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EL NUEVO ORDEN MUNDIAL (VI)

 

EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

GENESIS Y DESARROLLO DEL CAPITALISMO MODERNO

Martín Lozano

Ó Alba Longa Editorial, 1996

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         VII parte

Así, en el número correspondiente a julio de 1990, uno de los analistas del CFR, Barry Rubin, exponía la necesidad de "tomar medidas especiales y urgentes para acabar con el poder militar y nuclear de ciertos Estados", indicando a continuación que tales medidas "debían aplicarse a las ambiciones de Irak". Unos meses después se desencadenaría la guerra del Golfo Pérsico. 

No menos ilustrativos fueron los análisis realizados en 1982 sobre la evolución interna de los regímenes marxistas de Polonia y la URSS por William Hyland, editor del Foreign Affairs, ex-analista de la CIA y miembro del Bilderberg Group, de la Comisión Trilateral, de la Pilgrims Society y de la Round Table. 

Análisis que, cuando menos, pusieron de manifiesto las portentosas dotes "proféticas" del susodicho Hyland, ya que todas sus previsiones se han ido cumpliendo con asombrosa precisión. Pero el vehículo idóneo para hacer llegar a la gran masa de la población las opciones decididas en los laboratorios del CFR no es el órgano oficial de éste, de carácter y alcance restringidos, sino los grandes medios de comunicación estadounidenses. 

Después, los diversos tributarios mediáticos del Sistema esparcidos por las provincias del Imperio se aprestarán a desempeñar su papel habitual de caja de resonancia de las consignas elaboradas en el centro emisor, que es donde se decide qué asuntos deben pudrirse en el silencio y cuáles otros han de convertirse en temas de candente actualidad, marcando asimismo las pautas del modo en que deben tratarse éstos. 

Para hacerse una idea de la presencia del Consejo de Relaciones Exteriores en los más influyentes medios de comunicación estadounidenses, he aquí una breve relación de algunos de los capitostes de tales medios adscritos a dicho organismo: New York Times: Richard Gelb, William Scranton, John F. Akers, Louis Gerstner, George Munroe, Donald Stewart, Cyrus Vance, A.M.Rosenthal, Seymur Topping, James Greenfield, Max Frankel, Jack Rosenthal, John Oakes, Harrison Salisbury, H.L.Smith, Steven Rattner, Richard Burt. Washington Post/Newsweek: Katherine Graham, N.Katzenbach, Robert Christopher, Osborne Elliot, Philipp Geyelin, Murry Marder, Maynard Parker, George Will, Robert Kaiser, Meg Greenfield, Walter Pincus, Murray Gart, Peter Osnos, Don Oberdorfer. Time Inc.: Ralph Davison, Donald Wilson, Henry Grunwald, Alexander Heard, Sol Linowitz, Thomas Watson. Public Broadcast Service: Robert McNeil, Jim Leher, C.Hunter Gault, Hodding Carter, Daniel Schorr. Associated Press: Stanley Swinton, Harold anderson, Katherine Graham. Wall Streett Journal: Richard Wood, Robert Bartley, Karen House. ABC: Thomas Murphy, Barbara Walters, John Connor, Diane Sawyer, John Scall. NBC/RCA: John Welch, Jane Pfeiffer, Lester Crystal, R.Sonnenfeldt, John Petty, Tom Brokaw, David Brinkley, John Chancellor, Marvin Kalb, Irving Levine, Herbert Schosser, P.G.Peterson, John Sawhill. CBS: Laurence Tisch, Roswell Gilpatric, James Houghton, Henry Schacht, Dan Rather, Richard Hottelet, Frank Stanton. CNN: W.T.Johnson, Daniel Schorr. 

Todo esto no es más que una pequeña muestra de la incidencia del CFR en la vida pública norteamericana; y no será necesario explicar el peso de ese país en el escenario internacional. De ahí las declaraciones efectuadas en el W Magazine (4-8-78, Fairchild Publications) por Winston Lord, presidente por entonces del CFR y miembro de la sociedad The Order: "La Comisión Trilateral no dirige el mundo entre bastidores; es el Consejo de Relaciones Exteriores quien lo hace". Palabras que, siendo certeras, no reflejaron sino una parte de la realidad, ya que este organismo no es la la última instancia o el núcleo central del organigrama oligárquico-mundialista, como más adelante podremos comprobar. 

Desde el mismo momento en que el CFR fuera creado, la política exterior norteamericana ha venido siendo un predio de su absoluto dominio. Pero su influencia, que ha ido a más con el transcurso del tiempo, no se reduce a esa parcela, ya enormemente importante de por sí, sino que se hace extensiva a todos los ámbitos de la esfera política estadounidense. 

Como será fácil comprender, resultaría excesivamente prolijo reproducir la relación exhaustiva de todos y cada uno de los miembros del CFR que, desde 1921 hasta hoy, han ostentado algún cargo de alto nivel en la Administración norteamericana. Lo que sí podrá hacerse aquí es ofrecer una concisa pero significativa muestra de la incidencia de este organismo en el presente. Ésta era, en el momento en que se constituyó la Administración Clinton, la relación de altos cargos de la misma pertenecientes al CFR. 

Quede claro que en modo alguno se trata de una enumeración exhaustiva, sino de un muestreo referido a algunas de las áreas gubernamentales más relevantes. 

Por otra parte, el cuadro que se ofrece a continuación es perfectamente extrapolable a cualquiera de los gabinetes precedentes, ya que la presencia del CFR en todos ellos ha sido similar, con independencia de la facción política gobernante en cada momento. Gabinete Gubernamental: William Clinton (Presidente del Gobierno); Albert Gore (Vicepresidente); Warren Christopher (Secretario de Estado); Les Aspin (Secretario Defensa); Bruce Babbit (Secretario Interior); Lloyd Bentsen (Secretario del Tesoro); Henry Cisneros (Secretario de Vivienda y Desarrolo Urbano); Donna Shalala (Secretaria Salud y Servicios Sociales); Anthony Lake (Consejero Nacional de Seguridad); James Woolsey (Director de la CIA); Laura Tyson (Directora del Consejo Económico); Colin Powel (Presidente Junta Jefes Estado Mayor). Staff de la Casa Blanca: G.Stephanopoulos (Director Comunicaciones); Wiliams Crove (Asesor Jefe de Inteligencia Exterior); Nancy Soderberg (Directora del Staff del Consejo Nacional Seguridad); Samuel R.Berger (Consejero Delegado de Seguridad Nacional); W.Bowman Cutter (Asesor Delegado del Consejo Económico). Departamento del Tesoro: Robert M.Bestani (Delegado Adjunto Asuntos Monetarios Internacionales); Roger Altman (Secretario Adjunto del Tesoro); Robert R.Glauber (Subsecretario Finanzas); J.French (Delegado Adjunto Departamento Finanzas); John M.Niehuss (Delegado Adjunto Asuntos Monetarios Internacionales). Departamento de Estado: Madeleine Albright (Embajadora en la ONU); Lynn Davis (Subsecretario Seguridad Internacional); Peter Tarnoff (Subsecretario Asuntos Políticos); John E.Spero (Subsecretario Asuntos Económicos); Brian Atwood (Subsecretario Administración); G.E.Moose (Subsecretario Asuntos Africanos); H. Allen Holmes (Secretario Adjunto Asuntos Político-Militares); Joseph Verner Reed (Jefe Protocolo); Edward Perkins (Director Personal); Winston Lord (Secretario Adjunto Asuntos Este de Asia y Pacífico); John H.Kelly (Secretario Adjunto Asuntos Sudeste Asiático y Cercano Oriente); Stephen A.Oxman (Secretario Adjunto Asuntos Europeos)); Clifton Wharton (Consejero Delegado); Brandon Grove (Director Servicios Asuntos exteriores); Dennis B.Ross (Director Staff Planificación Política); Abraham David Sofaer (Asesor Legal). Cuerpo Diplomático (Embajadores): Strobe Talbot (CEI); John Negroponte (Méjico); Thomas Pickering (Rusia); Edward Ney (Canadá); Morton Abramowitz (Turquía); Robert Oakley (Paquistán); Michael Armacost (Japón); Henry Catto (Gran Bretaña); Robert Pelletreau (Túnez); Shirley T.Black (Rep.Checa); Nicholas Platt (Filipinas); Christopher Phillips (Brunei); James Spain (Sri Lanka); Frances Cook (Camerún); Terence Todman (Argentina); Edward Djerejlan (Siria); Frank Wisner (Egipto); Warrem Zimmerman (Yugoslavia). Departamento de Defensa: Frank G.Wisnerll (Subsecretario Asuntos Políticos); Michael P.W.Stone (Secretario de la Armada); Donald B.Rice (Secretario Fuerza Aérea); Henry S.Rowen (Secretario Adjunto Seguridad Interior); Seymur Weiss (Presidente Política de Defensa); Franklin C.Miller (Delegado Adjunto Sec.Nuclear); W.Bruce Weinrod (Delegado OTAN); Charles M.Herzfeld (Director Departamento Investigación); Junta Jefes Estado Mayor: Tte. Gral. T.Boyd; Tte.Gral. G.L.Butler; Tte.Gral. B.C.Hosmer; Gral. Carl E.Vuono; Gral. Merrill A.McPeak; Gral. John T.Chain. Reserva Federal: Alan Greenspan (Presidente); Gerald Corrigan (Vicepresidente); Richard Cooper; Robert Forrestal; Robert Erburu; Bobby Inman; Anthony Solomon; Edwin Truman; Cyrus Vance; Paul Volker; Sam Cros; John Opel; Steven Muller; Robert Knight. Oficina de Comercio: Gary R.Edson (Presidente); Joshua Bolten (Consejero General); Daniel M.Price (Consejero General Adjunto). Export-Import Bank: John Macomber (Presidente); Eugene Lawson (Vicepresidente); Rita Rodríguez (Directora); Hart Fessenden (Consejero General). Agencia Control y Desarme: William Schneider (Presidente); Thomas Graham (Consejero General); Richard Burt (Negociador Defensa Estratégica); David Smith. Antes de pasar a ver las relaciones que ha venido manteniendo la izquierda occidental con el CFR, no estará de más dedicar una breve reseña al papel desempeñado por este poderoso club en el alumbramiento de la ONU, de la que últimamente se ha puesto de moda deplorar su inoperancia, lo que no deja de ser una maniobra más de intoxicación, ya que este organismo ha dado buenas muestras de su eficacia cuando los intereses de quienes lo manejan lo han exigido así. Recuérdese, si no, la Guerra del Golfo y todo lo que ha sobrevenido después, entre otras cosas el embargo criminal decretado por tan humanitaria institución contra la población iraquí, que es la que está pagando sus consecuencias. 

