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EL NUEVO ORDEN MUNDIAL, GENESIS Y DESARROLLO DEL CAPITALISMO MODERNO

 

Martín Lozano

Ó Alba Longa Editorial, 1996

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III parte

El propio Montesquieu, máximo ideólogo de la democracia burguesa, había dejado bien clara su posición al respecto cuando en "El Espíritu de las Leyes" escribiera: "La mayoría de las repúblicas antiguas adolecían de un gran defecto: en ellas el pueblo tenía derecho a adoptar resoluciones activas, que exigen algún tipo de ejecución, cosa de la que aquél es totalmente incapaz. El pueblo debe participar en el gobierno exclusivamente para elegir a sus representantes". Pero, como resulta obvio, esa concepción tuvo que modificarse circunstancialmente cuando la burguesía precisó del concurso de las masas para doblegar la resistencia aristocrática. Esa fue la razón de que, tres años después de iniciarse el curso revolucionario, la Convención concediera el sufragio general. Lo malo es que tal medida no consiguió colmar las expectativas de las clases populares, convencidas de que sus sacrificios en pro de la causa revolucionaria debían ser retribuidos con mejores recompensas. No menos ajenas a sus pretensiones ilusorias fueron las demagógicas llamadas de los activistas burgueses a la soberanía del pueblo, una mera entelequia que éste acabaría interpretando de modo consecuente al pie de la letra. Bien es cierto que las florituras de algunos ideólogos burgueses contribuyeron a dotar de tintes más vistosos al nuevo régimen, pero al precio de provocar expectativas imprevistas. Tal fue el caso de Rousseau, que se permitió escribir sobre el parlamentarismo británico en estos esclarecedores términos: "El pueblo inglés cree ser libre, pero se equivoca gravemente; solamente lo es durante la elección de los miembros del Parlamento, pero una vez elegidos éstos, es un esclavo, no es nada. En las antiguas repúblicas el pueblo nunca tuvo representante alguno, no se conocía esa palabra....Desde el momento en que el pueblo se da representantes, deja de ser libre, deja de existir". Lo curioso es que, después de su demoledor análisis del sistema representativo, elemental, por otra parte, y tal vez comprendiendo que había ido más allá de lo conveniente, el escritor ginebrino se apresuró a atemperar sus atrevidos juicios mediante una fórmula de compromiso a mitad de camino entre la pseudodemocracia representativa o formal y la democracia real. Fórmula que sería adoptada posteriormente por la demagogia jacobina para granjearse el apoyo de las masas y que podría resumirse en los siguientes puntos: el modelo representativo se aceptaba como el único válido, pero a cambio de ciertas garantías; los diputados elegidos por el pueblo no serían sus representantes, ya que la voluntad soberana es inalienable, sino únicamente sus "comisarios"; y las leyes emanadas de la Asamblea de comisarios carecerían de valor en tanto no hubieran sido refrendadas por el pueblo. Todos estos planteamientos marcan la frontera más lejana a la que, en el plano teórico, llegaría jamás la democracia burguesa, aunque no es necesario decir que ni remotamente han sido nunca llevados a la práctica. Tiempo después el bolchevismo marxista, trasunto perfecto de la dictadura jacobina, iría aún más lejos que aquélla, tanto en su espúrea demagogia como en su totalitarismo criminal. La retórica democrática de la burguesía surtió pronto los efectos previstos, aunque no tardaron en añadírseles otros menos deseados. A fuerza de vociferar el eslogan de la soberanía del pueblo, éste acabó por tomarlo no como la metáfora hipnótica que en realidad era, sino como una posibilidad real. Buena muestra de ello fue la moción aprobada por las secciones sans-colulottes parisinas, que uno de sus portavoces, el enragé Varlet, redactó en estos términos: "Invitamos al departamento de París, parte integrante del pueblo soberano, a apoderarse del ejercicio de la soberanía; autorizamos al cuerpo electoral de París a renovar los miembros de la Convención traidores a la causa del pueblo". Pese a todo, ése era un riesgo que la burguesía francesa tenía que correr para abatir tanto a la resistencia interna como a la amenaza foránea, un riesgo calculado e imprescindible en todo caso para consolidar su asalto al poder institucional. De ahí las concesiones del año 1792 a los ciudadanos pasivos, otorgándoles el derecho al voto y la franquicia para ingresar en las filas de la Guardia Nacional, prerrogativas hasta entonces exclusivas de la minoría burguesa que pagaba la contribución censataria. Durante el año siguiente las dificultades acarreadas por la guerra exterior, que en el caso de derrota habría significado el colapso del régimen republicano, obligaron a la burguesía dirigente a paliar la extrema penuria desencadenada por la Revolución mediante una serie de concesiones económicas. El motivo de fondo no era otro que la imperiosa necesidad de ganar la guerra, y para ello no había otro remedio que conciliarse temporalmente con las masas sans-coulottes que nutrían el ejército revolucionario. Un miembro de la Convención, el diputado Baudot, resumiría tiempo después aquellas circunstancias de forma explícita en sus "Notes Historiques" con estas palabras: "Solamente las masas populares podían derrotar a las tropas extranjeras; por consiguiente había que sublevarlas e interesarlas por el éxito de la Revolución. La burguesía, además de pacífica, era poco numerosa para un movimiento de esa envergadura". El grado de oposición interna y las guerras exteriores marcaron, pues, el pulso y los vaivenes políticos del proceso revolucionario. Cada fracaso militar conducía a una mejora momentánea de las condiciones de vida y de las prerrogativas políticas de las masas; cada victoria, a un debilitamiento de las mismas. Debe especificarse, además, que, en lo fundamental, esas guerras exteriores nunca obedecieron, como a menudo sostiene la intoxicación oficial, a razones de antagonismo ideológico entre la Europa monárquica y la Francia republicana, sino a los sórdidos intereses habituales de quienes desencadenan tales conflictos sin sufrir sus consecuencias. Prueba de ello es que la Inglaterra "democrática" y burguesa, principal antagonista militar de la nueva "democracia" francesa, no se opuso al proceso revolucionario hasta que éste entró en colisión con sus intereses comerciales. Por su parte, la burguesía francesa sufragó los gastos de la Revolución y de la guerra con los bienes expropiados y a través de la inflación, que sumió al país en una penuria calamitosa. No sólo no desembolsó ni un céntimo para costear sus "patrióticas" contiendas, sino que obtuvo de ellas beneficios inmensos merced al negocio de los suministros al Ejército. A finales del invierno de 1794, ahogada en sangre la oposición interna y conjurada la amenaza exterior, los acontecimientos se precipitaron en la dirección prevista y en la única que podían hacerlo. En marzo era licenciado el Ejército Revolucionario, integrado en su práctica totalidad por descamisados, y pieza clave hasta poco antes tanto de las campañas militares como de la represión interna. Inmediatamente después eran suprimidos los comisarios para la vigilancia del acaparamiento de víveres, y daba comienzo el desmantelamiento de la Comuna y de las unidades seccionarias, núcleos políticos de las organizaciones populares. La depuración iniciada contra los hebertistas en marzo de 1794 siguió su curso implacable a lo largo de todo un año, para culminar en la jornada del 4 Pradial (23 mayo 1795) con la rendición incondicional del barrio Saint-Antoine, último reducto sans-coulotte. Simultáneamente, el proceso de depuración política fue acompañado por una labor paralela de violencia callejera. Dada su condición "pacífica" (según la expresión empleada por el citado Baudot en sus Notes Históriques), la burguesía se sirvió en cada momento de los elementos oportunos para conseguir sus propósitos. Durante el período revolucionario había instigado los más bajos instintos de las turbas para instaurar su régimen de terror y hecho uso de los descamisados para laminar cualquier clase de resistencia. Una vez concluida esa primera fase con sus objetivos cubiertos, usó a las juventudes doradas realistas para liquidar definitivamente los