba con eludir todo preparativo bélico, condenar toda acción violenta y manifestar la intención de no hacer la guerra, para asegurar la paz.

 Desatendían el hecho de que la guerra no es un vicio moral de la humanidad, sino un procedimiento inventado por el hombre para resolver ciertos conflictos. Conflictos con entidad propia, que reclamaran ser solucionados antes de permitir el goce de la paz. Olvidaban que la paz debe construirse; que ella es, como la guerra, una hechura del hombre y no el espacio baldío que deja la guerra omitida. 

Pese a su rotundo fracaso, los padecimientos de la Segunda Guerra Mundial dieron nuevas ínfulas a toda clase de pacifismos. 

Y los estrategas inventan entonces la guerra fría. Básicamente, un acuerdo para mantener baja la temperatura del conflicto central, mientras se maniobra para exacerbar cuantas contradicciones y disputas en la periferia pudieran perjudicar la situación del adversario. 

La contienda se desarrolla entonces a la distancia, con actores interpósitos para quienes la guerra se manifestaba tan caliente como la que más. Los poseedores de armamento atómico no se enfrentarán directamente, pero el conflicto central sigue pendiente. 

Se manifiesta en toda su crudeza a través de la competencia por obtener y almacenar las más excelentes armas que aseguren la destrucción más completa del adversario. 

La tecnología de los armamentos, en su incesante progreso, a la vez que hace al holocausto atómico más factible técnicamente, lo hace moralmente inaceptable y objetivamente más improbable. 

La guerra fría fue el medio de evitar la contienda directa entre los grandes. Hoy podemos darla por muerta. 

Su deceso se produjo casi sorpresivamente ante el agotamiento de uno de los contendientes. 

Su herencia, todavía no ha podido ser inventariada. No obstante, la impresión profunda causada por las espantosas visiones de la guerra termonuclear que contribuyó a evitar, ha originado cambios notables en el pensamiento estratégico, que parecen destinados a durar. 

En efecto, la escala del daño y la matanza previsibles para la guerra atómica que muy probablemente pudo (y aún puede) ocurrir, ha estropeado la reputación de racionalidad que estábamos dispuestos a atribuir a "La guerra" como el medio adecuado para la resolución de conflictos. 

Cuando las estrategias contrapuestas contemplan la mutua destrucción asegurada como un resultado posible de la lucha, la razón retrocede, y al admitir que se ha ido demasiado lejos, se detiene ante el fenómeno de la guerra con una nueva actitud. 

Como muchos de los grandes cambios ideológicos destinados a alcanzar dimensión histórica, las nuevas ideas influyen los acontecimientos desde mucho antes de alcanzar una acabada formulación doctrinaria. Lo hacen a menudo calladamente, con disimulo de su verdadera eficacia. 

No obstante, nos es reconocible que en el mundo de hoy, como nunca antes en la historia, la guerra soporta una valoración altamente negativa. De manera tal que ya nadie se atrevería a propiciar la guerra simplemente como instrumento o prolongación de la política. 

Es vista, más bien como una calamidad que sobreviene como consecuencia de los grandes fracasos de la política. Las originales definiciones de Clausewitz (relacionando guerra y política), suenan hoy como una mezcla de ingenuo racionalismo y cinismo descarado. 

Poco importa en realidad argumentar contra esa percepción, ella está incorporada a la ideología de nuestro tiempo. Lo cierto y definitivo es que la guerra ya no es un recurso legítimo. ¿Se aumentarán así las probabilidades de evitarla? ¿Significa esto que la superación histórica de tan antiguo método de resolver conflictos esté finalmente al alcance de la mano? 

Esto no está muy claro todavía. Los grandes hitos históricos sólo son claros para los historiadores. 

Ellos contemplan la sucesión de los acontecimientos desde la perspectiva del tiempo que permite distinguir las relaciones causales que ligan los hechos y las ideas. 

Jamás lo son para los actores de cada escenario. De cualquier manera, mientras se dicen adversos a la guerra, los estados continúan invirtiendo en sus respectivos instrumentos bélicos. 

Quizás más que por doblez o hipocresía, por la carencia de una nueva teoría que supere la concepción clásica de la guerra y establezca un derecho de las naciones capaz de prescindir de ella. 

Probablemente en nuestros días, los nuevos conceptos no impedirán que haya guerras, pero al cambiar radicalmente la forma en que establecemos su relación con la política, éstas serán más infrecuentes y acotadas. 