Pues bien, los avances preparatorios para la constitución de las Naciones Unidas, cuyo edificio, dicho sea de paso, se levantó en unos terrenos cedidos al efecto por el clan Rockefeller (tan filantrópica donación se vería largamente compensada por la revalorización del suelo colindante propiedad de la familia), fueron elaborados por un Comité Secreto (Secret Steering Committee) instituído en 1943 por el Secretario de Estado norteamericano, Cordell Hull. Dicho Comité estaba formado, además del citado Hull, por cinco asesores del presidente Roosevelt: Taylor, Davis, Bowman, Pasvolski y Welles, todos ellos miembros del CFR. 

En diciembre de 1943 se incorporó al grupo Edward Stettinius, recién nombrado Subsecretario de Estado y miembro también del CFR. Hijo de un asociado de la banca Morgan, y antiguo ejecutivo de la United States Steel, este sujeto había gestionado antes de acceder a su nuevo cargo la Ley de Préstamo y Arriendo dictada al final de 2ª Guerra Mundial por el gobierno estadounidense. Una ley cuyos beneficiarios no sólo fueron los grandes consorcios industriales norteamericanos, que recibieron a precio de saldo las modernas instalaciones construidas por el Estado durante la guerra, sino también la Unión Soviética, a la que el susodicho Stettinius entregó a fondo perdido equipamientos por valor de 10.000 millones de dólares que, por supuesto, nunca fueron pagados.

 Posteriormente se irían añadiendo al Comité en cuestión nuevos miembros, la inmensa mayoría procedentes del CFR: Green, Cohen, Hornbeck, Hackworth y Dunn entre ellos. Finalmente, el borrador definitivo para la constitución de la ONU fue redactado por un equipo de juristas socios en su mayoría del CFR (Hughes, Taylor, Davis y Miller entre ellos). Pero vayamos ya con el tema apuntado líneas atrás, esto es, las relaciones mantenidas por la izquierda occidental y su foro más prestigioso, la Internacional Socialista, con ese sólido baluarte del poder plutocrático que es el CFR. 

Antes de nada convendrá recordar que el proyecto de crear una Internacional Socialista se planteó por primera vez en la Conferencia de Claton-on-Sea de 1946, a propuesta de los ministros fabianos del gabinete británico. Dicho proyecto no respondía sino a la doctrina formulada por el CFR para el escenario post-bélico europeo, doctrina que se basó en la conveniencia de crear un frente de contención al comunismo que, al mismo tiempo, no fuera anticomunista. 

Se trataba, pues, de frenar el expansionismo político y territorial de la URSS, pero sin cercenar la expansión ideológica del marxismo y de las tesis izquierdistas. Un planteamiento, como podrá verse, en la línea de la más pura dialéctica hegeliana, y sin duda el más idóneo para alcanzar la síntesis ya comentada. La idea esbozada en Claton-on-Sea no tardó en fructificar. Poco después se constituía en Londres el Comité Socialista Internacional, integrado por socialistas alemanes y británicos; y éstos fueron quienes, a su vez, se encargaron de preparar el Congreso Internacional de 1951 celebrado en Frankfurt con la participación de treinta y cuatro delegaciones socialistas, la mayoría de las cuales procedían de los países integrados en la OTAN. 

La Internacional socialista nacía así como el instrumento más idóneo para lograr los objetivos marcados. En las postrimerías de la década de los setenta surgieron dos nuevos organismos que vinieron a completar la estructura de la Internacional Socialista, de la que bien podrían considerarse como una prolongación: La Comisión Palme y la Comisión Brandt. 

Entre los integrantes de la primera en el momento de su creación figuraban, además del propio Olof Palme, socio del Bildreberg Group, individuos como David Owen (Trilateral), Egon Bahr (Bilderberg), Cyrus Vance (Trilateral, Bilderberg, CFR, Pilgrims), Georgi Arbatov (director del Instituto de Relaciones Internacionales de Moscú, equivalente soviético del CFR) y Emma Rothschild. 

De parecido corte era la nómina de miembros de la Comisión Brandt, nacida a finales de 1977 bajo los auspicios de Robert McNamara (Trilateral, Bilderberg, CFR, presidente del Banco Mundial). La presidencia de la Comisión recayó, lógicamente, en Herbert Karl Frahm, más conocido como Willy Brandt, al lado del cual figuraban Edward Heath (Bilderberg), Peter Peterson (director de la banca Lehman-Kuhn&Loeb), Edgard Pisani (Bilderberg), Eduardo Frei (líder democristiano chileno), Katherine Graham (Trilateral, Bilderberg, CFR, propietaria del Washington Post y de la revista Newweek) y algún que otro sindicalista de relleno incluído en la lista para conferir el oportuno toque proletario a la comisión. A esta distinguida organización Internacional y Socialista pertenece el Partido Socialista Obrero Español, uno más de los muchos clubs de izquierdistas incendiarios devenidos en férvidos apagafuegos tan pronto como sus ambiciones de pequeño-burgueses resentidos encontraron la debida satisfacción. Veamos, pues, sin más preámbulos, algunas de las peregrinaciones efectuadas por sus más destacados dirigentes a las dependencias del CFR y a otros santuarios del Gran Capital. 

Tales peregrinaciones, iniciadas ya en la época en que los líderes socialistas vestían de pana progre, comenzaron en agosto de 1975, con la visita de una delegación del PSOE a Israel, donde la poderosa socialdemocracia judía, entonces en el poder, y su organización sindical, la no menos poderosa Histadrut, brindaron a sus homólogos españoles ayuda económica y formación de cuadros a cambio de silenciar o poner sordina a las tropelías israelíes en la zona. 

Dos años después, en noviembre de 1977, Felipe González viajaba a los Estados Unidos para entrevistarse con Walter Mondale, vicepresidente norteamericano, Cyrus Vance, secretario de Estado, y otros altos cargos gubernamentales, encuentros que serían ampliamente reflejados en los medios de comunicación. Lo que, sin embargo, no obtuvo el menor comentario fue su visita a la sede del CFR, donde el líder socialista pronunció una conferencia que, de acuerdo con los hábitos de ese organismo, fue seguida del correspondiente coloquio-interrogatorio, cuyos resultados debieron ser plenamente satisfactorios para los cancerberos del Gran Capital a juzgar por la ulterior trayectoria política de su invitado. 

Acto seguido el futuro presidente acudió a una cena organizada por otro feudo del Establishment, el Carnegie Endowment for International Peace, donde también puso de manifiesto que estaba en condiciones de satisfacer las expectativas de sus distinguidos anfitriones. 

La primera romería a la meca plutocrática, que concluyó con una visita a David Rockefeller, no pudo ser, por tanto, más satisfactoria para ambas partes, y de ella regresó Isidoro el revolucionario con el placet de los patrones y una pequeña donación de doce millones de dólares para las arcas del partido. En marzo de 1978 eran Enrique Múgica, entonces presidente de la Comisión de Defensa del Congreso, y Luis Solana, futuro cacique de las comunicaciones, quienes viajaban a Nueva York. 

En su agenda oficial figuraban entrevistas con Harold Brown, secretario de Defensa, con altos cargos del Consejo Nacional de Seguridad y con los rectores de la multinacional ITT. De todo ello se hicieron eco los medios. Nada se publicó acerca de su asintencia al correspondiente desayuno-sondeo celebrado en los despachos del CFR. Por aquellas mismas fechas viajó también a la metrópoli el entonces ministro socialdemócrata de la UCD, y futuro ministro del PSOE, Francisco Fernández Ordóñez. 

Oficialmente, el objetivo de su visita, ya elocuente de por sí, era contrastar con las autoridades norteamericanas la idoneidad de la política económica del Gobierno español. A tal efecto se entrevistó con Michel Blumenthal, secretario del Tesoro y miembro del CFR, Artur Burns, presidente de la Reserva Federal y miembro del CFR, William Dale, vicepresidente del Fondo Monetario Internacional y militante del CFR, y Robert McNamara, presidente del Banco Mundial y asimismo socio destacado del CFR. La visita de Fernández Ordóñez finalizó, según la norma, con una sesión a puerta cerrada en las oficinas del CFR, de la que tampoco se informó. 

Mientras tanto, el profesor Tierno Galván multiplicaba sus esfuerzos para recabar el apoyo de personalidades influyentes (Brandt, Schell, Hoffman) que le permitieran ingresar en la Comisión Trilateral, cosa que no logró debido a que sus gestiones en ese sentido fueron sistemáticamente saboteadas por Felipe González, quien por aquellas fechas estimaba inconveniente para la buena imagen del PSO el ingreso de uno de sus dirigentes en esa entidad. Tales remilgos no tardarían mucho en disiparse, y en 1985 el presidente de la Compañía Telefónica y militante del PSOE, Luis Solana, ingresaba en la Trilateral, siendo seguido un año después por Julio Feo, entonces fontanero mayor de la Presidencia del Gobierno y miembro en la actualidad del Comité Ejecutivo de la sección europea de dicha organización plutocrática. En marzo de 1981, Felipe González emprendía otra gira, esta vez a Gran Bretaña, invitado por el Instituto de Estudios Europeos, una especie de apéndice del Saint-Anthony College de la Universidad de Oxford. Ese centro escolar, dominado por la Round Table y la Fabian Society, ha sido objeto de frecuentes peregrinaciones por parte de diversos líderes socialistas, entre los que se encuentran Fernando Morán, Narcís Serra, Alfonso Guerra, Pascual Maragall y José Borrell. 

El viaje de González concluyó con una comida de trabajo en la sede de la Fabian Society. En diciembre de 1982, con el sonado triunfo electoral del PSOE aún caliente, Alfonso Guerra asistía a una reunión convocada por el European Management Forum, un organismo en la órbita de Davos. Allí manifestaría públicamente la disposición del Gobierno socialista a colaborar con las empresas multinacionales "por la confianza en el futuro de España que han demostrado en los tiempos difíciles". Una vez en el poder, los contactos socialistas con los centros de dominio plutocrático se prodigaron aún más. 