restos del movimientos sans-coulotte. En agosto de 1795 era promulgada una nueva Constitución, que retornaba al sistema censatario y consagraba explícitamente el poder oligárquico y el beneficio como pilares del régimen republicano. La mascarada sangrienta había terminado. En el capítulo político-ideológico, al igual que en los restantes, la Revolución Francesa fue un banco de pruebas en el que se desarrollaron la mayor parte de las pautas y estereotipos consagrados posteriormente. No estará de más, por tanto, describir someramente la composición y actitud de las diversas facciones políticas que concurrieron en aquel proceso. El estamento burgués, auténtico promotor de dicho proceso, estaba integrado por dos grandes grupos, girondinos y jacobinos, cuya equivalencia contemporánea vendría a corresponder a la derecha conservadora y a la izquierda progresista respectivamente. De entonces arranca la falacia de la división entre izquierdas y derechas que tan rentables beneficios ha venido rindiendo al Sistema. También por aquellos años se operó una especie de ósmosis en virtud de la cual se amalgamaron hasta prácticamente confundirse la izquierda burguesa y los elementos más oportunistas y ambiciosos de los estratos populares, algo que desde aquel momento ha venido siendo una constante. Sobra decir que la mentalidad de las diversas facciones que se disputaron el poder político era esencialmente la misma, aunque en no pocos casos sus intereses inmediatos resultaran contrapuestos. La Gironda representaba a la gran burguesía comercial, cuyos intereses no eran necesariamente antagónicos, sino más bien compatibles, con los de la alta aristocracia. De ahí que su deseo del primer momento fuese una solución a la inglesa, es decir, un régimen parlamentario comandado y compartido por los notables de ambos estamentos. Pero el desarrollo posterior de los acontecimientos la llevaría a adoptar posturas muy diversas que fluctuaron en la medida que lo hicieron los avatares del proceso revolucionario. Hubo momentos en que accedió a una alianza táctica con los sectores más radicales de la Montaña, llegándose incluso a producir un considerable trasvase de diputados girondinos al bando jacobino, alentado por el sustancioso botín que para estos últimos supuso la adquisición de los llamados "bienes nacionales". Pero la preocupación constante de la facción girondina, la razón fundamental de su recelo permanente fue el temor a que el proceso político iniciado para consolidar su posición acabara desbordándose. Sin embargo, y pese a las inclinaciones de la burguesía girondina hacia una solución de compromiso, éste no pudo alcanzarse, y ello por dos razones fundamentales. La primera, porque tal compromiso conllevaba una serie de reformas económicas acordes con el nuevo modelo capitalista, reformas que suponían la bancarrota total para buena parte de la nobleza y, por tanto, inaceptables para ésta. Y la segunda, y no menos importante, porque de haberse llevado a buen término esa fórmula de compromiso, la posición de la mediana y pequeña burguesía se habría visto relegada a un lugar secundario, y eso era algo que aquélla no estaba dispuesta a permitir. Su firme propósito de participar en el reparto de la tarta llevó, por tanto, a la burguesía jacobina a radicalizar el proceso, para lo cual hubo de desplegar toda su capacidad demagógica y realizar las concesiones ya comentadas al objeto de involucrar en su empresa a las masas. Fue de esta forma como el bando jacobino consiguió hacerse con las riendas de la Revolución. De hecho, todos los mecanismos del Poder estuvieron en sus manos en los momentos álgidos del proceso, y a través de ellos pudo aplastar cualquier oposición disidente y canalizar en su provecho las pretensiones y los excesos de las masas sans-coulottes. A su inicial dominio de la Convención, órgano legislativo que detentaba la "soberanía del pueblo", se uniría posteriormente el acaparamiento casi absoluto de los cargos ejecutivos del Gobierno Revolucionario. Por otra parte, la hegemonía de la facción jacobina en los centros de poder institucional iba acompañada de una estrategia política extraordinariamente eficaz, y en la que puede reconocerse el modelo prototípico adoptado después por los partidos de izquierda. En efecto, dada la necesidad de contar con un respaldo extendido, la burguesía jacobina se granjeó el apoyo de las masas a través del radicalismo populista, un papel hábilmente interpretado por demagogos de la talla de Danton o Robespierre. Como sería norma posteriormente, ese cometido lo desempeñaron entonces individuos procedentes de la pequeña y media burguesía, con algunas excepciones de baja extracción social (Danton). Un surtido elenco de demagogos y arribistas ávidos por escalar posiciones y codearse con la alta sociedad. Tal vez fuera el infortunado Varlet quien mejor retrató a la izquierda jacobina, a los "patriotas" revolucionarios, cuando en las páginas de su periódico les dedicara estas palabras: "Ayer no teníais otra cosa que un comercio minúsculo, y hoy tenéis almacenes inmensos; ayer no erais sino empleados insignificantes de oficinas y hoy armáis barcos de guerra; ayer vuestra familia tendía la mano al primer llegado, y hoy hace alarde de un lujo insolente. En verdad que ya no me sorprende que haya tantas personas amantes de la Revolución; les ha proporcionado un buen pretexto para acumular patrióticamente y en poco tiempo riquezas sobre riquezas". Visto ya el cometido político y la procedencia social de los demagogos populistas, cuya plataforma de actuación se situaba en la Convención y en las innumerables sociedades adscritas al Club de lo Jacobinos, no queda sino dirigir la mirada hacia los miembros del Ejecutivo, donde operaban los técnicos. ¿Quiénes eran, pues, esos tecnócratas del Comité de Salud Pública? Por su origen social, la mayor parte de ellos pertenecían a la alta burguesía. Jeanbon Saint-André, director de la Marina, era hijo de un gran fabricante, al igual que Joseph Cambon, máximo responsable de las Finanzas. Robert Lindet, director de las Subsistencias, era hijo de un rico negociante y antiguo procurador del rey. El jefe de la Diplomacia, Bertrand Barère, procedía de una acaudalada familia de juristas y poseía la titularidad del feudo de Vienzac. Lazare Carnot, el organizador del Ejército, era ex-oficial de la Armada Real e hijo de un acaudalado notario. Unos y otros se complementaban mutuamente. Los tecnócratas conducían con eficacia los intereses vitales del nuevo régimen capitalista, aunque debido a su posición social carecían de la credibilidad necesaria para despejar la desconfianza y el recelo que inspiraban a los sans-coulottes. Y los demagogos políticos de la pequeña y mediana burguesía, faltos de preparación técnica, se encargaban con su retórica populista de interesar a las masas en el éxito de la causa revolucionaria emprendida para la instauración del régimen burgués. No podrá cerrarse este repaso a las facciones políticas que protagonizaron la Revolución sin aludir al hebertismo, considerado por la mayor parte de los tratadistas como la vanguardia del movimiento sans-coulotte, un término, este último, sumamente genérico, y bajo el que se amalgamó un complejo y heterogéneo amasijo de categorías sociales tan diversas como el maestro artesano y los asalariados que trabajaban para él, el pequeño tendero, el incipiente proletariado urbano, y un variado lastre de buscavidas, aventureros y otras especies de lumpen. El ideario sans-coulotte se resumía en dos puntos: en lo económico, imposición de un máximo a las fortunas, de tal manera que ninguna persona pudiera poseer un patrimonio superior a ese máximo, que se cifró en el equivalente a la pequeña propiedad artesanal o comercial; y en el terreno político, establecimiento de una democracia efectiva, en virtud de la cual las leyes de la Asamblea y los decretos del Ejecutivo carecerían de validez hasta haber sido sancionados por la ciudadanía, que, además, tendría la facultad de controlar y, en su caso, revocar a sus elegidos. Un ideario, huelga decirlo, que chocaba frontalmente con la libertad de empresa y de beneficio y con el modelo representativo postulados por el nuevo régimen capitalista; y una visión de la sociedad que, como también se podrá apreciar, nada tenía en común con las