Se sobreentiende ahora que entre dos estados civilizados la guerra sólo acontecería luego de un prolongado proceso de negociaciones directas o indirectas, que incluirán seguramente la intervención de terceros en función de mediación, buenos oficios, arbitraje, etc.; se espera también que las acciones violentas se dosifiquen cuidadosamente, para que puedan detenerse en el punto preciso para alcanzar un arreglo aceptable; que el empeñamiento generalizado de la masa de las fuerzas militares no se produzca sino luego de una escalada de acciones hostiles espaciadas en el tiempo para dar lugar un cambio de actitud del adversario.

 Sólo quien haga la guerra con repugnancia, obligado por su enemigo, conservará el certificado de buena conducta en el concierto de las naciones. 

Poco importa en realidad cuanto de hipocresía haya en estas pautas, ellas están vigentes y el sistema internacional les confiere eficacia. 

Quizás estén construyendo los rudimentos de un derecho internacional del futuro o pasen de moda sin dejar huella alguna, como tantas ideas del pasado. 

Durante algún tiempo, al menos, el pulsador de la guerra no desaparecerá del teclado estratégico a disposición de la política, pero su uso estará restringido y condicionado por el empleo previo de cierto número de teclas que deberían brindar otras tantas oportunidades de resolver el conflicto. 

Ya no será una rápida cirugía que se prescribe con liviandad, sino la consecuencia indeseable de una fallida sucesión de procedimientos (pacíficos o violentos) que la política utiliza para sus fines.

EL NUEVO ORDEN INTERNACIONAL El fin de la guerra fría, que sobreviene casi de sorpresa ante la inesperadamente rápida debacle de la URSS, nos deja en una situación inédita, caracterizada por el predominio indiscutible de una potencia que, además de poseer una superioridad apabullante, encabeza un bloque constituido por los estados más poderosos del planeta. 

Tal conjunción de factores parece abrir, para el futuro próximo, condiciones excepcionalmente propicias para la paz mundial. 

La crisis del Golfo Pérsico en 1991 -sobre todo, la forma en que se le dió fin- indicarían que los Estados no sólo han aprendido a darse civilizadamente una ley, sino que también supieron unirse para imponerla por la fuerza. 

Las Naciones Unidas no sólo dieron voto favorable a la represión de una transgresión a la ley internacional, sino que fueron capaces de otorgar la fuerza coercitiva necesaria para vencer la resistencia de Irak.

 Si esa actuación no fuera un hecho aislado, sino que inaugurase una nueva y definitiva etapa en la trayectoria de la organización, es indudable que en el futuro su contribución al mantenimiento de la paz podrá ser mucho más eficiente de lo que ha sido hasta ahora. 

Ningún Estado razonable recurriría a la guerra para obtener sus fines. Los no razonables serían rápidamente doblegados o destruidos. La coyuntura ofrece una sólida oportunidad. ¿La humanidad podrá al fin liberarse del flagelo de la guerra? Los siguientes hechos favorecen una visión optimista: 

1) La valorización que la opinión universalmente predominante formula sobre la paz y la guerra.

 2) La voluntad manifiesta de una única superpotencia (los EE.UU.) de participar activamente en el diseño de un "nuevo orden internacional". 

3) La capacidad demostrada por la ONU no sólo de condenar, sino también de doblegar a los transgresores a la ley internacional. 

Se contaría entonces con una opinión universal favorable, un liderazgo dispuesto, y un instrumento apto. 

La influencia del pacifismo en las modernas concepciones de la estrategia se han intentado discutir en las líneas precedentes, por lo que pasaremos a analizar las dos siguientes. 

La primera cuestión es si lo sucedido en el conflicto del Golfo Pérsico marca una tendencia, o si sólo fue el resultado de la interacción de factores que no se repetirán. La clara coincidencia de intereses entre las grandes potencias y su dócil alineamiento tras unos EE.UU. tan resueltos a liderar la iniciativa, parecerían pertenecer al segundo grupo. 

El carácter del liderazgo americano merece ser analizado a la luz de la nueva situación. No puede dudarse de que Norteamérica es hoy -y seguirá siendo al menos por cierto tiempo- el Estado más poderoso del planeta; sin embargo, al perder la ex-Unión Soviética su condición de superpotencia, despojó paradójicamente a los EE.UU. de la suya. 

En efecto, no es sólo el poder lo que confiere el carácter de superpotencia, sino el ser una referencia necesaria, un paradigma y un liderazgo para las potencias que se ven obligadas a agruparse a un lado u otro de la línea que separa los territorios de la influencia de las superpotencias. 

Es un concepto dialéctico: hay dos, o no hay ninguna. Esto no dejará de tener consecuencias sobre el ordenamiento estratégico del mundo. Ya no hay sólidos bloques; la disgregación del uno no puede sino debilitar la cohesión del otro. El ocaso de la NATO es, por ejemplo, inevitable más pronto que tarde. 