En abril de 1983, David Rockefeller giraba una visita a España de regreso de una cumbre de la Comisión Trilateral, siendo recibido en la Moncloa por González y Boyer, dada su condición de "miembro de primera fila del mundo económico internacional", según palabras del comunicado emitido al respecto por el Gabinete de Prensa de la Presidencia. En mayo de ese mismo año Miguel Boyer, Fernández Ordóñez y Guillermo de la Dehesa, máximos representantes del equipo económico gubernamental, emprendían un viaje a Nueva York para entrevistarse con varios dirigentes de la banca estadounidense. En el curso de esa gira Miguel Boyer asistió a una cena convocada por el Metropolitan Club neoyorquino durante la cual se dirigió a los presidentes y directores de los principales bancos comerciales estadounidenses para transmitirles "el mensaje del Gobierno español, que es un gobierno socialista, pero moderado y pragmático, en la línea de la tradición socialdemócrata y fabiana". 

Poco después, en junio de 1983, Miguel Boyer se desplazaba de nuevo a los Estados Unidos, pero esta vez como segundo del jefe de la comitiva, el presidente González. En el curso de esa importante gira la delegación española se entrevistó con las más altas instancias politicas y económicas estadounidenses, actuando David Rockefeller como introductor de González en la entidad más representativa del capitalismo nortemericano, la Century Association. 

En aquel viaje se ultimaron, entre otras cosas, los últimos retoques y el visto bueno definitivo del Gran Capital al proyecto económico socialista, todo ello dentro del mejor ambiente, dada la disposición del presidente español, reiteradamente expresada por éste, de "fomentar ante todo la inversión del capital extranjero en España como la mejor vía para su desarrollo económico". También fue sometido a un último examen el plan cuatrienal de Boyer, cuyo elemento básico, la reconversión industrial, respondía a los designios de la CEE y, en última instancia, a los esquemas económicos trazados por la Comisión Trilateral. 

En virtud de tales directrices, España entraba en la calificación de nación semiperiférica, lo que suponía el desmantelamiento de su industria pesada y la consideración de apta únicamente para el desarrollo de industrias auxiliares y subsidiarias de las grandes multinacionales. 

Tras aquella visita crucial, de la que el órgano oficial del PSOE no se dio por enterado, resulta perfectamente lógico que otros viajes más discretos pasasen desapercibidos. Así, en septiembre de 1983, Fernado Morán acudía a la sede del CFR para contrastar con ese organismo la política exterior del Gobierno socialista, viaje que repetiría exactamente un año después.

 Durante los años sucesivos habrían de prodigarse las visitas al CFR y a otros foros mundialistas de los dos principales asesores de González, Roberto Dorado y Juan Antonio Yáñez, que de esa forma le mantenían al corriente de los últimos designios trazados por los árbitros de la economía y la política internacional. 

En marzo de 1987 David Rockefeller giraba una nueva visita a España, en el curso de la cual se entrevistó con el subgobernador del Banco de España, con el jefe del Estado y con el presidente del Gobierno, sin que nada de ello mereciera la más breve reseña en los medios de comunicación. 

En noviembre de 1988 Felipe González recibía a una delegación de la European Round Table encabezada por Giovanni Agnelli, patrón de la multinacional FIAT y figura de primera fila de la Comisión Trilateral. Y así ininterrumpidamente hasta hoy. Todo lo reseñado no son más que unos cuantos ejemplos sacados de una casuística muchísimo más amplia y demasiado extensa para ser reproducida en un texto cuyas prioridades son otras. 

A modo de colofón, bien podría cerrarse este asunto con las andanzas por los mismos circuitos oligárquicos de otra celebridad de la izquierda española, Santiago Carrillo, quien también protagonizó una singular peregrinación a la meca del capitalismo atendiendo los requerimientos de la Universidad de Yale, centro del iluminismo yanqui y feudo de la logia The Order. 

Antes de partir, el camarada Carrillo se reunió a cenar con Antonio Garrigues Walker, principal asociado en España del trust Rockefeller, quien le instruyó acerca del modo en que debía comportarse ante sus distinguidos anfitriones. En su gira americana, el dirigente comunista pronunció una conferencia en Yale, donde adelantó la renuncia del PCE al leninismo, acudiendo a continuación a una cena convocada en su honor por la revista Time, uno de los medios emblemáticos de la plutocracia norteamericana.

 En el curso del ágape, Santiago Carrillo realizó una serie de declaraciones que luego serían ampliamente difundidas por Radio Europa Libre y Radio Libertad, dos emisoras controladas por la CIA. Pero entre los numerosos actos a los que asistió el incalificable personaje, todos ellos organizados por entidades vinculadas a los núcleos oligárquicos norteamericanos, merecen destacarse las entrevistas a puerta cerrada que mantuvo en las dependencias del Institute for International Affairs y en la sede neoyorquina del CFR. También en esta ocasión el mutismo de los medios fue absoluto.

LA LOGIA B'NAÏ B'RITH

Como ya se apuntara al comienzo de este capítulo, la loga B'naï B'rith es una organización paralela a la masonería regular cuya afiliación está exclusivamente reservada a los ciudadanos de origen judío. 

Esta entidad, fundada en 1843, tiene su sede central en Washington (1640 Rhode Island Avenue, NW), justo al lado de la Casa Blanca, proximidad que no es solamente física. Actualmente cuenta con algo más de 600.000 afiliados distribuídos por 47 países del globo, y en su cúspide se aglutina lo más selecto de la oligarquía judía mundial. 

Al igual que la masonería regular, la B'naï B'rith se presenta como una organización filosófica y filantrópica dedicada a la consecución de los consabidos enunciados humanistas, y también al igual que la primera su labor fundamental se desarrolla en el campo de la influencia política y social.

 El hecho de que esta logia haya sido desde su creación el más eficiente puntal del movimiento sionista constituye una buena muestra de esa actividad. La B'naï B'rith International cuenta con varias sociedades filiales, así como con una pléyade de organizaciones afines que se mueven en su órbita. 

Entre las primeras figuran las sociedades The Career and Counseling Services, The Klutznick Museum, responsable del mantenimiento de los archivos de la logia, The Hillels Foundations, dirigida a los medios estudiantiles, The B'naï B'rith Youth Organization, enfocada al campo cultural, The B'naï B'rith Women, que agrupa a las mujeres afiliadas a la Orden, y The Anti-Defamation League Jewish o Liga Antidifamatoria Judía, cuyo cometido oficial es la lucha contra el antisemitismo, aunque el real sea la lucha contra el antisionismo, lo que es algo muy distinto, como no pocos sionistas antisemitas deben saber muy bien. Y esto último no ha sido escrito a la ligera, sino con pleno conocimiento de una realidad sobradamente avalada por los hechos.

 Aparte de la marginación social y de la discriminación racial que padecen los judíos sefarditas de Israel, existen multitud de manifestaciones realizadas por diversas figuras de la oligarquía ashkenazi que avalan con creces lo dicho con anterioridad. 

Actitudes y posturas especialmente deleznables si se tiene en cuenta que los judíos sefarditas son precisamente los genuinos hebreos semitas, en tanto que los judíos ashkenazim de origen europeo, que constituyen la casta dominante en aquel país, no pertenecen a ese tronco racial. Por otro lado, han sido precisamente estos últimos los fundadores y principales promotores del sionismo moderno, cuyo carácter ultrarracista no puede sorprender viniendo de individuos que aplican a los sefarditas, esto es, a sus propios correligionarios, el calificativo despectivo de "negros". 

Entre tales manifestaciones, sin duda más elocuentes que cualquier otra explicación, figuran algunas especialmente significativas. Golda Meir, por ejemplo, no tuvo pudor en afirmar que "todo judío leal debe aprender el yiddish (lengua de los ashkenazim europeos), porque sin yiddish no hay judío". Ben Gurion fue más explícito aún: "No queremos que los israelíes se levantinicen. Debemos luchar contra el espíritu levantino (esto es, semita) que corrompe a los hombres y a las sociedades" (Le Monde, 9-3-66; en parecidos términos se manifestó también M.Dayan en Le Monde de 30-4-66). Otro hebreo ilustre, Haïm Cohen, se refirió a la inspiración racial del Estado judío con estas palabras: "La amarga ironía de la suerte ha querido que las mismas tesis biológicas y racistas propagadas por los nazis sirvan de base para la definición oficial de la judaicidad en el seno del Estado de Israel". 

La pertenecia a la logia B'naï B'rith no excluye el que sus miembros militen simultáneamente en otra logias masónicas, cosa frecuente por lo demás. De hecho, son numerosos los casos de miembros de dicha logia que han ostentado el grado de Gran Maestre en otras logias americanas o europeas adscritas al rito escocés. Sin embargo, la doble militancia en sentido contrario no es posible. Bien puede decirse por tanto que la logia B'naï B'rith constituye una Orden específica dentro de la masonería regular. Algo parecido podría afirmarse en lo concerniente a los diversos organismos plutocrático-oligárquicos descritos a lo largo de estas páginas, y en el seno de los cuales los jerarcas de la B'naï B'rith forman un grupo particular. De tal modo que la influencia de la oligarquía judía en la vida pública no se articula exclusivamente a través de las estructuras específicas de dicha logia, sino también por medio de otros organismos que, como el CFR, cuentan entre sus filas con numerosos miembros adscritos a la misma. 

Son las pequeñas ventajas que proporciona el hecho de estar en varios sitios a la vez. La logia B'naï B'rith constituye el núcleo central de una vasta red de sociedades afines que se mueven en su órbita y que confluyen en ella. Entre las más relevantes figuran el American Jewish Committee, el American Jewish Congress y la Conference of Presidents of Mayor American Jewish, que agrupa, a su vez, a unas cuarenta asociaciones judío-americanas. 