tesis que más tarde iban a elaborar los doctrinarios burgueses del totalitarismo colectivista. Pues bien, la supuesta avanzadilla de esas clases populares eran los hebertistas y cordeliers, una mezcla de medreadores pequeño-burgueses (Hebert, Ronsin) y arribistas plebeyos (Chaumette, Rosignol, Santerre) íntimamente vinculados a la burguesía jacobina, y cuyo máximo empeño era encumbrarse política y económicamente a través del acaparamiento de cargos en los Departamentos Ministeriales (especialmente el de la Guerra) del Consejo Ejecutivo, organismo reducido finalmente a la nada por el Comité de Salud Pública. Esta camarilla de oportunistas, que sirvieron a la causa burguesa al tiempo que se servían a sí mismos, habían colaborado estrechamente con el partido jacobino en la eliminación de los actores más desinteresados de aquel funesto episodio, Roux y Varlet, escarnecidos por añadidura con el apodo peyorativo de "enragés", aunque al final, en justo premio a su bajeza, acabaron corriendo la misma suerte que aquéllos. Apenas concluida la Revolución Francesa, comenzaron ya a manifestarse los primeros efectos de su múltiple herencia ideológica; y no solamente merced a los postulados políticos, económicos y sociales propios del sistema capitalista que instauró, sino también a través de los esbozos colectivistas pergeñados por uno de sus herederos inmediatos, el agrimensor y geómetra Gracchus Babeuf. Comenzaban así los análisis superficiales y en clave exclusivamente material de las sociedades humanas, y se iniciaba la siniestra dinámica de las alternativas materialistas y economicistas al materialismo y el economicismo burgués, elaboraciones todas ellas producto de una misma mentalidad. Los utopismos rudimentarios de Babeuf serían recogidos y perfilados más tarde por Buonarrotti, Blanqui y otros ideólogos burgueses del colectivismo, para desembocar finalmente en el socialismo científico del "proletario" Carlos Marx, quien, refundiendo las provechosas enseñanzas de la dictadura jacobina con su gélida pseudociencia, pudo alumbrar por fin la fórmula magistral. Pero éste es un tema del que nos ocuparemos más adelante. No podrá cerrarse este análisis sin aludir a otros dos importantes aspectos en los que la Revolución Francesa fue precursora y pionera. Se trata del totalitarismo y del genocidio, dos temas de permanente actualidad en nuestros días, y que el sistema capitalista no deja de instrumentalizar, aunque tales lacras, como tantas otras que han asolado el mundo moderno, hundan sus raíces precisamente en las concepciones ideológicas alumbradas por las revoluciones burguesas. No había transcurrido mucho tiempo desde que el Comité de Salud Pública fuese creado (6 Abril 1793) cuando, en el verano de ese mismo año, comenzó a gestarse la dictadura jacobina que muy pronto se iba a implantar. Un hecho, por otra parte, en el que la propia estructura organizativa del bando jacobino desempeñaría un papel determinante. En efecto, el Club de los Jacobinos se había convertido desde bastante antes en una perfecta maquinaria de poder; un entramado que, en palabras de uno de sus dirigentes, Camille Desmoulins, "abarcaba en su correspondencia con sus sociedades filiales todos los rincones y recovecos de los ochenta y tres Departamentos franceses". Esa estructura, perfectamente coordinada bajo la dirección de la matriz parisina, dispuso desde el principio de una capacidad operativa muy superior a la de cualquier otra organización de su tiempo. De hecho, y aunque no adoptara ese nombre, se trataba del primer partido político de la era moderna y de la única estructura de mando plenamente consciente de su poderío en aquel momento. Baste con significar que el Club de los Jacobinos llegó a contar con una red de 3.000 sociedades y alrededor de 40.000 comités repartidos a todo lo ancho del país. La inspiración netamente despótica del Gobierno Revolucionario constituido en la primavera del año II (1793), se fue perfilando a lo largo del verano hasta desembocar en el Decreto del 14 Frimario (4 Diciembre 1793), que consagraba definitivamente la dictadura del Terror. Las pautas del llamado Gobierno Revolucionario habían sido diseñadas por el jacobino Saint-Just en su informe del 10 de octubre de 1793, informe adoptado por la Convención y a raíz del cual quedaron suspendidas la Constitución, la división de poderes y los derechos individuales, lo que, sumado a la creación de un Tribunal Revolucionario sumarísimo, dio paso al primer ensayo totalitario de la era moderna. Tales medidas eran ratificadas y reforzadas poco después por el citado Decreto del 14 Frimario y por sendos informes de Robespierre (25-Diciembre-1793 y 5-Febrero-1794). Por lo que se refiere a los pretextos esgrimidos por los modernos apologistas de la dictadura jacobina, que significativamente son los mismos que en su día justificaron el totalitarismo soviético, bastará con acudir a los hechos para constatar que tales pretextos no fueron nunca otra cosa que burdas patrañas carentes del menor fundamento. Las falacias exculpatorias se resumen en dos: la amenaza exterior, representada por los ejércitos realistas extranjeros, y el peligro interno, encarnado en los elementos contrarrevolucionarios. Razones, todas ellas, de indudable peso si se considera que la fecha en que era refrendada la Dictadura del Terror (10-Octubre-1793) coincidió precisamente con el momento en que las citadas amenazas estaban por vez primera bajo control del régimen republicano. En el interior, los últimos restos del federalismo girondino, que nunca constituyó un peligro real, sino más bien un recurso propagandístico, habían sido definitivamente laminados tras la caída de la municipalidad de Burdeos (18-Septiembre-1793) y la toma de Lyon (9-Octubre-1793). Paralelamente, el 17 de octubre de ese mismo año los últimos resistentes de la Vendée eran aplastados en Cholet. En lo concerniente al frente exterior, la amenaza de invasión había desaparecido por completo en los comienzos del otoño de 1793; más aún, la victoria de Watignies del 16 de octubre sobre los coaligados marcaba el vuelco de la balanza en favor de las armas republicanas. No fueron, por tanto, esos peligros ya conjurados lo que la burguesía jacobina se propuso erradicar, sino la competencia de todo cuanto pudiera suponer una merma en su ejercicio absoluto del poder. De ahí que el primer objetivo a abatir fuesen las unidades militares y las organizaciones seccionarias sans-coulottes, utilizadas hasta entonces como fuerza de choque brutal para laminar a sus primeros oponentes, pero que, una vez reducidos éstos, pasaron a convertirse en un peligroso estorbo que era preciso neutralizar. Pero una vez alcanzados sus primeros objetivos la maquinaria represiva emprendió una dinámica ciega y feroz que golpeaba indiscriminadamente a todo lo que se interpusiera en su camino, una dinámica en la que el poder y el terror ya no se justificaban más que en sí mismos y en su lógica criminal. A través de los dos organismos que asumieron los poderes excepcionales, el Comité de Salud Pública y el Comité de Seguridad General, la burguesía jacobina pudo instaurar un régimen de dominio cuya naturaleza difería cualitativamente de todo lo conocido hasta entonces. De hecho se trataba de una forma de Poder que, tanto por sus resortes ideológicos, como por sus procedimientos, rebasaba ampliamente los viejos esquemas del absolutismo del Antiguo Régimen. Dicho con otras palabras, lo que se estaba gestando en aquel episodio no era otra cosa que el basamento del totalitarismo moderno. Y así lo vio, adelantándose incluso al desarrollo de los hechos, el enragé Leclerc, quien supo vislumbrar la naturaleza de las primeras propuestas de Danton, en el verano de 1793, cuando éste abogara por convertir el Comité de Salud Pública en un órgano de gobierno dotado de poderes excepcionales. "En esa masa de poderes reunidos -apuntó premonitoriamente Leclerc- no veo otra cosa que una dictadura espantosa". En cuanto a la filosofía que inspiró el régimen de Terror instaurado por la dictadura jacobina, nada mejor para captar su alcance y significado que reproducir los términos empleados por el dirigente Couthon, términos que serían recogidos por la ley represiva del 24 Pradial del año II (10-Junio-1794): "Se trata menos de castigar a los enemigos de