Paradójicamente podemos predecir que el fin de la guerra fría traerá una multiplicación de los conflictos y un debilitamiento de las alianzas y alineamientos entre los Estados. En todo caso nos es legítimo dudar que cualquier conflicto futuro tendrá asegurado el interés de las grandes potencias, y con mayor razón, que coincidan tan estrechamente en su apreciación del problema. 

Sobre todo, ¿estarán dispuestas a aportar fuerzas militares y a aceptar el costo de arriesgar vidas de sus ciudadanos, en la prosecución de objetivos ajenos a su inmediato interés? Habríamos de ser al menos muy ingenuos para responder afirmativamente sin reservas. 

La reciente Guerra del Golfo puede sugerirnos algunas reflexiones pertinentes. Es paradójico que los cientos de miles de toneladas de armas que acabaron con las fuerzas de Saddam (en su mayor parte lanzadas desde el aire con absoluta impunidad), a la vez que son evidencia abrumadora de superioridad, denotan la carencia de alternativas para la alianza vencedora. 

Esta debió incurrir en la desproporción para asegurarse mínimas bajas (propias) y tiempo de operaciones reducido. Porque tiempos prolongados y elevadas bajas hubieran colapsado su frente interno. 

Esto no sólo es atribuible a los EE.UU. (como secuela de Vietnam), más bien parece ser una tendencia universal que marcará en el futuro límites más estrechos para la real politik. Sentarse sobre las bayonetas ya no es la única cosa que no puede lograrse con ellas. 

¿Por qué esto es así ahora, y no lo fue en tiempos de Talleyrand? Fundamentalmente por dos razones: 

1) La ideología democrática, que es hoy una creencia universalmente compartida, hace a todo poder político extremadamente dependiente de la opinión pública; y 

2) Los sistemas modernos de difusión informativa hacen virtualmente imposible que las noticias incómodas sean escamoteadas a la opinión durante mucho tiempo. En consecuencia, el soporte del público a cualquier esfuerzo bélico dependerá, en primer término, de que se acierte a motivarlo con la dosis exacta de razones morales e intereses concretos capaces de concitar la adhesión mayoritaria. 

En segundo lugar, que se trate de una guerra rápida y económica. En otros términos, exigirá al menos las condiciones siguientes: 

1) que estén comprometidos intereses concretos y tangibles, así percibidos por el común de la gente; 

2) que se pueda formular una justificación ética coherente con el sistema de valores socialmente aceptados; 

3) que el costo, en términos económicos y morales, guarde relación con los objetivos perseguidos. 

Muy probablemente estos requisitos restringirán la libertad de acción de cualquier Estado para la adopción de soluciones bélicas, pero muy especialmente afectarán la capacidad de las grandes potencias para asumir responsabilidades sobre el mantenimiento de la paz y el orden internacionales en áreas o asuntos en los que sus intereses nacionales no estén directamente afectados. 

Más allá de su generosa disposición, un estadista al frente de la mayor potencia militar del mundo estará severamente acotado a la hora de aceptar compromisos respecto de conflictos ajenos.

 De manera tal que ningún Estado razonable puede desatender su propia defensa confiando en que una potencia ordenadora le garantice militarmente el no padecer la agresión de un tercero.

FUERZAS ARMADAS, ¿PARA QUE? En los párrafos antecedentes hemos intentado la discusión de dos cuestiones que darían sentido a la formulación de una pregunta semejante, a saber: que la guerra ya no es un recurso legítimo, y que el orden internacional puede ser asegurado por la acción de una o varias potencias "responsables". 

Hemos concluido afirmando que la ilegitimidad de la guerra no la hace imposible, y que ningún Estado o grupo de Estados puede seriamente asegurar la paz para todos, para siempre. 

La ley define la defensa nacional como la integración de los esfuerzos que realiza el Estado para proteger sus intereses de la acción exterior, en conflictos que requieran el empleo de las FF.AA. 

Establece que su finalidad es garantizar la soberanía, integridad y autodeterminación nacionales. 

Si se reconoce que la dinámica de todo conflicto hace harto difícil determinar a priori si las FF.AA. serán necesarias, mucho más difícil es percibir en qué medida obrarán en cada caso disuadiendo al oponente. 

La definición dirige entonces nuestra atención sobre dos términos: el oponente y el conflicto. Ellos determinarán las previsiones básicas de la defensa nacional. Los teóricos modernos piensan el conflicto no como una instancia eventual, sino como un concomitante necesario de toda interacción humana. 