Mención aparte merecen el World Jewish Congress y el American Israel Public Affairs Committee, sin duda las más poderosos e influyentes sociedades de toda esa red. El World Jewish Congress, o Congreso Judío Mundial, tiene su sede central en Nueva York, y cuenta con delegaciones en setenta países del mundo. Solamente en Estados Unidos su red organizativa aglutina a treinta y dos organizaciones anexas y publica siete diarios. Esta poderosa entidad está presidida en el presente por Edgar Bronfman, magnate del sector vitivinícola y de la industria cinematográfica. El trust Bronfman posee el 15% de la Time Warner y es accionista mayoritario de la MCA-Universal, la más importante productora cinematográfica y televisiva estadounidense del momento. Por otro lado, el consejero especial de Edgar Bronfman en la MCA es Michel Ovitz, miembro también del Congreso Judío Mundial y director de la Creative Artist Agency, primera agencia de contratación artística de Hollywood. 

En cuanto al American Israel Public Affairs Committee, se trata de uno de los grupos de presión más poderosos y discretos de los Estados Unidos. Así lo reflejaba sin ambages en su número 407 (junio 1991) la revista L'Arche, órgano oficial del Frente Nacional Judío Unificado: "El American Israel Public Affairs Committee es un lobby extraordinariamente potente, literalmente capaz de destruir la carrera pública de cualquier político anti-israelí". 

Conviene decir que este tipo de lenguaje directo y explícito sobre el tema tabú que ahora nos ocupa es prácticamente privativo de las publicaciones judías. Estos son, a grandes rasgos, los más descollantes engranajes de una poderosa maquinaria cuya presencia en las altas esferas políticas estadounidenses veremos a continuación. Y una vez más, ante la imposibilidad material de efectuar un recorrido exhaustivo en el tiempo, lo más apropiado será ceñirse al momento presente. Centrándonos, pues, en la actual Admistración Clinton, he aquí un breve resumen de dicha presencia. 

De los doce integrantes del Consejo Nacional de Seguridad, organismo sobre cuya importancia no será preciso extenderse, seis proceden de la oligarquía judía estadounidense: Samuel Berger, vicepresidente del Consejo, Martin Indik, responsable del área de Oriente Medio, Don Steinberg, director del área africana, Richard Feinbert, al frente del departamento de Hispanoamérica, Stanley Ross, jefe del departamento de Asia, y Dan Schifte, director del departamento de Europa Occidental. 

En los servicios de asistencia y asesoramiento a la Presidencia del gobierno figuran Abner Mikve, en calidad de Attorney (Fiscal) General, Ricky Seidman, como responsable de la agenda presidencial, Phil Leida, jefe adjunto del Estado Mayor, Robert Rubin, consejero de Economía, y David Heiser, director del servicio de Prensa. 

En el Departamento de Estado la lista es numerosísima, pudiendo subrayarse los nombres de Peter Tarnoff, subsecretario de Estado, Lawrence Summers, Mans Kurtzer, Dennis Ross, Jehuda Mirski y Tom Miller. Otros altos cargos dignos de mención son Rehm Emmanuel, consejero personal y eminencia gris de Clinton, Miky Kantor, ministro de Comercio, Robert Reich, ministro de Trabajo, Cotie Stuart Eizenstat, embajador ante la CEE, Louis French, director del FBI, Madeleine Albright, embajadora en la ONU, y Laura Tyson, al frente del Consejo Económico. 

A la vista de esta realidad, y en su calidad de buen conocedor de los entresijos de la política estadounidense, éstos eran los comentarios vertidos sobre el particular por un destacado analista político en cierto medio informativo: "Hace algunas semanas, el rabino de la sinagoga Adath Yisraël, de Washington, pronunciaba un sermón en el Centro Cultural y Político judío en el curso del cual celebró el hecho de que los judíos norteamericanos tomen parte en las decisiones políticas a todos los niveles de la Administración Clinton, señalando textualmente que los Estados Unidos no son un Gobierno de goim (no-judíos), sino una Administración donde los judíos participan enteramente en las decisiones políticas a todos los niveles". 

Tras pasar revista al panorama político estadounidense y subrayar explícitamente la influencia en el mismo del lobby judío, el citado analista añadía: "La influencia sionista no sólo se manifiesta en el ámbito político. También es considerable en los medios de comunicación, donde un gran número de responsables de programas televisivos, así como la mayor parte de los redactores jefes, corresponsales y comentaristas son judíos....La misma preeminencia se encuentra en las instituciones universitarias, en los centros de investigación, en los servicios de seguridad, en la industria cinematográfica y en los medios artísticos y literarios". Naturalmente, todos estos comentarios no pueden ser más que infundios malintencionados de algún elemento fascistoide y antijudaico, como diría cualquier "bien-pensante" de pesebre al uso. En efecto, el autor de los mismos fue el analista hebreo Bar Yosef, colaborador del rotativo israelí Maariv, en cuyo número del 2-9-1994 apareció su artículo.

LOS CIRCULOS HERMETICOS

Con la descripción de los organismos vistos en el epígrafe anterior (RIIA, CFR) concluye el análisis de los círculos más discretos e internos de lo que podría calificarse como la parte visible del iceberg. Entre aquéllos y el núcleo central del entramado se sitúan las entidades ya descritas al comienzo de este capítulo (Club Ruskin, Rhodes House, Round Table, Milner Group, Pilgrims Society, Fabian Society), que, a su vez, no serían sino conexiones o emanaciones directas del nivel más profundo y hermético del que se tiene noticia, constituído por los círculos iluministas. 

Después de su disolución oficial, que en la práctica habría de tener un carácter meramente formal, la logia de los Illuminati se perpetuó a través de dos vías: una, mediante la creación de logias clandestinas; y la otra, merced a la penetración en la francmasonería regular, a la que los iniciados iluministas se incorporaron formando de esa forma una suerte de núcleo específico dentro de la misma. 

Como se recordará, cuando se analizaron los acontecimientos que dieron paso a la Revolución Francesa, ya se dio cuenta de la pertenencia de varios francmasones jacobinos (Mirabeau, Marat, Robespierre, Danton) a una célula del iluminismo galo denominada Comité Secreto de los Amigos Reunidos. Y fue en los años que precedieron a la Revolución cuando unos de los lugartenientes de Weishaupt, el judío-portugués Martínez de Pascualis, organizo varios grupos iluministas en la Francia pre-revolucionaria. 

De hecho, tan pronto como se produjo su proscripción oficial, la Orden de los Iluminados inició un proceso de implantación en diversos países occidentales, donde sus iniciados de alto rango penetraron en las logias masónicas y crearon varias sociedades adscritas a la disciplina de Weishaupt. Por lo que a los Estados Unidos se refiere, el primer grupo del que se tiene conocimiento data de 1785, año en que fue constituída la logia Columbia de la Orden de los Iluminados de Nueva York, entre cuyos miembros fundadores figuraron Clinton Roosevelt, antepasado de Franklin D.Roosevelt, M. de Witt, gobernador del Estado de Nueva York, Horace Greeley, director del rotativo Tribune, que más tarde se convertiría en el actual Internatiinal Herald Tribune, y Thomas Jefferson, futuro presidente de la nación. 

Actualmente, y desde hace largo tiempo, los dos principales focos iluministas del mundo anglosajón tienen su centro en las Universidades de Oxford (G.Bretaña) y Yale (EEUU). 

En Inglaterra, el núcleo en torno al cual se han aglutinado las diversas células iluministas radicadas allí es la sociedad The Group, cuyos principales patrocinadores fueron los Astor y los Rothschild, en estrecha colaboración con la oligarquía británica ligada a la Round Table.

 Uno de los mejores conocedores de los cículos iluministas británicos fue el historiador Carroll Quigley, cuya vinculación a los mismos le permitió el acceso a fuentes documentales vedadas a cualquier otro investigador. 

Fueron, en efecto, sus indagaciones en los archivos reservados de la Universidad de Oxford lo que le permitió conocer y desvelar algunas de las actividades de los diversos cenáculos iluministas (The Rhodes Crowd, The Times Crowd, Cliveden Set, Chatham House Crowd y Alls Souls Group) que convergen en la sociedad The Group. En los Estados Unidos, el foco principal se localiza en la Universidad de Yale, feudo de la sociedad The Order, fundada en 1832 con el propósito de coordinar las actividades de las quince logias iluministas existentes por entonces en territorio norteamericano. 

Desde su nacimiento, esta poderosa entidad viene nutriendo sus filas de individuos pertenecientes a la oligarquía pilgrim, a los cuales se irían sumando progresivamente diversos elementos procedentes de la plutocracia estadounidense. En su seno convergen, pues, los apellidos más acreditados de los clanes dominantes de aquel país, clanes a menudo emparentados entre sí. Junto a los Whitney, los Adams, los Allen, los Wadsworth, los Lord o los Bundy, cuya genealogía se remonta al Brewster transportado por el Mayflower a las costas del Nuevo Mundo, nos encontramos a los Davison, los Harriman, los Rockefeller, los Khun Loeb, los Lazard, los Schiff o los Warburg, entre otros representantes de la Alta Finanza. A esta hermandad pertenece desde 1947 el ex-presidente norteamericano George Bush, descendiente de una de las más rancias dinastías de Nueva Inglaterra. 

El método operativo de The Order se ajusta fielmente a las directrices marcadas por los protocolos de la Orden de los Illuminati, cuyo contenido es perfectamente conocido desde que cayeran en manos de la policía bávara hace dos siglos. Pero, además de los citados protocolos, existen otras fuentes de información sobre la secta iluminista harto ilustrativas de su metodología y objetivos; objetivos que se resumen en la consecución del Poder y en el control absoluto de la sociedad, todo ello, claro está, bajo la carpa de los consabidos estereotipos humanistas característicos del progresismo francmasón. 

Un capítulo notable de dicho caudal informativo lo constituye la correspondencia mantenida por Giusepe Mazzini y su cofrade iluminista Albert Picke, correspondencia que reposa desde el pasado siglo en los archivos del Museo Británico, y en la que aparecen claramente previstas la revolución bolchevique y las dos grandes guerras del siglo XX, como pasos necesarios para la implantación de un Gobierno Mundial. Básicamente, el modus operandi de la logia The Order consiste en la penetración de sus iniciados en los organismos y centros decisorios de poder, lo que adicionalmente puede ir acompañado de la cooptación de nuevos adeptos reclutados en las altas esferas institucionales; "pocos y bien situados", como rezaba una de las máximas del maestro Weishaupt. 