la Revolución que de exterminarlos". Todo lo dicho guarda, a su vez, un estrecho parentesco con otro de los temas apuntados, el genocidio, pues eso, y no otra cosa, fueron las matanzas perpetradas en la Vendée por la filantropía revolucionaria. Vaya por delante el hecho de que, del aluvión de víctimas causadas por la represión y el Gran Terror, aproximadamente un 86% se registraron en las capas sociales inferiores. Una circunstancia, por otra parte, que desde entonces ha venido siendo la norma de todas las revoluciones desencadenadas para "liberar" a los parias. Hoy son ya bien conocidas la sevicia y la saña con que el régimen jacobino combatió a sus adversarios, en primera instancia, y seguidamente a todo aquél que no comulgara con sus procedimientos. De la dureza con que fueron reprimidos sus oponentes dan buena cuenta varias órdenes oficiales dirigidas por el Comité de Salud Pública a sus delegados departamentales. Sirva como muestra al respecto el decreto dictado en 1794 para aplastar la rebelión lionesa: "La ciudad de Lyon debe ser destruida. Sobre sus ruinas se levantará una columna que dará testimonio a la posteridad de los crímenes y el castigo de los realistas de dicha ciudad con esta inscripción: Lyon combatió contra la libertad; Lyon dejó de existir". Pero donde sin ninguna duda desplegó el Terror jacobino su más abyecta política exterminadora fue en las regiones del noroeste, y especialmente en la Vendée. La proclama emitida por la Convención burguesa tan pronto como tuvo noticia del levantamiento vendeano no dejaba lugar a dudas sobre el fanatismo criminal con que se iba a desarrollar la represión subsiguiente: "Se trata de exterminar a los bandoleros de la Vendée para purgar completamente el suelo de la libertad (sic) de esa raza maldita". ¿Y quiénes eran esos "bandoleros" a los que había que exterminar? En la Vendée, sencillamente toda la población. Una población que, dicho sea de paso, se había decantado en los primeros momentos por el nuevo régimen revolucionario, pero que, al igual que ocurriera en otros lugares de Francia, acabó levantándose contra las arbitrariedades, las tropelías, la desolación y la miseria provocadas por aquél. Las levas masivas decretadas por el poder republicano supusieron el acicate definitivo para el desencadenamiento de la insurrección. Acto seguido, se sucedieron los pronunciamientos criminales de la Convención. "Se trata de despoblar la Vendée", rezaba uno de ellos, cosa que fue llevada a cabo de manera sistemática mediante una política de matanzas indiscriminadas de todo cuanto se tuviera en pie: prisioneros, ancianos, mujeres, aunque estuvieran encintas, y niños. Como la destrucción debía ser completa, la Convención elevó sus resoluciones al Comité de Salud Pública para que el territorio rebelde fuera devastado, una de las cuales decía así: "No se ha incendiado bastante en la Vendée; es preciso que durante un año ninguna persona, ningún animal, encuentren subsistencia en ese suelo". Lo realmente significativo, pues, del impulso que movió a los pregoneros de la "libertad", la "fraternidad" y los "derechos del hombre", fue su afán no ya de derrotar al oponente, sino de exterminarlo. Buena prueba de ello es que la represión y las matanzas se prolongaron bastante tiempo después de que la rebelión hubiese sido aplastada. Los ahogamientos en masa perpetrados en Nantes en diciembre de 1793, con la situación totalmente controlada por el poder republicano desde varios meses antes, son uno de los varios ejemplos que podrían citarse a este respecto. Centenares de personas fueron ahogadas en dicha localidad tras ser amarradas a embarcaciones provistas de un dispositivo para que se hundieran. En relación con aquel, suceso siniestro aún podría citarse la sangrante anécdota de la amonestación que el Comité de Salud Pública dirigiera a su comisario en la zona, Carrier, por haberse permitido enviar a París 110 detenidos para que el Tribunal Revolucionario los juzgase formalmente, en lugar de liquidarlos in situ sin más miramientos. El episodio vendeano, por tanto, no fue otra cosa que un genocidio en toda la regla y con todos los ingredientes de éste, a saber: propósito de exterminio y no de simple doblegamiento del adversario; represión indiscriminada dirigida contra toda la población; y alevosía manifiesta en la prolongación de las matanzas una vez que el enemigo ya ha sido sojuzgado, obedeciendo todo ello a un plan consciente y sistemático trazado desde las altas instancias del Poder. Resumir en media docena de líneas todo lo dicho a lo largo de este epígrafe podría parecer imposible, pero no lo es. Léase, si no, y léase con atención, el contenido de un escrito confidencial que el aristócrata jacobino Mirabeau le envió a Luis XVI durante los primeros meses de la Revolución con el evidente propósito de hacerle ver las ventajas del nuevo Poder que ya despuntaba sobre el viejo y caduco autoritarismo monárquico. Esto era lo que Mirabeau le decía al monarca francés: "Comparad el nuevo estado de cosas con el Antiguo Régimen, pues es ahí donde nacen los consuelos y las esperanzas. Una parte de las actas de la Asamblea, y la más considerable, es favorable al gobierno monárquico....La idea de no formar más que una sola clase de ciudadanos habría gustado a Richelieu; esa superficie igual facilita el ejercicio del Poder. Varios reinados de un gobierno absoluto no habrían hecho tanto por la autoridad real como este único año de Revolución". En aquellas breves líneas estaba condensado de manera magistral y con muchas décadas de adelanto el trasfondo del nuevo Poder y la naturaleza de la nueva sociedad que las revoluciones burguesas iban a alumbrar. En unas pocas palabras se apuntaba con diabólica perspicacia la magnitud de un dominio asentado y ejercido sobre una masa uniformizada.

CAPITULO II. LA FALACIA BOLCHEVIQUE

Un examen mínimamente riguroso de la evolución y el desarrollo del capitalismo moderno basta para constatar el papel fundamental desempeñado en la consolidación de éste por las dos grandes corrientes político-ideológicas que habrían de presentarse como sus más encarnizados adversarios. Y es que, como bien muestran los hechos, cada confrontación con esos pretendidos adversarios se ha traducido invariablemente en un reforzamiento progresivo del Sistema en vigor. Algo lógico, por otra parte, si se tiene en cuenta que los fundamentos básicos del capitalismo burgués (materialismo, cientificismo, economicismo, etc) constituyeron también la fuente de inspiración de sus teóricos enemigos, el marxismo y el fascismo, que en realidad no serían sino variaciones circunstaciales de un mismo tema. De ahí que esas diversas corrientes, antagónicas en las formas y apariencias, pero complementarias en lo esencial, hayan contribuido a configurar un proceso único plenamente consolidado en la actualidad. De lo que significó el fascismo, de las causas que lo motivaron, de quiénes lo promovieron y de las utilidades que en su momento rindió, ya se habló en un ensayo precedente. Lo que aún queda por desvelar son las motivaciones que empujan a quienes a toda costa pretenden resucitar su fantasma, cosa que se hará cumplidamente en el último capítulo. Pero de lo que ahora toca ocuparse es del bolchevismo marxista y del régimen soviético. De entre las diversas contribuciones del marxismo a la configuración de la sociedad contemporánea caben destacarse dos. En el ámbito ideológico, su mayor aportación, su verdadero cometido no sería otro que actuar como amplificador de los postulados materialistas inherentes a la mentalidad burguesa, postulados sin cuyo extendido arraigo el modelo socio-económico vigente en la actualidad nunca se habría impuesto de la forma abrumadora que lo ha hecho. En modo alguno es casual que los grandes foros del mundo capitalista se manifiesten en el presente abiertamente "progresistas". Pero todavía queda un segundo aspecto que merece resaltarse, y para ello bastará con comprobar los efectos inmediatos producidos por el sistema capitalista a raíz de su implantación. Al hacerlo podremos ver que el régimen de explotación que dicho sistema instauró, las condiciones de vida en las que sumió a sus víctimas, y el inexorable descrédito de las falacias que sirvieron de sustento a su modelo político e ideológico, habrían desembocado