La relación entre personas o entidades adquiere un aspecto dinámico por la presencia simultánea o sucesiva de intereses enfrentados ocompartidos que motivan la cooperación y el conflicto. 

Naturalmente, nuestro interés en el tema se reduce a la consideración de los conflictos de mayor gravedad que se desarrollen entre Estados. 

El reconocimiento de objetivos contrapuestos da origen al desarrollo del conflicto; su resolución implica necesariamente que uno o ambos actores han de modificar su objetivo. Resolverlo favorablemente significa lograr que el otro renuncie a la prosecución de su objetivo con una mínima o ninguna concesión propia. 

El cambio en la voluntad del otro podrá ser el resultado de una amable negociación o de la coacción más violenta, pero en ambos casos los actores enfrentados se medirán mutuamente en términos de poder. 

El poder de un Estado es en definitiva el resultado tanto de los recursos que posee como de la voluntad de ponerlos en juego, y de la inteligencia con que lo haga. Los recursos que confieren poder son de índole material y espiritual; algunos están a la vista y otros son más difíciles de percibir. 

El instrumento militar de un Estado es, en ese sentido, una manifestación conspicua de poder, en cuanto su mera capacidad destructiva, pero no lo es menos como expresión de resolución e inteligencia. 

Puesto a resolver un conflicto, cualquier Estado lo hace investido de su poder, tal como éste es percibido por su oponente, y aún cuando ni remotamente se contemple la utilización de recursos militares, en cualquier negociación su capacidad militar está a la vista, dando indicio o medida de las otras capacidades menos extrovertidas. 

El interrogante planteado en el título cobra sentido sólo a partir del prejuicio de que la finalidad de las Fuerzas Armadas es la guerra. Se tiende a confundir lo que es una capacidad necesaria con una finalista. 

A esta confusión de conceptos ha contribuido no poco el recurso metodológico de determinar el instrumento militar a partir de la definición de las hipótesis de guerra y de conflicto. 

Se define como hipótesis de guerra a la suposición de un conflicto que demanda el empleo del poder militar. En mi opinión, esta definición es insuficiente, por cuanto emplear determinados medios militares no implica de suyo que se opte por la guerra. 

Por otra parte, la consideración de las hipótesis de conflicto de las cuales se deriva una de guerra, induce a la engañosa certeza de que todos los conflictos pueden ser previstos y evaluados en tiempo oportuno por un planificador razonable. 

Si se admite que ninguna interacción está de suyo exenta de posibles conflictos, se deberá admitir nuestra incapacidad de prever todos los conflictos posibles. 

En cambio, no tenemos necesidad de imaginar (porque siempre nos será posible conocer) tanto los actores con los que tengo actividades comunes o relaciones trascendentes, como los escenarios de dichas actividades. 

Obsérvese que mientras el conflicto es un ente de razón, los actores estratégicos son reales. 

Si bien la naturaleza del conflicto me dará indicio de la vehemencia o resolución con que mi oponente proseguirá sus objetivos, a la hora de torcer su voluntad interesa mucho más conocer la naturaleza y magnitud de su poder en el escenario considerado. El poder aplicado a un escenario determinan una capacidad que puede ser empleada en mi contra. ¿Significa esto que todos los actores deben ser considerados enemigos? De ningún modo. 

Tan sólo propiciamos que la estrategia militar se apoye más en la previsión de contrarrestar capacidades que pueden ser utilizadas en nuestro perjuicio, que en la definición minuciosa de conflictos puntuales cuyo desarrollo es altamente imprevisible. La capacidad del otro es por otra parte un dato cierto, que podré siempre conocer en función de la calidad de mi inteligencia. 

Pero ¿qué otro? Por supuesto me preocuparán las capacidades de quienes más probablemente tendrían motivos para aplicarlas en contra nuestra. Y aquí volvemos a introducir el concepto de conflicto, pero con un rol esencialmente distinto. 

Lo utilizaré para establecer prioridades, no como determinante básico de la estrategia militar del Estado. Nuestros vecinos merecen especial atención; no importa cuán cordiales y armoniosas sean nuestras relaciones, sus capacidades deben determinar simétricas previsiones propias. 

La razón por la cual afirmo esto es porque los cambios políticos pueden ser rápidos e imprevistos, mientras que el desarrollo de capacidades militares modernas requiere -además de recursos- un tiempo que no es posible saltear. 

Naturalmente, pretender estar a cubierto de toda eventualidad es absurdo; tan sólo intentarlo sería carísimo, por lo cual la economía y la estrategia se relacionan en una ecuación de riesgo aceptable que es una de las bases de la estrategia militar en tiempo de paz. La idea de las hipótesis de guerra (de tan negativas connotaciones) como criterio de diseño del instrumento militar debería dar paso al concepto de las capacidades necesarias.