De esta forma, una vez ocupado el núcleo de los centros de dominio e influencia, basta con dar el primer impulso hacia el objetivo deseado para que toda la maquinaria se ponga en marcha. Dado ese primer impulso, el engranaje funcionará de forma automática, siguiendo un curso equiparable al efecto dominó. Dicho de otro modo, el hecho de constituir el núcleo central de los círculos concéntricos permite que las decisiones adoptadas por las cabezas rectoras de The Order y The Group se propaguen de la misma manera que lo hacen las hondas producidas por la piedra arrojada al agua de un estanque. Sin ninguna discusión, la máxima autoridad en esta materia y el mejor conocedor de los entresijos y métodos operativos de la sociedad The Order, es el profesor de la Universidad de Stanford Antony C.Sutton, que ha escrito sobre el particular cuatro obras de obligada recomendación: "An Introduction to The Order", "How The Order controls Education", "How The Order creates War and Revolution" y "The Secret Cult of The Order". Todo lo expuesto a lo largo de este capítulo no es el resultado de ninguna desviación del concepto de democracia instaurado por las revoluciones burguesas, sino, muy al contrario, su más fiel y exacta materialización. 

Se trata de la rigurosa puesta en práctica del ejercicio del Poder tal y como éste fuera entendido desde los mismos comienzos por los artífices del sistema vigente en la actualidad; un hecho que se ha venido produciendo sin solución de continuidad desde el nacimiento de los regímenes burgueses hasta el más inmediato presente. Refiriéndose a los padres de la República estadounidense, máximo y primer exponente del modelo en vigor, el historiador Joyce Appleby subrayaría con acierto que el propósito de aquéllos no fue sino "que las nuevas instituciones políticas republicanas funcionaran en torno a una élite políticamente activa y un electorado sumiso". Ése fue, en efecto, el criterio de la oligarquía norteamericana, y el que expresarian insistentemente varios de sus más conspicuos miembros, George Washington entre ellos. A título de ejemplo, la máxima predilecta de John Jay, primer presidente del Tribunal Supremo, no podría ser más elocuente. "las personas que son dueñas del país deben ser también quienes lo gobiernen".

 No menos ilustrativos al respecto serían los términos empleados por el gobernador Morris en una carta que éste dirigiera al citado John Jay en 1783: "tú y yo, querido amigo, sabemos por experiencia que cuando unos pocos hombres sensatos y de buen ánimo se reúnen y declaran que ellos son la autoridad, a los pocos que discrepen se les puede convencer fácilmente de su error mediante ese poderoso argumento que es el yugo". Si nos situamos en épocas más recientes, las manifestaciones en ese mismo sentido tampoco han escaseado, e incluso diríase que expresadas de forma aún más contundente. En la década de los treinta, Harold Lasswel exponía en su Enciclopedia of the Social Sciences todo un recital de ciencia democrática, señalando, entre otras cosas, la necesidad de no caer en "ese dogmatismo democrático según el cual los hombres son los mejores jueces de sus propios intereses", para concluir que sólo las "élites" están en condiciones de disponer cuál ha de ser lo mejor para el bien de la comunidad. Por ello, añadía Lasswell, las corrientes sociales que discrepen del recto juicio de esas "élites" y pongan en tela de juicio su autoridad deben ser reconducidas al buen camino "mediante una técnica de control completamente nueva basada sobre todo en la propaganda, dada la ignorancia y superstición de las masas". 

Huelga decir que esa técnica entonces nueva es la que constituye hoy la herramienta fundamental del Sistema y de su maquinaria propagandística, los grandes medios de comunicación, cuya labor consiste en procurar que el engranaje funcione sin estridencias, cosa que se consigue haciendo que sean los propios siervos del régimen oligárquico quienes asuman con entusiasmo las falacias pseudodemocráticas de éste. Y ése es un logro que sólo está al alcance de los Mass Media, cuya tarea de intoxicación y adulteración sistemática resulta mucho más eficaz que las coacciones drásticas, a las que sólo se recurre cuando la manipulación no es suficeinte para obtener el consenso de las masas, una circunstancia, por lo demás, harto infrecuente. 

También en los años treinta, un coetáneo de Lasswel, el teólogo protestante y doctrinario marxista Reinhold Niebuhr, significaba sin ambages "la estupidez del ciudadano medio" y la necesidad de proporcionar a las masas proletarias "las simplificaciones emocionales" capaces de conducirlas por ese buen camino que sólo una "elite de observadores fríos" podrían establecer. Tales conceptos, que a la postre contituyen el denominador común de todos los sistemas de dominio, hicieron perfectamente posible que el marxista Niebuhr se convirtiera tiempo después en el teólogo oficial del Establishment estadounidense. Repárese, por otra parte, en el hecho de que ese "estúpido ciudadano medio" es al que luego denominan eufemísticamente "pueblo soberano" los mismos embaucadores que llevan dos siglos dominándolo. Después de la 2ª Guerra Mundial, otro iniciado en las capillas del Sistema, el historiador Thomas Bayley, señalaba la incapacidad de las masas para discernir lo más adecuado y la conveniencia de "llevarlas con cierto engaño hacia una toma de conciencia de sus propios intereses a largo plazo", añadiendo a continuación que "engañar a la gente puede llegar a hacerse cada vez más necesario si se quiere dejar las manos libres a los líderes políticos". 

En la misma línea, el británico sir Lawis Namier escribía que "en los pensamientos de las masas no hay más libre voluntad que en la rotación de los planetas o en las migraciones de los pájaros", y el guru trilateralista Samuel P.Huntington apelaba al uso de las técnicas propagandísticas necesarias para justificar la política exterior nortemericana, de modo que "se llegue a crear la falsa impresión de que es la Unión Soviética aquello contra lo que se está luchando", para apostillar que "eso es lo que los EEUU han venido haciendo desde la doctrina Truman". En ese mismo contexto se inscriben igualmente las palabras, ya citadas, del inefable David Rockefeller apelando a "la soberanía de una élite de técnicos y de financieros internacionales". En definitiva, nada de lo que ha venido ocurriendo a lo largo de los dos últimos siglos obedece a la casualidad, sino que se ajusta estrictamente a las necesidades y exigencias de uns sistema de Poder diseñado por y para el dominio de una reducida oligarquía, y en el que la población deberá limitarse a refrendar las "filantrópicas" decisiones adoptadas para su bien desde las alturas oligárquicas. Nada tiene de extraño, por ello, que cuando esa situación resulta cuestionada por unos pocos disidentes o por la disconformidad eventual de algún colectivo social, los estrategas del Sistema hablen de "crisis de la democracia", pues, en efecto, tales anomalías no figuraban en el programa ni se ajustan a una correcta interpretación de lo que debe ser "el régimen democrático"(recuérdese el informe elaborado por un equipo de expertos trilateralistas bajo la dirección de Samuel P.Huntington, y que ya fue debidamente comentado al hablar de la Comisión Trilateral). Los términos, por tanto, no pueden estar más claros. Dada la incapacidad de los súbditos para discernir lo adecuado, y puesto que su propio albedrío no podría reportarles más que sufrimientos y desgracias, una "élite" de "filántropos" ha de decidir qué es lo mejor para ellos y tomar las riendas del mando en aras del bien común y de la felicidad universal. Y no será aquí donde se planteen objecciones a la primera parte de ese teorema, cuyas premisas ya se encarga el Sistema de que se cumplan a rajatabla. Dos siglos de putrefacción burguesa, de materialismo "humanista" y de adulteración sistemática han rendido los frutos apetecidos y cubierto los objetivos marcados: hacer de la población una masa envilecida e idiotizada. Lo que, sin embargo, resulta un tanto endeble es la segunda parte del argumento, ya que esa pretendida "élite" constituye justamente la hez de la decrépita sociedad occidental, pergeñada a su imagen y semejanza.

CAPITULO IV. EL ENEMIGO NECESARIO: LA AMENAZA FASCISTA O EL ARTE DE RESUCITAR UN CADAVER.