inevitablemente en el colapso sin la aparición "providencial" de la "alternativa" marxista, que, entre todas las opciones posibles era, sin duda, la más nefasta, aunque para el Sistema (y no por casualidad) resultara ser la mejor. A mayor abundamiento, la táctica que el discurso marxista empleó no fue otra que reeditar en una nueva versión, y adaptados a las nuevas circunstancias, los clichés humanistas y los reclamos democráticos esgrimidos tiempo atrás por las revoluciones burguesas para implantar su régimen político. Una táctica que con el marxismo volvió a funcionar de nuevo, provocando aún mayores expectativas entre las masas desheredadas y desencadenando un régimen de opresión todavía mayor tan pronto como fue llevada a la práctica. Aunque tributario de la dictadura jacobina, cuyos procedimientos le sirvieron de inspiración, fue en el terreno de la filosofía y de la técnica totalitarias donde el marximo desarrolló algún grado de innovación, y no en los señuelos liberadores de la clase obrera o en las tesis igualitarias, conceptos, ambos, muy anteriores al credo marxista, y que en éste nunca pasaron de ser espúreos adornos, como se pondría de manifiesto reiteradamente, y sin ninguna excepción, en sus sucesivas manifestaciones prácticas. De hecho, bajo la férula del régimen marxista instaurado en la URSS, la mayor máquina de picar carne que recuerdan los siglos y el modelo prototípico de todos los siguientes, la explotación y la opresión de los parias alcanzarían cotas desconocidas hasta entonces. Hecha esta breve introducción, lo oportuno ahora será abordar más detenidamente dos aspectos fundamentales del régimen marxista por excelencia, el de la Rusia soviética, al objeto de poner de manifiesto la auténtica realidad de unos hechos permanentemente falsificados por la maquinaria ideológica oficial. Esos dos aspectos a los que se ha hecho mención se corresponden con sendas falacias ya consagradas en el ámbito occidental, una de ellas merced a la intensa tarea manipuladora desplegada al efecto por el bando progresista, y la otra gracias a la desarrollada por el Sistema en su totalidad. La primera de tales falacias es la que ha atribuido al estalinismo todos los males de la puesta en escena del programa marxista, cuando lo cierto es que el régimen estalinista no supuso en realidad sino su más fidedigna y genuina interpretación.; y ahí están como muestra reciente los escritos del ínclito Althusser, un purista de la causa. La segunda falsificación está aún más arraigada, y goza de un consenso mayor, pues no en vano se trata de un dogma oficial compartido, a izquierda y derecha, por todas las facciones del Sistema. Un dogma en virtud del cual el régimen bolchevique se ha venido presentando como la alternativa antagónica y como una amenaza mortal para el capitalismo occidental, lo que nunca pasó de ser una solemne patraña. Muy pronto lo comprobaremos al describir los apoyos finacieros que, desde un principio, y durante largo tiempo, afluyeron desde el bloque capitalista al "ogro" soviético. Por lo que se refiere al primer punto, esto es, a la falacia de la "desviación" estalinista, se trata de un argumento que comenzó a utilizarse con profusión una vez finalizado el gobierno de Stalin en la URSS, y precisamente por aquéllos que, hasta ese mismo momento, habían negado sistemáticamente los excesos criminales de esa supuesta desviación, aunque las pruebas concluyentes se acumularan desde hacía tiempo. No obstante, lo más endeble de semejante argumento es que en todas las ocasiones y latitudes en que el marxismo se implantó, lo hizo siguiendo los cauces de la "desviación" totalitaria, incluso después de que el autócrata georgiano hubiera muerto. Y es que esa pretendida anomalía no fue sino la pura normalidad desde los primeros momentos, algo implícito e inherente al propio modelo, como bien demuestran los hechos; sirvan como muestra elocuente los que se exponen a continuación. En pleno fragor de la revolución bolchevique, con Lenin y Trotzki al mando de la misma, la ciudad de Petrogrado fue escenario de graves convulsiones sociales, que comenzaron en los círculos proletarios de esa localidad, extendiéndose muy pronto a los marineros de la flota del Báltico, vanguardia durante 1917 del levantamiento soviético. El 28 de febrero de 1921, la tripulación del acorazado Petropavlosk emitió una resolución en la que se formulaban las reivindicaciones de la tropa naval, resolución que sería aprobada al día siguiente en el curso de una asamblea de toda la guarnición de Cronstadt. Los principales puntos del programa aprobado eran la reelección de los soviets, la libertad de palabra y de prensa para los obreros, la libertad de reunión, el derecho a fundar sindicatos, y el derecho de los campesinos a trabajar la tierra del modo que deseasen. Reivindicaciones, todas ellas, fieles al más puro ideario soviético. Así pues, los marineros de Cronstadt no se sublevaban contra la causa revolucionaria, sino contra el régimen totalitario del Partido Comunista. De hecho, uno de los párrafos de la resolución, cuyo elocuente título era "Por qué luchamos", rezaba así: "Al efectuar la Revolución de Octubre la clase obrera esperaba obtener su libertad. Pero el resultado ha sido un avasallamiento mayor de la persona humana.....Cada vez ha ido resultando más claro, y ello es hoy una evidencia, que el Partido Comunista ruso no es el defensor de los trabajadores que dice ser, que los intereses de éstos le son ajenos y que, una vez llegados al poder, no piensan más que en conservarlo". Como se podrá apreciar, volvían a reproducirse los mismos hechos que ya tuvieran lugar durante la Revolución Francesa, y de nuevo se levantaban los parias para reclamar la "soberanía del pueblo" y los restantes señuelos en cuyo nombre habían sido movilizados contra el régimen anterior. No será ocioso decir que también el desenlace se reprodujo otra vez. El 2 de marzo, Lenin y Trotzki denunciaban el movimiento de Cronstadt y lo calificaban de "conspiración blanca", ordenando acto seguido la provisión de una fuerza de 50.000 hombres que, al mando de Tukhatcchevski, salió para aplastar la revuelta. En la noche del 17 al 18 de marzo, tras encarnizados combates, la expedición punitiva penetró en la ciudadela rebelde defendida por 5.000 marinos y aplastó la insurrección. De entre los supervivientes, una parte fueron fusilados, y el resto trasladados a los campos de concentración de Arkangelsk y Kholmogory. La revuelta de Cronstadt, había declarado Lenin durante el X Congreso del PCUS celebrado en marzo de 1921, "es más peligrosa para nosotros que Denikin, Yudenitch y Koltchak (jefes de la contrarrevolución) juntos". La represión y el gulag fueron instituciones consustanciales al Estado bolchevique desde sus inicios. Así, en una fecha tan temprana como 1925, la cifra oficial de fusilados por el régimen marxista se elevaba a 1.722.747, de los cuales un setenta y cinco por ciento eran obreros, campesinos y soldados. No obstante, y debido precisamente a su carácter oficial, esa cifra no recogía las ejecuciones sumarias ni las muertes ocurridas en las prisiones, y mucho menos aún las masacres colectivas. Según otro recuento igualmente oficial elaborado por el propio régimen leninista, en 1922 había 825.000 personas internadas en los campos de concentración de Kholmo, Kem, Naryn, Mourmane, Tobolsk, Portaminsk y Solovski. Al final de la época estalinista,el balance total de víctimas, incluidas las ocasionadas por las hambrunas provocadas artificialmente, arrojaba una cifra que oscila, dependiendo de las estimaciones, entre los treinta y cinco y los cincuenta y cinco millones de muertos. Todos estos hechos, que incluso todavía hoy se pudren en el silencio, fueron denunciados desde muy pronto por revolucionarios disidentes, si bien sus acusaciones alcanzaron muy escaso eco en el ámbito occidental, ideológicamente colonizado por la nutrida ralea de los pseudointelectuales acomodados de izquierdas, cuya labor se vería propiciada, cuando no auspiciada claramente, por un Sistema capitalista que empezaba ya a explotar la utilidad que, en todos los órdenes, habrían de reportarle los estereotipos "progresistas". La ocultación y la manipulación sistemáticas de lo que realmente significó aquel evento ha sido de tal calibre que, pese a todo lo ocurrido, el