LA DEFENSA NACIONAL DEBE ASEGURAR LA PAZ

El primer concepto básico de la NDD deberá enfatizar que la finalidad de las fuerzas armadas es la preservación de la paz. 

Sin perjuicio de que paradójicamente ello implique la capacidad de hacer la guerra, la NDD debe reclamar a las Fuerzas Armadas la capacidad de desarrollar todo tipo de acciones (violentas o no) para apoyar a la conducción política del Estado en la solución de los conflictos internacionales que enfrente.

 Partiendo del supuesto de que no se desarrollan medios para la guerra sino para evitarla, un instrumento militar adecuado debiera estar en condiciones de:

 a) disuadir al agresor mediante la certeza de ser vencido si opta por la guerra; 

b) operar militarmente para controlar un conflicto en desarrollo y resolverlo favorablemente frenando la escalada. La necesidad de evitar la guerra sin renuncia de los objetivos nacionales exige Fuerzas Armadas en condiciones de llevar a cabo acciones diversas (demostrar fuerzas, patrullar, controlar, capturar, vigilar, amenazar, ocupar, custodiar, escoltar, atacar, destruir, etc.), en apoyo de las decisiones de la conducción política. 

La utilidad de tales acciones en orden a resolver el conflicto evitando la guerra dependerá de que sean oportunas y adecuadas. En otras palabras, que den respuesta rápida y a la medida, a toda agresión o amenaza. 

Flexibilidad y rapidez deberán privilegiarse al diseñar el instrumento militar para la NDD. Porque a partir de la condición de credibilidad, que impone la capacidad de hacer la guerra de ser necesario, el poder evitarla requiere de la libertad de acción que confiere el adueñarse de la iniciativa. 

Para ello la posibilidad de actuar de inmediato es más importante que la de asegurar una masiva superioridad con preparativos más lerdos, que sí pueden concebirse para la eventualidad de tener que aceptar la guerra. 

La compatibilización de estas exigencias (respuesta inmediata y flexible más la posibilidad de tener que enfrentar una guerra total), con criterios de sana economía deben conducir al diseño de fuerzas de aire, mar y tierra en dos o tres grupos o niveles:

a) Fuerzas de acción inmediata equipadas y adiestradas en el más alto nivel de excelencia y dotadas de la mayor movilidad;

b) Fuerzas en presencia en las Areas Estratégicas, destinadas a brindar consistencia y apoyo a las acciones inmediatas y a constituir el núcleo de la respuesta en caso de guerra;

c) Fuerzas de reserva integradas con núcleos de cuadros y material para ser completadas por movilización. Las Fuerzas de acción inmediata deberían constituirse íntegramente con personal profesional, podrían ser mixtas las segundas, y las reservas según las previsiones de una movilización que contemple la ejercitación periódica y la disponibilidad de materiales y equipos con gastos reducidos. Fuerzas así concebidas asegurarán al Estado disponer a un costo razonable de: 

- medios para ejecutar todo tipo de acciones en respuesta a las diversas contingencias, evitando el desarrollo de posibles conflictos; 

- pequeños núcleos de fuerzas en capacidad de intervenir en alianzas o pactos multilaterales en apoyo de la política exterior de la Nación; y 

- previsiones razonables y creíbles para hacer frente al peligro de guerra. Finalmente, la NDD deberá sentar las bases de un sistema permanente que permita que el desarrollo del instrumento militar de la Nación sea diseñado, controlado y conducido con el pleno ejercicio de las responsabilidades constitucionales del Poder Ejecutivo y del Congreso Nacional.

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COMENTARIO DE LECTORES
(Martes|24|Marzo|2009|11:47:16)=La politica de seguridad nacional es una verguenza,es una politica impuesta por EE.UU atravez de la Escuela de las Americas donde entrenaron a militares latinoamricanos para asesinar a toda persona q tenga opiniones contrarias a los intereses norteamericanos en latinoamerica,para derrocar a todo govierno que no sea pro norteamericano y para masacrar a toda una generacion de jovenes que solo cometian el pecado de pensar distinto.La politica de seguridad nacional es una politica genosida,no leo en la nota comentarios sobre el daño y destruccion que causo esa politica en latinoamerica,espero poder leer un cometario del autor de la nota sobre como el ejercito al que representa masacro jovenes cobardemente,desde ya gracias por darme la posivilidad de dar mi punto de vista espero q esta nota sea publicada. Esteban email del comentarista=elflashero@hotmail.com
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