Todo lo descrito hasta aquí permitirá hacerse una idea de las características de una estructura de dominio cuyo poderío intrínseco, con ser inmenso, se ve apuntalado por la labor sistemática de intoxicación ideológica y manipulación de la realidad llevada a cabo por su maquinaria propagandística, la voz de su amo: los grandes medios de comunicación. Pero, a pesar de todo, el edificio presenta grietas que se hace necesario taponar. Y es que los eslóganes humanistas, la verborrea filantrópica y los cánticos demagógicos a las bondades del capitalismo progresista no son sino la espúrea retórica que enmascara una realidad social completamente antagónica, una realidad regida por patrones de comportamiento que discurren por cauces diametralmente opuestos a todos esos artificios. Y cuanto más ausentes están de la realidad esos pretendidos "valores" sobre los que se asienta el edificio, más intensa y agobiante es la propaganda que los exhibe y apela a ellos. Por supuesto, el Poder conoce perfectamente esa realidad, y hace todo lo posible por enmascararla, tratando así de atemperar el vacío inherente al modelo existencial alumbrado por el materialismo moderno. Pero esos anestesiantes, con ser potentes y estar dotados de una considerable capacidad de alienación, no pueden tener más que la eficacia limitada de todo lo artificial. A la postre, e indefectiblemente, los estímulos consumistas, los estereotipos humanistas, la escatología sexual, la mitomanía deportiva, el culto a los ídolos de barro, los paraísos psicodélicos y demás artificios al uso, acaban revelándose como lo que son, simples coberturas a una situación de decrepitud y vacío. Pese a todos los intentos, una y otra vez acaba aflorando la verdadera naturaleza del modelo existencial pergeñado por la sociedad materialista, una y otra vez vuelve a hacer acto de presencia el vacío, la naúsea, la nada. Este estado de cosas se refleja en todos los ámbitos, y muy particualrmente en el terreno político-ideológico, donde el Sistema necesita cabezas de turco sobre las que proyectar sus propios estragos, identificándolas por añadidura como los grandes enemigos que amenazan el dulce itinerario de la humanidad hacia el edén nihilista del "progreso" material. Poco importa que esos pretendidos adversarios no constituyan sino el detritus generado por la degradación inherente al proceso en curso, que no sean en realidad más que síntomas flagrantes de la patología de una sociedad enferma, o que no representen, como así es, el memor peligro para el Poder, que antes al contrario, se sirve de ellos como eficaces instrumentos de intoxicación. Todo ello no supone el menor inconveniente para la maquinaria propagandística del Sistema, acostumbrada a magnificar el tamaño de oponentes ridículos y, cuando es necesario, a crearlos de la nada. La instrumentalización que hace el Sistema de tales elementos responde a mecanismos muy simples, aunque de acreditada eficacia. Así, cada vuelta de tuerca en el afianzamiento del totalitarismo plutocrático-oligárquico, que es el único que opera hoy de forma efectiva y omnipresente, va acompañada del correspondiente despliegue de cortinas de humo y de la oportuna campaña de alarma e intoxicación acerca de los fantasmagóricos peligros que amenazan al "modelo democrático". Como es fácil advertir, son varios los candidatos al título de "gran adversario", aunque serán las necesidades coyunturales de cada momento las que sitúen a uno u otro en el primer lugar. En el pelotón de cabeza de los enemigos predilectos, el fundamentalismo islámico aparece como la gran amenaza exterior, mientras que en el ámbito interno, es el fascismo el globo sonda por excelencia. Sea como fuere, lo que se muestra como un axioma es que la dialéctica del Sistema precisa de adversarios que le permitan enmascarar quién monopoliza el dominio absoluto y dónde reside la única amenaza real. Como se apuntara en el párrafo anterior, uno de esos grandes adversarios está representado por una muchedumbre de parias y desheredados abocados al extremismo religioso por la explotación económica y la colonización política y cultural del Occidente "progresista", aliado en esa labor con las pútridas oligarquías de los países tercermundistas. Pero el tema del fundamentalismo islámico, además de no ser el objeto central de este apartado, exige por su complejidad de una tratamiento exhaustivo imposible de abordar en unas cuantas páginas, máxime si se tiene en cuenta que ese trabajo, para ser completo, debería ir acompañado del correspondiente análisis de otros fundamentalismos desencadenantes, como es el que en nombre del progresismo viene laminando desde hace décadas todo aquello que le sale al paso. Por el momento, pues, y en espera de una mejor ocasión, bastará con adelantar aquí un par de apuntes sobre este asunto. Lo primero que conviene significar es que la cristalización política del integrismo islámico, que hasta ese momento no pasaba de ser un fenómeno prácticamente reducido al ámbito iraní, se gestó durante la Conferencia de Guadalupe celebrada en enero de 1979. Fue allí donde los trilateralistas Jimmy Carter, Helmuth Schmidt y Valery Giscard D'Estaing acordaron impulsar un cambio de régimen en Irán, contemplándolo como un factor estratégico de primera utilidad en el marco de las pugnas hegemónicas que por entonces mantenían los dos bloques en sus zonas limítrofes de influencia. Acto seguido comenzaron las presiones dirigidas a lograr la "expulsión" de Jomeini de la localidad iraquí de Nedjef (donde el ayatollah había permanecido exiliado desde 1964 hasta 1978) y su traslado a París. Mientras residió en Nedjef, las posibilidades de comunicación del líder religioso con sus seguidores iraníes fueron mínimas, entre otras razones porque el régimen de Sadam Hussein no tenía el menor interés en la implantación en la vecina Persia de un gobierno comandado por el clero chiíta. En esa época, el único conducto por el que llegaban las consignas de Jomeini a oídos de la población iraní, eran las emisiones realizadas desde Londres por la BBC, extraña compañera de viaje del ayatollah. Pero una vez instalado en la capital francesa, la capacidad de maniobra de Jomeini se multiplicó por mil. Luego empezaría el baile de los manejos turbios, en cuyo catálogo aparecen los expertos en el arte de fabricar tensiones de siempre, con la Comisión Trilateral y el Consejo de Relaciones Exteriores subvencionando económicamente a la Hermandad Musulmana de los Chiítas por conductos diversos, y con el Sha abandonado a su suerte por sus patrones y valedores de un día antes.Y así hasta el desencadenamiento del conflicto irano-iraquí, que en palabras del ex-ministro persa de Asuntos Exteriores, Bani Sadr, fue planificado en los laboratorios organizadores de "los juegos de guerra" y llevado al terreno por Giscard D'Estaing y el embajador estadounidense en Arabia Saudita. Otro episodio que respondió a motivaciones similares fue la ayuda masiva y el aprovisionamiento militar facilitado por la Administración americana a las milicias islamistas durante la guerra de Afganistán, que acabaría convirtiéndose en un gigantesco campo de adiestramiento para numerosos grupos integristas procedentes de varios países musulmanes. Allí se curtieron, entre otros, los fundadores argelinos del GIA, cuya necia brutalidad ha proporcionado una coartada inmejorable al terrorismo estatal, y cuyos métodos han sido desautorizados reiteradamente por el Frente Islámico de Salvación, lo que no impide que la intoxicación occidental siga identificándolos a ambos, del mismo modo que identifica en un batiburrillo infame islamismo, arabismo, integrismo y terrorismo. El otro apunte que conviene añadir hace referencia precisamente a la situación sobrevenida en Argelia a raíz del triunfo electoral islamista y del golpe militar que lo abortó, con el beneplácito unánime de los gobiernos "democráticos" del área occidental. Un golpe de Estado que daría paso al sagriento proceso que desde entonces vive aquel país, y sobre el que los medios occidentales informan con su habitual imparcialidad, denunciando las docenas de muertos ocasionados por los atentados del GIA, y silenciando los bombardeos con napaln de poblados enteros y los miles de asesinatos perpetrados por el ejército (500 víctimas semanales como promedio). Y en ese país basta con ser joven y vivir en un barrio mísero para merecer la consideración de "terrorista" y convertirse en blanco del régimen criminal que gobierna allí. De poco ha servido que la Liga Argelina para la Defensa de los Derechos Humanos, nada sospechosa de simpatizar con el integrismo, haya calificado la represión militar de "genocidio a puerta cerrada". Eso no impide a los "humanistas" occidentales justificar el exterminio, cuando no aplaudirlo abiertamente. Y es que los parias argelinos han tenido la mala ocurrencia de no envolver sus reivindicaciones en la bandera del progresismo, bandera que, por el contrario, sí enarbolan sus verdugos, los carniceros del régimen militar. Resta aún el asesinato del antiguo líder del FLN Mohamed Budiaf, un hombre íntegro exiliado durante décadas por sus discrepancias con el régimen corrupto que ha asolado Argelia, y al que llamaron sus compatriotas para encabezar la salida del cepo mortífero que atenaza a esa nación, razón por la cual sería eliminado por elementos del ejército. Pues bien, durante el juicio de uno de sus verdugos, un ex-miembro de la escolta presidencial, éste efectuó unas declaraciones más que significativas para cualquiera que sepa leer: "Existe una mafia, una estructura de poder, que está por encima de políticos, militares y opositores al régimen, y que nos sobrepasa a todos". Dicho esto, no queda sino abordar el asunto fundamental de este capítulo, ese fantasma que a toda costa se pretende resucitar, y que no es otro que el fascismo. Dado que el tema del fascismo ya ha sido analizado repetidamente en varios trabajos precedentes, centrando la atención en cada uno de ellos en alguna faceta específica de las varias que configuraron aquel fenómeno, no parece oportuno repetir aquí dichos análisis. Queda, no obstante, un aspecto de la cuestión escasamente tratado hasta ahora y sobre el que será preciso detenerse, que es la instrumentalización que de un tiempo a esta parte viene haciéndose desde el Poder de ese espectro del pasado. Convendría, no obstante, reiterar que, en lo esencial, el fascismo no constituyó sino una simple modalidad de la corriente o matriz ideológica central instaurada por las revoluciones burguesas. De hecho, todos los componentes básicos de la ideología fascista se habían manifestado ya bastante antes de que cristalizara aquel movimiento político, desde el culto al Leviatán estatal, hasta la profesión de fe materialista y antropocéntrica, pasando por la concepción totalitaria del Poder sustentado sobre la sumisión absoluta de una masa gregaria. En efecto, los fundamentos ideológicos del fascismo no brotaron repentinamente, sino que hunden sus raíces en una serie de concepciones "filosóficas" incorporadas a la sociedad moderna por las revoluciones capitalistas. En lo referente al concepto de superioridad racial, bastaría con recordar la filosofía y la praxis de las oligarquías rectoras del Imperio Británico para constatar que, tal concepto, estuvo profundamente arraigado en la mentalidad burguesa prácticamente desde el mismo instante en que ésta se convirtiera en la ideología dominante. Y los procedimientos con que el sentido de superioridad racial anglosajón se llevó a la práctica fueron, cuando hizo falta, drásticos y contundentes. Lo que ocurre es que esa "raza superior" siempre ha dispuesto de la desvergüenza suficiente y de los medios propagandísticos necesarios para presentar sus exterminios genocidas como hazañas épicas (el caso de los aborígenes amerindios de Norteamérica no es más que una muestra). Por lo demás, esas ínfulas de "pueblo elegido" y de "civilización superior" características del espúreo mesianismo anglosajón, han sido en todo momento el sustento ideológico del imperialismo y la depredación anglo-yanqui. Justamente las mismas ínfulas que se encuentran invariablemente en el meollo doctrinal de todos los cenáculos mundialistas descritos a lo largo de este ensayo. Cuando Cecil Rhodes escribiera: "sostengo que somos la primera raza del mundo y que cuanta mayor porción del planeta esté habitada por nosostros tanto más se beneficiará la humanidad", no estaba sino expresando con meridiana claridad una parte de esa filosofía racial. Pero aún queda un segundo aspecto de esta cuestión, más sórdido si cabe que el ya expuesto, y en el que la burguesía angloparlante también sería pionera, como veremos seguidamente. El darwinismo social fue una corriente ideológica que, si bien no llegó a cristalizar como programa político de forma explícita, mantuvo en todo momento un acusado arraigo entre los círculos dirigentes de la burguesía decimonónica anglosajona, aunque sus efectos también se dejaron sentir en la Europa continental. Dicha corriente no sólo sentaba la superioridad biológica de unas razas sobre otras, sino también (y aquí viene ese segundo matiz aludido en el párrafo anterior) la de determinados individuos sobre los restantes dentro del propio cuerpo social de la "civilización superior". Por otra parte, tales tesis fueron sostenidas indistintamente por elementos dirigentes tanto de la derecha como de la izquierda burguesa. Como un simple avance de lo que nos encontraremos más adelante, pueden citarse las palabras pronunciadas por Jules Ferry, líder de la izquierda republicana francesa, en el Parlamento galo (julio 1885): "Señores, hay que hablar más alto y proclamar la verdad. Hay que decir abiertamente que las razas superiores tienen un derecho ante las razas inferiores; y hay un derecho para las razas superiores porque hay un deber para ellas, que es el de civilizar a las razas inferiores". Las tesis del darwinismo social, entre cuyos más conspicuos doctrinarios sobresalieron los ingleses Herbert Spencer y Walter Bagehot y el norteamericano W.Graham Summer, fueron ampliamente esgrimidas como soporte del capitalismo liberal basado en el "laissez faire", así como para justificar la estratificación social en razón de las desigualdades biológicas existentes entre los individuos. De acuerdo con dichas tesis, la riqueza y la posición social no eran sino el resultado de la adaptación al medio (capitalista) de los mejor dotados, por lo que la competitividad debería mantenerse sin restricción alguna como medio para garantizar la selección natural. Llegados a este punto, no estará de más hacer un pequeño inciso para preguntarse por qué razón los abanderados de tan ingeniosos planteamientos no propugnaron también, como hubiera sido lo lógico, la abolición de los derechos sucesorios, para que así, partiendo de cero, los herederos de las grandes fortunas pudieran demostrar su superioridad biológica en igualdad de condiciones con los más "inadaptados". En el plano internacional el darwinismo social fue esgrimido como argumento o soporte ideológico del imperialismo y del colonialismo, dos conceptos fundamentados sobre la idea de la superioridad biológica y cultural de anglosajones y arios. Conviene insistir una vez más en que todos estos planteamientos, tan brillantemente llevados a la práctica por el imperialismo anglo-norteamericano, formaban parte del catecismo ideológico burgués con muchas décadas de adelanto a la aparición del fascismo alemán, al que después se le adjudicaría su invención. Sin embargo, el asunto no acaba aquí. Si en un principio los doctrinarios del darwinismo social estimaron que las leyes de la competitividad capitalista bastarían para garantizar la debida selección biológica y para cribar a los individuos más débiles, no tardaron en surgir una serie de adelantados que consideraron oportuno ayudar activamente a que esa criba se acelerara. Fue así como comenzaron a tomar cuerpo las tesis eugenésicas en pro de la esterilización de individuos considerados como un peligro para la salud de la raza, tesis que se trasladaron a la práctica en la patria pionera de la filantropía moderna y de los derechos humanos, la República Norteamericana. En efecto, fue en la colonia virginiana de Linchburg donde se puso en marcha por primera vez un concienzudo programa de esterilización, la mayor parte de cuyas víctimas no fueron precisamente deficientes mentales, como rezaba el proyecto oficial , que de esa forma pretendía adoptar una imagen más favorable, sino desarraigados sociales, indigentes, vagabundos