mero hecho de proclamarse de izquierdas sigue valiendo todavía hoy como certificado de altruismo para un sinnúmero de fantoches, además de constituir el mejor procedimiento para convertir en éxito la más absoluta mediocridad. Por contra, los individuos íntegros que se atrevieron a denunciar la mascarada criminal fueron metódicamente silenciados y escarnecidos por una jauría de desalmados y medradores que, a cambio de su bajeza, han venido recibiendo la correspondiente recompensa en forma de reconocimiento y de status social. Vayan, pues, estas líneas en homenaje y desagravio de André Gide (calumniado y vejado tras sus denuncias de la infamia bolchevique por sus antiguos colegas de La Liga de los "Derechos" del Hombre), de Victor Serge, Boris Suvarin, Panaït Istrati, Artur Koestler y, en fin, de tantos otros militantes de una causa falaz que repudiaron tan pronto como los acontecimientos pusieron de manifiesto que no era la suya. Hubo que esperar al desmoronamiento del bloque marxista para que una pléyade de farsantes se dieran cuenta de evidencias clamorosas que hasta poco antes prefirieron ignorar. Farsantes que ahora abominan de sus pasados planteamientos para abrazar con entusiasmo el nuevo credo progresista-liberal, esa fórmula definitiva en la que ya se amalgaman felizmente la libertad de beneficio y los "valores" de izquierdas. Aunque es lo cierto que, tanto los conversos recientes, como los devocionarios peremnes del sistema capitalista que hoy denuncian con afectación los excesos del marxismo, deberían en realidad guardarle reconocimiento público, ya que la labor de disolución en todos los órdenes llevada a cabo por el materialismo marxista no ha hecho más que allanarle el terreno al capitalismo multinacional. Fue necesaria, por tanto, la dictadura jacobina, como lo sería después el totalitarismo soviético, para que el sistema capitalista alcanzara el poderío de que disfruta en la actualidad. Todo lo dicho en el párrafo anterior enlaza directamente con la segunda gran mistificación apuntada al comienzo de este capítulo. Una falacia sostenida, como ya se señalara, por todas las facciones políticas del Sistema, y en virtud de la cual se presentó al régimen bolchevique como una amenaza mortífera para el capitalismo occidental. De la envergadura de semejante patraña dan buena cuenta, entre otros hechos, las cuantiosas aportaciones realizadas por la Alta Finanza en pro del asentamiento y posterior desarrollo de su "temible" adversario, algunas de las cuales se citan a continuación. El 2 de febrero de 1918, el rotativo Washington Post recogía una breve reseña en la que se consignaba la entrega de un millón de dólares a los dirigentes bolcheviques por parte de la banca Morgan. Un año después, el Anuario Judío reproducía un informe fechado en Londres el 4 de abril de 1919, y firmado por su corresponsal E.R.Fields, en el que se aportaban nuevas y más completas informaciones al respecto. Dicho informe reseñaba las aportaciones a la causa bolchevique del financiero judío-norteamericano Jacob Schiff, patrón de la Banca Khun&Loeb, junto con las de sus asociados y correligionarios Felix Warburg, Otto Kahn, Jerónimo Hanauer, Max Breitung e Isaac Seligman. Con todo, aquel documento no reflejaba al completo el alcance de la red financiera que colaboró en el sostenimiento económico del régimen leninista, ya que, junto a la Banca Khun&Loeb, que figuraba a la cabeza de la causa, operaron también varias entidades bancarias adscritas a la American International Corporation (Chase National Bank, de Rockefeller, National City Bank, J.P.Morgan, Equitable Building, Bankers Club, entre otras). Así como diversas Corporaciones Comerciales (Guggeheim Exploration, General Electric, Sinclair Gulf, Stone and Webster, etc). Los fondos económicos enviados a Lenin y Trotzki recorrían un largo circuito bancario hasta llegar a su destino final. Por lo regular, las aportaciones financieras eran canalizadas hasta territorio europeo por Jacob Schiff a través del establecimiento que la banca Warburg poseía en Hamburgo, y esta última, a su vez, las hacía llegar a las diversas cuentas abiertas por los intermediarios de Lenin en varias capitales europeas. Los principales centros de aprovisionamiento fueron Copenhague, donde actuaba como corresponsal recaudador un estrecho colaborador de Lenin llamado Israel Gelphand (más conocido como Parvus), y Estocolmo, ciudad en la que operaba otro fiel auxiliar de Lenin y Trotzki , de nombre Jacob Furstemberg, aunque conocido en la nomenclatura bolchevique como Hanecki. En la capital sueca, la entidad bancaria receptora de los fondos destinados al gobierno soviético era el Nye Bank, dirigido por el finaciero judío-ruso Wladimir Olaf Aschberg, quien a la muerte de Jacob Schiff, acaecida en 1920, pasaría a desempeñar un papel similar al desarrollado por éste. En 1921 Aschberg fundó la Banca Comercial Rusa, establecimiento a través del cual se gestionaron entre las dos guerras mundiales buena parte de los empréstitos concedidos por la Alta Finanza internacional a la Rusia soviética. A todo esto deben añadirse las declaraciones públicas de simpatía y los ofrecimientos de ayuda económica ( ayuda que se hizo efectiva de forma cuantiosa) manifestados desde muy pronto al régimen soviético por parte de los dos dirigentes más destacados del área capitalista, el premier británico Lloyd George y el presidente estadounidense Woodrow Wilson. Otro personaje que desempeñó un relevante papel en este asunto fue el financiero judío-nortemanericano Bernard Baruch, quien ya durante el mandato presidencial de Woodrow Wilson le había "sugerido" a éste el sexto punto de la Declaración de Apoyo a la Rusia soviética. Aunque fue en los años de la Administración Roosevelt cuando el peso y la influencia de Baruch alcanzaron su apogeo. Considerado unánimemente como la eminencia gris de la Casa Blanca, así describía el American Hebrew del 1-diciembre-1933 la posición de este banquero en los círculos políticos: "Cuando el presidente de los Estados Unidos sale de vacaciones de verano, Bernard Baruch es oficialmente designado presidente suplente". Una vez concluida la 2ª Guerra Mundial, el ínclito Baruch ocupó la primera presidencia de la Comisión de Energía Atómica, si bien su labor más significativa habría de desarrollarse en el marco de las negociaciones tripartitas mantenidas por los vencedores de la Gran Guerra. Durante la Conferencia de Londres de 1945, reservada a los ministros de Exteriores de las potencias vencedoras, Bernard Baruch se trasladó a la capital británica dispuesto a intervenir, cosa que hizo en efecto. Preguntado por el periodista Victor Lasky sobre las razones de su presencia en dicha reunión, el financiero respondió: "He venido a amenazar a los muchachos grandes con el palo grande para asegurarme de que no estropeen la paz". Una "paz" que, entre otras cosas, incluía la entrega de media Europa al totalitarismo soviético. Después de la 2ª Guerra Mundial, y hasta el momento mismo del colapso del régimen bolchevique, los contactos económicos y comerciales no dejaron de multiplicarse. Bien directamente, ya a través de organismos creados al efecto, fueron varios los trusts económicos del área capitalista que mantuvieron una relación fluida con la URSS, cuya economía llegó a depender en no pocos aspectos de los empréstitos y aprovisionamientos procedentes del bloque occidental. Durante todo ese tiempo el suministro de cereales (trigo en especial) y de todo tipo de equipamientos industriales, sistemas electrónicos, productos petroquímicos, abonos, etc, fue vital para la supervivencia económica de la Unión Soviética, al tiempo que proporcionó sustanciosos beneficios a sus proveedores occidentales. Entre los personajes que se distinguieron en las labores de mediación y ayuda al bloque marxista destacan los nombres del magnate Edgard Bronfman, presidente del Congreso Judío Mundial, y de su correligionario Armand Hammer, otro poderoso finaciero cuyos contactos con la URSS se desarrollaron a través de la American Trading Organization, un consorcio comercial controlado por él. No menos digna de mención es la figura del multimillonario estadounidense Cyrus Eaton, que en estrecha colaboración con el clan Rockefeller puso en marcha una sociedad comercial dedicada específicamente