y huérfanos, todos ellos de raza blanca. Sólo en la colonia de Lynchburg fueron esterilizados entre 1924 y 1932 alrededor de ocho mil personas, en su mayoría adolescentes sin taras de ningún tipo, pero pobres y sin domicilio fijo. El término eugenesia había sido acuñado en 1883 por el científico británico sir Francis Galton, primo de Charles Darwin y acérrimo doctrinario del darwinismo social. El soporte de sus tesis fueron las leyes de la herencia, según las cuales los progenitores cretinos o deformes producían sucesores de idénticas características. Se hacía preciso por ello, concluyó el tal Galton, que desde el Estado fueran adoptadas las medidas oportunas para impedir el declive de la raza británica. Por otro lado, no será ocioso significar que la esterilización eugenésica fue defendida desde principios de siglo por las más destacadas figuras del socialismo fabiano (H.G.Wells, George Bernard Shaw), así como por varios líderes del conservadurismo británico, Winston Churchill entre ellos. En los Estados Unidos dichas tesis gozaron pronto de una favorable acogida, tanto por parte de la población (Hollywood se volcó en su apología), como de las autoridades políticas y judiciales. Aunque su puesta en práctica comenzó ya en la primera década del siglo XX, el espaldarazo definitivo no llegaría hasta 1926, con la aprobación en la Corte Suprema estadounidense de una ley de esterilización. El borrador de dicha ley había sido elaborado por un equipo de prestigiosos biólogos, e incluía a ciegos, sordos, deformes, alcohólicos, tuberculosos, sifilíticos, leprosos, criminales, idiotas, pobres y personas sin domicilio fijo. En cuanto al objetivo perseguido, el proyecto legal lo enunciaba sin ambages: "preservar la pureza de la raza blanca". La decisión de la Corte Suprema fue adoptada a raíz del caso Carrie Buck, una adolescente pobre y madre de una niña engendrada tras una violación, y a la que se consideró "imbécil moral" por tener un hijo sin estar casada, siendo condenada por ello a la esterilización. Igualmente digno de mención es el papel decisivo jugado en favor de la constitucionalidad de las prácticas eugenésicas por el juez Holmes, un miembro del Tribunal Supremo conocido por su férvida militancia ideológica en la izquierda liberal norteamericana. A raíz de aquella disposición legal se abrió la veda, y 27 Estados de la Unión emprendieron una carrera de esterilizaciones masivas practicadas en un principio sobre residentes en establecimientos mentales, y aplicadas inmediatamente después a pobres y marginados sociales. Las leyes y tesis eugenésicas estadounidenses sirvieron luego de base a la normativa racial del Tercer Reich, cuyas autoridades rindieron homenaje público al doctor Harry Laughlin, cerebro del programa eugenésico norteamericano, reconociéndole como a su gran inspirador. Por otro lado, durante la década de los treinta fueron numerosas las voces que, desde las más altas instancias científicas, académicas y políticas estadounidenses, elogiaron las medidas eugenésicas adoptadas por el régimen hitleriano, llegando incluso a lamentar el hecho de que aquél hubiera tomado la delantera en tan encomiable labor de profilaxis social. Significar por último que después de la 2ª Guerra Mundial las prácticas eugenésicas continuaron a buen ritmo en los Estados Unidos, donde todavía hoy gozan del estatuto de constitucionalidad. Pero el curso inexorable de los hechos sigue avanzando, como lo hacen las tácticas de intoxicación empleadas por las oligarquías occidentales, que ayer militaban en el darwinismo social (su auténtica ideología) y hoy nos abruman con sus falaces campañas filantrópicas y antirracistas, aunque maldito lo que le importa a esa ralea y a sus secuaces la suerte de los "inadaptados" del Tercer Mundo, a los que llevan dos siglos "civilizando" y expoliando en comandita con los caciques locales de cada país. Todo lo cual no impide a los psicópatas "filántropos" del Nuevo Orden Mundial sembrar la alarma y mostrar su preocupación por el recrudecimiento de las actitudes racistas, que atribuyen, claro está, al espantajo fascista que a toda costa pretender revitalizar El procedimiento utilizado por la intoxicación es simple. El primer paso consiste en identificar la xenobobia con el racismo ideológico, lo que constituye un acto de puro terrorismo intelectual. La xenofobia, esto es, la reacción espontánea de desconfianza, recelo e incluso rechazo hacia los individuos de cultura, costumbres o raza diferente, es algo inherente a la condición humana, un hecho que se ha dado en todos los tiempos y latitudes de manera universal. Otra cosa muy diferente es el racismo, del que sólo puede hablarse en propiedad cuando esas actitudes se convierten en el eje central de un programa político-ideológico y en la base de un sistema de poder. Un fenómeno, este último, que también se ha producido en numerosas ocasiones (y se sigue produciendo) sin que ello guardara el menor parentesco con el fascismo político, y mucho antes de que éste hubiera nacido. Sería imposible recoger aquí todos los casos de opresión racial y todos los exterminios de carácter tribal que se han registrado a lo largo de la historia. Para envenenar y tergiversar todavía más la realidad, el mecanismo intoxicativo se refuerza asimilando la xenofobia a un cúmulo de fricciones y de comportamientos diversos cuyas causas son las más de las veces de origen socio-económico. A título de ejemplo, las tensiones que se producen en Estados Unidos entre negros e hispanoparlantes, dos comunidades económicamente deprimidas en aquel país, tienen bastante menos de fobia racial que de lucha por la supervivencia, y no difieren mucho de las que se manifiestan en los países de la Europa occidental entre los estratos más bajos de su población y los inmigrantes tercermundistas, aunque las razones del rechazo esgrimidas por los primeros carezcan en no pocos casos de fundamento real. Por lo demás, no será preciso extenderse aquí acerca de la relación existente entre la emigración de los parias del Tercer Mundo y la miseria reinante en sus países de origen, y entre esta última circunstancia y la rapiña expoliadora de esas oligarquías occidentales que luego instrumentalizan en su beneficio las tensiones ocasionadas por su explotación infame, atribuyéndoselas al "fascismo" (las dos terceras partes del armamento vendido cada año por la todopoderosa industria bélica va a parar a los países del Tercer Mundo; por no hablar de la humanitaria labor "civilizadora" que desarrollan las grandes multinacionales en dichos países). Después de establecida la identificación entre las actitudes real o pretendidamente xenófobas y el racismo político-ideológico, el segundo paso consiste en asimilar todos los fenómenos con algún contenido racial (habidos y por haber) a un modelo único, a un prototipo de aplicación universal: el fascismo. De ahí que los serbios de Bosnia, marxistas hasta antes de ayer, sean tachados de fascistas, y de ahí que el terrorismo etarra sea calificado como "fascismo", aunque todo su entorno político y social se haya cansado de proclamar y demostrar su militancia izquierdista; hasta tal extremo llega la manipulación. Son fascistas aunque ellos mismos lo ignoren, como le ocurriera al gañán que hablaba en prosa sin saberlo. Por supuesto, los actos de vandalismo juvenil, cada día más frecuentes en la decrépita y vacua sociedad occidental, también son fascismo. Una vez realizada esa espúrea concatenación de artificios ideológicos, todo lo demás resulta sencillo. Dado que las conductas xenófobas siempre se producirán, máxime en una situación de conflictividad social que las propicia; puesto que nunca faltará el transtornado de turno que canalice su frustración agrediendo a un inmigrante, máxime en una sociedad enferma que rinde culto a la violencia; y como resulta que los medios de comunicación desplegarán toda su capacidad intoxicadora cada vez que alguno de esos hechos se produzca, pues ya tenemos al espectro del fascismo convertido en amenaza omnipresente y en camuflaje permanente del Sistema. Hasta que se decida articular otro enemigo mejor, claro está. Para que el globo siga creciendo ya no se precisa siquiera del oportuno acto vandálico. Bastará con que aparezca una pintada racista en cualquier tapia para que los medios informativos y las organizaciones antirracistas nos anuncien la inminente invasión de Europa por la Wehrmacht. Pero, ¿qué es lo que indican las cifras reales sobre tan alarmante fenómeno? Para saberlo, nada mejor que acudir a un escenario idóneo, en el que residen más de cuatro millones de inmigrantes, la República Francesa, florón en la actualidad de la ultraderecha europea y del amarillismo antirracista. Según un informe elaborado por la Comisión Nacional Consultiva de los Derechos del Hombre, un organismo integrado por las más demagógicas y beligerantes asociaciones antirracistas de aquel país, a lo largo de 1994 se produjeron en Francia 53 actos delictivos de carácter racista. Si se considera que el número total de delitos cometidos en territorio galo durante ese mismo año superó la cifra de cuatro millones, y que en ese territorio habitan cincuenta y siete millones de personas, lo verdaderamente sorprendente es que sólo 53 cretinos hayan tenido la ocurrencia de desahogar sus amarguras por esa vía. Pero todavía existe en este asunto una realidad siniestra y subterránea que permanece solapada por la demagogia oficial, ya que las actitudes xenófobas hacia los inmigrantes obedecen bastante menos al color de su piel que a su situación de pobreza e inferioridad. ¿O es que los ídolos y los encumbrados de otras razas son rechazados por la población occidental? La intoxicación y la falsificación de la realidad son, pues, los procedimientos utilizados como norma para alimentar el espectro del fascismo, que no es más que una cortina de humo tras la que nada se encuentra que no sea la manipulación habitual de quienes constituyen la única amenaza y el único peligro real existente en la actualidad. A la luz de los hechos, quiénes componen esa caricatura terrorífico-grotesca fabricada por la intoxicación oficial, sino un rebaño de parias desplazados de la sociedad del bienestar y unos cuantos grupúsculos de marginales que canalizan su frustración por la vía del pataleo violento. Y qué es el neofascismo posmoderno, sino uno más de los muchos detritus generados por la sociedad del nihilismo materialista y del culto a la decadencia, una sociedad que, saturados ya los canales de desagüe de sus desechos, los recicla convirtiéndolos en fantasmagóricos adversarios. Cierto es que, aunque escasos, tampoco faltan los especialistas solventes que ofrecen una visión del asunto más cercana a la realidad que a las servidumbres del pesebre. Tal es el caso de Stanley Payne, uno de los más acreditados expertos en esta materia, a la que ha dedicado varios trabajos, y entre cuyos juicios sobre el particular figuran afirmaciones tan elementales como éstas: "El fascismo fue definitivamente derrotado en la 2ª Guerra Mundial, y el neofascismo actual no representa el menor peligro para los regímenes políticos de Occidente". "El neofascismo ha estado entre nosotros desde el final de la 2ª Guerra Mundial, pero los verdaderos neofascistas sólo son hoy sectas minoritarias". "Existen grupúsculos neofascistas en todas partes, aunque su influencia en la vida política de los países es nula, como lo prueba el hecho de que, cuando un partido neofascista quiere obtener votos, tiene que moderar su mensaje y acaba siendo una organización simplemente derechista y conservadora". Pero más contundentes y categóricos aún que los análisis de expertos como Payne, son los informes elaborados sobre el terreno (y conforme al más frío pragmatismo) por los propios servicios policiales occidentales. En España, el Ministerio del Interior, a través de un dossier hecho público en septiembre de 1995, definía el fenómeno Skin-Head como "grupos marginales cuyo reducido alcance real suele ser agrandado por la amplia difusión mediática de sus acciones". Entre otros juicios relativos a este asunto, dicho informe hacía notar también "el riesgo de que la violencia urbana se adjudique solamente a los Skin, y pueda servir de cobertura para que otros grupos actúen impunemente" (cosa que, dicho sea de paso, hace ya tiempo que viene ocurriendo). El repaso se completaba con una referencia a la edad de los activistas Skins, que se sitúa entre los 14 y los 22 años. Por su parte, el Gobierno Civil de Barcelona, ciudad donde se registra la mayor incidencia de estos grupos, describía el asunto como "una serie de fenómenos superpuestos, en los que se mezclan diversas tribus urbanas poco organizadas y con culto a la estética totalitaria, una delincuencia común que actúa amparándose en la vestimenta Skin, y las típicas broncas juveniles de discoteca". Bien es verdad que, ante la insignificancia real del fenómeno en no importa qué país occidental, siempre queda el recurso de acudir al estereotipo alemán, señalado habitualmente como la muestra más elocuente del "renacimiento nazi". Lo malo es que, también en este caso, la realidad de los hechos guarda muy poca semejanza con el panorama que presenta la intoxicación mediática. Y ya no sólo se trata de los raquíticos resultados electorales cosechados en aquel país por los partidos neofascistas, cuyo discurso se atempera y deviene en mero conservadurismo tan pronto como atisban la menor posibilidad de colocación política. Si dirigimos la mirada hacia los grupúsculos más reducidos, marginales y extremistas, lo más relevante de cuanto se relaciona con ellos es la frenética actividad desplegada por los cuerpos policiales, no ya para neutralizar sus exabruptos vandálicos, sino para secuestrar sus panfletos propagandísticos, algo de tan escasa entidad que sería muy fácil de refutar con argumentos de peso si no fuera porque el régimen de "la libertad de expresión" y del "pluralismo democrático" ha optado por hacerlo mediante la ley de la mordaza, lo que ofrece una buena muestra de la confianza que éste tiene en sus dogmas ideológicos. Como una prueba más de la sólida entidad de tales grupúsculos, en febrero de 1995 era ilegalizado el FAP (Partido Liberal de los Trabajadores Alemanes), organizador hasta ese momento de la marcha anual en memoria del antiguo dirigente nazi Rudolf Hess, y poco después era otro grupo afín, la denominada Lista Nacional, quien corría la misma suerte. La ilegalización del FAP, que hace el número diez de las decretadas desde 1989 por el Gobierno germano contra organizaciones neonazis, fue llevada a cabo, al igual que las nueve anteriores, por vía administrativa, después de que el Tribunal Constitucional de aquel país la desestimara tras dictaminar que: "La falta de una estructura organizativa sólida, el bajo número de militantes y el nulo eco conseguido entre el electorado, descalifican al FAP como organización política". Esta es la envergadura real del temible peligro que amenaza al beatífico orden establecido, si bien aquí no se agota el asunto, ya que aún podrían decirse algunas palabras sobre las fuerzas que operan en la trastienda de esos grupúsculos, orquestando y patrocinando las actividades de la inmensa mayoría, por no decir de todos ellos. En lo concerniente al caso alemán, existe ya información abundante, contrastada y concluyente que sitúa a los Servicios Secretos de la antigua Alemania del Este detrás de las organizaciones neofascistas de Alemania Occidental, todas las cuales estuvieron promovidas, infiltradas y manipuladas por la Inteligencia de la RDA hasta el mismo instante de la desaparición de ésta. Por lo que se refiere al llamado terrorismo negro neofascista, que operó en Italia desde mediados de los años setenta, también abundan los testimonios autorizados (ex-agentes de la CIA) que vinculan a la Agencia norteamericana y a la logia Propaganda-Dos con aquél. Y es que reclutar a una recua de energúmenos sin cerebro y utilizarlos como títeres para que den vida al espectro del fascismo es algo que no reviste la menor dificultad. Mucho podría escribirse todavía sobre cualquiera de los temas tratados a lo largo de estas páginas, aunque no parece oportuno después de haberse dicho ya bastante más de lo necesario para comprender la situación. El mero hecho de tener que demostrar lo evidente, cuando la verdadera amenaza y el auténtico adversario no cesan de mostrarse incluso con descaro, es ya una señal elocuente del punto al que han llegado las cosas, y del que aún les queda por alcanzar.

BIBLIOGRAFIA (No se incluyen las obras a las que ya se hizo una referencia expresa en el texto de este ensayo) · "Mercaderes y Banqueros de la Edad Media". Jacques le Goff · "El Burgués". Werner Sombart · "History of the Jews". Heinrich Graetz · "La Maison Rothschild". Conde Corti · "El Antiguo Régimen y la Revolución". Alexis de Tocqueville · "La Revolución Francesa". Albert Soboul · "Histoire de la Revolution Française". Jules Michelet · "Bourgeois et Bras Nus, 1793-1795". Daniel Guerin · "Les Societés de Pensée et la Démocratie Moderne". Augustin Cochin · "Le Génocide Franco-Français". Reinald Secher · "La Belle Tallien, ambassadrice de la Finance Internationale". McNair Wilson · "La Gauche et la Revolution Française au Milieu du XIX Siècle". François Furet · "El Libertino y el Nacimiento del Capitalismo". Juan Velarde · "Soixante-Dix Ans qui Ebranlerént le Monde". Michel Heller · "Vers L'Autre Flamme". Panaït Istrati · "En busca de la Utopía". Artur Koestler · "Vodka-Cola". Charles Levinson · "L'Histoire Interieure et les Operations a L'Etranger du KGB". O.Gordiewski y C.Andrew · "The Zionnist Connection". Alfred Lilienthal · "Report on a Rockefeller, David". Walter Hoffman · "Mais, Qui Gouverne l'Amerique?". Georges Virebeau · "History of the Great American Fortunes". Gustavus Myers · "Our Crowd. The Great Jewish Families of New York". Stephen Birmingham · "American Jewish Organizations and Israel". Lee O'Brian · "Annual Repports". Council on Foreign Relations · "The Round Table Movement and Imperial Union". John Kendle · "La Trama Oculta del PSOE". Manuel Bonilla · "¿Crecimiento Cero?". Alfred Sauvy · "The Invisible Government". Dan Smoot · "Papiers Intimes du Coronel House". Charles Seymur · "Diplomáticos sin Embajada". M.Bergman y J.Johnson · "Mazzini, Portrait of an Exile". S.Barr · "Necessary Illusions". Noam ·

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