a los países del Este. Dicho consorcio estaba formado por la International Basic Economy Corporation, dirigida por Nelson Rockefeller, y la Tower International Inc., encabezada por Cyrus Eaton junior. La asociación de ambas entidades era descrita el 16 de enero de 1967 por el New York Times (diario del Establishment) en estos términos: "El esfuerzo mancomunado de la International Basic Economy y la Tower International puede verse como una combinación de las habilidades inversoras y los recursos de los Rockefeller con el privilegio de que goza la Tower dentro del oficialismo comunista, como resultado de los contactos que a lo largo de los últimos quince años ha venido cultivando Cyrus Eaton senior, recibido siempre como un VIP en los países comunistas". Por otro lado, Cyrus Eaton fue el promotor y organizador de la Conferencia de Pugwash, con la que se iniciaron los contactos periódicos entre las altas esferas científicas de ambos bloques. Otros organismos que destacaron en esas mismas labores fueron el US-URSS Trade and Economic Council (USTECO), y el American Committee on East-West Accord (ACEWA), esta última una entidad adscrita a los círculos de la Comisión Trilateral y creada por iniciativa de varios miembros del poderoso Council on Foregn Relations (CFR) o Consejo de Relaciones Exteriores, cuya importancia se irá viendo a lo largo de las páginas sucesivas. Por lo que se refiere al ámbito europeo, merece destacarse el papel desempeñado en ese mismo sentido por la firma multinacional Royal-Dutch, dependiente del grupo judio-británico Lazard, así como el de los dos principales empresarios de Italia, Giovanni Agnelli, patrón de la Fiat y figura destacada de la Comisión Trilateral, y Carlo de Benedetti, miembro prominente de la comunidad israelita de aquel país A mayor abundamiento, las cumbres periódicas convocadas por la Comisión Trilateral (una especie de cónclave de grandes Multinacionales) contaron desde el principio con la presencia de un delegado soviético. A esto podría añadirse, entre otras "anécdotas", la consideración de nación más favorecida otorgada por la Administración norteamericana desde comienzos de los años 70 a la Unión Soviética. Cabría significar por último el hecho de que los inicios de la celebrada perestroika se vieron precedidos por una reunión de alto nivel mantenida en Moscú entre una delegación del Comité Ejecutivo de la Comisión Trilateral, con David Rockefeller a la cabeza, y los principales dirigentes soviéticos, con Gorbachov, Yacovlev, Dobrinin, Arbatov y Primakov entre ellos. Por supuesto que se trató de una simple coincidencia. El breve recorrido efectuado a lo largo de este capítulo bastará para constatar la puntualidad con la que se ha desarrollado la célebre dialéctica hegeliana, y cómo de la antítesis de los falsos opuestos (capitalismo y marxismo) ha resultado finalmente el capitalismo multinacional y progresista, que es la síntesis deseada y la fórmula más idónea para impulsar la expansión del modelo socio-económico materialista y consumista vigente en la actualidad. Justamente el modelo que mejor garantiza el dominio absoluto de la oligarquía plutocrática.

CAPITULO III. EL SISTEMA FINANCIERO MUNDIAL Y SUS NUCLEOS DE PODER

1. LA URDIMBRE EN SUS ORIGENES

LOS ILLUMINATI DE WEISHAUPT

La Orden de los Iluminados de Baviera fue fundada el 1 de marzo de 1776 por Adam Weishaupt, un profesor de Derecho Canónico de la Universidad alemana de Ingolstadt formado en el colegio de los jesuitas de su ciudad natal. Sus primeros adeptos fueron cuatro alumnos de su propia cátedra, que en un principio constituyó el epicentro de la labor proselitista del fundador. A partir de ese reducido núcleo se articuló la expansión de la Orden sobre la premisa básica de conseguir la adhesión de elementos situados en posiciones sociales y económicas relevantes. Consecuentemente, el reclutamiento de los nuevos acólitos no se efectuaba por candidatura, sino por cooptación, atendiendo a las propuestas de algún miembro de la secta e iniciando seguidamente una discreta maniobra de aproximación al candidato considerado idóneo. Poco tiempo después de que fuese creada, tuvo lugar la incorporación a la Orden del primer adepto de alto rango social, un barón protestante de Hannover llamado Adolf von Knigge, cuyo temperamente ecléctico y ambicioso se dejaría sentir en las futuras actividades de la organización. A partir de entonces las incorporaciones de nuevos acólitos de destacada posición se sucederían ininterrumpidamente: el duque Luis Eduardo de Saxe-Gotha, el duque de Saxe-Weimar, el príncipe Ferdinand de Brunswick, el conde de Stolberg, el príncipe Karl de Hesse, el príncipe de Neuwied, el conde von Pappenheim, el barón de Dalberg, el escritor Wofgang Goethe (Abaris, en la nomenclatura de la secta) y un largo etcétera. La estrategia diseñada por Spartacus (nombre sectario de Weishaupt) habría de convertirse con el tiempo en el modelo inspirador de todas las sociedades afines orientadas al advenimiento de un "nuevo orden", y básicamente se resumía en los puntos siguientes: reclutamiento en los círculos sociales oligárquicos; rígida jerarquización interna; mando restringido a un reducido grupo de iniciados; y agitación ideológica fundamentada en los señuelos humanistas, filantrópicos y democráticos plenamente consagrados en la actualidad. De los Illuminati y de la Francmasonería procede igualmente el esquema organizativo en círculos concéntricos, adoptado después por las sociedades carbonarias (Babeuf, Buonarrotti, Bakunin, Marx), y por las actuales agrupaciones financiero-tecnocráticas de ámbito mundial. El hecho de que se disponga de un conocimiento prácticamente absoluto de los inicios de la Orden, cuyos documentos internos cayeron en manos de la policía bávara, permite seguir el rastro de sus actividades y constatar la permanencia en el tiempo de sus métodos operativos. Las directrices de Weishaupt no podían ser más elocuentes: "es en la intimidad de las sociedades secretas donde ha de saberse preparar la opinión"; "cada adepto debe llevar un diario donde anotará todas las particularidades concernientes a las personas con las cuales esté en relación". Por otra parte, y en tanto, que iniciado en la masonería regular, y conocedor, por ello, de los métodos de ésta, Weishaupt adoptó la máxima según la cual "cada iluminado debía actuar como si el grado al que pertenecía fuera el último", para añadir a continuación que "la franqueza sólo es una virtud cuando se manifiesta con los superiores jerárquicos" Por lo que se refiere a los objetivos de la Orden, las consignas impartidas por Weishaupt a sus grados superiores no dejan espacio a la duda: "Cada uno de los hermanos debe poner en conocimiento de su jerarquía los empleos, servicios, beneficios y demás dignidades de las que podamos disponer o conseguir por nuestra influencia, a fin de que nuestros superiores tengan la ocasión de proponer para esos empleos a los dignos miembros de nuestra Orden"; "De lo que se trata es de infiltrar a los iniciados en la Administración del Estado, bajo la cobertura del secreto, al objeto de que llegue el día en que, aunque las apariencias sean las mismas, las cosas sean diferentes"; "En una palabra -apostillaba Weishaupt- es preciso establecer un régimen de dominación universal, una forma de gobierno que se extienda por todo el planeta. Es preciso conjuntar una legión de hombres infatigables en torno a las potencias de la tierra, para que extiendan por todas partes su labor siguiendo el plan de la Orden". Como será fácil advertir, esos últimos pronunciamientos guardan un estrecho paralelismo con las manifestaciones efectuadas en nuestra época por varias figuras prominentes del Nuevo Orden Mundial. Sirvan como muestra las que se reproducen a continuación: Edmond de Rothschild, en declaraciones a la revista Enterprise: "La estructura que debe desaparecer es la nación" James Paul Warburg, patrón del grupo financiero S.G.Warburg, miembro de la Round Table y del Council on Foreign Relations, en una alocución pronunciada ante una comisión del Senado estadounidense. "La única interrogante de nuestro tiempo no es si el Gobierno Mundial será alcanzado o no, sino si será alcanzado pacíficamente o con violencia. Se quiera o no, tendremos un gobierno mundial. La única cuestión es saber si será por concesión o por imposición". Guardando el debido orden jerárquico, y una vez que han hablado los patrones, es ahora el turno de sus subalternos. Gianni de Michelis, ex-ministro italiano de Asuntos Exteriores y presidente del Instituto Aspen (un apéndice de la Comisión Trilateral), en declaraciones efectuadas al diario El País el 4 de abril de 1990: "El poder ha de ser inevitablemente transferido de las naciones soberanas a instituciones supranacionales" John Kennet Galbraith, socialista fabiano, profesor de la Universidad de Harvard (feudo académico del Council on Foreign Relations y de la Comisión Trilateral), en declaraciones publicadas el 9 de marzo de 1977 por el diario La Vanguardia: "El socialismo moderno no dependerá de los teóricos o de los políticos, sino de los dirigentes de las empresas multinacionales". El corpus ideológico iluminista, idéntico en lo esencial al de la francmasonería especulativa, hace del culto al racionalismo una de sus piedras angulares, lo que no es obstáculo para que, simultáneamente, recurra a un variopinto galimatías de conceptos extraídos arbitrariamente de la Biblia o del confucionismo, conceptos a los que se añaden otros tomados de filósofos como Epicteto, Séneca o Marco Aurelio. Se trata, pues, del característico ejercicio de sincretismo doctrinal, un hecho que aplicado al terreno metafísico e iniciático, al que habitualmente apelan las organizaciones pseudoiniciáticas modernas, es síntoma inequívoco de mascarada y de fraude. Por lo que se refiere a las relaciones entre los Illuminati y la Francmasonería, y al margen de su notoria afinidad ideológica, cabe subrayar, en primer término, la pertenencia del propio Weishaupt a la masonería regular, en la cual había sido iniciado tiempo antes de que fundara la Orden iluminista. Más significativa aún a este respecto fue la Reunión o Convento de Wilhelmsbad, una especie de Conferencia de todos los grupos masónicos que tuvo lugar en 1782, y en la que participó la logia de la Estricta Observancia, a la cual pertenecían extraoficialmente los Iluminados de Baviera. En dicha reunión se acordó refundir los tres primeros grados de todas las obediencias masónicas, dejando los restantes al arbitrio de cada una de las logias. A raíz de aquel evento, y tras el intento fallido de Weishaupt de unificar bajo su autoridad todas las disciplinas masónicas, se produjo un fluido trasvase merced al cual numerosos francmasones fueron iniciados en la Orden iluminista, mientras que otros tantos acólitos de Weishaupt ingresaban en las filas de diversas logias masónicas, duplicando así, unos y otros, su filiación. A esa circunstancia obedecería la pervivencia en el tiempo de la corriente iluminista, aunque la Orden fuese declarada ilegal en 1784 por el Elector de Baviera, y pese a que su fundador fuera desterrado y, más tarde, una vez conocido el alcance de la trama iluminista, condenado a muerte. Tras dicha condena, que en realidad no fue sino un gesto efectista del Elector bávaro, y contando con la aquiescencia de este último, Weishaupt se evadió a la corte del duque de Saxe, uno de sus adeptos, que le nombró su consejero y le confió la educación de su heredero. Los restantes dirigentes de la Orden se evaporaron temporalmente, prosiguiendo su actividad en las logias masónicas europeas y americanas, aunque su ostracismo duraría poco tiempo. En efecto, en 1786 vuelven a aparecer en una reunión que tuvo lugar en Frankfurt, casa matriz de los Rothschild, y en la que se gestaron los preparativos de la Revolución Francesa. Allí fue acordada la muerte de Luis XVI y la creación de la Guardia Nacional republicana, y desde allí se impartieron las correspondientes órdenes a las logias militares francesas para que, llegado el momento, no obstaculizaran el desarrollo del proceso revolucionario. No menos relevante fue la participación en dicho proceso de los acólitos iluministas, muchos de los cuales militaban simultáneamente en diversas logias de la masonería regular. Figuraron entre ellos el abate Siéyes, el marqués de Condorcet, Danton y Tayllerand, así como Mirabeau, Marat y Robespierre, afiliados a una sociedad iluminista conocida como el Comité Secreto de los Amigos Reunidos. Por otro lado, las labores de agitación y los disturbios sociales promovidos por los militantes iluministas en Francia contaron con el generoso patrocinio económico de financieros como Benjamín y Abraham Goldsmid, Moisés Mocatta, David Friedlander, Herz Cerfbeer y Moisés Mendelsshon. En la línea de lo apuntado conviene significar que la filosofía y la simbología iluministas jugaron asimismo un papel sobresaliente en la gestación de la República Norteamericana, como muy pronto veremos. Para cerrar este epígrafe bueno será dedicar algunas líneas a una de las herramientas ideológicas que más propició el óptimo desenvolvimiento de la francmasonería en su conjunto y del iluminismo en particular, dando paso con ello a la instauración del nuevo régimen. Se trata de la filantropía, un concepto que habría de consolidarse como una de las peculiaridades características del modelo burgués. Partiendo del los postulados del humanismo renacentista, dicho concepto fue desarrollándose a modo de sucedáneo de las creencias religiosas, sometidas a un progresivo descrédito como lógica consecuencias de su sórdida instrumentalización durante el Antiguo Régimen; un hecho, este último, en el que nunca reparan ciertos críticos del mundo moderno casualmente pertenecientes a los sectores de la burguesía que siguieron practicando esa espúrea instrumentalización. Devenida, pues, en una suerte de pseudorreligión antropocéntrica, la filantropía pasaría a convertirse en el instrumento predilecto de la nueva clase dominante para engalanar su mentalidad materialista y como contrapunto de la vacuidad metafísica y espiritual que le es característica. Desde entonces la causa filantrópico-humanista serviría para promover las convulsiones más sangrientas, para justificar los mayores despotismos y para adulterar los más elementales principios, amén de convertirse en la mejor cobertura del dominio oligárquico. Ese fue el mecanismo ideológico de la dictadura jacobina, y en cuyo nombre se perpetraron las matanzas de la Vendée y se instauró el Gran Terror. El mismo que utilizaría después el totalitarismo marxista y el mismo que esgrimen en el presente los psicópatas "filántropos" del Nuevo Orden Mundial.

LA FUNDACIÓN DE LA REPUBLICA NORTEAMERICANA

El 4 de julio de 1776, los delegados de los trece Estados de Nueva Inglaterra proclamaban la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América. De los trece firmantes del Acta de Independencia, nueve eran francmasones (Ellery, Franklin, Hancock, Hewes, Hooper, Paine, Stockton, Walton y Whipple). Idéntica condición compartían nueve de los trece delegados que rubricaron los artículos de la nueva Confederación (Adams, Carroll, Dickinson, Ellery, Hancock, Harnett, Laurens, Roberdau y Bayard Smith), así como los trece firmantes de la Constitución estadounidense (Bedford, Blair, Brearley, Broom, Carroll, Dayton, Dickinson, Franklin, Gilman, King, McHenry, Paterson y Washington). La gran mayoría de los congresistas que ratificaron dichos acuerdos eran igualmente miembros de la hermandad masónica, lo mismo que la práctica totalidad de los mandos del ejército republicano que combatió a las tropas realistas de la metrópoli inglesa. La influencia de la francmasonería se haría patente desde el principio en todos los ámbitos del incipiente Estado, modelando sus componentes ideológicos y políticos e inspirando buena parte de su simbología. Inmediatamente después de proclamar la Declaración de Independencia, el Congreso reunido en Filadelfia adoptó una resolución encargando a John Adams, Benjamín Franklin y Thomas Jefferson la confección del sello oficial del nuevo Estado. A tal efecto, cada uno de los tres miembros del comité sugirió un diseño para el sello de la Unión. Jefferson propuso una imagen que representase al pueblo de Israel marchando hacia la Tierra Prometida. Franklin proyectó una alegoría en la que aparecía Moisés conduciendo a los israelitas a través del Mar Rojo. John Adams, por su parte, se inclinó por un tema de la mitología griega que representaba a Hércules. 

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